que afirmaba de sí propio no había un atisbo de mentira, lo hubiera
jurado hasta con entusiasmo. Y habría jurado verdad.
Y, sin embargo, escarbando bien en su corazón, ¡qué pronto se
hubiera hallado escondido en el fondo de él algo que acreditara la
inconsciente falsedad del juramento! Porque lo cierto es que desde
la primera vez que volvió á la bodega después de haberse entregado
á aquellas meditaciones, aunque resuelto á combatir heróicamente
contra todo mal pensamiento que el demonio pudiera sugerirle, y
contra las facilidades tentadoras de inesperada ocasión, si sus ojos
se apartaban muy á menudo de Sotileza, en cambio, cuando la miraban,
¡de qué distinto modo que antes la veían!
Lo cual demuestra, por de pronto, tres cosas:
Que Andrés, pensando y obrando así, _sentía_ menos honrada é
hidalgamente que en la explanada del Paredón al escuchar las
confidencias de Cleto (tesis de estos últimos párrafos).
Que en el conflicto en que estas confidencias le habían colocado,
lo más discreto y menos peligroso para él y para las gentes de la
bodega, hubiera sido retirarse de ella poco á poco y para siempre.
Y, por último, que tía Sidora tenía mucha razón al afirmar que en
Andrés había habido _un cambio_ repentino.
¡Si la mujer de tío Mechelín hubiera sabido qué esfuerzos de voluntad
costaba este cambio al resuelto muchacho, precisamente cuando á
Sotileza le daba por atenderle y agasajarle como nunca lo había hecho!
Y así fué pasando más tiempo, y con él llegando Sotileza á la
plenitud de su desarrollo, y Andrés haciéndose un mozo cabal,
fornido y gallardo; diestro, valiente y forzudo en la mar, donde
consumía todas las horas de huelga, ya voltejeando con su _Céfiro_
(nombre del esquife de su propiedad), ayudado de Cole y de Muergo,
que ordinariamente se le cuidaban; ya pescando por todo lo alto
en la barquía de Mechelín, cuyo _flete_ pagaba escrupulosamente,
con notorio disgusto del achacoso mareante, que tenía á cargo de
conciencia recibir aquellos dineros de tales manos. Gozaba de gran
prestigio en los dos Cabildos; en ambos eran muy escuchados sus
pareceres, y el mejor patrón de lancha le hubiera cedido gustoso el
gobierno de ella en momentos apurados.
De cuanto pescaba, iba lo mejor á casa de don Venancio Liencres;
y de propio intento lo mandaba á menudo por Sotileza, que también
llevaba á la capitana lo que le regalaba Mechelín á cada instante, y
aun al mismo don Venancio, por insinuación de Andrés. Porque es de
advertirse que, cabalmente desde que se propuso tomar en la bodega de
la calle Alta aquellas «precauciones decorosas,» le entró la comezón,
que jamás había sentido, de que en su casa y en la de don Venancio
Liencres se conocieran y se admiraran las prendas excepcionales de la
rozagante muchacha.
Y sucedió que la capitana llegó á decir á Andrés un día, que si
aquella tal y cual volvía á poner los pies en su casa, haría con
ella esto y lo de más allá; y que la distinguida hermana de Tolín
le dijo una noche más de otro tanto, con igual motivo. Y Andrés se
quedó como quien ve visiones, porque no atinaba con la razón de tales
aspavientos.
Porque Andrés, á pesar de éstas y otras cosas, por las cuales se
perecía, levantaba muy holgadamente todo el peso de sus obligaciones
en el escritorio, y el de sus deberes de amistad y cortesía al lado
de su compañero Tolín. Para entonces era Luisa lo que prometió ser
de pequeña: una señorita _fina_ muy compuesta y muy escrupulosa en
el ceremonial de su _mundo_. Era bastante sosa de palabra; pero no
tanto en el mirar de sus ojos, negros y grandes, ni en el caer de
sus labios húmedos sobre la dentadura blanca y apretada. Se pagaba
mucho de guardar las distancias de clase, como su augusta madre;
pero hacía una excepción con Andrés, con cuyo trato se había ido
familiarizando desde niña. Continuaba siendo incansable fisgona de
la vida y milagros de este mozo; y como aquélla era tan contraria á
sus gustos é inclinaciones, rara vez estaban juntos sin que ella le
calentara las orejas. Andrés solía amoscarse de tarde en tarde con
estas _libertades_; Luisa se ponía nerviosa de ira al ver que se le
negaba _derecho_ para decir lo que decía; pero Tolín terciaba en la
contienda, y los ponía en paz; es decir, conseguía que se hablara
de otro asunto, porque lo que es paz, verdaderamente, no se lograba,
puesto que, al deshacerse la tertulia, Luisa se encerraba en su
cuarto con un humor de todos los diablos, y Andrés salía renegando de
la impertinente y entremetida «que al fin había de ser causa de que
él no volviera más por allí.»
Y éstos eran los únicos malos ratos que pasaba el hermoso mocetón,
que en todo lo demás era un cascabel de oro, que tintinaba alegrías
en cuanto se le agitaba un poco... y aunque no se le agitara.
Particularmente á Cleto, le tenía sorbido el seso desde aquel apretón
de manos. Todo lo creía posible en el mundo, menos que pudiera llegar
á ser verdad el supuesto injurioso de su familia. Al padre Apolinar
se le caía la baba viéndole y escuchándole; y como Andrés era
dueño de algunos dineros, porque ganaba en el escritorio más de lo
preciso para cubrir sus necesidades, y sabía el destino que daba el
caritativo fraile á las limosnas que recibía, y era además creyente
á puño cerrado, no se hartaba de encargarle misas á San Pedro, y á
los Mártires, y á la Virgen: hoy para que saliera tío Mechelín de
la cama; mañana para que su padre llegara felizmente del viaje en
que estaba empeñado; otro día para librarse él de un contratiempo
en la expedición de pesca que proyectaba mar afuera... y así; pero
misas hasta de á duro. ¡Misas de á duro! ¡Y á pae Polinar que estaba
cansado de decirlas á peseta... y á dos reales; y tan agradecido y
contento!
¡Pensar que él gastara sus ahorros en atavíos de sociedad y de
paseo!... Si le fueron insufribles estos lugares cuando había clases
y categorías, ¿qué habían de parecerle cuando, desde la introducción
de los vapores y de la legión de ingleses traída por Mould á
Santander para acometer las obras del ferrocarril, ya podía un
mozuelo imberbe salir á la plaza con sombrero de copa alta, sin temor
de que se le derribaran de la cabeza á tronchazos; andaban por la
calle, vestidos de señores, los marinos de la _Berrona_, sin la menor
señal externa de lo que habían sido todos ellos cinco años antes;
y Ligo y Sama y Madruga y otros tales, si bien marinos todavía por
dentro, y violentándose mucho para no descubrir la hilaza al hablar,
mientras andaban por acá iban al Suizo á tomar sorbete, después de
haber paseado en la Alameda con levita ceñida y sombrero de copa;
y chapurreaban el inglés los chicos de la calle para jugar á las
canicas con los rubicundos rapaces de la «soberbia Albión;» y habían
caído los paradores de Becedo, y estaba denunciada la casa de Isidro
Cortes, entre las dos Alamedas, y en capilla, para ser terraplenada,
la dársena chica, y á medio rellenar la Maruca... y, en fin, que
toda carne había corrompido ya su camino, y estaba la población, de
punta á cabo, hecha una indignidad de mezcolanzas descoloridas y de
confusiones intraducibles!
Quedárase todo ello para su amigo Tolín, que no perdía paseo en las
Alamedas, muy soplado de sombrero alto, guantes de cabritilla y
bastón de retorcida ballena, y miraba tierno á todas las hijas de los
comerciantes ricos; y aun para su mismo padre, don Venancio Liencres,
y otros tales, que desde aquellas juntas de pudientes padecían tales
pujos de publicidad y de elocuencia mercantil, que ni paraban en casa
ni cerraban boca en todo el santo día de Dios.
¡Si, bien apurado el asunto, Andrés y otra media docena escasa de
valientes, tan apegados como él al tufillo alquitranado y á los
placeres marítimos, eran los únicos ejemplares que sobrevivían de
aquella raza de anfibios, que pocos años antes lo llenaban todo en el
pueblo é imprimía carácter á su juventud!
* * * * *
Así estaban las personas, las cosas y los lugares de esta puntual
historia, cuando Muergo y el hijo de Mocejón se dieron aquella mano
de _morrás_ en el portal de Sotileza.
[Ilustración]
[Ilustración]
XV
EL PAÑO DE LÁGRIMAS
El pobre Cleto andaba, andaba, calle arriba y calle abajo; del
Paredón al portal, del portal al Paredón, diciéndose al comienzo
de cada subida «de esta vez entro;» y llegaba junto á la puerta, y
no entraba... y vuelta hacia el Paredón; y siempre con aquel clavo
roñoso adentro, que se le hundía en lo más dolorido del pecho á cada
paso que daba. Y aquel clavo era Muergo y el considerar que si había
de echarle de la bodega para siempre á fuerza de bofetadas, con lo
necio y lo forzudo que el monstruo era, ya tenía campaña para rato; y
si al fin de ella, suponiendo que la campaña tuviera fin, resultaba
que le cerraban la puerta á él por lo mismo que había tratado de
barrerla de aquel modo, ¡lucida era la recompensa que obtenía por su
empeño! ¡Si él tuviera amigos á quienes pedir un consejo! ¡personas
de formalidad y de palabra, que le creyeran todo lo que él les
contara de aquellas cosas que sentía despierto y soñando, á modo de
«jirvor» que le salía de la entraña, y _rompía_ como una mar del
noroeste, tan pronto contra la tapa de los sesos como contra las
paredes del _arca_, en cuanto ponía los pensamientos en Sotileza...
(y no la apartaba un punto de su memoria); y aquel cosquilleo que le
entraba con sólo pensar en lo que él sería, arrimado para siempre
á la bodega, y lo que temía llegar á ser si, después de haber
conocido cosa mejor, no le sacaban pronto del quinto piso, ó no se
resolvía á tirarse una noche por el balcón abajo! Bien apurada la
materia, él no podía vivir sin lo uno ni con lo otro. Se acordó
de Andrés, en cuya influencia entre las gentes de la bodega había
pensado también otras veces para salir de sus ahogos; pero Andrés
era protector de Muergo, y no se prestaría á ayudarle en un empeño
que perjudicaba á aquel animalote. Ir derechamente con sus cuitas á
los interesados en ellas, era aventurarse demasiado, porque, tras de
no conocer bien las intenciones de aquellas gentes, él fiaba poco en
la torpeza de su palabra y en la cortedad de su genio para pintar á
lo vivo las «rompientes» consabidas de sus «jirvores,» y la fuerza y
significación de los otros cosquilleos que le atormentaban.
Y así discurriendo, andaba ya, sin darse de ello la menor cuenta,
calle de Rua-Mayor abajo; y llegó á la Pescadería, desierta á aquella
hora; y continuó hacia la Ribera... y allí se encontró, tope á tope,
con el padre Apolinar. ¡Nadie como aquel buen señor para oirle con
caridad y apuntarle un buen consejo!
Le detuvo saludándole, gorro en mano, y le suplicó que le escuchara
dos palabras que tenía que decirle.
--Si no son más que dos--díjole el fraile, al cabo de un rato que
invirtió en recoger con las manos, puestas de canto sobre las cejas,
la luz del farol más próximo, para conocer con sus ojos enfermos al
suplicante,--ya me las estás diciendo. Si son muchas, ve soltándolas
según andemos, ó dímelas en llegando á casa, porque estoy muy de
prisa y no puedo perder el tiempo en la calle...
--Pus le diré en casa lo que tengo que decirle,--contestó Cleto
virando de bordo y poniéndose al costado del fraile.
Éste vivía á la sazón en una de las casitas bajas de la Alameda
de Becedo; de modo que, siguiéndole los pasos, tuvo Cleto que
atravesar la ciudad por la cuesta de la Ribera y calle de San
Francisco; precisamente la arteria más llena de los jugos vitales
del Santander de entonces. Marejadas de _señorío_, y tiendas y más
tiendas llenas de cosas y de luz, á babor y á estribor. Cleto no
recordaba haber pasado por allí en todos los días de su vida; y tanto
le sorprendieron el ruido y las maravillas del cuadro, que á pique
estuvo de olvidar con ellas sus jirvores y hormigueos.
--Hay que hacerse á todo, Cleto; á todo, á todo, hijo, á
todo--decíale el padre Apolinar, reparando cómo se embobaba
el mozo con lo que iba contemplando, y cómo tropezaba con los
transeuntes.--Pero sois bonitos de la mar; y en cuanto salís á
tierra y os veis entre gentes racionales y de mundo, ya os falta la
respiración. Y lo peor es que eso se pega; porque has de saberte que
si vivo un año más en aquella escalera de la calle de la Mar, con
ser quien soy y con tratar á tantos terrestres como yo he tratado
siempre, salgo, cuerno, tan tonina como vosotros. ¡Mira que solamente
con aquellas crías que me mandaban á casa para escamarlas siquiera
lo mayor, había para perder el modo de hablar! No es decir esto que
yo las haya abandonado, que á mi casa van algunas todavía; y no van
más, porque les parece largo el camino, si es que no les espanta como
á tí. Pero siquiera se ventilan un poco en él, y cuando llegan á mí,
ya no huelen tan mal. También los tengo terrestres; que hijos de Dios
son como cualquiera y tan necesitados están, como los más perdidos,
del pan de la inteligencia y de la palabra divina. ¡Cuerno, qué
peces hay entre ellos! Pero con todo, hombre: yo no he tenido
discípulo ni espero tenerle, por mucho que viva, tan sucio ni tan feo
ni tan torpe, como ese Muergo...
Esta palabra sacó instantáneamente al hijo de Mocejón del
atolondramiento en que iba sumido. Estremecióse todo, echó un terno
de los más redondos; y sintiéndose poseído, repleto, de todos
los resquemores que de ordinario le consumían, dijo con nerviosa
vehemencia:
--Vamos á _rema ligera_, pae Polinar, pa que alleguemos cuanti más
antes.
--¿Qué te ha dado tan pronto, recuerno?
--Esas pampurrias, ¡paño! que me anadan en la bodega.
Poco después, alumbrados malamente por la luz de una cerilla que
_echó_ pae Polinar, subían ambos la escalera de la casa de éste; les
abría la puerta la vieja ama de gobierno del exclaustrado, y, por
último, se encerraban en un mezquino gabinete, sobre cuya mesa, bien
conocida del lector, comenzaba á lucir, ensanchándose y alzándose
poco á poco, la llama perezosa de un cabo de vela, embutido en una
palmatoria, también inventariada más atrás.
Al hallarnos nuevamente con el padre Apolinar, y después de
examinarle un instante de pies á cabeza, bien pudiéramos decir que
no pasaba día por él. La misma cara y los propios hábitos; ni una
arruga ni una costra más, ni un lamparón ni un recosido menos. El
mismo pae Polinar de siempre; con sus párpados en carne viva, su
cabeza gacha y sus talares transparentes y resobados.
--Mira, hijo, mira; ¡mira si tienes ojos para ver!--exclamó de pronto
el fraile, apuntándole con el gesto unos libracos y unos papelotes
que había sobre una mesa, por tener ocupadas las manos en quitarse la
teja y el manteo.--Míralo, y dime si pae Polinar, con esa tarea entre
manos, tendrá tiempo de sobra para andarse de pingo por las calles.
Y como Cleto le mirara en demanda de una explicación más
comprensible, añadió el exclaustrado:
--Eso es canela, hijo... digo, canela no; mejor es rescoldo que me
consume el discurso y la salud y la poca vista que me queda. Porque
has de saberte ahora, que esto es un sermón que se me ha encargado
para el día de los santos Mártires, en la capilla de Miranda...
¡El día de la fiesta del Cabildo de Abajo!... ¡como quien no dice
nada!... ¡Échame allí señores de Ayuntamiento; todos los mareantes y
medio Santander, con la boca abierta, escuchando al padre Apolinar!
¿Te parece que es esto para que uno se duerma y se vaya á aquella
cátedra con lo que salga á la buena de Dios?
Ocurriósele á Cleto contar por los dedos el tiempo que faltaba hasta
el 30 de agosto; vió que era mes y medio bien cumplido, y así se lo
dijo al fraile.
El cual se volvió rápidamente hacia el sencillote mozo (pues andaba
pasando la manga de su chaqueta al pelo del sombrero, para atusarle
un poco antes de ponerle sobre la cama), y le habló así:
--Echa tres... que más de otro tanto de lo que falta llevo sobre
esta mesa, dale que le das á libros y tintero... Echa cuatro, que
bien pueden echarse. ¿Y qué? ¿Te parece á tí que escribir un sermón
para los Mártires es añadir un pernal á un aparejo? ¡Aquí se ven
los hombres, Cleto! ¡Aquí sudan el quilo los más guapos... los más
guapos, rejinojo! Y si algún predicador te dice otra cosa distinta,
no te dice la verdad, ¡cuerno! ¡Buen chanfaina de predicador estaría
él! ¡Bueno, bueno, bueno de veras! En fin, ya lo verás tú ese día si
vas por la ermita.
--¡Yo!--exclamó Cleto con el más sincero de los asombros.--¡Como no
vaiga yo á _eso_!...
--Es verdad, que tú eres del Cabildo de Arriba... Pero otros del de
Abajo me oirán, y ya llegarás á saber si aquello que yo les diga
se aprende en un par de meses... ¡Vaya con estos muchachos que
nacen enseñados y con la palabra de Dios, _verbum Dei_, entre los
labios!... Y ahora dime: ¿qué tripa se te ha roto? ¿Qué me quieres?
¿Por qué me buscas, _et quare conturbas me_?
Cleto, que estaba de prisa, no hizo esperar mucho la respuesta, si
respuesta puede llamarse aquella marejada de sonidos guturales,
de frases obscuras y descosidas, de interjecciones fulminantes,
restregones de pies, bamboleos de espaldas y cabeza, y crujidos de la
silla.
--Bueno está todo eso--dijo el padre Apolinar, hombre muy ducho en
descifrar tan rara especie de enigmas.--Pero ¿por qué me lo cuentas á
mí?
--Pus pa que me dé un consejo, y, si es caso, arrime el hombro
tamién,--respondió Cleto.
--¡Claro!--repuso el fraile retorciéndose dentro de sus ropas:--esa
ya me la tenía yo aquí... en cuanto rompiste á hablar... en cuanto
te sentaste en esa silla... en cuanto me paraste en la Ribera,
¡cuerno!... Además, eso que te pasa tenía que suceder, porque la
mano de Dios alcanza á todas partes, y la que se hace se paga; y
en teniendo vosotros algo que pagar, ya estoy yo, como el otro que
dice, aflojando la peseta. ¡Recuerno con la lotería! Y dime, zoquete
del jinojo, ¿por qué asomaste tú la jeta á aquella casa? ¿Qué falta
hacías allí?
--Ella me pegó un botón una vez...
--Ya, ya; ya me has enterado de ello, con todo lo que se siguió á esa
pegadura; pero después, cuando viste lo que te pasaba por adentro,
¿por qué no hiciste _bota arriba á la banda_? Porque yo, al hallarte
en la bodega algunas de las veces que he ido por allá, siempre
entendí que no se trataba más, por tu parte, que de echar un párrafo
y una punta, para pasar aquel rato de menos en tu casa.
--Así fué al escomienzo; pero endimpués... ¡Paño!... ¿no lo he dicho
ya cómo me iba entrando, entrando ello solo?
--¡Pues entonces, Cleto, entonces debió ser la retirada, sabiendo,
como sabes, que entre el quinto piso y la bodega no puede haber
amaños ni conciertos!... Pero vamos á ver, ¿sabe ella algo de lo que
te pasa por los adentros?
--Yo no se lo he dicho.
--¿Lo sabe Mechelín?
--Ni jota.
--¿Lo sabe su mujer?
--Lo mesmo que el marido.
--¿Qué tal cara te ponen?
--Los viejos, tal cual; ella... me paice que no tan güena... ¡Paño!
mejor se la pone á Muergo; y esto es lo que me desguarne.
--Y en vista de lo que me dices, ¿qué quieres que haga yo?
--Darme un consejo.
--¿Para qué?
--Pa dir endimpués á decirla, como usté sabe decirlo, que me quiero
casar con ella.
--¡Baldragazas! Pues si das por sentado que hemos de acabar por ahí,
¿para qué quieres el consejo?
--Creo que pa ná. Lo otro es lo que va usté á hacer, y en el aire.
--¡Un galernazo que te barra! ¿Sabes tú lo que me pides? ¿Sabes quién
es tu padre?
--Por demás.
--¿Sabes quién es tu madre?
--Mejor entodía.
--¿Sabes quién es tu hermana?
--¡Mal rayo la parta!
--¿Sabes lo que hicieron una vez conmigo?
--Sí que lo sé.
--¿Sabes que hoy es el día en que no me atrevo á poner los pies en la
calle Alta si las columbro en el balcón, y que en dos ocasiones, por
no haberlas distinguido bien, me dieron una corrida en pelo á todo lo
largo de la acera?
--Así lo oí endimpués.
--¿Sabes que antes que verte casado con esa muchacha, serían capaces
de prender fuego á la bodega, y á la casa, y á todos los de la
vecindad?
--Por falta de mala entraña no quedaría.
--¡Y sabiendo todas esas cosas, Cleto de los demonios, me quieres
meter á mí en la danza? ¿No me ves ya en el martirio? ¿No me ves
atenaceado, con la saliva en la cara, las hieles en la boca y en
tiras las carnes y el pellejo? ¡Cuerno, ó tú me quieres mal, ó no
estás en tus cabales!
--¡Paño! pero si usté se cierra á la banda, ¿qué voy á hacer yo?
--Y á mí ¿qué me cuentas de eso? ¿Te ha parido el padre Apolinar,
por si acaso? ¿Te debe el pan que come? ¿los hábitos que viste?...
¡Nada, hijo... lo de siempre! Los jolgorios y los tragos dulces, para
vosotros solitos; y en cuanto hay una desazón ó una descalabradura,
á buscarme á mí para que os quite el hipo ú os ponga la venda. Esas
canongías me regalaréis. ¡Suerte de las personas, cuerno; suerte, y
no más que suerte! Verdad que ese es mi deber, si bien se mira...
Pero también es cierto que los deberes se han de cumplir con su
cuenta y razón; y esto que ahora se me pide, es mucho más de lo
regular... y no lo haré; y no, y no. ¿Lo quieres más claro todavía,
Cleto?
Cleto bamboleó la cabeza, se levantó perezosamente de la silla,
dió algunas vueltas al gorro entre sus manos, y murmuró sordamente
palabras incomprensibles. De pronto enderezóse iracundo, y dijo al
padre Apolinar, que se paseaba por la estancia:
--No sé yo lo que haré por mí solo en lo tocante al caso de ella;
pero lo que es él, lo que es Muergo, pae Polinar, si á pura morrá no
acaba, ha de fenecer de otro modo, ú se me aparta de allí.
--Hombre--respondió el fraile cuadrándose delante de Cleto,--si no
fuera pecado mortal, te diría que puede que hicieras una obra de
caridad... ¡Ave María Purísima! ¡qué barbaridades se le escapan
á uno con estas marimorenas! No hagas caso, Cleto; no hagas caso
de estos dichos al tunturuntún... ¡Pero vosotros tenéis la culpa,
cuerno!... Con que vete; vete poco á poco; no tomes esas cosas tan
á pechos; cálmate; duerme... si tienes en dónde; observa por la
buena; déjate de ese animal, que ningún daño puede hacerte en lo que
temes; perdónale... Y ¿quién sabe, hombre, quién sabe! Por lo más
obscuro amanece; y... en fin, ya me daré yo unas vueltas por allá; iré
palpando el terreno; y según yo le vea... con prudencia, se entiende,
¡con mucha prudencia!... te avisaré cuando deba avisarte. Y tú, entre
tanto, la lengua y las manos quietas; mucho ojo á mí, ¡mucho ojo! y
por el cariz que yo presente y el que vayas viendo en la bodega, y
algo que yo te apunte cuando deba apuntártelo... ¡Ea! ya te he dicho
bastante. Ahora vete, y déjame trabajar un poco, que bastante tiempo
he perdido para lo que vamos ganando, ¡cuerno!
Salió Cleto algo más animado, pero no satisfecho, y se arrimó el
fraile á la mesa. Sentóse; y mientras desdoblaba su manuscrito,
después de haberle sacado de las entrañas de uno de los libracos,
murmuraba:
--¡Con estos entretenimientos y estas preparaciones, haga usted cosa
de substancia; busque latines al caso, y emperejile discursos que
aturdan á los oyentes!
Después limpió la pluma de ave en la pechera de la sotana; probó el
temple de sus puntos sobre la uña del pulgar de la mano izquierda;
hizo una pantalla con los libros puestos de canto, para defender sus
ojos de los rayos directos de la luz...
Y se le presentó delante el ama de gobierno para decirle:
--Ahí está la mujer de Capuchín, el de Prado de Viñas.
--Y ¿qué se le pudre á la mujer de Capuchín?--contestó el fraile.
--Que tiene el marido mucho peor.
--Pues que se lo cuente al médico, ¡jinojo!
--Ya se lo ha contado, señor, y por eso viene aquí.
--Mejor hiciera entonces en ir á la botica.
--¡Así tuviera con qué, la probe!
--¡Y será capaz de venir á que se lo dé yo!
--Una limosna pide.
--¡Pues á buena puerta llama! Pidiérala yo, Ramona, si no fuera por
la vergüenza, ¡cuerno!
--Lo peor de todo es que en aquella casa no hay con qué dar una taza
de caldo al enfermo... ¡ni una miga de pan, señor!...
--¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!... ¡Y tiene tres hijos y
la mujer, y se cae de hombre de bien!...
Y mientras exclamaba así el bueno de pae Polinar, palpábase los
bolsillos y hundía las manos después en el cajón de la mesa.
--Pero ¿qué jinojos ha de haber aquí!--murmuraba, sin dejar de palpar
á tientas.--¡Si, por no tener, ni siquiera tiene cerradura muchos
años hace!... Nada, Ramona, nada... ¡nada! Dile á esa infeliz que
perdone por Dios, que yo no puedo socorrerla.
--Pues ¿y el duro de esta mañana?--se atrevió á preguntarle la
sirvienta.
--¿Qué duro, mujer de Dios?
--El de la misa de don Andrés.
--Sí... échale un galgo.
--¡Desde esta mañana acá?