--Quisiera, Cleto del jinojo, que tomaras esas cosas con menos

entusiasmo; porque no van tus ahogos á la conveniencia de los

quehaceres míos... ¡que te digo que son de órdago!... ¡de órdago,

cuerno!... Con que, ó templa la fragua, ó vete aguantando por la

buena... Lo mejor sería que te aguantaras por la buena, porque es lo

que más falta va á hacerte... Mira, Cleto, que, ó mucho me engaña

á mí el ojo, ó ese bocado tan fino no está para tí. ¡Jinojo, si

picastes alto! Y con esto, y con el réspez de toda tu casta... Te

digo, Cleto, te digo que ni de propio intento hubiera amontonado

el mismo demonio tantos inconvenientes delante del hipo que te

consume... Y déjame que me vuelva á mis libros y á mis papeles, que

el tiempo corre que vuela, y el sermón es de lo que hay que ver...

¡Si te digo que es de los de tres gavias, cuerno!

Todas estas reflexiones eran leña para el fuego en que se abrasaban

las impaciencias de Cleto; y salió decidido á hacer, por sí solo,

cuanto cupiera en sus fuerzas y en su discurso.

Andando hacia la bodega, encontróse, al abocar á la calle Alta,

con el bueno de Colo. Á Colo le consideraba él, por ser mozo de

buena entraña y mejor conducta, y también por aquel poco de latín

que había estudiado años atrás. Eran muy buenos amigos; y por

serlo, Colo le había entretenido muchas veces con el relato de sus

amores con Pachuca, la hija menor de las tres que tenía su vecino

_Chumbao_, patrón de la lancha en que andaba él. Si la primera leva

no le alcanzaba, se casarían en seguida que se _sacara_. Todo estaba

arreglado ya para eso. Cleto oía estas aleluyas muy á menudo, y con

ellas se le hacía un agua la boca. ¿Quién mejor que aquel amigo, tan

formal y tan experto en esas cosas, para oirle con cariño y ayudarle

con un consejo?

Le abordó muy ufano; pero tal empeño puso, para encarecer su mal, en

tomarle de muy largo, que el otro, pensando que le hablaba de cosas

harto viejas y sabidas, atajóle en el relato para preguntarle, con

acento del más vivo interés:

--¿Tú sabes lo que pasa, Cleto?

--¿Qué pasa?--preguntó éste, á su vez, con viva curiosidad, temeroso

de que lo que pasaba tuviese alguna relación con lo que él iba

refiriendo á su amigo.

--Pus pasa--dijo Colo,--que los de Abajo nus van á prevocar con una

regata pa el día de los Mártiles.

--¡Pus que prevoquen, paño!--exclamó Cleto, dando con ira una patada

en el suelo.--¡Pensé que era otra cosa!... Dimpués hablaremos de eso,

hombre. Déjame antes finiquitar el relate.

Colo no se prestó á ello, porque iba muy de prisa, según afirmó á su

amigo.

--Vengo--le dijo,--de la Zanguina, onde se estaba tratando del caso.

Pa ellos, es ya hecho, si nusotros no _ciamos_. Una onza se ha de

regatear por cuenta de los Cabildos. Paece ser que el Auntamiento

da un quiñón güeno pa una cucaña ensebá... y too junto va á ser á

modo de fiesta pa animar al señorío forastero que anda por ahí, y á

las gentes de acá. Pa mi ver, quieren sacar el desquite de la que

perdieron dos años hace, el día de San Pedro. ¡Como no saquen! Ahora

voy corriendo á coger al Sobano en casa, pa decirle lo que hay...

Mira que en su día se contará contigo, como la otra vez... Con que

ojo, Cleto... y no hay más que hablar.

Y no habló más el animoso Colo, que picó calle arriba, dejando á su

amigo con las hieles de sus penas entre los labios.

En seguida pensó en Andrés, resuelto á confiarle el secreto de su

corazón; porque bien examinado el escrúpulo que le había impedido

hacerlo antes, no era cosa de reparar en él. Pero Andrés no fué

aquella noche á la bodega.

Al día siguiente se plantó en el portal de su escritorio, y allí se

estuvo á pie firme hasta que le vió bajar.

Andrés parecía otro desde aquella conversación que tuvo con Sotileza,

mano á mano y á solas en la bodega; quiero decir, que era menos

estrepitoso en sus movimientos, no tan cascabel de palabra y mucho

más distraído en el mirar. Á veces lanzaba el aire de sus pulmones

con la fuerza de una _racha_ de Sur, haciendo _trémolos_ feroces

y escalas atrevidísimas con los labios al darle salida, como si

intentara quitar con esta música inverniza el dejillo amargo que para

él tenían los pensamientos, de los cuales eran obra las infladuras de

su pecho.

Cleto, que bastante tenía que hacer con los «jirvores» del suyo, sin

reparar cosa alguna en el nuevo cariz de su pudiente amigo, no bien

le tuvo á su lado, acordándose de lo mal que le había salido la

cuenta relatando por largo á Colo sus pensamientos, espetóselos en

cuatro palabras y en brevísimos instantes.

Un estacazo en la espinilla no le hubiera producido á Andrés tan

viva, tan honda y tan repentina impresión como las declaraciones

de Cleto. Le acometieron ganas de llenarle de improperios y hasta

de darle dos bofetadas. ¡Atreverse un animal semejante á poner sus

ambiciones en prenda de tan alto valor! ¡Y pretender, además, que le

ayudara él á salirse con su descomedido empeño!... ¡Él, con lo que le

había pasado!... ¡con lo que le estaba pasando!... ¿No parecía una

burla de la pícara suerte que le andaba persiguiendo?

Pero se dominó, porque muchas razones le obligaban á ello, hasta

el punto de que de su interna tempestad sólo notara Cleto algún

que otro relámpago que chisporroteó en sus ojos. El atribulado

mareante pensó que este chisporroteo era la señal de lo grande que

parecía su empresa á la consideración desinteresada de un amigo

tan bueno y tan rico como aquél. El cual amigo le confirmó sus

sospechas bien pronto, pintándole tales dificultades, presentándole

tan enormes obstáculos, diciéndole tales cosas y con palabras tan

secas y tan duras, cerrándole, en fin, todos los caminos tan á cal

y canto, y confundiéndose de tal modo con la amenaza muchos de sus

razonamientos, que, comparado con el de Andrés, de rosas y mejorana

le pareció al desdichado el dictamen de pae Polinar sobre el mismo

pleito.

Apartóse de Andrés sin despedirse, y tan cargado de brumas el ánimo,

que viéndolo todo negro y sin salida, se dió á barloventear por

aquellos aborrecidos mares de Abajo, para distraer un poco la carga

de su pesadumbre, discurriendo, de paso, el modo de echar cuanto

antes un ancla siquiera en el codiciado puerto.

Y acertadísimo estuvo el pobre mozo al tomar aquella resolución,

porque mientras él andaba voltejeando por el Muelle, y por detrás

del Muelle, y junto á la Zanguina, y por la calle de la Mar, y los

Arcos de Dóriga, y calle de los Santos Mártires, y la Ribera, y la

Pescadería, de la cual acababa de marcharse tía Sidora, Muergo y

Sotileza estaban solos en la bodega, mientras tío Mechelín, de vuelta

del estanco, echaba una pipada á la puerta de la calle.

Muergo había parecido allí más temprano que lo de costumbre, porque

la noticia dada por Colo á Cleto era cierta en todas sus partes, y

quiso, tan pronto como llegó á sus oídos con señales de formalidad,

ponerla en conocimiento de su tío.

Preguntó por él á Sotileza en cuanto entró en la bodega.

--Salió á comprar tabaco,--dijo la moza.

--Pus me alegro, ¡puño!--repuso Muergo.--¿Y mi tía?

--En la plaza. En seguida vendrá.

--Pus me alegro tamién. ¡Ju, ju!

--¿Por qué, animal?

--Puño, porque así estás tú sola, que es lo que me gusta á mí... ¡Ju,

ju! ¿Sabes que va á haber regateo?

--¿Cuándo?

--El día de los Mártiles, si no aflojan los de acá... ¡Puño! ya verás

lo que es jalar del remo y zamparse la onza... ¡Una onza, Sotileza!

¡Puño, si juera mía! ¡Bien sabría yo qué comprarte con ella! ¡Ju,

ju! ¡Puño, qué día ese! Á más de ello y la junción de Miranda, con

pedrique de pae Polinar, estrenaré yo too el vestío, de pies á

cabeza; hasta con zapatos y too, ¡puño!

--¿Ya tienes la gorra y la chaqueta que te faltaban,

Muergo?--preguntóle la moza con el interés de una madre que se

desvelara por ataviar á su hijo.

--¿No te lo digo? Tanto te empeñastes, que en juerza de agorrar, y

agorra que agorra...

--¿Y por eso sólo, Muergo? ¿Por eso sólo agorrastes?

--¿Por cuál, tú?

--¿Porque yo te lo mandé?

--Pus ¿por qué hago yo las cosas, puño?--exclamó el monstruo,

estremeciéndose de pies á cabeza.--¿Por qué no pesco yo una cafetera

ca día? ¿Por qué le aguanto al _Mordaguero_ lo que le aguanto?...

¡Puño!... pus por date gusto, Sotileza... Y porque tú lo quisistes,

tengo vestío de paño fino... No más que por eso, ¡ju, ju!... Esta

noche no cenaré con vusotros. Pero me darás el pan, ¿eh? ¡Tengo una

gazuza, puño!

¡Cosa más rara que aquella muchacha! En el mismo sitio en que había

domado los ímpetus apasionados de Andrés con su palabra desengañada

y su continente esquivo, escuchaba las brutalidades de Muergo con la

sonrisa en los labios y el regocijo en la mirada.

--Pues oye--dijo al animalote aquél, sobre cuyas greñas y ropa

brillaban todavía las escamas de la sardina que acababa de

desenmallar en la lancha, de vuelta de la mar,--en cuanto te pongas

el vestido el día que le estrenes, vente acá de una carreruca pa que

yo te le amañe encima, antes de que la gente arrepare en él. Porque

tú no sabes de esos primores. ¡Vaya, que tendrás que ver, Muergo!

--¡Puño!--exclamó éste al contemplar la expresión regocijada de

Sotileza.--¡Más que la portisión de los Santos Mártiles, con Cabildo

y too!... Pero no tanto como tú, Sotileza... ¡Puño!... Porque tú

tienes que ver más que toa la cristiandá con empavesaúra... Si

tuvieras á mano algo de torrendo tamién...

Cuando Muergo bramaba así, clavados los desnudos y anchos pies en el

suelo; los brazos caídos, con los codos hacia afuera; el gorro sobre

el cogote y las greñas encima de los ojos, comenzaba á anochecer

en la bodega. Con este motivo, si es que no le tomó por pretexto,

Sotileza dejó á Muergo en aquella actitud, con la palabra atascada en

la caverna de su boca, y fué á encender el candil á la cocina.

Al salir de ella miró hacia el portal y vió á tío Mechelín arrimado

á la puerta de la calle. Le llamó para decirle que le buscaba su

sobrino.

En la caraza de Muergo y en cierta sacudida de sus hombros

abovedados, pudo notarse que le contrariaba mucho la vuelta de

Sotileza acompañada de su tío.

En otros tiempos hubiera alborotado al alegre marinero la noticia

que le dió Muergo en cuanto le tuvo delante; pero ya, sin bríos

para luchar personalmente en aquellas nobles batallas entre los dos

Cabildos rivales, y cargado de dolencias que le robaban el entusiasmo

y hasta la curiosidad, dió escasa importancia al suceso anunciado por

su sobrino, aunque no dejó por eso de aconsejarle que no fuera él al

regateo si estimaba en algo su vanidad de remador, porque era cosa

corriente que habían de ganar los callealteros. Muergo se las tuvo

tiesas á favor de los de Abajo, sin importarle un bledo el daño que

con sus brutales dichos causaba á aquel veterano de los de Arriba;

pero intervino Sotileza, y con dos sacudidas de apóstrofes y de

reconvenciones, puso al salvaje compañero de la lancha del Mordaguero

más blando que una badana. Convino sin dificultad con su tío (muy

vigorizado con el valiente apoyo de aquella gentil criatura, que era

el calor de su espíritu) en que eran unos tumbones los mareantes

de Abajo; y comenzando á roer el zoquete de pan que le había dado

Sotileza, salió de la bodega con rumbo á la Zanguina, para ver cómo

se iba armando _aquello_.

Después entró tía Sidora, que ya estaba en autos por lo que se había

corrido en la plaza; y más entusiasta que su marido, ó aparentándolo

al menos, quizá con el noble propósito de entretenerle y de animarle,

pudo conseguir que se fuera un rato á la taberna del tío Sevilla,

donde ella sabía que iba á ventilarse el punto á Cabildo pleno.

Poco después de salir de la bodega tío Mechelín, entró en ella Cleto,

que no se encontró con Muergo en el camino porque, después de subir

por la calle de Somorrostro, tomó por las escaleras de la Catedral,

mientras el otro bajaba por Rua-Menor. Pero si no con Cleto, Muergo

se encontró con Andrés; y no sé yo si en la necesidad de encontrarse

con uno de los dos, salió perdiendo ó ganando en el encuentro que

tuvo.

Andrés, tan pronto como se apartó de él Cleto, necesitó mayor espacio

que éste para entretener y dominar la tempestad desencadenada en su

pecho y en su cabeza. Porque la tempestad de Cleto era sorda, de

fondo, relativamente mansa, y podía aguantarse á la vela, dejándose

llevar de aquí para allí sin otro cuidado que el de huir de los

escollos de la costa; pero la de Andrés era de huracanes furiosos

que le batían en redondo y le llevaban en vilo, flagelándole con sus

azotes de espumas, amargas como las hieles. Huyendo á la desesperada,

anduvo durante una hora sin saber por dónde ni conocer á nadie...

Y todo ello ¿por qué? Porque dió en antojársele que Cleto era, en

rigor de justicia, un buen acomodo para Sotileza; que Sotileza, ó las

personas que la amparaban, podrían muy bien caer en la cuenta de ello

cuando Cleto, ó quien les fuera con la amorosa embajada, manifestara

en la bodega sus intenciones y deseos; y que por conclusión de todo,

Cleto y Sotileza... ¡Sotileza, tan pulcra, tan linda, tan gallarda;

la que le había hecho faltar á él á sus deberes de amigo... y hasta

de hombre honrado, y, con dureza de empedernido desdén, machacado

los pensamientos en el hervidero mismo donde brotaban á escondidas

de la voluntad! Cierto que oponerse á los planes de Cleto, por

los motivos que le zumbaban á él en la mollera; trabajar para que

Sotileza llegara á verse en el mundo sola y desamparada de todos, era

una completa villanía; pero ¿estaba él seguro de que, escarbándole un

poco en sus adentros, no se hallaran, por causa de aquellas desazones

que le consumían, más que torpes deseos contrariados? Apretándole

un poco más las ansias que le atormentaban, ¿no sería él capaz de

llegar con sus intentos hasta donde la licitud de ellos le pusiera

para siempre al abrigo de ese linaje de contingencias? ¡Y pensar que,

sobrándole generosidad en el corazón, con haberle recibido ella mansa

y cariñosa; con haber dejado á su noble arbitrio el resultado de sus

inexplicables arrebatos, él mismo hubiera sido capaz de entregar á

Sotileza, limpia de toda mancha, al primer hombre de bien que la

mereciera!

Pero ¿merecería Sotileza este sacrificio? ¿Merecería siquiera el que

se había impuesto él al jurarla lo que le juró en su casa viéndose á

solas con ella?

Cleto le afirmó que no se había cruzado todavía entre ambos una sola

palabra ni una mala señal de inteligencia en sus intentos amorosos;

pero Muergo... ¡aquel estúpido y horroroso Muergo, en cuyos brazos se

dejaba ella conducir, muerta de risa, en la playa de Ambojo!...

¡Y vuelta otra vez al tema que tan á menudo examinaba y exprimía,

desde que había prometido á Sotileza no volver á su lado con un mal

pensamiento entre los cascos! No habría malicia, quizá, en aquellos

abandonos de la callealtera; pero no le estaban bien á una muchacha

honrada que, por faltas mucho menores, le había plantado á él á la

puerta de la calle. De esto habría que hablarla, siquiera una vez, á

solas y pronto; y á Muergo también.

Y en tal ocasión fué cuando Muergo se le puso delante, al salir de

una de las bocacalles inmediatas á la Zanguina.

--¿De dónde vienes?--le preguntó Andrés.

--De allá arriba,--respondió Muergo.

--¿De la calle Alta?

--Sí.

--¿De la bodega de tu tío?

--Sí. Fuí á ponerle en los casos del regateo, por si no lo sabía.

--Y ¿quién estaba allí?

--¡Puño!--exclamó Muergo rascándose la cabezona á dos manos.--Cuando

entré, hágase la cuenta que la mesma gloria... ¡Ella soluca, hombre!

--¿Quién?--volvió á preguntar Andrés muy anhelante.

--Sotileza, ¡puño!...

--Con que... Sotileza sola--dijo Andrés, disimulando de mala manera

el escozor que le atormentaba.--Vamos, y ¿qué la dijiste? ¿qué te

dijo ella?

--Pos aticuenta que ná--respondió Muergo estremeciéndose;--porque á

lo mejor se jué á encender el candil, y dempués allegó mi tío.

--Con que «á lo mejor»--recalcó Andrés, con un acento que sacaba

lumbres.--Eso es decir que algo bueno te había pasado ya. ¿No es

cierto, Muergo? Vamos, hombre, dilo con franqueza.

Muergo se rascó otra vez la greña; y después de reirse á su modo,

dijo al impaciente Andrés:

--Güeno, por decir güeno, no jué tanto como pudo ser; pero güeno jué

con too, ¡puño! aquel ratuco entre los dos... Yo dijéndola cosas, y

cosas... y cosas... ¡ni la metá siquiera de lo que yo diría, puño, si

sabiera decirlo!...

--¿Y ella?--apuntó Andrés casi con un rugido.

--Pos ella--respondió Muergo, restregándose las manazas y haciéndose

todo él casi un ovillo,--pos ella, don Andrés, ¡ju, ju!... la gloria

mesma... ¡las puras mieles pa mí!

--¡Mentira, estúpido!--rugió la voz de Andrés al dicho del

marinero.--Las mieles de una mujer como esa no están para bestias

como tú. Yo te prohibo que digas eso á nadie, y que tú mismo lo

creas...

--¡Puño!--exclamó rudamente el apostrofado así.--¿Y por qué no he

de creer yo lo que es verdá? ¿Y quién es naide pa mandar que no me

relamba con ello, si me gusta?

--Yo te lo mando--repuso Andrés, temiendo haberse descubierto

demasiado,--porque tengo obligación de velar por la buena fama de

Sotileza; y su buena fama se mancha con alabanzas de supuestos como

los tuyos. ¿Me entiendes, bárbaro? Por eso te prohibo que te alabes

delante de nadie de lo que te has alabado delante de mí, y que es una

pura mentira.

--Es la pura verdá, ¡puño!

--Digo que mientes, ¡cerdo! Y ahora te añado que, si para curarte

de ese vicio de calumniar á una muchacha honrada no basta lo que te

digo, yo haré que te cierre la puerta de aquella casa quien tenga más

autoridad que yo para hacerlo.

Según iba desahogando Andrés sus iras de este modo, en voz baja, pero

fiera y desconcertada, á Muergo le subía un cosquilleo pecho arriba;

se le encrespaba la greña, y los bizcos ojos se le revolvían en sus

cuencas.

--¡Ah, puño!--saltó de repente, apretándose los suyos y rugiendo

también.--¡Lo que á usté le pica no es que mienta yo, sino que diga

la verdá!...

Andrés se quedó helado de vergüenza, al considerar que una bestia

como aquélla le hubiera descubierto el misterio de su berrinche

imprudente.

Muergo añadió todavía:

--Sí, ¡puño! esto que aquí me pasa, y lo otro que se corría y pensé

que eran malos quereres, y algo que he visto yo... ¡Puño, la cuenta

sale!...

--¡Otra impostura, animal!

--¡No, no... puño! que, enestonces, no me jurgara á mí por acá entro

esta cosa que nunca me jurgó. ¡Puño! ¡cómo resquema!... Don Andrés,

por usté me echo yo de cabeza á la mar en otros particulares... pero

en éste, ¡puño! en éste, no se me cruce por la proba... porque le doy

la troncá pa echarle á pique...

La única respuesta que se le ocurrió á Andrés, de pronto, á esta

inesperada y hasta elocuente exaltación de Muergo, fué un bofetón

de los tremendos que él sabía dar en lances muy apurados; pero no

estaba la calle solitaria; y no estándolo, el golpe iba á tener más

resonancia de la que á él le convenía.

Advirtióle algo de ello al monstruoso mareante para que se diera por

respondido, es decir, por abofeteado; y temeroso de que la réplica

del insubordinado animal le obligara á cumplirle la amenaza, apartóse

de él precipitadamente.

Cada paso que daba en aquella desdichada aventura era una torpeza que

le costaba un nuevo descalabro.

Así es que el pobre chico iba ahumando hacia la calle de la Blanca,

mientras su monstruoso rival entraba en la Zanguina.

[Ilustración]

[Ilustración]

XX

EL IDILIO DE CLETO

Al día siguiente entró en el puerto la _Montañesa_, de retorno de su

viaje á la Habana, y se desembarcó el capitán, resuelto á dejar el

oficio por todos los días de su vida.

--¡Ya es hora, Pedro, ya es hora!--le decía la capitana,

estrechándole en sus brazos después de oirle jurar que no

quebrantaría aquellos buenos propósitos.--¡Qué lástima que no lo

hubieras hecho unos años antes! ¡Nos quedan ya tan pocos para pasar

la vida juntos, sin las penas que me han llenado de canas!...

--Vamos, no te quejes, ingratona--respondía su marido examinándola

con los ojos, de pies á cabeza, después de desprenderse de sus

brazos,--que más tengo yo, y menos lucido me veo de pellejo, y

con más averías en el casco. Ahora, que trabaje otro mientras yo

descanso. Veremos cómo engorda Sama con el oficio que le dejo por

herencia. El camino bien le sabe. Lo peor es el barco, que no está ya

para muchas borrascas: lo mismo que su capitán. Fortuna que, al cabo

de tanta brega, se ha sacado para la vasallona y darse uno la última

carena en puerto seguro.

Á la sazón era don Pedro Colindres un señor grueso, atezado, de

patillas y pelo casi blancos; y su mujer, una hermosa matrona, de

cabeza gris y majestuoso porte.

La cual, continuando la conversación con su marido, que la miraba

embelesado, llegó á decirle:

--¡Mucha, muchísima falta estabas haciendo ya para eso, Pedro!

--Pues ¿qué le pasa, Andrea?

--No lo sé; pero, desde hace quince días, no es el que era; y en los

ocho últimos le desconozco tanto, que me da pesadumbre. Ni come de

traza, ni duerme con sosiego, ni creo que sabe por dónde va. Anoche

se metió en casa muy temprano, hecho un palomino atontado, y, por más

que le tiré de la lengua, no le pude arrancar una palabra. ¡Con lo

alegre que él era y lo...!

--Aprensiones tuyas, Andrea, aprensiones tuyas; porque las mujeres

¡tenéis un modo de querer!...

--¡Te digo que no son aprensiones, Pedro!

--Pues yo bien sereno le he visto esta mañana, y maldito si he notado

en él cambio ninguno.

--Porque delante de tí disimula... Mira, Pedro, apostaría la cabeza á

que le han trastornado la suya en esa maldita casa, de donde no sale

muerto ni vivo.

--¿De qué casa, mujer?

--La de la calle Alta.

--¡Bah!

--¡Cuando yo te lo digo!...

El capitán no quiso que se hablara más del asunto; y, creyéndolo ó

no, afirmó á su mujer que por ese lado no había nada que recelar.

Al mismo tiempo que esto acontecía en casa de Andrés, Pachuca, la

novia de Colo, apremiaba á Sotileza para que le acabara aquel mismo

día, que era sábado, la saya nueva que le estaban cosiendo allí. Pero

Sotileza, por más que se afanaba en la costura, dudaba mucho que se

saliera Pachuca con el empeño.

Ésta, sentada junto á su amiga y ayudándola con los ojos y hasta

con ciertos movimientos involuntarios de sus manos, obra de la

impaciencia que la consumía, hablaba y hablaba sin cerrar boca.

Y hablando, hablando, habló de Colo para ponerle, como era de

esperar, en los cuernos de la luna.

--Y ¿cuándo vos casáis?--la preguntó Sotileza.

--No sé qué decirte á eso, hija--respondió Pachuca suspirando.--Lo

que es por casar, ya nos habiéramos casao rato hace, que él buenas

ganas tiene, y yo tamién; pero córrese que va á sacarse una leva muy

luégo. Y ya ves tú: casarse hoy pa enviudar mañana...

--Razón tienes, Pachuca. Es mejor esperar á que vuelvan.

--¡Si güelven, los enfelices!

--¿Qué han de hacer sino volver!

--Quedarse allá, los probes. ¡Ay, venturaos!... ¡Por esos mares!...

Si Dios quisiera que no le allegara el número... ¡Pero le tiene ya

tan bajo!... Milagro será que no le llegue, por chica que la leva

sea. Una misa de á peseta tengo ofrecía á San Pedro, si no le toca.

--Pus mira, Pachuca--dijo Sotileza con aquel tono dominante que era

natural en ella,--sobre que más tarde ó más temprano le han de llevar

al servicio, yo ofrecería esa misa por que te le llevaran ahora.

--¿Por qué?

--Porque vuelven de allá muy otros. Siquiera aprenden á andar

derechos y á lavarse la cara todos los días. Esa ventaja saldrías

ganando al casarte con él de vuelta del servicio.

--Y tú, mujer--preguntó Pachuca en crudo,--¿cuándo te casas?

--¡Yo!--respondió Sotileza mirando con asombro á su amiga,--¿con

quién?

--Pus con el que tú quieras--dijo Pachuca sin titubear.--¿No es tuya

la calle de arriba abajo? ¿Hay moza en ella más cubiciá que tú?

--Pa poca salú, morirse es mejor, Pachuca.

--¡Cubiciosona! Pus ¿qué quieres? ¿Comerciantes de allá abajo?

--¿Quién ha dicho eso?--exclamó Sotileza al punto, en voz dura y con

más duro entrecejo.

--Dígolo yo por decir, mujer,--respondió Pachuca, temerosa de que su

amiga hubiera echado la broma á mala parte.

--Es que hay dichos, Pachuca--replicó Sotileza con ira mal

disimulada,--que son más de temer que los bofetones... porque hay

lenguas que los esparcen como la peste; y bien sabes tú que las hay

en esta calle peores que la sarna, y contra qué honras buscan el

arrimo.

La pobre Pachuca, que no había pensado en semejantes rumores para

decir lo que había dicho á Sotileza, no se hartaba de jurárselo para

que no se ofendiera.

--Si no me ofendo de tí, Pachuca--la dijo la hermosa huérfana,

esforzándose por dar á su cara y á su voz toda la blandura que

podía.--Bien sé que tú no me quieres mal; pero otros no me pueden

ver y tiran á matarme; y de esos golpes, que me duelen, salen estos

quejidos que no puedo remediar. Otra, en mi caso, te lo callara: yo

te lo canto así, porque en ese particular no debo al demonio ni una

mala idea.

Hablando Sotileza de este modo, entró en la bodega la vieja tía

Ramona, el ama de gobierno del padre Apolinar, preguntando por tío

Mechelín.

--Está á porredanas, y no vendrá hasta más tarde,--respondió Sotileza.

--¿Y tía Sidora?--tornó á preguntar la vieja.

--En la plaza.

Sotileza · 第 17 / 27 段