tan impertinente y tan dura. Por primera vez había oído de sus labios
la amenaza de irle á su mismo padre con el cuento, para que se le
refiriera después al capitán. Y la mimada y consentida joven era
muy capaz de cumplir lo que ofrecía. El caso denunciable no era,
ciertamente, cosa del otro jueves; pero ¡vaya usted á saber cómo le
contaría ella, y de qué colores le revestiría en su afán de salirse
con su empeño! Don Venancio era un señor muy pagado de la formalidad
y del buen viso de las personas de su trato; los humos de su señora,
bien á la vista estaban, tanto como el modo de pensar de la capitana;
y el capitán no era ya aquel Bitadura impresionable y alegrote,
con cuya indulgencia podía contarse siempre, sabiendo buscarle las
cosquillas de sus flaquezas de muchacho impenitente; últimamente
tenía humores, algo más de medio siglo encima de su alma, estaba
gordo y era rico. Por todo lo cual se le había agriado bastante el
genio. El mismo Andrés no contaba ya con fuerzas suficientes para
someterse en silencio á ciertas imposiciones caprichosas, y no sabía
hasta qué extremos podría arrastrarle una conspiración así, tramada
por una chiquilla fisgona, contra sus honrados procederes.
Con elementos tales, ¿qué salsa no podría hacer el diablo, metido por
unos cuantos días en el cuerpo de la tesonuda hija de don Venancio
Liencres!
Pero, al fin, todo esto era una suposición: estaba por ver, daba
tiempo; se vería venir, podía combatirse desde lejos... ¡Lo otro, lo
otro era lo grave, lo apremiante, lo apurado para él!...
Y así batallaba, hasta que, al cabo de las horas, volvióse del otro
lado y se quedó dormido.
[Ilustración]
[Ilustración]
XVIII
IR POR LANA...
Por primera vez en su vida anduvo Andrés, con una perseverancia que
á él mismo le repugnaba algo, en acecho de una ocasión para verse á
solas con Sotileza; y también por primera vez en su vida, tan pronto
como logró sus intentos, engañó á Tolín con un pretexto inventado
para faltar dos horas del escritorio.
Aconteció esto á media mañana, en un día en que tío Mechelín estaba á
maganos con su barquía, y tía Sidora á la plaza. Sotileza trajinaba
en la bodega, en su habitual arreo doméstico: limpio, corto y
ligerísimo, según se ha descrito en otra parte, y con el cual se
admiraba mejor que con el de los domingos el lujo escultural de la
hermosa callealtera. Bien observado lo tenía Andrés. Por eso se
alegró mucho de hallarla así, aunque ya contaba con ello.
--Tengo que hablarte,--la dijo por entrar, y no muy seguro de voz.
La joven notó el desconcierto de Andrés, y le preguntó sobresaltada:
--¿Y por qué vienes á estas horas y en esta ocasión?
--Porque... porque lo que tengo que decirte no debe oirlo nadie más
que tú. Siéntate y escucha.
Andrés se sentó en una silla, y arrimó otra muy cerca de ella. Pero
Sotileza no quiso ocuparla. Permaneció de pie, apoyando el desnudo
brazo derecho, redondo y blanco, sobre la cómoda, mientras su seno
marcaba la interna agitación que le movía, y respondió en voz firme y
con mirada valiente:
--Acuérdate de lo que te dije el domingo en la arboleda.
--Pues de eso mismo vengo á tratar.
--Pensé que ese punto se había rematado allí.
--No del todo; y por lo que falta, vengo ahora.
--Pues desde entonces acá, más de una vez nos hemos visto. ¿Por qué
te has callado hasta hoy?
--Ya te lo he dicho: porque es asunto para tratado á solas entre los
dos.
--También yo te he dicho que no quiero oirte cosa alguna que no
pueda decirse delante de los hombres de bien.
--Pues precisamente porque me has dicho eso, tengo yo que hablarte.
Siéntate aquí, Silda; siéntate, por el amor de Dios, que yo te
prometo no propasarme en hechos ni en palabras. No quiero más, con
las que te diga, que quitarte el amargor que te dejaron otras, y
quitarme yo mismo de encima un peso que me fatiga mucho.
Sotileza, algo anhelante y descolorida, plegó maquinalmente su
hermoso cuerpo sobre la silla preparada por Andrés.
El cual, en cuanto la tuvo á su lado, y tan cerca que oía el sonido
de su respiración, exclamó así:
--¡Y mira que se necesita toda la fuerza de los propósitos que yo
traigo, para no faltar á ellos viéndote tan hermosa... y en la
soledad en que estamos!
Silda se alzó bruscamente de la silla, y volvió á apoyarse contra la
cómoda.
--No creas que me espanto--dijo al mismo tiempo,--de verme sola
contigo; que alma me sobra para meter en la ley al que falte á lo que
me debe.
--Entonces--preguntó el atolondrado mozo,--¿por qué te apartas tan
allá?
--Porque no quiero oirte de cerca cosas que te pintan como yo no
quisiera verte.
--Pues para que me veas á tu gusto, no más que para eso, he aguardado
esta ocasión. Créemelo, Silda: te lo juro por éstas que son cruces.
--¡Buen camino tomabas para empezar!
--Todo ello no era más que un decir... Empeño de no callarte ni
siquiera un pensamiento, para que llegaras á verme el corazón como en
la palma de la mano. Pero si esas franquezas te ofenden, no volverás
á oirlas de mi boca... Te lo juro, Silda... Y vuelve á sentarte
aquí... y amárrame las manos, si piensas que puedo llegar á ofenderte
con ellas... Y si después de oirme te parece que mis palabras te
agraviaron, arráncame la lengua con que las diga... pero siéntate
aquí, y escúchame.
Sotileza volvió á sentarse, pero maquinalmente, muy pálida, y entre
fiera y conmovida; porque en todo aquello que le estaba pasando había
tanta novedad y tan extraño interés para ella, que se imponía á la
braveza de su carácter.
Andrés, que siempre la había visto fría é impasible, dueña y señora
de sus impenetrables sentimientos, asombróse de aquel trastorno
súbito é inesperado de tanta fortaleza, tradújole á su gusto, y vió
que la de sus propósitos se conmovía también. ¡Pícara fragilidad
humana!... Pero acababa de jurar que su proceder sería honrado; y
armándose de voluntad para cumplirlo, comenzó por hablar de esta
manera:
--Silda, aquella tarde te dije palabras y me propasé á cosas que me
valieron una reprensión tuya, dura, ¡muy dura!... Así, de pronto,
la falta que cometí confieso que merecía esa pena. Yo no te había
acostumbrado, en tantos años como llevamos de conocernos, á que
sospecharas de mis intenciones por una mala palabra ni por las
señales de un mal pensamiento. En esta casa todos, y la primera
tú, me hubiérais entregado la honra dormida para que yo la velara.
¿Harías otro tanto desde esa tarde acá? Dilo francamente, Silda.
--No,--respondió ésta sin titubear.
--Pues ese es el clavo que tengo aquí desde entonces, Sotileza. ¡Ese
me punza allá adentro, y me roba el sueño de noche, y me quita el
sosiego de día! Yo no quiero que nadie se recele de mí en esta casa,
donde estoy acostumbrado á que se me abran todas las puertas como al
sol cuando llega. Á eso quiero volver, Silda: á la estimación tuya y
á la confianza de todos.
--Ni la estimación mía ni la confianza de naide has perdido, Andrés.
Todos saben lo que te deben, y yo lo que también te debo; y aquí no
hay ingratos.
--Yo no quiero que se me estime por los favores que haga, sino por mi
propio valer; y yo sé que no valgo á tus ojos hoy lo que valía poco
hace.
--Y si en esa cuenta estabas, Andrés--exclamó Silda con un calor de
acento desacostumbrado en ella,--¿por qué no te la echaste en su día,
para no hacer lo que hiciste?
--En la respuesta á esa pregunta está cabalmente la disculpa de aquel
acto y de aquellos dichos; la única razón que puedo ofrecerte para
volver por entero á tu estimación y á tu confianza. Y ya ves cómo
esta razón no podía dártela con testigos, sin descubrir la causa de
ella; lo que sería un remedio peor que la misma enfermedad.
--Yo no sé--dijo Sotileza con el acento y la expresión de la más
cruda sinceridad,--que pueda haber disculpa para esas cosas, en
hombres de tan arriba como tú, con mujeres de tan abajo como yo.
Andrés sintió en mitad del cráneo el golpe de este argumento.
--Pues qué--respondió buscando en los falsos efectos de la voz y de
las actitudes el brío que no hallaba en su razón,--¿eres tú de las
que creen que tratándose de «esas cosas» hay distancias ni jerarquías
que valgan? Tu hermosura envuelta en esos cuatro trapillos, limpios
como la plata, ¿no es tan hermosura como la que se adorna con sedas
y diamantes? Lo que por tí experimente un mozo rudo y grosero,
¿no puede experimentarlo, y hasta con mayor fuerza, un hombre de
mis condiciones?... Lo que la amenidad del campo y el influjo de
la naturaleza, en todo su esplendor, puedan hacerle sentir á él,
enfrente de una mujer como tú, ¿no pueden hacérmelo sentir á mí
también?... Y ya que de este trance hablamos, ¿qué tendría de extraño
que siendo tan propicia la ocasión y tan placentero el sitio, tratara
yo de aprovechar ambas ventajas para poner á prueba tu virtud con un
asalto de comedia?
Silda respondió á esta parrafada con una sonrisa fría y burlona.
--¿Es decir, que no me crees?--le dijo Andrés muy contrariado.
--No,--respondió Silda con entereza.
--¿Por qué?
--Porque lo que es mentira se conoce desde lejos, hasta en el modo de
venir; y aquello, no te canses, Andrés, aquello era la pura verdá...
Por eso hubiera creído hoy mejor en la pena que me pintas viéndote
llorarla de todo corazón, que amparándola con un embuste.
Andrés se quedó, por un momento, sin saber qué replicar á estas
palabras tan crudas y terminantes. Después dijo, por decir algo:
--No basta, Silda, afirmar una cosa: hay que dar razones...
--Yo te daría, de buena gana--respondió la moza, conteniendo los
ímpetus de su carácter,--una sola que valiera por muchas.
--Y ¿por qué no la das?--preguntóle Andrés, no tan valiente como
parecía.
--Porque temo que te resientas.
--Te prometo no resentirme... ¿Por qué era verdad aquello?
--Porque conocía yo los malos pensamientos que te lo mandaron.
--¡Que los conocías!... ¿De qué?
--De habértelos leído muchas veces en los ojos.
--¿Cuándo!
--Desde tiempo atrás.
--¡Silda!
--Lo dicho, Andrés. ¿No querías razones? Pues ya las tienes.
Andrés se quedó desarmado, y herido en lo más hondo de su conciencia.
Sotileza lo conoció y se apresuró á decirle:
--Me prometiste no ofenderte con la razón que te diera. Cúmpleme la
palabra.
--Y la cumplo--dijo Andrés, más con los labios que con el corazón,--y
ni siquiera he de porfiar sobre el engaño de tus ojos cuando leían en
los míos. Pero dime, Sotileza: ¿por qué cuando creíste descubrir en
mí esos malos pensamientos no me lo dijiste, siquiera por lo que te
ofendían?
--Porque, si no me engañaba el mirar, á tí te tocaba dejarlos fuera
de esta casa, no á mí el echarlos de ella.
Otra estocada al pecho. Andrés no sabía ya de qué lado ponerse en
aquella lucha sin una sola ventaja para él. Acudió á los consejos del
amor propio, que era lo que con mayor fuerza se le iba quejando allá
dentro, y dijo á la tenaz agresora:
--Luego, ¿no te amedrentaban esos pensamientos míos?
--Yo temía que los descubrieran las personas que los hubieran llorado
como una desgracia para todos.
--Pero tú, por tí misma, ¿no los temías?
--Y ¿por qué había de temerlos? Sentí mucho verlos donde los ví; pero
no más.
--Y ¿por qué lo sentiste?
--Porque podía llegar la hora... que ha llegado ya...
--¿La de darme una lección como la que me estás dando?
--Yo no sé tanto como para eso, Andrés; y harto haré con responder al
caso para defenderme, como es ley de Dios.
--Pero tú misma me has dicho que, una vez descubiertos mis malos
pensamientos, no te tocaba á tí echarlos de esta casa.
--Sí que lo dije.
--Luego debo echarlos yo; es decir, largarme de aquí para siempre,
puesto que los llevo conmigo.
--Ó venir sin ellos, que no es igual.
--¿Y qué he de hacer yo para que creas que no los traigo?
--No traerlos. Con eso basta.
Andrés, por respeto á sí propio, no quería mentir insistiendo en que
Sotileza se equivocaba en cuanto decía de sus malas intenciones.
Como éstas, por lo que iba oyendo, se le transparentaban demasiado,
insistir en negarlas era desmerecer más y más á los ojos de aquella
ruda virtud, que más le quería arrepentido pecador que falso
virtuoso. Pero consideraba, al mismo tiempo, que aquellas malas
ideas, tan aborrecidas en él por Sotileza, quizás en otro cerebro no
le espantarían tanto, y hasta se acordaba del regocijo con que la
escrupulosa callealtera se dejaba estrujar, en la playa de Ambojo,
por los brazos del estúpido Muergo; de Muergo, en cuyos ojos, al
mirar á Silda, había leído él torpezas de tal calibre, que no podían
haber pasado inadvertidas para ella. Luego lo que en Muergo, sucio y
feo, no era ni siquiera una falta, en él, mozo gentil y culto, era
un delito que podía llegar á cerrarle las puertas de aquella casa.
¿Valía él menos á los ojos de Sotileza que aquel animal monstruoso?
Esto era increíble, y sería una verdadera insensatez manifestar allí
dudas siquiera de ello. Pero el hecho de la preferencia existía;
lo cual demostraba que Sotileza escrupulizaba, más que en los
pensamientos de esa clase, en las personas que eran movidas de
ellos. No amenguaba este fenómeno la honradez de Silda á los ojos de
Andrés, puesto que no ignoraba lo que influye en la significación
de ciertos actos la condición de la persona que los ejecuta ó que
los consiente; pero en la falsa posición en que se hallaba él en
aquellos instantes, el hecho le ofrecía una salida, y tal vez podía
aprovecharla para huir siquiera de la que Silda le presentaba con sus
tremendas razones. Salir por esta puerta, es decir, ajustarse á las
condiciones de Silda, era obligarse á no volver más á la bodega, pues
hombre que había jurado lo que él, todo debía sacrificarlo á la buena
fama de la mujer que se quejaba de sus malas intenciones; y no volver
á la bodega, era empresa superior á las fuerzas del ánimo de Andrés,
particularmente desde que había dado motivos para ello y acababa de
convencerse de que aquel trastorno moral, que tanto le había chocado
en Silda al empezar á hablar con ella, no era la realidad de sus tan
acariciadas esperanzas de que llegaran á trocarse entre ambos los
papeles del _paso que pasó_ en la arboleda de Ambojo... ¡Y fuéranle
á preguntar, sin embargo, qué tal andaba en aquel instante de alteza
y fidalguía de pensamientos! Ni los de Amadís en su peñasco, que
pudieran igualárseles. ¡Poder del amor propio resentido!
Todo esto, que tan largo es de contar aquí (¡y ojalá no haya
resultado ocioso!), se lo barajó Andrés en la mollera en los pocos
instantes de silencio que siguieron á las últimas palabras de
Sotileza.
Tomando, pues, el punto de soslayo en virtud de sus mentales
razonamientos, Andrés comenzó á evocar, en tono quejumbroso, los
mejores años de su infancia y de su mocedad, corridos para él
en la dulce intimidad de la inocente huérfana y de sus honrados
protectores. Cariño, abnegación, sosiego, paz y noble confianza:
todo se cantó en aquel idilio que hubiera hecho palidecer, salvo el
estilo, al que inspiró á don Quijote un puñado de bellotas en la
choza de los cabreros. De pronto asoma una mancha leve en el fondo
risueño de aquel cuadro; sopla el aire de la sospecha; la mancha se
hace nube; la nube se va extendiendo... ¡y adiós luz y confianzas y
regocijos! El amigo de siempre, el paño de lágrimas de todos, es ya
el hombre malo, de quien hay que apartar las muchachas honradas, la
amiga de su infancia y de su mocedad...
--Y yo no puedo resignarme á esto, Sotileza--exclamó Andrés, por
remate de sus lamentaciones.--Yo no puedo salir de esta casa por ese
recelo, después de haber entrado en ella como yo entré.
--Pero ¿quién te echa, Andrés!--dijo Sotileza con asombro, después de
haber oído impasible sus declamaciones.
--Tú--respondió Andrés,--puesto que me dices...
--Yo no he dicho eso--replicó Silda con entereza:--yo te he dicho
que no vuelvas con esos pensamientos, que han salido á relucir aquí
porque tú lo has querido. ¿Es esto echarte de casa? Ni ¿quién soy yo
para tanto?
--¡Siempre esos dichosos pensamientos!--exclamó el fogoso muchacho,
irritado al considerar el afán con que se los ponían por delante para
que se estrellara en ellos. Y luégo, dejándose llevar de los impulsos
de la vanidad resentida, añadió con gran vehemencia:--Y si por
casualidad acertaras, Silda; si esos malos pensamientos se hubieran
apoderado de mí, ¿qué habría en ello de particular? ¿No te has mirado
al espejo?... ¿No sabes que eres hermosa?... ¿Y soy yo de piedra, por
si acaso?
Sotileza, mientras Andrés hablaba así, volvió á inmutarse; y
apartando su silla media vara de la otra, dijo, en un acento y con
una expresión imposibles de pintar:
--¡Andrés!... ¡mira que, por enmendarlo, vas á ponerlo peor!
--No sé cómo lo pongo, Silda--exclamó Andrés fuera de sí:--lo que sé
es que tengo que decirte esto que te digo, porque me abrasa allá
adentro si lo callo.
--¡Virgen! ¡Y con todo esto te atreverás á negar!...
--¡Yo no niego ni afirmo, Silda! Me pongo en todos los casos. ¡Ponte
tú también!
--¡Pues porque me pongo en el que debo... me matas de pesadumbre,
Andrés!
Y Andrés vió entonces en los ojos de Sotileza una expresión, y como
un velo de rocío, que jamás había notado en ellos.
--¿Que te mato de pesadumbre!--exclamó deslumbrado.--¿Por qué?
--Porque no es así como yo quiero que seas para que yo te estime,
sino como eras antes.
--Y ¿por qué no has de estimarme siendo como soy ahora?--preguntó
Andrés, ciego por el despecho y la vehemencia.
--Porque, porque...--Y Silda, que no apartaba sus ojos de los de
Andrés, se alzó rápidamente de la silla. Retrocedió dos pasos sin
soltarla de la mano, y continuó así en una actitud que se imponía por
la extraña mezcla de altivez y de súplica que había en ella.--¡Por
la Virgen de los Dolores, Andrés, no me preguntes más de eso... y
escúchame lo que me obligas á decirte! Tú sabes, tan bien como yo,
que desde que me recogistes en la calle, me dan en esta casa, por
caridá, mucho más de lo que yo merezco. Desvalida y sola me ví, y
aquí tengo padres y amparo... Morirme puedo, como la más moza; pero
ellos son ya viejos, y en ley está que yo vuelva á verme sola otra
vez en el mundo. Para valerme en él, no tengo otro caudal que la
honra... ¡Por el amor de Dios, Andrés! tú que sabes lo que vale, tú
que me amparaste de inocente, ¡mira por ella más que ninguno!
--¡Robarte yo ese tesoro!--exclamó Andrés, sinceramente asombrado de
la sospecha.
--Robármele, no--respondió al punto la callealtera, con gallardo
brío:--eso, ni tú ni naide. Pero la aparencia basta, porque bien
sabes lo que son lenguas.
Andrés estaba ya aturdido. Su vehemente irreflexión le llevaba de
descalabro en descalabro; pero su veta era noble, y siempre respondía
su corazón á las llamadas de lo más honrado. Además, era de todo
punto inútil el empeño de imponerse con las fuerzas del despecho
á una entereza tan indomable como la de aquella mujer, nunca bien
conocida de él hasta entonces.
--En todo me vences hoy, Sotileza--la dijo en una actitud que se
acomodaba bien al tono dulce y sentido de sus palabras,--y tales
cosas me dices y tales razones das, que voy cayendo en la cuenta de
que, con el mejor de los deseos, he echado en esta porfía algunas
veces por caminos que no usan los hombres de bien. Acuérdate de lo
que te juré al entrar aquí un rato hace: eso es lo cierto, á eso
venía; lo demás ha ido saliendo porque... porque el diablo enreda las
ideas y tira luégo de las palabras á su gusto, para perdición de las
gentes. Olvídate de ello, Silda... ¡Olvídalo y perdóname!
¡Entonces sí que hablaba Andrés con el corazón en los labios!
¡Muchacho más impresionable!...
Conociéndolo bien Sotileza, le dijo, acercándose más á él:
--¡Eso es hablar en verdá!... ¡Eso es ponerse en justicia, Andrés!
Y, mira, ahora que eres amo y señor de tí mesmo; ahora que Dios te
corre la venda de los ojos, no esperes á que el demonio te la vuelva
á poner... Vete, y déjame sola como estaba... que con ello y no más
te perdonaré esas cosas con todo mi corazón...
Andrés se levantó de la silla, resuelto á marcharse. Los escozores
del amor propio, nuevamente irritado con las últimas palabras de la
callealtera, no le impidieron conocer el peso de la razón con que
ésta deseaba alejarle de allí.
--Voy á darte gusto--la dijo.--Pero ¿llega tu intención hasta
cerrarme la puerta para siempre en cuanto yo salga por ella?...
Porque á eso no me allano, Silda; y, ahora que te he conocido, menos
que nunca.
--¡No te amontones de nuevo, Andrés, por la Virgen del Carmen!... Yo
no quiero cerrarte estas puertas para siempre, ni, aunque quisiera,
podría, porque no mando en ellas... Lo que quiero, por demás lo
sabes. No está todo el mal en entrar, sino en la ocasión que se busca
para ello, porque hay ojos y lenguas que no viven más que de hacer
daño. Y si yo, por quien soy, no te paezco bastante para que te mires
un poco en ese particular, hazlo por esos probes viejos, que el día
en que yo pierda la buena fama se morirán ellos de vergüenza.
--Silda--exclamó entonces Andrés en medio de uno de aquellos
entusiasmos que le acometían tan á menudo,--¡no valgo yo lo que tú
mereces!
Y sin atreverse á mirarla, porque verdaderamente estaba tentadora en
aquel instante la huérfana de Mules, salió, como disparado, de la
bodega.
¡Él, que había entrado allí creyendo que iban á trocarse los papeles
del _paso_ aquél de la arboleda de Ambojo! Pero ¿de dónde mil
demonios había sacado la arisca y taciturna moza aquella sensibilidad
y aquellos bríos, con los cuales acababa de darle tan soberana
lección? ¿Cómo era posible que una mujer tan equilibrada de juicio
y de tan altos pensamientos, fuera una zarza montuna con él y con
las gentes que mejor la querían, y copo dulce de algodón cardado
con una bestia estúpida como el horrible Muergo! ¿Á qué fenomenales
inclinaciones obedecían aquellas notorias preferencias? ¿De qué barro
estaba formada aquella mujer, que no tenía una amiga de intimidad en
toda la calle; que no echaba de menos la compañía de ninguno; que
parecía no conmoverse por nada, y que, sin embargo, era sensible é
inteligente, y honrada, y agradecida, y animosa, y, al propio tiempo,
solamente en un sér hediondo y abominable había depositado las únicas
dulzuras destiladas voluntariamente de su corazón?
Así iba discurriendo Andrés desde que puso la planta fuera de la
bodega; y tan abstraído le llevaba su discurso, que sus ojos no
vieron á la sardinera Carpia que se cruzó con él diez pasos más abajo
de la puerta; ni la mirada que le enderezó, de medio lado, parándose
un momento; ni á sus oídos llegaron estas palabras que aquella furia
soltó de su boca, con el santo propósito de que en la calle se oyeran
las que debían oirse:
--¡Caraspia!... ¡Si va que ajuma!... ¡Yo lo creo!... El uno en la
mar... La otra en la plaza... La señorona en su palacio... ¡Y vengan
barquías!... ¡Y allá va la vergüenza por esas barreduras!... ¡Puáa!
Pa ella, la grandísima puerca... ¡Ah, caraspia! ¡Si allego á estar
en casa yo! Pero otra vez será, que al cebo que te engorda has de
golver... En una así quería yo cogervos, á la mesma luz del sol, pa
que vos alumbre en la cara la vergüenza, por poca que tengáis...
¡Puáa!... indecenteeees!
[Ilustración]
[Ilustración]
XIX
EL PEREJIL EN LA FRENTE
Á todo esto, el pobre Cleto no salía de sus ahogos. Pae Polinar había
intentado en tres ocasiones cumplir la palabra que le dió de ir á
sondear las voluntades del matrimonio de la bodega; pero nunca vió el
camino libre de los estorbos que tanto miedo le infundían. ¡Siempre
aquellos demonios de mujeres al balcón, ó atravesadas en la acera, ó
vociferando en mitad de la calle! Y gracias que no le adivinaron las
intenciones cuando, para mayor disimulo, bajaba ó subía á todo andar,
como si sus quehaceres estuvieran muy lejos de allí. Cleto llamaba
casi todos los días, al anochecer, á la puerta del exclaustrado, que
bregaba allá dentro hasta sudar el quilo en la tarea en que andaba
empeñado, para preguntarle:
--¿Hay algo de eso?
Y padre Apolinar le contaba lo ocurrido alentándole con buenas
esperanzas para otro día. Después, Cleto, cabizbajo y tristón, se iba
á pasar un rato á la bodega, donde hallaba á Sotileza algo pasmada,
y á los viejos tan cariñosos como siempre. Nada se había oído allí,
por las trazas, de aquellas _morrás_ que se dieron él y Muergo en la
obscuridad del portal. Desde entonces no habían vuelto á encontrarse
más que en una ocasión, y esa dentro de la bodega y delante de la
gente. Gruñeron por lo bajo y se espeluznaron al verse; pero esto no
llamó la atención de nadie, porque no era nuevo en ellos.
La última vez que vió á pae Polinar, le dijo éste: