había de durarme?... Pues hasta que me le pidieran. Me le pidieron
esta tarde en cuanto salí de casa, y me quedé sin él. ¡Cuerno! me
parece que la cosa no puede ser más natural ni más corriente.
Íbase ya la criada con el triste recado para la mujer de Capuchín, y
de pronto la llamó el fraile.
--Oye, Ramona--le dijo,--antes que te vayas, y por lo que sea: ¿qué
tenemos para cenar?
--Para usté, carne con patatas.
--¡Cómo «para usted?...» ¿Y para tí?
--Para mí, hay cuatro sardinas.
--¿Y desde cuándo acá hay manjares distintos para nosotros?
--Es tan poca la carne, que no alcanza para los dos.
--Con que poca... Y ¿qué tal está? ¿qué tal está, con esas patatitas?
--Á medio hacer todavía, señor.
--Á medio hacer, á medio hacer... ¡Vea usted, qué jinojo!... Pues
mira, tráete ahora mismo esa carne, según esté, con puchero y todo...
--Pero, señor, si...
--Que te lo traigas, ¡cuerno!
Salió la vieja Ramona, y volvió en el aire con un pucherete humeante
entre las manos envuelto en una rodilla sucia.
Pae Polinar le acercó á sus narices; sorbió con ansia aquellos
vapores suculentos y olorosos; y apartando en seguida el puchero
lejos de sí, como quien huye de una mala tentación, dijo á su criada:
--¡Bueno, bueno, bueno de veras va el guisado éste!... Pero como yo
no tengo esta noche grandes ganas que digamos, dásele á la mujer
de Capuchín para que le despachen en su casa como Dios les dé á
entender...
Tras algunos reparos infructuosos, fuése la criada dispuesta á
cumplir el mandato de su amo; el cual, sacando la cabeza fuera del
gabinete, la gritó:
--Pero dile que me devuelva la _servilleta_... si no les hace mucha
falta.
Luégo se volvió á su sillón y á sus papeles, murmurando mientras los
manoseaba:
--Cabalmente, he leído yo, no sé dónde, que para conservar la salud
mientras se hacen trabajos de tanto empeño como éstos que yo traigo
entre manos, no hay nada mejor que meterse en la cama con hambre.
Pues lo que toca á la mía de esta noche, es de órdago... ¡de órdago!
¡Cuerno si lo es!
[Ilustración]
[Ilustración]
XVI
UN DÍA DE PESCA
Andrés madrugó al día siguiente más que el sol, y fué á la misa
primera que decía en San Francisco el padre Apolinar para los
pescadores de la calle Alta. Muergo, que había ido á llamarle,
llevaba los aparejos y la cesta con las provisiones de boca para todo
el día; provisiones que la capitana había preparado por la noche,
según lo tenía por costumbre cada vez que su hijo iba de pesca. ¡Era
de oir á la mujer de don Pedro Colindres cuando, delante de su hijo,
acomodaba en la cesta cada cosa!
--Dos, cuatro, siete... diez... Una docena justa de huevos duros te
he puesto. ¿Tendréis bastante? En este envoltorio de papel van rajas
de merluza frita: dos libras y media. Por supuesto, que si dejas
meter las manazas á esa gente, no te queda á tí para probarla... ¡No
comieran rejones atravesados! ¡Hijo, yo no sé cuándo has de perder
esa condenada afición tan peligrosa! Y todo, para venir abrasado del
sol y del viento, y apestando la casa á esas inmundicias... Y lo
peor es que el mejor día, si no te quedas allá, coges un tabardillo
que te lleva... Vamos, no te amosques, que por tu bien te lo digo...
Aquí va una empanada de jamón con pollos... Éstas son salchichas...
tres docenas. Procura que se harten con ellas esos hambrones, para
que te quede á tí más de lo otro. Para cinco he puesto. Si son más,
porque á tí se te pega siempre medio Cabildo, que coman clavos ó
que se arreglen con lo que haya. ¡Dará gusto ver á tu amigo Muergo
chuparse los dedazos y relamerse los hocicos de cerdo!... ¡Buena
educación y buenos modales aprenderás á su lado! ¡Hijo, qué gustos
más arrastrados tienes, y qué rabia me da no poder arrancártelos de
cuajo!... Pero la culpa tiene tu padre que te los consiente, si es
que no te los aplaude. ¡Sí, sí, Andrés! Te lo digo como lo siento; y
tienes que oírmelo, porque eso es lo menos á que estás obligado...
Una ración buena de pasta de guayaba, para tí solo; medio queso de
Flandes y dos libras de galletas dulces, para todos... Seis libras
de pan... ¿Cuántas botellas de vino pongo? ¿Tendréis bastante con
cuatro? Vamos, te pondré seis; porque esa gente, ¡tiene un saque!...
La servilleta fina. ¡Cuidado con que les consientas limpiarse las
manazas con ella! Para eso van estas dos rodillas grandes. El vaso
para tí... y otro para ellos... Tenedores, cuchillos... Fortuna que
la cesta no es chica, que si no... Ya estás aviado de lo principal...
Sobre la cama te pondré el vestido de mar y el abrigo, por si el
nordeste refresca... ¡Y, por el amor de Dios, hijo mío! no salgas muy
afuera ni vuelvas tarde; ¡porque tú no sabes lo que yo me consumo
pensando en lo que podrá sucederte! ¡Qué misa de tres se va á cantar
en San Francisco el día en que esa condenada afición se te acabe... y
vayan las cosas por donde deban ir!
Andrés, al salir de misa, vió que también la habían oído tío Mechelín
y Sotileza; lo cual le demostró que los dos iban á ser de la partida.
Había acontecido esto en varias ocasiones, porque Sotileza se
perecía por ello; y como no gustaba de otras diversiones y en su
casa la mimaban en extremo, y Andrés, cuando fué consultado sobre
el particular, despachó la pretensión encareciendo mucho lo que le
complacía, no puso tía Sidora otro estorbo á los deseos de la hermosa
muchacha que la condición de que, por el bien parecer, no fuera nunca
á esos holgorios sin la compañía de tío Mechelín. Desde entonces,
siempre que la salud de éste le permitía ir en su barco á pescar con
Andrés, les acompañó Sotileza.
¡Qué ganas se le pasaban á Cleto de echar un memorial al campechano
mozo para que se le diera una plaza en la barquía, en la que iban
tantas cosas que le arrastraban á él hacia allá! Por de pronto,
Sotileza, que era, como quien dice, su propia entraña; después,
Muergo, que no merecía ni debía ir _solo_ tan cerca de quien iba; y,
por último, aquella pitanza, tan abundante y sabrosa, que llevaba
Andrés para regodearse todos al mediodía. Y su memorial hubiera sido
bien despachado, seguramente; y lo fío yo con los propósitos que tuvo
Andrés, en una ocasión, de anticiparse á los deseos de Cleto. Pero á
Cleto le detenían las mismas razones que expuso á Andrés tía Sidora
para que no intentara llevarle consigo en la barquía, lo más odiado
en casa de Mocejón de todo lo perteneciente á la bodega, donde había
tantas cosas aborrecibles para las mujeres del quinto piso. Cleto no
tenía agallas bastantes para arrostrar las tempestades domésticas que
le aguardaban, sentándose á remar en la barquía de su vecino, ni éste
ni la gente de su casa querían tener con _las de arriba_ más pleitos
que los pendientes... ¡que no eran pocos!
Por eso Cleto no acompañaba á Andrés en la barquía de tío Mechelín, y
se conformaba con ver, desde lejos, embarcarse á los expedicionarios
cuando Sotileza iba entre ellos.
--Por suerte, va Andrés con ella,--exclamaba para sí en tales casos,
si Muergo se embarcaba también.
Y eso mismo hizo y dijo en aquel día de fiesta, encaramado en lo alto
del Paredón, mientras se embarcaban el viejo Mechelín, Muergo, Cole
y Sotileza, cuando empezaba el sol á dorar los contornos del hermoso
panorama de la bahía, y á saltar la luz en manojos de centellas al
quebrarse en el terso cristal de las aguas. Reinaba en la naturaleza
una calma absoluta y algo bochornosa, y había nubes purpúreas sobre
el horizonte, alrededor del astro.
Aunque se izó la vela, fué por entonces inútil por falta de aire.
Muergo y Cole armaron los remos; tío Mechelín, á proa, armó también
el suyo, porque no dijeran que ya no servía el pobre hombre para
nada; y buscando la contracorriente, porque la marea comenzaba á
apuntar en aquel instante, bogaron hacia la boca del puerto.
Andrés y Sotileza, sentados á popa, disponían y encarnaban los
aparejos entre dichos harto inocentes y alegres carcajadas. Porque
es de advertirse que Sotileza, tan sobria de frases y de sonrisas en
tierra, era animadísima en estos lances de la mar; y como hacía mucho
tiempo ya que Andrés no seguía aquel sistema de disimulos á que
espontáneamente se condenó, porque fué persuadiéndose poco á poco de
que era innecesario, puesto que nadie se acordaría de los motivos que
se le aconsejaron, no desperdiciaba éstas y otras prodigalidades que
de vez en cuando brindaba á su genio retozón y alegre el más retraído
y seco de su amiga.
Ésta, con todos sus andariveles domingueros, no valía tanto, aunque
ella creía lo contrario, como con sus cortos y escasos trapillos
domésticos; pero, no obstante, iba muy guapa en la barquía, con su
pañuelo de seda encarnado encima del negro y ceñido jubón; su saya
azul obscura; bien calzada, y con el profuso moño y la mitad de su
cabeza ocultos por el gracioso pañuelo _á la cofia_.
Muergo se sentaba dos bancos más á proa que ella, y estribaba en
el inmediato con sus piesazos negros y callosos. Cubría su torso
hercúleo una ceñida y vieja camiseta blanca con rayas azules; y estos
colores daban extraordinario realce al bronceado matiz de su pellejo
reluciente. La sonrisa estúpida de siempre se dibujaba entre las dos
cordilleras de sus labios, y á través de los mechones de greña que
colgaban frente abajo, fulguraban los cruzados rayos de sus ojos
bizcos.
Andrés se complacía en cotejar las frescas, finas y juveniles
facciones de la linda muchacha, con los detalles de la cabezona del
remero. Admirando estaba mentalmente el contraste que formaban las
dos caras, cuando le dijo Sotileza al oído:
--¡Nunca le he visto más feo que hoy!
--¡Muy feo está!--respondió Andrés, coincidiendo con Sotileza en un
mismo pensamiento.
--¡Da gusto mirarle!--añadió la muchacha, con expresión codiciosa,
hundiendo al mismo tiempo toda la fuerza de su mirada en las
tenebrosas escabrosidades de la cara de Muergo.
Éste sintió la puñalada de luz en lo más hondo de sí mismo;
conmovióse todo; relinchó como un potro cerril, y cargándose sobre el
remo con todos sus bríos bestiales, dió tal _estropada_, cogiendo á
Cole descuidado, que torció el rumbo de la barquía.
En la cara de Sotileza brilló entonces algo como relámpago de vanidad
satisfecha, y al mismo tiempo se oyó la voz de Mechelín, que gritaba
desde proa, detrás de la vela desmayada y lacia:
--¿Qué haces, animal?
--Ná que le importe,--respondió Muergo, relinchando otra vez.
En esto Andrés y Sotileza largaron los respectivos aparejos, cada
cual por su banda; y cuando la barquía llegaba al promontorio de
San Martín, ya había embarcado en ella más de dos libras de pescado,
entre _panchos_, _mules_ y _llubinas_, trabados _á la cacea_.
Allí comenzaba verdaderamente la diversión proyectada.
Se bajó la inútil vela, y Andrés y Sotileza, á barco parado, echaron
la primera _calada_ debajo del Castillo; porque junto á las rocas y
en lo más hondo es donde se pescan los durdos, las jarguetas y otros
peces de estimación.
Después pasaron á la Isla de la Torre, y luégo á la playa de
enfrente, porque los barbos prefieren los fondos arenosos; y más
tarde á la Peña Horadada; y así, de peñasco en peñasco, de playa en
playa, pescando lo que se trababa, más porredanas, panchos y julias
de manto negro, que los barbos que apetecían los pescadores, llegaron
éstos, en virtud de que la mar estaba como un espejo, á la Isla de
Mouro, no sin que Mechelín, siguiendo la diaria costumbre de los
patrones de lancha, dijera, descubriéndose la cabeza en el momento
de salir del puerto: «alabado sea Dios,» y rezara y mandara rezar un
Credo. Sotileza, que jamás había salido mar afuera, comenzó á sentir
los efectos de la casi invisible, pero constante, ondulacion de las
aguas.
Á causa de este percance inesperado, volvió la barquía al puerto,
ante cuya boca exclamó Mechelín, observando también en ello otra
costumbre jamás quebrantada por los patrones en casos tales:
--¡Jesús, y adentro!
Después de rebasar el Promontorio, se prepararon las _guadañetas_;
y dejándose llevar de la corriente la barquía, se dió principio á la
pesca, ó más bien, al _robo_ de los maganos.
Sotileza, aunque tenía un arte admirable para agitar con la blandura
y tacto necesario dentro del agua aquel manojo de alfileres con las
puntas vueltas hacia arriba, carecía de práctica en la manera de
embarcar el magano trabado sin que el chorro de tinta negra que éste
larga en cuanto se siente fuera de su natural elemento, se estrelle
contra el mismo pescador ó los que se hallen cerca de él. Así fué
que con el primer magano que trabó en su guadañeta, puso á Andrés lo
mismo que si le hubieran zambullido en un tintero. Mordíase Sotileza
los labios, por no reirse con el lance, que, por de pronto, arrancó á
Andrés una interjección algo fuerte; y acabó por reir como una loca,
cuando Andrés, pasada la primera impresión, tomó también el caso á
risa. Entonces Muergo, que los miraba sin pestañear, descansando de
codos sobre el ocioso remo, exclamó de pronto, al calar otra vez la
muchacha su guadañeta:
--¡Puño! ¡Ahora pa mí, Sotileza!... ¡Échame toa la tinta de ese que
pesques, en metá de la cara!... ¡ju, ju, ju!
Sotileza le respondió con una ojeada en que iba escrita la intención
de echarle encima lo más que pudiera; y Muergo, dejando el remo, se
plantó á su lado dispuesto á recibirlo. Pero salió el magano, soltó
la tinta, y fué ésta á parar á la pechera de Cole, que no lo deseaba
ni en nada se metía.
--¡Güena suerte tenéis!--rugió Muergo contrariado.
Mas no había acabado de decirlo, cuando ya tenía en su caraza toda la
pringue del magano que acababa de sacar Andrés.
--¡No es lo mesmo uno que otro, puño!--exclamaba Muergo escupiendo
tinta y echando el busto fuera del carel para lavarse la cara, en la
cual apenas se distinguían las manchas negras.
En éstas y otras corrió el tiempo hasta más del mediodía: la marea
estaba bajando, el calor sofocaba, y venían del Sur unas bocanadas de
aire tibio que rizaban apenas la superficie de la bahía, á la vez que
iban sus aguas tomando un tinte azul muy intenso.
--Á comer,--dijo de pronto Andrés.
--¿En ónde?--preguntó tío Mechelín.
--Donde siempre: en la arboleda de Ambojo.
--Algo lejos está--replicó el marinero.--¿Se ha hecho usté cargo de
que ya apunta el sur, con trazas de apretar recio?
--Y eso ¿qué?--observó Andrés.--¿Ya no hay agallas para tan poco?
--Por usté lo digo, don Andrés, y por esa muchacha, que se pueden
calar algo los vestidos; que lo que toca á mí, sin cuidao me tienen
estas chanfainas de badía... ¡Isa, Cole!
Y Cole, ayudado de Muergo, izó otra vez la vela, que se agitó en
el aire hasta que, atesada su escota por Andrés, que también cogió
la caña, quedó tersa é inmóvil, mientras la barquía comenzaba á
deslizarse lentamente, porque el viento era escaso, con la proa
puesta á los picos del Alisas.
Media hora después, llegaba á la costa en cuya demanda iba. El
viento había arreciado un poco; y como la playa es llana, la resaca
la invadía un buen trecho entre el arenal descubierto y el punto en
que, de intento, embarrancó la barquía. Cuestión de descalzarse para
saltar á tierra quien no tuviera en sus piernas el brío necesario
para salvar el obstáculo de un solo brinco, ó de dejarse sacar los
más escrupulosos en brazos del más forzudo y menos aprensivo.
Por de pronto, se convino en que Cole se quedara al cuidado de
la barquía para que no llegara á vararse por completo, lo cual
acontecería si se tardaba mucho en resolver el punto referente al
modo de desembarcar sus tripulantes y pasajeros; y sacó Andrés para
él, del cesto de las provisiones, abundante ración de cuanto había.
Mechelín, en gracia de sus achaques, consintió en que Muergo cargara
con él hasta dejarle en seco; y mientras andaba Andrés empeñado
en hacer otro tanto con Sotileza, que prefería descalzarse y ya
se disponía á hacerlo, volvió Muergo del arenal, la agarró por la
cintura y cargó con ella, que se dejó llevar, muerta de risa, en
tanto Andrés saltaba, de un brinco prodigioso, desde el carel de la
barquía á la parte enjuta de la playa, en cuyas arenas hundió los
pies hasta el tobillo.
Y Muergo, que le precedía más de dos brazas, seguía corriendo sin
soltar la carga, que antes parecía darle fuerzas que consumírselas;
y casi tocaba ya los primeros cantos de las veredas que arrancaban
de aquellos límites del arenal, y aún no daba señales de posar á la
gentil moza, que, entre risas y denuestos, le machacaba la cara y le
tiraba de la greña.
--¡Déjala ya, animal!--le gritó Andrés.
--¡Suéltala, piazo de bestia!--repitió tío Mechelín.
Como si callaran. Muergo corría y corría, y parecía dispuesto á no
dejarla hasta la arboleda misma, á cuya sombra deseaba Andrés que se
comiera.
Viendo trepar á aquel monstruo greñudo y cobrizo por los ásperos
callejos y entre matas de escajo, oprimiendo entre sus brazos
nervudos las ricas formas de la garrida callealtera, había que pensar
en Polifemo robando á Galatea, ó siquiera en Cuasimodo corriendo á
esconder á la Esmeralda en los laberintos de su campanario.
Al fin, volvió solo, echando chispas por los ojos bizcos, y
agitándose en derredor de su cabezota, al impulso del viento, los
mechones retorcidos de su greña montuna.
Tío Mechelín le maltrató de palabra por aquella acción que tan
mal parecería á los que no conocieran el juicio de la honradísima
muchacha, y Andrés también le echó un trepe gordo. Muergo no hizo
caso maldito de las durezas de su tío; pero á Andrés le soltó al oído
estas palabras, mientras se restregaba las manos y escondía en lo más
hondo de los respectivos lagrimales todo lo negro de sus ojos:
--¡Puño... qué gusto dan estas cosas!
Á lo que respondió el mozo largándole un puntapié por la popa; de tal
modo, que le apartó de sí más de dos varas.
Muergo recibió el agasajo con un estremecimiento bestial, dos
zancadas al aire y un relincho.
Después cogió la cesta de las provisiones y una gran jarra vacía
que llevaba tío Mechelín, y siguieron todos hacia la arboleda á
cuya entrada aguardaba Sotileza, mientras Cole, después de haber
desatracado la barquía, no sin mucho esfuerzo, y de haberse fondeado
con el _rizón_ donde no corría peligro de vararse otra vez, daba
comienzo á su particular banquete, al suave arrullo de la resaca y al
dulce balanceo de la barquía sobre los blandos lomos del oleaje que
el viento agitaba lentamente.
¡Sabrosísima, y bien glosada además, fué la comida de los
cuatro comensales de la arboleda! Y por lo que toca á Muergo,
hubo que ponerle á raya, según costumbre, porque no tenía calo,
particularmente en el beber. Andrés y Sotileza apenas bebían otra
cosa que el agua fresca que se había traído del manantial cercano;
y, por acuerdo de ambos, se guardó de todo lo mejor que se comía,
una buena ración para tía Sidora, con harta pesadumbre de Muergo que
hubiera devorado también las rebañaduras. Tío Mechelín agradeció
en el alma esta cariñosa atención consagrada á su mujer, como en
otros lances idénticos; y con este motivo, amén de sentirse él bien
confortado y bajo el saludable influjo de la amenidad del sitio y de
las caricias del aire, despertósele aquella locuacidad tan suya, que
sólo la tiranía de los años y de los achaques había sido capaz de ir
adormeciendo poco á poco, y empezó á entonar panegíricos de su vieja
compañera. Cantó, una á una, sus virtudes y sus habilidades; después
retrocedió con la memoria á los tiempos de su propia mocedad, y pintó
sus castos amores y sus alegres bodas; y en seguida su felicidad de
casado y sus desventuras de pescador; y luégo sus lances de hombre
maduro; y, por último, los achaques de su vejez, sin reparar que
desde la mitad de su relato, que fué larguísimo, Muergo roncaba,
tendido boca arriba, y Sotileza y Andrés no le escuchaban, por estar
más atentos que á su palabra, á las que á media voz y con mucho
disimulo se decían mutuamente los dos mozos. El mismo Mechelín se fué
rindiendo á los asaltos del sueño, y acabó por tenderse en el suelo y
por roncar tan de firme como su sobrino.
Andrés y Sotileza se miraron entonces, sin saber por qué; y quizá
sin conocer tampoco la razón de ello, pasearon después la vista en
derredor del sitio que ocupaban, y todo lo vieron desierto y sin
otros rumores que los que el viento producía entre las ramas de los
árboles.
Sotileza, con el bochorno de la tarde y los vapores de la comida,
estaba muy encendida de color; y como ya se ha dicho que á merced de
tales jolgorios era más animada y habladora que de costumbre, este
exceso de animación se revelaba en la luz de sus ojos valientes y en
la sonrisa de su boca fresca. Con esto y el fuego de sus mejillas,
Andrés la vió, sobre el fondo solitario y arrullador de aquel
cuadro, como nunca la había visto. Se acordó, con _indignación_,
de la _calumnia_ de marras; y para enmendarlo, comenzó á convertir
en frases terminantes las medias palabras que usó mientras tío
Mechelín relataba sus aventuras. Y aquellas frases eran requiebros
netos. Y Sotileza, que no los había oído jamás en tales labios,
entre la sorpresa que la producían y el efecto de otra especie que
le causaban, no acertaba á responder lo que quería. Esta lucha
interior le saltaba á la cara en una expresión difícil de interpretar
para unos ojos serenos; mas no para los de Andrés, que, ofuscado
en aquel instante por los relámpagos de su interna tempestad, todo
lo convertía en substancia. Alucinado así, tomó con su diestra una
mano que Sotileza tenía abandonada sobre su falda, y con el brazo
izquierdo le ciñó la cintura, mientras su boca murmuraba frases
ponderativas y fogosas. La moza entonces, como si se viera enredada
en los anillos de una serpiente, deshizo los blandos con que la
sujetaba Andrés, con una brusca sacudida, lanzando al mismo tiempo
sus ojos tales destellos y transformándose la expresión de su cara de
tal modo, que Andrés se apartó un buen trecho de ella, y sintió que
se le disipaba el entusiasmo, como si acabaran de echarle un jarro de
agua por la cabeza abajo.
--Desde ahí--le dijo fieramente la indignada moza,--todo lo que
quieras... no siendo hablarme como me has hablado... No digo de tí,
que estás tan alto; pero ni de los de mi parigual debo de oir yo
cosa que no pueda decirse delante de ese venturao (y señalaba á tío
Mechelín).
Andrés sintió en mitad del pecho la fuerza de esta brusca lección, y
respondió á Sotileza:
--Tienes razón que te sobra. He hecho una barbaridad, porque... ¡no
sé por qué! Perdónamela.
Pero, aunque así se expresaba, otra le quedaba adentro. En
descalabros tales es donde más padece la vanidad de los buenos mozos;
y la de Andrés había quedado muy herida, tanto por el descalabro en
sí, cuanto por venir éste de mujer que, aun resuelta á rechazarle á
él, estaba _obligada_ á hacerlo de otro modo menos brutal; y porque
no se compaginaban fácilmente su cruda esquivez con un mozo tan
gallardo, y el regocijo con que la esquiva se dejaba llevar poco
antes entre los brazos del monstruoso Muergo.
La alusión al pobre y honrado marinero dormido á su lado, también le
había llegado al alma, no por inmerecida, sino porque la ocurrencia
de Sotileza debió haberla tenido él antes; y así se hubiera evitado
que le recordaran los labios de una marinera ruda, lo que más le
estaba mordiendo la conciencia. En fin, que al verse corrido en aquel
trance, obra de las circunstancias, pensaba y sentía lo que sintiera
y pensara cualquier nieto de Adán, tan honradote, tan mozo, tan sano
y tan irreflexivo como él en idéntica situación.
En tanto, Sotileza, sin señales ya de su enojo, se puso á _levantar
los manteles_ y á acomodar en la cesta los avíos y las sobras de la
comida. De paso despertó á los dormidos: al «venturao,» sacudiéndole
blandamente; y á Muergo, arrojándole á la cabeza el agua que había
quedado en la jarra. Enderezóse éste lanzando un bramido, mientras se
incorporaba el otro bostezando y restregándose los ojos; y como los
celajes se obscurecían y el sur iba apretando, diéronse prisa todos y
volvieron á la playa, bien corrida ya la media tarde.