Nadie se había acordado de Cole, el cual, como si contara con ello,

se había tendido á dormir, tan guapamente, sobre la vela plegada

en el panel de la barquía, en cuyo fondo se zarandeaba, á medio

flotar en el agua, de intento vertida allí, la pesca de la mañana.

Costó muchas y recias voces desde la playa el trabajo de despertar

á Cole; pero al fin despertó: haló el arpón para adentro, y atracó

la barquía, que no fué mucho, pues la resaca era mayor que por la

mañana, porque el viento era más fuerte y la marea subía ya. Como no

era tan fácil saltar desde el arenal al barco como desde el barco

al arenal, Andrés no tuvo otro remedio que dejarse embarcar en

brazos de Muergo, y resignarse á ver otra vez entre ellos, sin pizca

de protesta, á la que tan duras se las había hecho á él por menos

estrujones.

Ya todos en la barquía, tío Mechelín reclamó el gobierno de ella

para sí, como más viejo en el oficio, y en virtud de «lo que pudiera

tronar,» porque el viento arreciaba por instantes. Sometióse Andrés,

sin réplica, á los mandatos del experto marinero; sentóse éste á

popa; agarró la caña, é izada ya la vela, templó la escota á su

gusto. Crujió la lona, tersa y sonora como el parche de un pandero,

y el barco se puso en rumbo, encabritándose sobre las olas que lo

batían de proa, como caballo fogoso que encuentra una barrera en su

camino. Como era de esperar, la barquía, ciñendo el viento, tumbó

sobre el costado y comenzó á navegar de bolina; pero derivaba mucho

por ceñir demasiado, y Mechelín remedió la deriva mandando echar la

_orza_ á sotavento (una sencilla tabla colgada del carel). Andrés

y Sotileza se sentaron en el costado opuesto, para repartir mejor

la carga de la barquía, que volaba sobre la hirviente superficie.

Embestía las olas con ímpetu loco; y al estrellarse con ellas,

embarcaba los chorros de espuma en que las dejaba partidas.

Andrés se había echado su capote impermeable sobre la espalda; pero

Sotileza llevaba la suya sin un amparo, porque no había consentido

que tío Mechelín, viejo y achacoso, le diera el _sueste_ y el

chaquetón embreados con que se cubría para no mojarse, y que á

prevención había llevado á la pesca. Los dos marineros mozos no

tenían más ropa que la puesta al salir de casa. Así es que, para no

calarse ni perderse el _vestido bueno_, bastante mojado ya, Sotileza

no tuvo otro remedio que aceptar el medio capote que con insistencia

le ofrecía Andrés.

Vióse, pues, la hermosa pareja guarecida bajo una misma envoltura

de pocas varas de paño, y muy arropadita por la cabeza y por los

costados; porque contra el agua que sin cesar saltaba por aquella

banda, toda prevención era poca. Andrés, recordando lo pasado,

procuraba molestar á su compañera lo menos que podía; pero dejar de

arrimarse á ella por alguna parte, le era imposible, porque el capote

no daba para tanto lujo.

Muergo y Cole achicaban á cada momento el agua que iba embarcándose.

Tío Mechelín no apartaba la vista del rumbo y del aparejo. Y la

barquía, volando, atropellaba las olas, y caía en sus senos, y se

alzaba en sus crestas; y á veces, sólo un punto de su quilla tocaba

el agua espumosa. Chorros de ella corrían por las caras de Cole y

de Muergo, y los mechones de la greña de éste goteaban como bardal

después de la cellisca.

De pronto dijo Andrés á Sotileza, y por lo bajo:

--En este mismo sitio zozobró mi bote una tarde, con un viento como

el de hoy.

--¡Vaya un consuelo para mí!--respondió la otra, en la misma

_tessitura_.

--Es que me empeñé yo en tomar todo el viento de costado sin mover la

escota... Una barbaridad.

--¿Y cómo salistes?

--Me cogió una lancha que venía detrás, y remolcó también el bote.

Volvieron á callar el uno y la otra; hasta que al hallarse la barquía

enfrente de la Monja y próxima á los primeros barcos, volvió á decir

Andrés, bajito también:

--Aquí me puso al _Céfiro_ quilla arriba una racha de vendaval.

--¿Y tú?--preguntó Sotileza.

--Yo me aguanté agarrado al bote, hasta que me cogió uno de un barco.

Aquel día me ví mal, porque caí debajo; y, además, hacía mucho frío.

--Dos zambullidas... Bastante es para lo mozo que eres.

--Dos, ¿eh? ¡Y también siete llevo ya!... ¡Y ojalá contara hoy la de

ocho!

--¡Vaya una intención, Andrés!

--No es tan mala como tú piensas, Sotileza; porque quisiera hallarme

en un lance en que dieras á los brazos míos tanto valor... siquiera,

siquiera, como á los de Muergo.

--¡Mira con qué coplas sale!

--¿Te ofendes de ellas también?

--Porque no vienen al caso.

--Pues nunca vendrán mejor.

--Señal de que no están en ley.

En esto les inundó una cascada que saltó á bordo al entrar la barquía

en un verdadero callejón de naves fondeadas, donde el viento era más

impetuoso y los maretazos más fuertes. Tío Mechelín, en vista de lo

que esto prometía para más adelante, propuso á Andrés enmendar el

rumbo para desembarcar al socaire del Paredón del Muelle-Anaos, en

lugar de seguir hasta el de la calle Alta, como aquél deseaba.

Y así se hizo, con magistral destreza de Mechelín y beneplácito de

todos.

Dijo Andrés qué pescado de lo cogido por la mañana quería para su

casa y la de don Venancio Liencres, dejando el resto en beneficio

del barco; despidióse de todos muy campechano, y de Sotileza entre

cariñoso y resentido; y tomó el rumbo de su casa, mientras la gente

de la barquía la desvalijaba de todo lo movible y manducable, y

después de dejarla bien amarrada, cargaba con ello y se encaminaba á

la calle Alta por la de Somorrostro arriba... seguida, á lo lejos,

del taciturno Cleto que había presenciado, sin ser visto, la atracada

y el desembarco, diciendo para las honduras de su _bodega_:

--Mientres Andrés la ampare, no me importa.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVII

LA NOCHE DE AQUEL DÍA

Andrés durmió mal aquella noche, ¡muy mal! En el paso imprudente

que había dado en la arboleda de Ambojo, faltó á muchos deberes y

cometió muchas inconveniencias á un tiempo. ¡Tantos años corridos en

la intimidad de la pobre familia de la bodega! ¡La honrada vanidad

que él fundaba en ser el paño de lágrimas de los dos viejos, que le

tenían en las mismas entretelas del corazón! ¡Aquella noble confianza

con que la hermosa muchacha, desde que fué niña descuidada, venía

amparándose de su sombra benéfica, sin recelar del juicio de las

gentes, que podía manchar su buena fama, como la habían manchado

ya, como seguirían manchándola, las mujeres del quinto piso! ¡Y el

matrimonio de abajo, y la misma Sotileza, y hasta el huraño Cleto,

le querían, le amaban, precisamente por honrado y _parcialote_;

por humilde, por generoso... y porque le creían capaz de partir con

ellos el mejor pedazo de pan, y de andar á cachetes en medio de la

calle por defender la vida ó el buen nombre de todos y cada uno de

ellos! ¿Qué diría tía Sidora; qué su marido, si en aquel instante de

vértigo le hubieran visto, ó si en otros muchos le hubieran leído en

la frente ciertos pensamientos que cruzaban rápidos por detrás de

ella!... ¿Qué juzgaría el candoroso Cleto si lo sospechara! ¡Cleto,

que le había visto tan indignado y tan noble cuando le descubrió

las _calumnias_ con que le perseguían las mujeres de su casa!... Y

sobre todo, ¿en qué opinión le tendría Sotileza desde que se vió en

la dura necesidad de arrojarle de su lado, altiva, dura, indignada,

como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que deshonra! Porque

aquellos gestos, aquellos ademanes, aquellas palabras, significaban

todo eso, y en manera alguna fueron artimañas femeniles, resistencias

de artificio, ó disfraces de muy distintos propósitos. Aquello había

sido una peña de mármol puesta delante de sus ímpetus, para que se

estrellaran en ella; una lección terrible. ¡Y se la daba una marinera

zafia, á pesar de deberle tantos favores y tantas preferencias!

¡Cuál no sería la magnitud de su imprudencia, y hasta qué extremo no

estaría desprestigiado en la consideración de Sotileza!... Y además,

corrido; porque corridos quedan los hombres en esas empresas, cuando

les salen tan mal como á él le había salido la suya. ¡Si ya que el

diablo le tentó, le hubiera ayudado á salir avante, triunfador y

airoso!... ¡Pero quedarse sin el botín y con todos los coscorrones de

tan inicua batalla!...

En fin, que no se podía vivir con sosiego en la situación en que

él tenía las cosas desde la tarde anterior, examinadas serenamente

al calorcillo de la almohada. Por tanto, procuraría verse con

Sotileza, mano á mano, tan pronto como la ocasión se le presentara;

hablaría con ella de lo acontecido, despacio, fría y severamente;

echaría la culpa de su desliz á las tentaciones del sitio, á los

arrullos del ábrego, al tufillo de la mar... á cualquier cosa;

quizás diera por motivo de su exabrupto un oculto propósito de poner

á prueba las virtudes de la moza... Esto ya lo decidiría él en su

hora. Lo importante era quedar como debía y donde debía quedar...

Si hablando, hablando, resultaba que su prestigio iba creciendo y

agigantándose á los ojos de la buena moza, y que ésta llevaba su

admiración hasta el extremo de... ¡Entonces, entonces sería ocasión

de que se trocaran los papeles y recibiera Sotileza la lección que

le debía!... Á menos que la fuerza misma del empeño y lo palmario de

la voluntad, no le obligaran á ceder. Pero de este modo, ya la cosa

era distinta, porque no siendo la culpa suya, él estaba libre de toda

responsabilidad.

Y todo esto, con ser tanto, no era lo único que le robaba el sueño.

¡Si cuando las cavilaciones dan en eslabonarse unas con otras!...

En cuanto llegó á su casa de vuelta de la mar, sin responder una

palabra á las muchas que le enderezó su madre, entre amorosa y

sulfurada, por los riesgos que había corrido, el estado en que le

veía, las gentes que le enamoraban, y por otro tanto más, se encerró

en su gabinete, se afeitó, se lavoteó á su gusto y se mudó de pies á

cabeza con el equipo fresco y dominguero que se halló preparadito al

alcance de su mano. Previsiones de la capitana que adoraba en aquel

hijo tan noblote, tan gallardo, tan hermoso... ¡pero tan Adán!... Si

aquella noche no le pasa la revista acostumbrada, se le va á la calle

con junquillo y sombrero de copa; pero sin corbata.

--¡Que con la estampa que tienes no te haya dado el Señor, para ser

una persona decente, el arte que te ha dado el demonio para aventajar

al marinerazo más arlote!

Así le dijo la capitana mientras le hacía el nudo de la corbata,

que ella misma le había pasado bajo el cuello de la camisa con

la necesaria destreza para no arrugarle. Después, y mientras le

estiraba los faldones del levi-sac, le sentaba los fuelles de la

pechera, le pasaba el cepillo sobre los hombros y arreglaba las

caídas de las perneras sobre las botas de charol con caña de tafilete

encarnado, continuó expresándose de esta manera:

--Si tú fueras otro, no habría necesidad de que tu madre te diera,

cada vez que te vistes de señor, un mal rato como éste que estás

llevando ahora; pero como eres así, tan... Hijo, ¡qué rabia me das

algunas veces!... ¡Deseando estoy que tu padre acabe de llegar

de su viaje y comience á cumplirnos la palabra de no volver á

embarcarse jamás!... ¡Á ver si, con mil diablos, teniéndote más á

la vista, consigue lo que yo no he podido conseguir de tí! Bueno

que una vez que otra... pero ¡tanto, tanto y como si fuera ese tu

oficio!... ¿Qué te parece? Mira qué manos... ¡hasta con callos en

las palmas! ¡Póngase usted guantes ahí!... Hasta por corresponder

á las atenciones que te guardan esos señores, debieras ser un poco

más mirado en ciertas cosas... ¿Á quién se le ocurre, sino á tí,

irse todo el día de pesca, sabiendo que esta noche estás convidado

al teatro con una familia tan distinguida? Pues ya veremos cómo te

portas... Y cuidado con largarse á media función: espérate hasta que

concluya, y acompáñalos á casa. Da el brazo á la señora, ó á su hija,

cuando salgáis de casa para ir al teatro, y lo mismo cuando bajéis

la escalera de los palcos... Porque desde aquí te irás en derechura

á buscar á Tolín, que te espera en su cuarto. Así me lo dijo esta

mañana saliendo de misa de once de la Compañía... ¡Ea! ya estás en

regla... ¡y bien guapetón, caramba! ¿por qué no ha de decirse, si es

cierto?

Á Andrés le molestaban mucho estas incesantes chinchorrerías de su

madre; las cuales, si estaban muy en su punto por lo referente á las

aficiones del mozo, eran harto inmerecidas por lo tocante á lo demás.

La capitana le quería elegante y distinguido á fuerza de perfiles,

miramientos, discreciones y finezas; es decir, haciéndole esclavo de

su vestido, de su palabra y de cuatro leyes estúpidas impuestas en

salones y paseos por unos cuantos majaderos que no sirven para cosa

mejor; y Andrés, con su gallardía natural, con su varonil soltura

y su ingenuidad noblota, era precisamente de las pocas figuras que

encajan bien en todas partes, aunque en ninguna brillen mucho.

Fuése, pues, de punta en blanco á casa de Tolín; y al atravesar el

vestíbulo dirigiéndose al cuarto de su amigo, hallóse tope á tope con

Luisa, emperejilada ya con todos los perifollos de teatro. Parecióle

al fogoso muchacho que le caían muy bien, y así se lo espetó por

todo saludo, pues le sobraba confianza para ello.

--¡Vaya, que estás guapa de veras, Luisilla!--le dijo.

--Y á tí, ¿qué te importa?--respondió Luisa, pasando de largo.

Andrés tomaba todos los dichos al pie de la letra, y por eso le dejó

muy desconcertado la sequedad de Luisa.

Tanto, y tan sentido, que se quejó de ello á Tolín así que llegó á su

cuarto.

--Te digo, hombre, que el mejor día la suelto una fresca. ¡Mira que

es mucha tirria la que me va tomando!

--¡Qué ha de ser tirria eso!--le replicó Tolín, mientras se enceraba

las desmayadas guías de su bigotejo ralo.

--Pues si no es tirria, ¿qué es?

--Gana de divertirse contigo. ¡Como hay tanta confianza entre

vosotros!...

--¡Pues me gusta la diversión!

--Sí, hombre, sí; no es más que eso... ó algún resentimiento que

podrá tener...

--¿De qué?

--¡Qué sé yo? De todas maneras, no vale un pito la cosa.

--Para tí, no; pero para mí...

--Y para tí, ¿por qué?...

--Me parece, Tolín, que entrar todos los días en una casa donde se le

recibe á uno así... Porque, desde algún tiempo acá, todos los días

me pasa algo de esto.

--Hombre, eso, si bien se mira, hasta revela cariño y estimación...

Pues si quisiera echarte á la calle de una vez... ¡apenas tiene

despabiladeras la niña!

--¡Ya lo voy viendo, ya!

--¡Qué has de ver tú, hombre, qué has de ver tú?... Lo que hay que

ver es lo que hace con los que le estorban de verdad. Mira que ya me

da hasta compasión de ese pobre Calandrias.

--¡Calandrias!... ¿Quién es Calandrias?

--¿No te acuerdas que llamábamos así á Pachín Regatucos, el hijo de

don Juan de los Regatucos? Pues ese elegantón se bebe los vientos

por ella, y pasea el Muelle arriba y abajo todo el santo día de

Dios; ¡y ella le da cada sofión, y cada portazo!... ¡y le pone unas

caras!... En el baile campestre del día de San Juan, se negó á bailar

con él ¡con unos modos!... Te digo que no sé cómo ese hombre tiene

humor... ni vergüenza para seguir todavía paseando la calle á mi

hermana. Pues como ese hay varios; porque, como ella es hija de don

Venancio Liencres... ¡ya se ve! Y á todos los trata por igual... ¡Más

seca y más!... Y lo peor es que todas sus familias son visitas de

casa... ¡como que son de lo mejor!... Mamá está que trina con esas

geniadas... Y con muchísima razón... ¡Mira tú, hombre, qué cosa

mejor puede apetecer ella, á la edad que tiene, que tantos y tan

buenos partidos, para escoger el que más le agrade! Pues, nada...

como una peña... Te digo que como una peña... Con que ahora quéjate

tú... Y por supuesto, que todas estas cosas te las cuento yo no más

que para gobierno tuyo y en la confianza de la amistad que tenemos.

¿Estás?

En esto se oyeron dos golpes recios á la puerta de la habitación, y

la voz de Luisa que decía:

--¡Que nos vamos!...

Andrés abrió en seguida; y como ya su amigo había terminado sus

faenas de tocador, salieron ambos al pasillo, donde tuvo Andrés que

saludar á la señora de don Venancio, que, aunque vieja ya y bastante

acartonada, iba tan elegante como su hija, pero mucho más fastidiosa.

Don Venancio andaba perorando en el Círculo de Recreo, y se daría

una vuelta por el teatro á última hora, si otros particulares más

interesantes no se lo estorbaban. Tolín se anticipó á dar el brazo á

su madre para bajar la escalera, y Andrés ofreció el suyo á Luisa con

grandes recelos de recibir un desaire.

Pero no le recibió, afortunadamente. Eso sí, al precio de una mirada

de aire colado, y de estas palabras, que dejaron al pobre chico

atarugado y sudando:

--Pero no me rompas el vestido, como la otra vez...

De camino, llamaron á la puerta de don Silverio Trigueras,

comerciante bien metido en harina; y bajó, calzándose los guantes y

con la cabeza hecha un borlón de colgajos relucientes, la señorita de

la casa, la elegante Angustias, afamada beldad por quien el hijo de

don Venancio Liencres suspiraba en sus soledades y se engomaba las

puntas del bigote. Despepitóse con ella á fuerza de saludos; recibió

la joven los de costumbre de las otras dos señoras, y de Andrés los

mejores que supo hacer el pobre mocetón, y continuaron todos juntos

hacia el teatro.

Ya en el palco, Tolín se sentó detrás de la joven por quien

suspiraba. Andrés, muy cerquita de Luisa, para dejar mayor espacio á

su madre; y como por haber madrugado más que el sol y bregado tanto

durante el día, se pasó durmiendo la mayor parte de cada acto, y en

los intermedios se salía á fumar en los pasillos, de todo lo ocurrido

allí sólo recordaba después que á mitad de la función había llegado

don Venancio Liencres, preguntando si aquello estaba en prosa ó en

verso.

--Creo que en verso--había respondido Andrés;--digo, no, puede que

sea prosa.

--Es igual--había replicado el elocuente don Venancio.--¡Para lo

bien que lo hacen y el jugo que se saca de ello!...

Después, la salida. Vuelta á ofrecer el brazo á Luisa, porque don

Venancio había cargado con lo que en justicia le correspondía, y á

Tolín no le apartaba nadie, ni con agua hirviendo, de la mujer por

quien suspiraba hondo y se enceraba las guías del bigote.

Ya en la calle, la consabida ringlera de farolones de mano en las

de las _doncellas_ que aguardaban á sus respectivas señoras. Porque

todavía en aquel tiempo, y no obstante haberse estrenado el gas

el año anterior, quedaban bastantes restos de aquella antiquísima

vanidad de clase, expresada en un gran farol de cuatro cristales, dos

de ellos amplísimos y todos muy altos, y tres medias velas, cuando no

cuatro, entre arandelas y bajo lambrequines, arcos ó laberintos de

papel rizado, de veinticinco colores, para andar los pudientes por

las calles á las altas horas de la noche. Esta observación acerca

de los faroles, no fué de Andrés, que ni siquiera reparó en ellos,

por estar bien acostumbrado á verlos allí en casos tales: es mía, y

la apunto aquí porque no estorba, como nota expresiva del cuadro de

aquellos tiempos.

Lo que Andrés observó entonces fué que el viento, encalmado desde

que él había salido de casa para ir á la de don Venancio Liencres,

había vuelto á arreciar, y mucho; y como sabía que en las bocacalles

del Muelle soplaba con mayor fuerza que en ninguna otra parte de la

población, se atrevió á aconsejar á Luisa que continuara apoyada

en su brazo hasta llegar á casa. Tampoco esta vez fué desairado; y

teniendo los demás por muy cuerdo el parecer, observáronle al pie

de la letra. Quiero decir que don Venancio no soltó á su señora, ni

Tolín á la señorita de sus amorosos pensamientos. Luisa y Andrés

iban delante de todos, menos del farol empapelado, que les precedía

algunas varas, zarandeándose en la diestra de la doncella de la casa.

Al enfilar la calle de los Mártires, comenzaron á oirse los silbidos

del viento enredado entre la jarcia de la patachería de la Dársena, y

su rebramar furibundo en las encrucijadas próximas; llegaron algunas

ráfagas pasajeras que hicieron crujir la seda del vestido de Luisa,

zarandeando los pliegues de su falda, y Luisa entonces, muerta de

miedo, se agarró al brazo de Andrés, fuerte é inmoble como la rama de

una encina.

--Agárrate de firme y sin miedo--la decía Andrés,--que á mí no me

lleva por mucho que sople.

Y Luisa se agarraba á dos manos; y con tal ansia se arrimaba á la

encina, que Andrés, á no serlo tanto en ciertos casos, hubiera

podido sentir en su brazo derecho los latidos del corazón de su

amiga; especialmente en el no muy breve rato que permanecieron en

el Muelle, mientras abrían en casa de don Silverio Trigueras y se

quedaba Tolín sin el arrimo dulce de su linda acompañada.

Andrés, en cuanto volvió á verse en el relativo sosiego de la calle

trasera, dijo á Luisa, como para tranquilizarla, y, sobre todo, por

hablar algo:

--Si me apuras un poco, más soplaba esta tarde.

Á lo que respondió Luisa inmediatamente y sin el menor dejo de broma:

--Pues si yo llego á ser aire esta tarde, buena zambullida te

llevas... Yo te lo aseguro.

Andrés sintió una marejada de fuego que le abrasaba la cara. Se

acordó de que una cosa muy parecida había dicho él á Sotileza cuando

los dos se amparaban contra las olas de la bahía bajo un mismo

capote. No temió que Luisa le hubiera oído... pero pudo muy bien

haberle visto.

--¡Vaya una entraña, mujer!--respondió, atarugado, á la estocada de

su amiga.

--No hay que tener mala entraña para hacer esas cosas, que son

escarmientos necesarios... y hasta obras de caridad, si me apuras.

--¡Escarmientos!... ¡obras de caridad!--exclamó Andrés, más dueño

ya de sí mismo, porque le iba llevando Luisa al terreno de las

impertinencias que tanto le molestaban.--Pues ¿qué he hecho yo de

malo esta tarde?

--Hombre--respondió Luisa muy resuelta,--á punto fijo, no lo sé,

porque la vela tapaba la mitad, hacia allá, de la lancha; y no ví en

la de acá más que tres bultos remojados, que daban asco.

--Yo iba gobernando al timón,--saltó Andrés, resignado á pasar por

uno de los bultos «que daban asco,» siempre que Luisa se convenciera

de que él no ocupaba la parte invisible de la barquía, donde iba el

contrabando.

La desengañada hija de don Venancio Liencres, sin dar muestras

visibles de atención á estas palabras, añadió:

--Pero si no lo has hecho esta tarde, bastante hiciste por la mañana.

--¡Por la mañana!...

--¡Sí, señor, por la mañana! Pues qué, ¿piensas que no te _han_

visto ahí enfrente, arriba y abajo, las horas de Dios, con esos

marinerazos... y una mujerona?

--¡Una mujerona!...

--Eso mismo: una mujerona... ¿Te parece que eso está bien? ¿Qué dirán

las gentes que lo hayan notado?

--¿Y qué han de decir?

--Pestes, y no será mucho.

--¿Y por qué lo miran si tan malo es?

--Y ¿por qué te pones tú con _esas cosas_ en el mismo sitio á que

está _una_ mirando? Porque una mira allí, porque lo tiene delante de

casa, y tiene también buenos gemelos para mirar.

--Sí, y ganas de meterse en lo que no importa.

--¡En lo que no _me_ importa!--exclamó Luisa, con un sacudimiento que

Andrés no estaba en disposición de apreciar, así por el enojo que ya

le cosquilleaba en los nervios, como por los embates y refregones que

recibía del viento á cada instante.

--En lo que no te importa, sí--respondió Andrés con entereza,--puesto

que en ello no ofendo á nadie, y en lo demás cumplo con mi deber.

--Pues me importa--remachó Luisa con voz algo alterada y nerviosa,--y

me importa mucho, porque eres un amigo de la casa y un compañero de

mi hermano; y no me gusta que digan las gentes que Tolín tiene amigos

que andan á todas las horas de Dios con hombrones de la Zanguina y

con marinerotas puercas y desvergonzadas. Por eso, y no más que por

eso. Y si me apuras un poco, se lo contaré á papá, para que se lo

cuente al tuyo cuando venga, y te saque de esa mala vida... Y ahora,

ya no quiero tu brazo... ni que me saludes siquiera.

Y en el acto desprendió el suyo del de Andrés. Verdad que esto

sucedía después de haber pasado á remolque de éste la última

bocacalle, y en el momento de arrimarse muy pegadita al vano de la

puerta de su casa, mientras la doncella, que se había anticipado

algunas varas más, daba, por segunda vez, dos tremendos aldabonazos,

que retumbaban en el hueco de la escalera y hacían estremecer el

barrote de hierro ajustado por dentro á la puerta, la primera de las

tres que guardaba la repleta caja del comerciante don Venancio.

El recuerdo fresquísimo de estos sucesos era el segundo tema de las

cavilaciones que le quitaban el sueño á Andrés á las altas horas de

la mencionada noche.

Sotileza · 第 15 / 27 段