mandato de tía Sidora, á concluir de _pegar_ un paño á una saya vieja
de ésta, porque al día siguiente era domingo, á la luz del candil,
colgado de un clavo en la pared, junto á la alcoba matrimonial.
En esto bajaba Cleto de su casa, y tropezó con Muergo que entraba
en el portal; y como si el primero hubiera estado oyendo las
amonestaciones de tía Sidora á Sotileza y ellas le inspiraran tan
súbita resolución, dijo á Muergo muy callandito, pero con suma
vehemencia, mientras le agarraba con ambas manos por la pechera del
elástico peludo:
--¡Quiero que no güelvas por aquí más!
--¡Puño!--respondió Muergo, también por lo bajo.--¿Y quién eres tú pa
mandar esas cosas?
--¿Te güelves ó no te güelves por onde has venío?--insistió Cleto sin
soltar al otro.
--¡No, puño!--respondió el del Cabildo de Abajo.
--Pus te voy á dar dos morrás... Pero no grites anque te salte las
muelas... Tampoco yo gritaré.
Y como lo dijo lo hizo. Sonaron dos golpes secos, y después otros dos
por el estilo, entre un rumor confuso de interjecciones groseras y de
jadeos de la respiración; luégo otro golpe más recio y sonoro, como
el de una cabeza contra el portón de la calle; casi al mismo tiempo,
una blasfemia de Muergo, medio en falsete... y todo volvió á quedar
silencioso en las tinieblas del portal, entre las cuales escupía
Muergo más sangre que saliva, y se palpaba los dientes uno á uno,
por ver si los conservaba enteros; mientras Cleto, después de haber
desahogado un poco su veneno, se largaba calle abajo, temeroso de
lo que pudiera ocurrirle en la bodega, si entraba en ella á la vez
que el otro, y el otro contaba lo sucedido, ó lo adivinaban las de
adentro sin que lo contara nadie.
Pero Muergo no estaba de humor de referir cosa alguna de esa especie;
y como en una cara como la suya significaban muy poco unos cuantos
flemones de más ó de menos, nada le preguntaron las mujeres por los
tres que se alzaban bien altos alrededor de la bocaza. Dió las buenas
noches en un gruñido, y preguntó por su tío.
--Salió á por tanzas pa la sereña,--respondió su mujer.
--¿Hay ujana?
--Se sacó por si acaso.
--Pus que apareje trempano la barquía, porque mañana iremos á barbos
dempués de la primera misa, antes que apunte la marea. Si él no
puede, que se quede en la cama, porque tamién vamos yo y Cole. Ese
recao traigo... ¡ju, ju, ju!
--¿Cómo no vino el mesmo don Andrés?--preguntó la marinera.
--Dijo que estaba muy ocupao... ¡Puño, qué pilás de duros encima de
aquella mesa!... ¡Me valga!... ¡Se podía anadar entre ellos... y
ajuegarse tamién!... ¡ju, ju, ju!
Llegó en esto tío Mechelín. Andaba más perezoso y abatido que años
atrás. Faltábale también en el rostro aquella expresión de regocijo
con que le conocimos. Repitiéronle el recado que había traído Muergo,
y añadió su mujer:
--Si no estás pa ello, quédate en la cama. Muergo y Cole han de ir de
toas maneras.
--Estoy pa ello--respondió el pescador mirando á Sotileza, que
parecía animarle con los ojos.--Lo que siento es, dicho sea sin
agravio de naide, que pa estas cosas se alcuerde más don Andrés de
los de Abajo, que de las mesmas gentes de acá que andan con uno en
la barquía... Los hombres lo sienten: la verdá sea dicha. Pero son
fantesías de aprecio á otros, que hay que respetar.
--Pues si á respetos no fuéramos, Miguel--repuso la marinera,--y á
respetos de otra clase, ¿quién mejor, pa ayudarvos en tales días, que
ese venturao de Cleto?
--¡Uva!--respondió tío Mechelín.
Al oir el nombre de Cleto se revolvió Muergo sobre el escabel, como
un oso hurgado por el espinazo.
--¿Qué tienes, burro?--le preguntó su tío.
--Ná que le importe,--respondió Muergo.
Cole era un pescador valiente y entendido, que años antes fué un
pillete que el lector conoció, con el mismo nombre, en casa del padre
Apolinar. No son raros tales casos entre los mareantes santanderinos.
Díganlo, sin salirnos del término de nuestro relato, Guarín,
Toletes y Surbia, otros tres raqueros transformados con los años en
pescadores de empuje y de vergüenza. También salió cosa buena para
el oficio Colo, el de la calle Alta, después que dejó el latín y fué
recogido en la casa de Caridad el energúmeno de su tío.
Entre tanto, Cafetera, Pipa y Michero estaban en la Carraca, purgando
la _equivocación_ de tomar por objeto de lícito raqueo un cronómetro
de bolsillo, perteneciente á un barco atracado al Paredón de la
Dársena, é imperaba en el Muelle-Anaos otra generación de raqueros,
capitaneada por cierto _Runflas_ y un tal _Cambrios_, fatalmente
destinados á recoger las llaves de aquel memorable holgadero; porque
ya algún trozo de la escollera de Maliaño comenzaba á asomar el lomo
por encima de las más altas mareas, con espanto de las _bogas_ que
huían de aquellas playas, sabe Dios á dónde, para no volver más á
colmar con sus rebaños las barquías de los pescadores santanderinos;
los terraplenes del ferrocarril llegaban á mucho andar y amenazaban
ya al mismo Muelle de las Naos por la casa de baños de Calderón,
desde cuyos balcones, los que esperaban turno para zambullirse en las
marmóreas pilas, entretenían sus impaciencias escupiendo por última
vez sobre el agua del mar que lamía las paredes del edificio por
aquella fachada y la del Nordeste, y golpeaba á menudo las repisas;
porque se barruntaba la locomotora asomando por la peña del Cuervo,
tendidas al aire sus largas, serpeantes y blanquecinas guedejas,
conduciendo en sus entrañas de fuego los gérmenes de una nueva vida,
y barriendo al pasar los usos y costumbres que habían imperado aquí
durante tantos, tantísimos años de un no interrumpido y patriarcal
sosiego, y al Cabildo de Arriba sólo le quedaba una charca para
fondear sus embarcaciones, y un boquete en el terraplén para sacarlas
á bahía.
En la misma calle Alta se habían sustituído más de tres de sus
edificios vetustos con otros tantos flamantes de balcones de hierro y
paredes blancas; y allí se estaban, opresos y reventando, y haciendo
tan triste papel como los dientes de porcelana en una dentadura
podrida. Para el castizo gremio de pescadores, todas estas cosas eran
motivo de serias cavilaciones y barruntos de un temporal deshecho que
se les iba encima; pero se anticipaban á capearle, dando la cara á
otro viento y haciendo como que no veían el peligro; no hablando una
palabra de él, y extremando su añeja costumbre de vivir encerrados en
sus conchas, sin tratos con lo terrestre y sin ver ni saber más de
positivo del centro de la población, que de la cueva del _Ojáncano_ ó
de las «Serenitas del mar.»
Y de todo ello y mucho más tenían la culpa aquellas «aventuras
de loco,» de que nos hablaba don Venancio Liencres, incrédulo y
asombrado, y en las cuales se había ido metiendo hasta el cogote el
comercio santanderino... ¡Mayor pobre hombre!...
[Ilustración]
[Ilustración]
XIII
LA ÓRBITA DE ANDRÉS
Bastó con que le buscaran con arte las cosquillas de sus debilidades,
para ser el primero en acudir á las juntas preparatorias, y el
primero en hablar en ellas para ponderar las ventajas incalculables
de la atrevida empresa, y no de los últimos entre los principales
accionistas, y de los más apasionados en la memorable batalla
que se libró más tarde sobre si el camino había de ir por la
derecha ó por la izquierda; y hasta se presume que metió una vez
la pluma en _El Despertador Montañés_, para contestar á ciertas
agresiones embozadas que creyó ver en _El Espíritu del Siglo_,
cuando estos dos periódicos, órganos respectivos de los dos bandos
beligerantes, andaban tirándose los trastos á la cabeza. Aplaudió el
establecimiento de las líneas de vapores entre este puerto y otros
franceses del Atlántico... y, en fin, hasta mordió después el cebo
de las primeras sociedades de crédito que se colaron en la Montaña
detrás del ferrocarril. Perdió bastante el apego al viejo sillón de
su escritorio, y se dió con entusiasmo al negocio, _ilustrado_ con
peroraciones elocuentes y escolios luminosos en las aceras del Muelle
y en el _Senado_ del _Círculo de Recreo_.
Su hijo y Andrés le reemplazaban en el banco de la paciencia (así
llamaba él al escritorio á la antigua). Tolín había salido muy
dispuesto para lo que pudiera llamarse gerencia del departamento:
los corredores, la correspondencia, el buen orden y la disciplina
de arriba y de abajo, es decir, del escritorio y del almacén; tenía
una excelente nariz, delicado paladar y admirable sutileza de tacto
en las yemas de sus dedos para examinar muestras de harina, azúcar
y cacao; y sobre todo, afición, que es el misterio de todos estos
tiquismiquis. Andrés le ayudaba muy poco, y tenía á su cuidado la
caja. Carecía de verdadera vocación de comerciante. El pundonor, una
gran fuerza de voluntad, primero, y ya, últimamente, la costumbre,
hicieron que se acomodara sin disgusto á aquellas tareas tan ingratas
para quien no las penetre con verdadero amor á los fines á que se
enderezan. Bastaba ver á los dos amigos, para comprender sin esfuerzo
esta diversidad de gustos y de aptitudes entre ambos. Tolín era un
jovenzuelo de pobre naturaleza, de serena fisonomía, reparón y hasta
minucioso en la mirada; escogido, ó más bien preciso en la frase,
metódico en su labor, y muy ordenado en los accesorios de ella; su
letra era clara, de la mejor ralea española; aprovechaba las tiras
sobrantes de papel, por diminutas que fueran, para hacer sus cálculos
numéricos, en guarismos que parecían de molde; sabía repartir la
atención convenientemente y sin embarullarse, entre varios asuntos
á la vez; y aunque era ágil en sus movimientos y poco dengoso, no
había en su vestido correcto ni una mancha ni una arruga. En fin, que
_caía_ en el escritorio como santo en su peana.
Andrés era un mocetón sanguíneo, frescote, de mirada voraz, pero
rápida y versátil; esbelto, varonilmente hermoso en cualquiera de
sus actitudes. Sentado, á media nalga, delante del atril, crujía la
banqueta á cada rasgo de su pluma; y mientras los rizos brillantes
de su pelo negro se le bamboleaban delante de los ojos, su boca no
cesaba de murmurar alguna palabra, ó de silbar muy bajito los aires
más corrientes. Una equivocación de pluma le hacía prorrumpir en las
más lamentosas exclamaciones, y por un borrón insignificante se decía
á sí propio las mayores atrocidades, olvidado de que había gentes
que le escuchaban; y, sin embargo, el volar de una mosca le distraía,
y al menor ruido de la calle se plantaba de un salto á la ventana
del entresuelo. En los cobros y pagos que tenía á su cargo, como
cajero de la casa, armaba un estruendo de dos mil demonios al contar
las monedas que le entregaban, ó al derramar encima del mostrador
los talegos de napoleones, ó al probar la ley de los sospechosos,
haciéndolos rebotar sobre el tablero. Por lo demás, era puntual
asistente á las horas de trabajo, y placentero y servicial para todo
y para todos; pero no le cabía la vida en el pellejo, y necesitaba
todas aquellas inquietudes y los otros estruendos para no ahogarse
dentro de la envoltura. Como se ve, no podían darse dos naturalezas
más distintas entre sí que las de Andrés y Tolín. Lo único en que se
parecían los dos mozos era en el cordialísimo cariño que mutuamente
se profesaban.
Á los pocos meses de ingresar en el escritorio, enfermó Tolín. La
fiebre duró muchos días, y la convalecencia fué larga. Andrés, como
ya se ha dicho, sabía pintar barcos con tinta, añil y _botabomba_.
Tolín salió algo mañoso de la enfermedad, y quiso que su amigo le
entretuviera de día y de noche, pintando barcos y muñecos á su lado;
y Andrés tuvo la santa paciencia de estar cerca de quince días pinta
que pinta, sobre un velador que se arrimaba á la cama de su amigo,
mientras éste no pudo levantarse, y luégo en la mesa del comedor. Á
todas estas sesiones de arte casero asistía Luisa cuando no estaba
en el colegio, siguiendo sin pestañear los rumbos del pincel y de la
pluma de Andresillo, que ya sabían trazar, respectivamente, sin que
la mano los moviera, una mar borrascosa con cuatro descargas de añil,
un velamen de polacra con una inundación de _botabomba_, y un casco y
su aparejo con dos docenas de rayas hechas «en un decir Jesús.»
--Pinta ahora al capitán,--le decía Tolín alguna vez.
Y Andresillo pintaba un muñeco, que daba en las vergas con la gorra.
--Ahora al piloto,--añadía Luisa.
Y el piloto se pintaba junto al capitán; y luégo todos los
tripulantes, y el perro de á bordo, y el gallinero, y la rueda del
timón, y un lechoncillo, y media docena de gallinas... hasta que
decía Andrés:
--Ya no caben más cosas.
Tolín quiso, al cabo de los días, echar también su cuarto á espadas;
y como en sus buenos tiempos de granuja había cultivado algo el
dibujo franco en las paredes de los portales, y era, por naturaleza,
bastante dispuesto para las obras de imitación que no exigieran otras
virtudes que la paciencia, en fuerza de disolver terrones de añil y
de _botabomba_, y de pringarse los dedos y los labios, llegó á pintar
tan á la perfección como su maestro, aunque éste no lo creía así,
y se lo decía por lo bajo y á la disimulada á la niña cada vez que
ésta, dando con el codo á Andrés, le señalaba, con el asombro en los
ojos, lo que iba pintando su hermano.
El cual se aficionó tanto al arte, que después de volver á sus
tareas de escritorio, continuó pintando por su cuenta en los ratos
desocupados; y como su padre le comprara una caja de pinturas de
las mejores (cinco reales y medio, ó seis á lo más, valían), de las
mejores, repito, que se vendían en los Alemanes de la calle de San
Francisco (negras, con tapa carmesí, barnizada), se dió á pintar
cuanto Dios crió y se le metía por los ojos. Entonces pintó á don
Venancio Liencres, de perfil, con _saco_ negro, sombrero de copa y
bastón; á su madre (á la del pintor), con manteleta flecuda, gorra
con plumajes y vestido rayado, de perfil también; á Luisilla, en
adecuado atalaje, igualmente de perfil, y á la cocinera y á la
doncella y al tenedor de libros... á todos de perfil y encarados á la
izquierda, por no saber arreglárselas por el otro lado, y mucho menos
con las figuras de frente. Después pintó sillas y bancos y mesas y
el gato, y copió las flores del papel del comedor y las figuras de
la baraja; hasta que, viéndole su padre con vocación tan decidida,
trató de ponerle á aprender el dibujo, por principios, con Cardona,
que daba lecciones en su taller del teatro; pero Tolín no estaba por
_retroceder_ á los enojosos y lentos preliminares de escuela, después
de llegar hasta donde él había llegado en el arte, y quiso continuar
cultivándole sin más guía que su pertinaz inspiración. Proveyóse de
papel de marquilla, que nunca había tenido, y se lanzó al paisaje.
Entonces copió, á trozos y en detalles, cuanto se alcanzaba á ver
desde su casa por delante y por detrás. Esta obra duró años; porque
al mismo tiempo trabajaba con afición y aprovechamiento en el
escritorio de su padre, y el panorama es enorme, y sus detalles eran
infinitos. Solamente la casa de Botín con los sillares de sus arcos,
uno á uno, y con las tabletas de sus persianas verdes, una á una, le
llevó cerca de tres meses: háganme ustedes el Muelle, losa á losa;
y la Catedral, canto á canto y teja á teja, y así la bahía con sus
barcos y sus montañas del fondo; y el Alta, con su Atalaya y sus
árboles; y la Maruca, y San Martín; y á ver quién es el guapo que se
compromete á pintarlo en menos tiempo.
Cuando volvemos á hallarle sustituyendo á su padre en el escritorio,
ya la manía iba cesando: solamente pintaba algunas cosillas de tarde
en tarde; pero el fuego de su amor al arte adentro le ardía aún,
puesto que para recreo de su espíritu, quebrantado por el peso de
las tareas del entresuelo, se encerraba en su cuarto tan pronto como
entraba en casa, y se pasaba media hora en la contemplación extática
de dos docenas largas de obras de su pincel, que, «puestas en cuadro»
como lo mejorcito de la colección, adornaban las paredes. Allí
estaban, años hacía, siendo la admiración de todos los que en la casa
moraban y á la casa concurrían, con el respectivo rótulo al pie, en
letras como cerojas, que decía así:
LO HIZO ANTOLÍN LIENCRES (DE AFICIÓN) EL AÑO DE MIL OCHOCIENTOS Y
TANTOS
Y por si no era bastante el paréntesis del rótulo para ponderar el
mérito de la obra, don Venancio, su señora, su hija, la doncella...
cualquiera persona que, con cualquier pretexto (y entonces
abundaban), introdujera á un visitante en aquel cuarto, tenía muy
buen cuidado de decir, señalando cuadro por cuadro:
--Ésta es la Capitanía del puerto; ésta es la casa de Botín; éste
es el castillo de San Felipe, con su catedral detrás; ésta es la
lancha del Astillero, cargada de pasaje, á remo y á vela á un mismo
tiempo... ¿Qué propio está todo, eh?... ¡Parece que está hablando
cada cosa de por sí!
Y de añadir en seguida:
--Pues mire usted, todo lo pinta de afición. Jamás ha tenido maestro
ni le ha querido... ¿Para qué, haciendo lo que él hace y sabiendo lo
que sabe?
Andrés se dió muy pronto por vencido. Verdad que no le hurgaba mucho
las entrañas el pundonor artístico. Cuando Luisilla vió á su hermano
pintar barcos por debajo de la pata, y hasta despilfarrarlos como
detalles decorativos de sus paisajes, dijo una noche á Andrés:
--Aprende, aprende, hijo. ¡Esto se llama pintar barcos... y botes!
--Mejor es manejar bien los de verdad, como yo los manejo,--respondió
Andrés.
--Y andar con marinerotes... ¡y con marinerazas!--replicó Luisa con
mucho retintín.
Andrés se puso muy colorado, porque era la verdad que se alampaba por
la compañía de esas gentes y por aquellas diversiones.
Las que le absorbían el seso á Tolín, juntamente con el cambio
operado en sus costumbres públicas, por obra del tiempo que iba
corriendo y de las condiciones enclenques de su naturaleza, fueron
apegándole de tal modo al rincón de la casa, que aquellas tertulias
nocturnas del tiempo de su convalecencia llegaron á ser para él una
verdadera necesidad. Ni con agua hervida se le podía echar á la
calle en cuanto se encendían los faroles públicos.
El núcleo de su tertulia le componían Luisa y Andrés. Algunas
veces se arrimaban allá tres ó cuatro amiguitos y amiguitas de la
vecindad; pero esto ocurría pocas veces, sin pena alguna de los
otros, que se encontraban muy á su gusto estando solos. Por lo común,
mientras Tolín pintaba, Andrés refería lo referible de sus aventuras
marítimas, y Luisa atendía á la pintura y á los relatos, sin perder
una pincelada ni una frase.
Algunas veces metía su cucharada en las dos cazuelas, y decía, por
ejemplo, á su hermano:
--Me parece que ese verde es más de lechuga que de mar.
Ó interrumpía á Andrés con estas palabras:
--Pues eso no le cae bien á un muchacho decente como tú. Á lo mejor,
hueles á esas pringues de lancha... y puede que también digas cosas
feas cuando nosotros no te oímos.
Andrés, porque quería de veras á Tolín, concurría con asiduidad
á aquella tertulia, en lo cual se complacían mucho su madre (la
capitana) y don Venancio Liencres, á quien el hijo de Bitadura
estaba más obligado cada día. Porque si le hubiera dicho quien tenía
autoridad para ello: «pásate esas dos ó tres horas que se te conceden
de libertad por la noche, donde más te agrade,» ¡oh, entonces!...
entonces, sin abandonar por completo á Tolín, no frecuentara tanto
su casa, con la pejiguera de mudarse la camisa un día sí y otro no,
y el riesgo, entre otros, siempre gravísimo para él, de tropezarse
á lo mejor con la señora de don Venancio, tan seria y estirada, y
tener que saludarla muy atento y cortés, en la seguridad de no ser
respondido más que con una palabra, y esa corta y seca. Bastante
más le consideraban y se divertía en la bodega de la calle Alta, y
junto á la Capitanía del puerto, ó en la punta del Muelle, ó en los
Arcos de Hacha; donde quiera que hubiera marineros desocupados y en
corrillo. ¡Conocía y trataba á tantos de ellos!...
Según fué creciendo, las llamadas conveniencias sociales le obligaron
á guardar un poco más la distancia; pero no por eso perdieron una
pizca de fuerza sus inclinaciones: antes bien, se afirmaban y crecían
con él, lo cual era crecer mucho, porque Andrés crecía y ensanchaba
que era una bendición de Dios. Á los diez y siete años rebasaba de
la talla más de dos dedos, y alzaba en el almacén una quintalera en
cada mano hasta más arriba de las caderas. Remando, daba torno al
marinero más forzudo, y gobernaba el aparejo de un bote ó de una
lancha con singular destreza. Ni sures ni vendavales le imponían;
y contra vientos y mareas bregaba triunfante, y no sólo impávido,
sino gozoso. Yo no sé qué demonio tenía la mar para aquel muchacho;
parecía de la naturaleza de los perros de lana: en cuanto la veía,
ya estaba buscando un pretexto para arrojarse á ella. Conocía las
corrientes, las puntas de arena y todos los misterios de la bahía,
como el mejor práctico, y había corrido en ella cuantos riesgos
y temporales pueden correrse por nieblas, varaduras y vientos
desencadenados... En fin, que se la sabía de memoria. Entróle
comezón de ir aprendiendo algo de mar afuera, y para lograrlo no
desperdiciaba ocasión. La primera se la ofreció la casualidad.
Las lanchas de práctico no tienen tripulantes fijos, y se echa mano
de los primeros que se presentan. La remuneración es tal cual. Por
un _limonaje_ á un barco que pase de ciento cincuenta toneladas, se
le cobran doscientos veinte reales, de los cuales ciento son para el
práctico, soldada y media para la lancha, y el resto para repartir
entre los marineros. Cada día entran dos prácticos de servicio,
los cuales deben estar, una hora antes de amanecer, en la boca del
puerto; y no pueden retirarse hasta otra hora después de anochecido.
Si el servicio de estas dos lanchas no alcanza, avisa el práctico
mayor, para los casos extraordinarios, al patrón ó á los patrones que
se necesiten, por riguroso turno.
Al ocurrir un caso de éstos, una tarde de día festivo, se hallaba
Andrés echando un párrafo con algunos mareantes á la puerta de la
Zanguina. Faltaban dos hombres para completar la tripulación de la
lancha, que debía salir á tomar el barco en el Sardinero; el caso
era de urgencia, y el práctico se impacientaba. «Esta es la mía para
ver algo de _eso_,»--pensó Andrés. Y se brindó generosamente á tener
por un lado. Considerábanle allí mucho por ser hijo de quien era y
por la veta que sacaba; y con todos los miramientos y salvedades de
rigor y de cortesía, se aceptó la proposición con entusiasmo. Como
si al mozo le hubiera tocado la lotería, corrió al Muelle delante de
los que corrían más; saltó á la lancha el primero; armó su remo en
la banda más floja; largó la tuina debajo del banco; afirmó los pies
en el delantero... y ya estaba en sus glorias. La lancha, boga que
boga, salió del puerto; tomó el barco al oeste de la Peña de Mouro,
y después de quedar amarrada al costado, Andrés subió á bordo con
el práctico. ¡Otro cachito de gloria, enteramente nueva, para el
animoso muchacho! ¡Abocar al puerto sobre el puente de un bergantín
con toda su lona al viento, y presenciar las maniobras de á bordo, y
las ansiedades del capitán, con el ánimo esclavo de los mandatos y
las señales del práctico; y oir el áspero rechinar de la garrucha,
y el cántico triste y cadencioso de los hombres que _cobran_ la
escota; y el ruido de los que corren, y la voz que los manda, y el
rumor de la estela; y sentir en la cara el aire que mueve una vela al
ser braceada, y en los pies el efecto engañoso del lento cabeceo del
bergantín, al deslizar su quilla entre las ondas que él mismo agita
siguiendo el rumbo que le traza el diestro timonel; y saborear, en la
misma colmena, las dulzuras de la inexplicable, misteriosa armonía
que llega á producir este conjunto de ruidos, colores y movimientos!
El lance le engolosinó de tal modo, que le repitió en adelante muchas
veces: siempre que tuvo ocasión de ello; ya que no remando en la
lancha del práctico, como curioso agregado á su tripulación.