He vuelto á citar la Zanguina, la famosa taberna marinera del Cabildo

de Abajo, cuya procedencia ignoran hasta los mismos viejos que la

frecuentan todavía, y no llegaron á conocerla en los Arcos de Dóriga,

donde se dice que la estableció por vez primera, y con el mismo

nombre, un capitán negrero que con los relatos de sus aventuras

crispaba las greñas de los rudos mareantes que le escuchaban. Pues

para asistir á la Zanguina, siquiera dos veces por semana, á las

horas de _sesión_, cercenaba Andrés el tiempo necesario á la tertulia

de Tolín, al fin ó al comienzo de ella, según las estaciones y las

_costeras_. Tolín lo sabía; su hermana, no. Pero á ésta la engañaban

entre los dos con una mentirilla cualquiera, á fin de que don

Venancio ignorase el suceso. Porque el demonio de la muchacha, que ya

iba pasando de niña, había dado en la flor de meterse en las cosas

de Andrés, como si le importaran mucho; y con unos reparos y unos

aspavientos y unas advertencias, tan escrupulosos y tan encarecidas,

que solamente podía explicárselo el hijo del capitán Bitadura por la

razón de ser Luisa hija de su madre, tan celosa del lustre de su casa

y del bien parecer de los que andaban en ella.

Á la Zanguina iba Andrés, porque en la Zanguina vivían, más que en

sus propios domicilios, los mareantes del Cabildo de Abajo. Por

allí pasaban para ir á todas partes, y por allí volvían; y allí

descansaban y allí departían; allí tomaban la mañana, y las nueve,

y las diez, y las once, y la sosiega; y torcían sus aparejos, y

compraban la parrocha, y levantaban empréstitos, y dejaban sus

ahorros; y allí, al volver de la mar, cargados con las artes y la

ropa de agua, aguardaban las mujeres á sus maridos: las de los malos,

para llenarlos de improperios á cambio de algunos bofetones; las

de los buenos, con la comida en la cesta y el hijo más chiquitín

en el otro brazo; porque estos marinerotes, aunque no tan finos

de piel ni tan pulidos de palabra como los pescadores de poema,

también gustan de tener sobre las rodillas al retoño más menudo, y

darle el bocadillo más sabroso, á la vez que ellos se zampan, aunque

en lugar extraño, la puchera doméstica, sobre todo cuando cuentan

con no cruzar las puertas de su casa en dos ó tres días, lo cual

acontece durante las campañas de mucha brega, como las del besugo.

Allí preparaban entonces sus artes para la madrugada siguiente; y

allí, por tanto, encarnaban los innúmeros anzuelos de sus cordeles

besugueros; y allí se embobalicaba Andrés viendo con qué primor

iban los pescadores colocando en el fondo de la _copa_ los anzuelos

_encarnados_, contra las paredes los reñales, y sobre los bordes el

cordel. Ya había estudiado esta materia en la calle Alta; pero no es

lo mismo vérselo hacer á un hombre solo, en el silencio de su hogar,

que á muchos hombres á la vez, entre el ruido de las conversaciones,

el interés de los relatos, el tufillo de la taberna y á la luz de los

reverberos.

¡Cuánta gente conoció allí; cuántos caracteres estudió; cómo fué

aprendiendo el nombre y la aplicación y el manejo de cada cosa; las

zunas y las virtudes de cada mareante; la constitución del gremio, su

tesoro, sus deudas; los intríngulis de cada familia; sus alegrías,

sus pesadumbres!... Porque ¡aquéllas sí que eran casas de cristal,

y no las que habitan y tanto nos encarecen esos señorones públicos,

cuyas vidas son un misterio indescifrable, á pesar de la imaginada

transparencia de sus conchas! Aquello era propia y materialmente

vivir y pensar á gritos, en mitad del arroyo.

Allí conoció también al Falagán _reinante_ á la sazón, de la

tradicional dinastía de los Falaganes de Cueto, en la cual venía

vinculado, y aún viene en estos tiempos, el servicio de vigías de

Cabo Mayor; servicio que se reduce á encender en él hogueras cuando

hay sur en bahía ó rompe la mar en la costa, para advertírselo con el

humo, si es de día, y con la luz, si es de noche, á las lanchas que

están pescando afuera.

Aunque no con todos estos pormenores que se van narrando, Bitadura

y su mujer conocían las geniales aficiones de Andrés, y estaba muy

distante el capitán de condenarlas. Pero la capitana las tenía entre

ceja y ceja á todas las horas de Dios.

--Ya lo ves--la decía su marido.--La veta de ese muchacho es de la

casta: pez de la mar, desde los pies á la cabeza. ¡Mira si tenía yo

razón cuando quería enseñarle á navegar!

--Cierto--respondía la capitana.--Pero, por de pronto, le tengo á

salvo de borrascas y tiburones; y eso vamos ganando.

--Ni siquiera eso... ¡ni tanto como ello!--replicaba Bitadura;--que

puede el mejor día ponérsele el bote por montera... ¡Y mira que es

gloria el acabar ahogado en una palangana, cuando se pudo morir

entre los huracanes de la mar! Pero, en fin, lo quisiste; y ya que

te saliste con la tuya, no me pesa verle como le veo. Es fuerte, es

guapo, tiene corazón... y para eso son los hombres, mejor que para

zarandear las arrastraderas, con las manos enguantadas y el pescuezo

entre dos foques almidonados, en salones y paseos... No falte él á

sus deberes, como no falta, y, te lo repito, me gusta la hebra que

va sacando. Lo que siento es que, por andar á escondidas para muchas

cosas, las haga de prisa y mal; y hacerlo mal y de prisa donde él lo

hace, es muy peligroso, porque puede irle en ello la vida... ¡Sobre

esto hay que hablar, Andrea!

--Y sobre lo otro también,--replicó la capitana con ahinco.

--¿Y cuál es lo otro?

--Lo otro es que no hay quien le despegue de esa condenada bodega de

la calle Alta.

--¿La de Mechelín?... ¡La casa más honrada y pacífica de todo el

Cabildo de Arriba! Allí bien está... mejor que en la Zanguina, donde

le he visto yo una noche al pasar por delante de la taberna.

--¡También á la Zanguina!... ¡y por la noche! Pues ¿no va á casa de

don Venancio?

--Por lo visto, hace á todo el ángel de Dios. ¡Si te digo que saca

una filástica!... Pero no te apures por lo de la Zanguina, porque eso

corre de mi cuenta.

--Pero ¿qué dirán en casa de ese señor?

--No saben nada del caso... Y si lo supieran, ¡qué demonio!... ¿les

he entregado yo el hijo para que les haga la corte á todas horas?

Pues mírate: entre los dos extremos, más le quiero con resabios de

Zanguina, que plagando la casa y la ciudad de mascarones pintados con

añil y yema de huevo, como hace el otro.

--Yo me entiendo, Pedro.

--También me entiendo yo, Andrea... y también te entiendo á tí; sólo

que tampoco en eso vamos conformes. Lo que esté de Dios, á la mano ha

de venirse; y lo que no venga de ese modo, ni debe buscarlo él, ni

debes forzarle tú para que lo busque; porque ni lo necesita, ni, si

me apuras un poco, le conviene... Y basta de conversación.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIV

EL DIABLO EN ESCENA

Precisamente muy pocas horas después de ella, fué cuando Andrés se

decidió á manifestar á su padre uno de los deseos, de los pocos

deseos más voraces que sentía: tener un bote suyo, ó la mitad

siquiera, como muchos jovenzuelos de su edad. Porque entonces

había una escuadrilla de elegantísimos esquifes particulares (que

se fondeaban enfrente del café Suizo), como ahora hay caballos de

regalo y coches de fantasía. Procuró suavizar las asperezas que

pudiera llevar consigo la pretensión, declarando á su padre que

arrimaría á la compra todos los ahorros que había hecho de los

sueldos y gratificaciones ganados en el escritorio. Sonrióse el

capitán y le ofreció el regalo de un esquife nuevo, á condición de

que no volviera á la Zanguina más que de tránsito y en los casos de

necesidad; porque necesidad de darse una vuelta por la Zanguina, la

tenían cuantas personas de _abajo_ eran dueñas de bote, ó aficionadas

siquiera á los placeres de bahía. Andrés aceptó de buena gana la

condición; y con las instrucciones del mismo Bitadura, le construyó

_Lencho_ un esquife, aparejado de balandro, tan esbelto y sutil, que

navegaba solo.

Por entonces empezó tío Mechelín á adolecer de muchos achaques que

á menudo le impedían salir á la mar, y aun le postraban en la cama.

Los míseros ahorros se agotaron, y en la bodega comenzaron á sentirse

varias necesidades, porque la labor de las mujeres no daba para

cubrirlas todas. Andrés lo observó con mucha pena, sobre todo cuando

se convenció de que los achaques del honrado pescador eran lacras del

oficio enconadas por el peso de los años; es decir, de las que no

tienen cura y piden grandísimos cuidados para ir pasando el enfermo,

poco á poco, el último y breve tramo de la vida.

--Yo no sé--decía una tarde tía Sidora á Andrés, con los ojos

empañados, mientras su marido se quejaba, tendido sobre la

cama,--cómo, mirándose en este espejo, hay hombre tan dejao de la

mano de Dios que se mete en este oficio. ¡Enfeliz! ¡Cincuenta años

largos de bregar en esos mares, con fríos que aterecen, con soles que

abrasan, con vientos, con lluvias, con nieves; poco descanso, una

pizca de sueño; y vuelta á la lancha antes de romper el día; y cierre

usté los ojos por no ver la estampa de la muerte que se embarca

primero que naide, y va siempre allí, allí, con los enfelices, pa

acabar con toos ellos cuando menos lo esperan y onde no hay otro

amparo que la misericordia de Dios! Mire usté, don Andrés: yo no

sé qué me pasa cuando me regatean cuarto á cuarto una libra de

merluza en la plaza, gentes que tiran un duro por un pingajo que no

necesitan. ¡Si supieran lo que cuesta sacar aquel pescao de la mar!

¡Qué peligros! ¡Qué trabajos!... ¿Y pa qué, señor? Pa que el primer

día que el enfeliz mareante se quede en la cama, no tenga su familia

que comer... por honrao y trabajador que sea, como este venturao, que

no tiene un mal vicio... ¡Si hubiera habido ahorros pa una barquía

tan siquiera!... Ya ve usté, dos mil reales en cincuenta y más años

de brega, no es mucho pedir... Si hoy tuviéramos esa barquía, en días

de salú saldría Miguel con ella á la badía, si no le era posible

salir más ajuera; y cuando no, el barco mesmo lo ganara pescando

otros en él, y de ese quiñón comeríamos en casa. ¡Pero ni eso, don

Andrés, ni eso! Y yo no tengo jornal todos los días: me faltan ojos

ya pa la costura, y la poca que dan en la calle á esta desgraciá, que

es mi consuelo y mi ayuda, la pagan mal y cuando los paece...

Sotileza, que se hallaba presente, no apartaba los ojos de tía

Sidora, sino para ponerlos en los humedecidos de Andrés.

El cual, tan pronto como salió de allí, habló larga y elocuentemente

con su padre, que conocía mucho á tío Mechelín y estimaba de veras

sus honrosas cualidades.

Por conclusión de lo que trataron padre é hijo, dijo al segundo el

primero:

--Que no lo sepa tu madre, porque no mira esas cosas por el lado

que nosotros; pero hay que proporcionarle á Mechelín la barquía que

necesita.

Y tío Mechelín la tuvo muy pronto; y desde aquel día reverdecieron

las mustias alegrías de la bodega de la calle Alta, y fueron en ella

Andrés y el nombre de su padre hasta venerados. Por entonces dijo á

Sotileza tía Sidora:

--Mira, hijuca: haz por ser desde hoy un poco placentera de semblante

y de palabra con esa persona, que es una onza de oro de por sí,

siquiera porque no piense que somos ingratos. No es que tú le quieras

mal, que bien sé yo que no hay ná de ello; pero la cara no debe tapar

nunca lo que pasa por adentro, ni aunque lo de adentro sea malo,

cuanto más siendo bueno.

Porque es de saberse que, aunque entre Andrés y Sotileza había

grande intimidad, era ésta casi toda á expensas del carácter franco

y comunicativo del primero. Sotileza no era mucho más expresiva con

él que con las demás personas que la trataban, con la monstruosa

excepción de Muergo; pero como, con respecto á Andrés, ningún

malquerer tenía que disimular la arisca rapaza, que ya iba tocando

en los límites de la belleza á que llegó poco después, se prestó de

buena gana á hacer el esfuerzo que le reclamaba la más agradecida

que experta marinera. Cuyo asombro no tuvo medida cuando reparó que,

según iba subiendo la afabilidad de Sotileza con Andrés, bajaba la de

Andrés con Sotileza, y hasta iba cercenando poco á poco sus visitas

á la bodega. ¿Qué demonios pasaba allí? ¿De qué se había resentido

un mozo tan caballero y tan campechano en quien todos adoraban? ¿No

los juzgaría ya merecedores del bien que les había hecho? ¿Pues no

veía cómo le saboreaban y se nutrían de él, y á su amparo conllevaba

alegre todo el peso de sus plagas el achacoso marinero, sin que le

robara el sueño la visión del hospital para remate de sus días, y

cómo aprovechaba la menor tregua en sus dolores para ganar un quiñón

más con el trabajo de su persona, porque ese era su deber? ¿No iba á

menudo desde la humilde bodega á la casa del capitán, poco, pero lo

mejor de lo escogido entre lo mejor de la pesca del día, no en pago

del beneficio recibido, pues éste no tenía precio, ni el bienhechor

le hubiera cobrado jamás, sino en testimonio de que el pedazo de pan

no había caído en estómagos ingratos? Y si no era esto ó algo que

pudiera parecérsele, ¿qué era? Y en vano se consumía y se devanaba

los sesos tía Sidora; y entre tanto, cuanto más reparaba en Andrés,

más cambiado le encontraba.

Llegó á consultar el caso con su marido, y luégo con Sotileza;

mas como el primero la echó enhoramala, jurando y perjurando que

él no había visto señales de semejante cambio, y la segunda,

encogiéndose de hombros, opinó lo propio que tío Mechelín, la buena

mujer, comenzando á dudar si había visto visiones, fué, ya que no

olvidándolas, acostumbrándose á ellas; que era todo cuanto podía

hacer, con el clavo que tenía allá dentro.

Y el caso es que tía Sidora estaba en lo firme: lo que ignoraba, por

fortuna suya, era la causa del retraimiento de Andrés; y esta causa

va á conocerla el lector.

El mismo día en que tío Mechelín se halló en posesión de la barquía,

subió á su casa Mocejón, que ya estaba hecho un carcamal, vomitando

por aquella bocaza las mayores tempestades entre vahos de veneno.

--¡Ñules... reñules!--exclamaba mientras, dando bandazos y cabezadas,

iba desde la puerta de la escalera con rumbo á la sala donde

destorcían chicotes viejos la Sargüeta y Carpia, y fumaba Cleto,

silencioso, mustio y arrimado á la pared.--¡Lo que se corría, salió!

Pero, ñules, ¿ónde está la vergüenza de las gentes? ¿Con qué cara

toman eso? ¿Hay ley de Dios, ú no hay ley de Dios? Esta casa, ¿es

casa... ú qué es? Si de la mía se la sacó porque la maltrataban...

¿cómo se consiente, ñules, que se la tenga en esa... pa esos

timinejes?... Porque, reñules, la cosa es clara; y en cuanti me la

apuntó al oído endenantes quien las pesca al vuelo... la pesqué yo

tamién. ¡Reñules, qué sinvergüenzas!

Se le pidieron explicaciones, y comenzó á enlazar, á su brutal

manera, el donativo de la barquía con el apego de Andrés á la bodega

y con la fresca juventud de su inquilina. Y digo que _comenzó_ tío

Mocejón á hacer este enlace, porque á medio camino de su tarea le

salieron al encuentro las mujeres de su casa y llevaron los supuestos

apuntados á los extremos más escandalosos. Cleto tardó en enterarse,

por lo perezoso que era de comprensión; pero en cuanto vió de qué se

trataba, saltó como un tigre y exclamó indignado:

--¡Paño! ¡To eso es una pura mentira! ¡Tos ustés mienten aquí! ¡Y tú

más que denguno! ¡Bribona! ¡Yo conozco á ese c...tintas! ¡Yo sé bien

quién es ca uno de los de abajo... y sé tamién quién es ca uno de los

de aquí!... Y digo que eso es mentira, ¡paño! y güelvo á decir que

miente usté, porque chochea... y usté, porque nunca ajuntó boca con

verdá... y tú, por envidiosa y cancaneá... ¡repaño!...

Según iba Cleto vociferando así, su madre le tiraba á la cara el

escabel; Carpia los chicotes embreados; y Mocejón, sin fuerzas para

arrojarle cosa alguna, ni para darle dos bofetones, lanzaba la

interjección y el improperio, que retinglaban. Entre golpe y golpe,

la Sargüeta y su hija tampoco cerraban boca ni se cedían el turno.

--¡Anda, bragazas!... ¡mal hijo!...

--¡Toma, indecente... pa que la lleves el regalo!

--¡La han vendío, sí!

--¡Y se ha dejao vender!

--¡Y no por la barquía, que por menos se vendió primero!

--¡Así se echan ropajes de lo mejor!

--¡Y se vive á la sombra, sin trabajar!

--¡Vete á buscarla ahora!... ¡carga con ella, lichón!

--¡Pero mira bien ónde la metes, porque si aquí la asomas, arde la

casa! ¡Puáa!

Esto, sin contar lo de Mocejón, que no puede contarse, es una

compendiadísima muestra de lo que se gritó en el quinto piso en menos

de medio minuto, entre feroces manoteos y gestos espantables. Cleto

echaba espumarajos por la boca; y no pudiendo tomar el desquite de

su padre ni de su madre, arremetió con Carpia y le dió la tunda más

soberana que había llevado en todos los días de su vida. Después

salió de casa como un cohete; pero las hembras de ella no le

injuriaron desde el balcón, como solían, porque, como reñidoras de

oficio, sabían muy bien que el asunto era peligroso para echado á

la calle desde tan alto. Sabían igualmente que Sotileza no tenía

el aguante de la atemorizada Silda, y tampoco ignoraban que el

amparo del Cabildo y la estimación de las gentes de la calle, más se

arrimaban á la huérfana de Mules que á ellas, hasta en cuestiones de

escasa monta. ¿Qué no sucedería en un punto tan escandaloso? Pues si

no fuera así, ¿cuánto haría ya que sus lenguas habrían estampado el

sello afrentoso en la puerta de la bodega? ¿Para qué se necesitaba el

testimonio de lo de la barquía? Desde que Andrés y Sotileza habían

dejado de ser muchachuelos impúberes, ¿no era cada visita del uno

á la casa de la otra fundamento bastante para alzar sobre él una

cordillera de infamias dos bocas tan venenosas como las suyas? El

sello se estamparía, ¡pues no faltaría otra cosa!... y á fuego, no

solamente en la puerta de la casa, sino en el rostro de todos y cada

uno de sus moradores; pero cuando las circunstancias les ofrecieran

una ocasión que las eximiera á ellas de toda responsabilidad; cuando

la apariencia de los hechos confirmara la justicia de la denuncia.

Á eso iban caminando con heróica perseverancia, con ojo avizor y

trabajando á la sordina.

Cleto, por de pronto, salió henchido del horror de aquel cuadro de

abominaciones satánicas; mas en cuanto el aire de la calle oreó

su rostro enardecido, y su pobre razón fué entrando en caja, y

latiendo al ordinario compás su corazón honradote, observó que en

lo más hondo de él había una espina que le punzaba, al mismo tiempo

que en su cabeza andaba aporreándole las paredes, como moscardón

encerrado entre cristales, una terrible sospecha. ¡Ah! si la calumnia

deja siempre alguna señal de su paso, aun en las inteligencias más

sutiles y en los corazones más aguerridos, ¿cómo habían de librarse

la rudimentaria razón y el pecho desapercibido de Cleto, del veneno

que destilaron allí las palabras de toda su familia?... ¿Por qué no

había de ser verdad lo que él rechazó como calumnioso, por oirlo de

tales bocas? Andrés, pudiente y guapo mozo; Sotileza, huérfana y

menesterosa, robaba los ojos de la cara; tío Mechelín y su mujer,

dos «venturaos de Dios» y muy agradecidos al otro. Y si el otro se

empeñaba, ¿qué había de resultar de todo esto? Y si no era para

empeñarse, ¿á qué iba allí tan á menudo el otro?

¡Qué días y qué noches pasó el infeliz entre este batallar de

sus cavilaciones! Todo se le volvía observar á Andrés cuando le

encontraba en la bodega, y vigilar la calle para sorprenderle en ella

á horas desusadas, y reparar en Sotileza cuando estaba al lado de

Andrés... Y peor lo ponía así; porque las miradas más inocentes y las

palabras más sencillas, le parecían testimonios irrecusables de la

causa de sus recelos; y el menor ruido por la noche, en la escalera

ó en el portal, le hacía saltar del empedernido lecho, y salir á

escuchar por una rendijilla de la puerta. Por fortuna para todos, no

se atrevió á decir una palabra, aunque muchas veces las tuvo entre

los labios, al matrimonio de abajo, siquiera por vía de desahogo, ya

que no sirvieran á nadie de escarmiento. Pero, en cambio, detuvo una

noche á Andrés en mitad de la acera, y llevándole, previa su venia,

hacia el Paredón, cuya explanada estaba solitaria en aquel momento,

le expresó, muy bajito y á su modo, cuanto le escocía y atormentaba

adentro, robándole el apetito y el descanso.

Andrés se quedó espantado, porque ignoraba los verdaderos motivos de

las alarmas de Cleto. Cleto le había asegurado que sólo la buena fama

de aquella honrada familia le movía á contarle lo que le contaba; y

para que un mozo tan rudo como Cleto se parara en pequeñeces tales,

mucho debían haber transcendido los supuestos. Indagó sobre este

punto; y aunque Cleto le aseguró que solamente se lo había oído á las

gentes de su casa, como éstas se sobraban para propagarlo por todo el

pueblo, no le tranquilizó cosa mayor. Pero negó con solemne entereza;

y estrechando la diestra de Cleto con la suya, le juró, delante de

la cara de Dios, que en su vida le había cruzado por las mientes un

pensamiento tan infame como el que la calumnia le atribuía. El hijo

de Mocejón, ante una sinceridad como aquélla, vió rasgarse la bóveda

celeste y asomar por allí el sol y la luna y legiones de ángeles con

alas de oro. Ni rastros le quedaron en el alma de aquella sospecha

que tan bárbaramente le había atormentado.

Andrés comprendió que le era preciso hacer algo para atajar en su

camino los calumniosos supuestos; y, por de pronto, aquella noche ya

no fué de tertulia á la bodega.

Pero ¡qué frágil y mísera y concupiscente, como diría el padre

Apolinar, es la condición humana! Aquel Andrés tan escrupuloso,

tan hidalgote, tan precavido, tan prudente y abnegado al oir las

negras confidencias de Cleto en la explanada del Paredón, en las

angosturas de su cuarto, en el silencio y obscuridad de la noche,

escrupulizando en el laboratorio de su razón las que él había

tenido para proceder como procedía en su trato con la familia de

tío Mechelín, ya comenzó á ser muy otra cosa, aunque, en honor de

la verdad, sin darse la menor cuenta de ello. La conciencia más

recta adolece de cierta elasticidad, que si no se la pone coto con

la fuerza de una voluntad de hierro y de una razón bien maciza,

llega á los extremos más peligrosos. Esto, en general. Pues si á

favor de la ingénita flaqueza conspiran la inexperiencia de los

pocos años, el ímpetu de las veleidades de una naturaleza virginal

y poderosa, la ignorancia, la pasión, el entusiasmo, como acontecía

en el caso de Andrés, ayúdenme ustedes á sentir. Andrés había visto

crecer á Sotileza y transformarse poco á poco, de niña vagabunda y

medio encanijada, en apuesta y garrida moza; pero jamás le había

pasado por las mientes una idea que tuviera la conexión más lejana

con los propósitos que le atribuían las maldicientes sardineras de

la calle Alta. De aquí su sincera indignación al enterarse de la

confidencia de Cleto, y su propósito instantáneo de irse retirando

paso á paso de la humilde casa donde su presencia comprometía el

honor de una doncella. Pero disipada la luz de este relámpago, y

examinando luégo las cosas á la débil claridad de su razón, lo

primero que ésta le presentó delante de los ojos fué el cuerpo mismo

de la supuesta delincuencia; no en los atavíos insubstanciales de

la inocente compañera de juegos infantiles, ó de la buena amiga de

su incipiente mocedad, sino con todos los incentivos que puede ir

acumulando una fantasía soñadora sobre un lujo de formas juveniles,

como el de la hermosa callealtera. En seguida, recordando otra vez

los supuestos calumniosos de las hembras de tío Mocejón, se dijo en

sus adentros: «Luego esto era posible.» Y por un contrasentido bien

usual y corriente en todos los aprietos del humano discurso, volvió

á indignarse de que se le hiciera capaz de cometer un delito, cuya

hipótesis estaba saboreando rato hacía.

Después volvió sobre su propósito de ir alejándose poco á poco de la

bodega; y sin echar un punto de la memoria á la huérfana amparada

allí, pensó en lo que juzgarían de su conducta tío Mechelín y su

mujer, tan bondadosos, tan campechanos. Declararles el motivo, era

darles una puñalada en el corazón; ocultársele, era hacerse reo

de una falta, cuando menos de consecuencia, en su cariño y buena

amistad. Y todo ello, ¿por qué? Porque á dos sinvergüenzas del

quinto piso se les había ocurrido dar á un acto noble y generoso,

una interpretación inicua. ¡Y había de estar la tranquilidad de

una conciencia limpia á merced de los juicios de dos mujeres

desenfrenadas? ¡Y había de subordinar él sus gustos lícitos, sus

placeres honrados, á los dictámenes de dos calumniadoras? ¡Jamás!

Por consiguiente, tomaría el aviso en cuenta, eso sí; pero no daría

á la hedionda familia de Mocejón el placer imperdonable de someterse

á sus deseos. Tomaría ciertas precauciones decorosas para alejar de

los suspicaces todo pretexto á la murmuración; frecuentaría menos

que antes la bodega; pero volvería á ella, ¡vaya si volvería! ¡Y que

se atreviera nadie á preguntarle «para qué!» ¡Que intentara algún

deslenguado poner en duda su honradez, su lealtad, la nobleza de sus

propósitos!... ¡Sería capaz de hacer y de acontecer!... ¡Consumar él

un atentado semejante contra el honor y el sosiego de una familia

honrada!...

Sotileza · 第 12 / 27 段