Y exclamando así, Colo apretó á correr hacia la cuesta del Hospital,

porque vió venir hacia él, por lo alto de la calle, al temible cura

loco, con los largos faldones de su levita ondeando al aire que movía

su veloz andar; el bastón de nudos enarbolado en su diestra; el

sombrero derribado hacia la coronilla, y los ojos relucientes; porque

ésta era la particularidad más llamativa del famoso don Lorenzo.

Silda, al verle acercarse á ella, se retiró atemorizada al portal,

precisamente en el instante en que bajaba Cleto de su casa.

Sujetábase los calzones con ambas manos por la cintura, y murmuraba

entre dientes algo como maldiciones y reniegos. Pero esta vez, aunque

halló á Silda atravesada en su camino, no la apartó á un lado con los

pies. Observando que cosía, detúvose y díjola:

--¿Me empriestas la uja un poquitín? Á mercar una salía ahora mesmo.

Á Silda no le pesó ver tan manso delante de ella á un sujeto del

quinto piso, y particularmente á Cleto por lo que ya se ha dicho.

--¿Para qué la quieres?--le preguntó á su vez.

--Pa pegar este botón... No tengo más que él en los calzones... La

bribona de Carpia me robó la escota pa amarrarse el rufajo; de modo

que si arrío las manos, se me va á fondo la bragá.

--¿Por qué no te pegan los botones en casa?

--Porque allí no sabe naide tanto como eso.

--Pues ¿quién te los pegaba otras veces?

--Yo, cuando tenía uja... hasta que se me perdió.

--Y ¿quién te arremienda?

--En mi casa no se arremienda ná, bien lo sabes tú. Cuando allí se

rompe algo, se deja así hasta que se cae, si no se pué contener con

una carena de puntás. Ca uno se da las pirtinicientes... y al sol

endimpués. ¿Me empriestas la uja? ¿Sí ú no?

--¿Quieres que te pegue el botón yo mesma?

--Mejor que mejor... Tómale: es de esa. De hormilla le tengo tamién

arriba. Si te paece mejor, pico á traerle.

--Bueno es el de asa.

Silda le tomó en sus manos; rompió con los dientes, menudos,

apretados y blanquísimos, la hebra de hilo negro que empleaba en

remendar el chaleco de tío Mechelín; dióla al extremo resultante

un nudo, solamente con el pulgar y el índice de su mano izquierda,

operación en que la había ejercitado con gran empeño tía Sidora,

porque decía que mujer torpe en anudar la hebra, nunca parecía buena

cosedora; taladró, á duras penas, con la aguja el empedernido paño

de la cintura del pantalón de Cleto, mientras éste le sujetaba

apretando las manos contra la barriga; metió la aguja por el asa del

botón, dejándole deslizarse hebra abajo dando volteretas, y comenzó á

coser y á estirar la puntada, poniendo los cinco sentidos en aquella

obra, la primera que hacía para _fuera de casa_.

Cleto no era feo. Había cierta dulzura y mucha luz en sus ojos

negros; eran muy regulares sus facciones, y bien aplomadas y

varoniles todas las líneas de su cuerpo. Pero andaba muy sucio, y

las greñas indómitas de la cabeza le cubrían media cara, curtida por

las intemperies y jaspeada por manchones de espeso y negro bozo que

comenzaba á ser barba nutrida. Hasta la respiración contenía mientras

Silda empleaba las escasas fuerzas de su manecilla, rechoncha y

blanca, para hacer pasar la aguja por las durezas de aquel paño, que

más parecía cartón embreado. En esta faena y aquella actitud les

sorprendió tío Mechelín, que volvía de la calle con la pipa en la

boca.

Detúvose unos instantes á la puerta, contemplando fijamente y con

cara de pascua el inesperado cuadro, y exclamó luégo, sin poder

contenerse más:

--¡Arrepara bien, Cleto!... ¡arrepara bien!... ¡Mira ese saque de

mano!... ¡mira ese cobrar de veta... y ese atesar de puntá!... ¿Qué

hay que pedir á ello en josticia de ley?

Volvió Cleto los ojos hacia tío Mechelín, y apartólos de él en

seguida sin responder una palabra. Silda no se dió por entendida de

aquellos piropos, ni siquiera con una sonrisa.

El regocijado pescador continuó soltando apóstrofes á Cleto y

alabanzas á la costurera.

Acabóse la tarea; metióse en la bodega Silda, mientras Cleto, sin

desplegar sus labios, se daba el botón recién _pegado_, y tío

Mechelín no cerraba boca dirigiéndose á Cleto; y Cleto se largó sin

despedirse, y el locuaz marido de tía Sidora todavía hablaba hacia

él; y tras él salió hasta la puerta de la calle, y desde allí le

siguió con los ojos... y con la palabra; y se arrimó al podrido marco

cuando perdió de vista al mozo del quinto piso; y entonces, tentado

de la pasión de locuacidad que solía acometerle, como ya se ha dicho,

comenzó á pasear la mirada por la acera y los balcones y las ventanas

de enfrente y sobre los transeuntes, diciendo al propio tiempo y en

la más rica y pintoresca variedad de tonos y registros:

--¡Hay que verlo!... ¡vos digo que hay que verlo pa saber lo que son

las sus manucas, y aquel dir y venir como la pluma mesma por los

aires!... Ni pisa ni mancha... Le dice usté una vez la cosa: ya está

entendía... Ella, la media azul; ella, la calceta blanca; ella, el

remiendo fino; ella, el botón de nácara lo mesmo que el botón de

suela; ella, la escoba; ella, la lumbre; ella, la puchera... Vamos,

que pa too lo que Dios crió hay remo allí, con una gracia y una

finura que lleva los ojos de la cara... Si me da el dolor en esta

banda, ella calienta el ladrillo, y en un verbo me le lleva, engüelto

en la baeta, á la cabecera de la cama. Si la mi Sidora cae de sus

males, el angeluco de Dios la adevina los pensamientos pa que ná la

falte, dende la onza de chacolate, bien hervía, hasta el reparo pa la

boca del estógamo... ¿De alimento, dices tú?... Tocante al alimento,

es poca cosa; pero es de buen engordar de suyo, como la den trabajo

llevadero y un dormir sin pesaúmbres... Oir, no se la oye palabra, si

no es pa responder á lo que se la pregunta, ú preguntar lo que ella

buenamente no puede saber... ¿De vestir?... ¡Pus no da gloria de Dios

ver cómo le cae hasta un trapuco viejo que usté le ponga encima? Si

vos digo que, á no saber quién fué su madre, por hija se la tomara

de anguna enfanta de Ingalaterra... cuando no de una señora de

comerciante del Muelle... Pos ¿y el arte pa el deletreo de salabario,

en primeramente, y pa la letura en libro dimpués?... Y ¿qué me dices

tú de los rezos que ha aprendío en un periquete, que hasta el pae

Polinar se asombra de ello?... Ná, hijos, que si la enseñan solfa,

solfa aprende... ¡Uva!... Y á too y á esto, finuca ella; finuco el su

andar; finuco el su vestir, aunque el vestío sea probe; la mesma seda

cuanto hacen sus manos, y limpio como las platas el suelo por onde

ella va y el rincón en que se meta... Que es asina de natural, vamos.

Y lo que yo le digo á Sidora cuando me empondera la finura de cuerpo

y la finura de obra del angeluco de Dios: «esto, Sidora, no es mujer,

es una pura _sotileza_...» ¡Toma! y que así la llamamos ya en casa:

Sotileza arriba y Sotileza abajo, y por Sotileza responde ella tan

guapamente. Como que no hay agravio en ello, y sí mucha verdá... ¡Uva!

Y por eso y desde aquellos días, se llamó Sotileza la huérfana del

náufrago Mules, no solamente en casa de tío Mechelín, sino en todas

las demás casas de la calle, y en la calle misma, y en el Cabildo

entero, y en el Cabildo de Abajo también, y en todas partes donde fué

conocida su afamada belleza, con lo que de ésta se siguió fácilmente

y verá el curioso lector, entre otras cosas igualmente vulgares y de

todos los días, si se arma de paciencia para acompañarme en el relato

otra jornadita más.

[Ilustración]

[Ilustración]

XII

MARIPOSAS

Entre las gentes marineras (y no se ofendan las de acá, porque el

oficio que traen no es para otra cosa), una persona limpia es punto

más rara que las peras de á tres libras. En Sotileza fué creciendo

con los años el instinto del aseo; y, á mi modo de ver, de la fuerza

del contraste que formaba aquélla su inverosímil pulcritud de carnes

y de vestido con la basura de lugares y personas en medio de la cual

vivía (y he aquí cómo el diablo me arrastra por tercera vez á la

comparación del gato con la huérfana de Mules); á mi modo de ver,

repito, de la fuerza de este contraste, tan singular y llamativo,

debió nacer en el Cabildo de Arriba la fama de la hermosura de

Sotileza, confundiendo la torpe percepción de los sucios marineros el

atributo con la esencia, ó mejor dicho, los colores con la forma.

Porque yo recuerdo muy bien que lo primero que se echaba de ver en

aquella garrida muchacha cuando estaba, á los veinte años, en la

flor de su galanura, era la limpieza extremada de su atavío, en el

que dominaban siempre las notas claras, como si esto fuera un alarde

más de su pulcritud á prueba de peligros; y no emperejilada para

las fiestas de la calle, ó las bodas de la vecindad, ó la misa ó el

paseo de los domingos, que esto probaría bien poco; sino todos los

días, á la puerta de la bodega, en lo alto del Paredón, atravesada

en la acera, tejiendo la red en el portal, sacando la barredura á

la mitad del arroyo, ó remendando los calzones de tío Mechelín;

en refajo corto, descubriendo por debajo tres dedos de lienzo más

blanco que la nieve; con justillo de mahón, rayado de azul; pañuelo

de mil colores sobre el alto, curvo y macizo seno; á medio brazo

las mangas de la camisa, y otro pañolito de seda, claro también,

graciosamente atado, _á la cofia_, sobre el nutrido moño de su pelo

castaño con ondas tornasoladas de oro bruñido. La curiosidad que

excitaban estos llamativos pormenores, movía los ojos del observador

á hacer otras exploraciones; y entonces se reparaba en los aplomos

admirables y en los lineamentos finos y gallardos de la pierna y del

pie, desnudos y blanquísimos, que asomaban por debajo de la tira de

lienzo; en el torneado brazo, desnudo también; en el cuello redondo

y escultural, que se alzaba sobre los anchos hombros, y, por fin, en

la cara saludable, fresca, verdaderamente primaveral, la porción más

envidiable de la valiente cabeza que el cuello sostenía, y sobre el

cual centelleaban, al bambolearse, los anchos anillos de oro colgando

de las menudas orejas.

Tal era lo que, en el orden señalado, iba saltando á los ojos de un

observador algo adiestrado en los intríngulis del arte, al contemplar

á Sotileza por primera vez en su propio y natural terreno; con los

cuales elementos, si hay para construir lo que se llama toda una

buena moza, se puede estar muy lejos de llegar á la hermosura que

atribuyó la fama indocta á la memorable callealtera. Examinándola

todavía más al pormenor, las líneas de su cara distaban mucho de

estar ajustadas á los buenos modelos de la belleza clásica: la frente

pecaba de angosta; la boca, aunque pequeña y fresca, era durísima

de expresión; la mirada de sus rasgados ojos, demasiado cruda; el

entrecejo muy acentuado, y el contorno general no daba la corrección

de los trazos atenienses. Aunque separadamente fuera intachable cada

porción de su cuerpo, éste, en conjunto, si bien flexible y gracioso,

no era un modelo escultórico. En una palabra, Sotileza no era una

hermosura en el sentido artístico de la expresión; pero reunía todos

los atractivos necesarios para ser la admiración de los mozos de

su calle, y excitar la curiosidad y luégo hasta el frenesí de los

antojos en los hombres cultos, más esclavos de las malas pasiones

que del sentimiento estético. Su voz era de hermoso timbre, con

unas notas graves que acentuaban poderosamente el vigor de su frase

lacónica, y _entonaba_ muy bien con la expresión de su semblante.

Lejos de corregirse ésta su nativa esquivez, había ido afirmándose

con los años; y aunque esta cualidad no la arrastraba jamás á ser

chocarrera ni provocativa, cuando se le buscaba la lengua por las

envidiosas ó por los atrevidos, sus aceradas sequedades la hacían

verdaderamente temible.

Con el poder de su rica naturaleza, y acaso, acaso, con la conciencia

de su hermosura, había adquirido el valor que no tuvo de niña para

arrostrar de frente ciertos peligros, y logrado imponerse, hasta

con la mirada, á las hembras de la familia de tío Mocejón; triunfo

de que se ufanaba Sotileza, por ser de los poquísimos en que había

puesto todo su propósito desde que comenzó á comprender que para

conseguir ciertas cosas una mujer de su carácter, no necesitaba más

que empeñarse en ello. Por supuesto, que no ignoraba que las del

quinto piso, más que corregidas, estaban domadas á la fuerza, ni

que, por consiguiente, no dejarían de aprovechar la primera coyuntura

que se les presentara para herirla impunemente; pero, por de pronto,

la fiera, aunque gruñendo, estaba enjaulada, y ella tenía, en el

prestigio de que gozaba en la calle, el arma con que atormentar

su espíritu envidioso; y en el temple de su carácter, la fuerza

necesaria para imponerse.

Cleto la había dicho varias veces, desde aquello del botón:

--Cuenta conmigo hasta pa darlas una paliza, si te conviene...

¡porque son muy malas!

Y Sotileza se había sonreído, por conocer la calidad del motivo que

arrastraba á Cleto á proponerle aquella ociosa barbaridad.

Porque Cleto frecuentaba mucho la bodega. El pobre muchacho, que

era de un natural candoroso y bonachón, desde que nació no había

cultivado otro trato que el de las gentes de su casa, gentes puercas

y feroces, sin arte ni gobierno, reñidoras, borrachas y desalmadas; y

no sabía que un mozo como él, que no sentía la necesidad de ser malo

ni hallaba placer en vivir como se vivía en el quinto piso, podía

encontrar en otra parte algo que echaba de menos cierto _aquel_,

á modo de entraña, que le escarbaba allá adentro, muy adentro de

sí mismo, como lloroso y desconsolado. Y este algo pareció en la

bodega, en la jovialidad de tío Mechelín, en la bondadosa sencillez

de tía Sidora, y hasta en la limpieza y el buen orden de toda la

habitación. Allí se hablaba mucho sin maldecir de nadie; se comían

cosas sazonadas á horas regulares; se rezaban oportunamente oraciones

que él jamás había oído; y si se quejaba de algún dolor, se le

recomendaba con cariño algún remedio, y hasta se le preparaba la

misma tía Sidora... En fin, daba gusto estar allí, donde se hallaban

tantas cosas de que él no tenía la menor idea; muchas cosas que le

alegraban aquella entraña «de allá adentro,» que antes siempre estaba

engurruñada y triste; y le hacían coger apego á la vida, y distinguir

los días nublados de los días de sol, y los ruidos ásperos de los

sonidos dulces; y hablar, hablar mucho sobre todo lo que le hablaran,

y recordar lo que había sido antes para recrearse un poco en lo que

iba siendo.

Porque, al mismo tiempo, crecía Sotileza; y según iba creciendo,

reparaba él cómo se transformaban las líneas de su cuerpo y se

acentuaban la redondez y tersura de sus carnes, el poder y la luz de

su mirada y las armonías de su voz; y cómo iba llenando ella sola

la bodega con todas estas cosas y su remango de mujer hacendosa, y

hasta con su luz; porque hubiera jurado el pobretón de Cleto que

de ella, y no del sol de los cielos, eran aquellos resplandores

que se esparcían por la casa... Después se volvía á la suya, donde

no hallaba qué cenar ni cama en qué acostarse, y oía maldiciones y

blasfemias, y le querían devorar aquellas mujeres infernales, porque

tomaba tanta ley «á los pícaros de abajo.» Y estas cotidianas escenas

le hacían acordarse con nuevas ansias de la bodega, y en cuanto

hallaba un rato desocupado, tornábase á ella; y más de una vez,

considerando lo que arriba le esperaba, tuvo los labios entreabiertos

para decir á tío Mechelín, puesto de rodillas delante de él:

--¡Déjeme vivir aquí para siempre!... No quiero cama ni comida. ¡Yo

dormiré sobre los ladrillos de la cocina y comeré un mendrugo en la

taberna, de lo que gane trabajando para usté!

Y es de advertir que el matrimonio de la bodega no miraba con malos

ojos la bien notoria afición que iba tomando Cleto á Sotileza. Cleto

era trabajador, honradote, sano y robusto como una encina, y hasta

sería guapo y buen mozo el día en que cayera en manos que cuidaran

de él y le asearan con cariño. Demás de esto, estaba abocado á una

herencia de media barquía, si Mocejón no malvendía la suya antes de

morirse. ¿Qué mejor acomodo para Sotileza, si Sotileza llegara á

aceptarle un día sin repugnancia?... ¡Repugnancia! ¿Y por qué había

de sentirla la desvalida huérfana? Cierto que, en opinión de los

cariñosos viejos, puesta Sotileza á valer, no había oro con qué

pagarla, ni marqués que la mereciera; pero la pasión no les cegaba

hasta el punto de desconocer que los marqueses cargados de oro no

habían de llamar jamás, con buen fin, á la puerta de la bodega. Y no

contando ni debiendo contar con una ganga semejante, ¿las había mucho

mejores que Cleto para Sotileza en el Cabildo de Arriba? Por supuesto

que ellos no pellizcarían la lengua de Cleto para que rompiera á

cantar lo que el mozo sentía; ni hurgarían el oído de la muchacha con

alabanzas de su pretendiente, para conquistarla la voluntad; pero se

guardarían muy bien de ponerle estorbos en la puerta, y mucho más de

írsela cerrando poco á poco.

De modo que si aquella súplica reverente que tantas veces tuvo Cleto

entre los labios, llega á salir de su boca, tal vez no hubiera

sido desairada por tío Mechelín, ni quizá por su mujer, dejándose

arrastrar éstos solamente del impulso de sus propios corazones. Pero

había otros miramientos á qué atender; y uno de ellos, no el de menor

importancia, era el haberse negado tenazmente á la misma pretensión

insinuada por Sotileza más de dos veces á favor de Muergo, desde que

éste, apenas matriculado en el gremio y ya rayando en los diez y seis

años, perdió á su madre, de resultas de una caída en la Rampa Larga,

subiendo cargada de sardinas... y de aguardiente. Sotileza, pues,

perseveraba en los mismos propósitos de Silda, de amparar al hijo de

la Chumacera, tan necesitado, en opinión de la caritativa muchacha,

de una voluntad que le rigiera y le apartara del mal camino á donde

podían llevarle los resabios que heredaba de su madre, y la soledad y

el abandono en que últimamente vivía.

Y el bruto de Muergo explotaba bien estas inexplicables blanduras de

la antigua víctima de sus barbaridades en el Muelle de las Naos y en

la Maruca. Particularmente desde que era huérfano de padre y madre,

no se pasaba día sin hacer una visita, bien larga y aprovechada, á

la bodega de su tío. Como pudiera remediarlo, la visita era á las

horas de comer ó de cenar, porque en estas ocasiones siempre sacaba

mendrugo para su estómago insaciable. Vivía en la calle del Medio,

arrimado á una familia que le daba un jergón y la comida por poco

menos de lo que él ganaba de _compañero_ en una lancha del Cabildo

de Abajo: la tercera que había conocido desde que fué colocado de

_muchacho_, como ya se dijo, en la de tío Reñales.

En sus visitas á la bodega de la calle Alta, se encontraba muy á

menudo con Cleto. Se aborrecían de muerte; y estaban ambos allí como

dos mastines delante de una sola tajada. Para Muergo, la tajada era

todo cuanto encerraba la casa, por el temor de que el otro sacara

de ella, aunque fuera en buenas palabras, lo que no alcanzaba para

satisfacerle á él. Para Cleto, la tajada parecía ser la grosera

monstruosidad del hijo de la Chumacera, que le hacía aborrecible,

y mucho más en aquel sitio. Cierto que le consolaba poco la no

disimulada complacencia con que el viejo matrimonio le ayudaba á

contradecir el menor conato de dictamen que apuntara, entre gruñidos,

el estúpido marinero; mas este consuelo se le amargaba el decidido

tesón de Sotileza en amparar á Muergo siempre, con razón ó sin ella;

y ésta era la verdadera causa de la aversión que sentía hacia el hijo

de la Chumacera el mozo del quinto piso.

Porque por sí solas la grosería y la monstruosidad de Muergo...

¡Oh, la monstruosidad de Muergo! ¡Había que considerarle bien á la

edad de diez y nueve años, época en que vuelve á aparecer Sotileza

tal y como se ha presentado al comienzo de este capítulo! Desde que

le perdimos de vista, todo había crecido en él á un mismo tiempo:

la gordura de sus labios; el estrabismo de su mirada; la anchura

y remangamiento de su nariz; la espesura de sus crines; el vuelo

de sus orejas; la blancura de sus dientes ralos; la bóveda de sus

espaldas; la intensidad del color cobrizo de su piel; su natural

obesidad adiposa, que había llegado á relucir como cuero de etiope;

la aspereza salvaje de su voz; su estupidez... todo, en suma,

tanto físico como moral, se había agrandado y robustecido en su

persona; y para que nada faltase á la armonía de este conjunto de

monstruosidades, todo él iba envuelto, de ordinario, en una flotante

camisa de bayeta verde, muy peluda; unos calzones pardos y un gorro

catalán, verde también, con la vuelta encarnada. Con este atavío

lanudo y tieso, y su andar lento y oscilante, parecía un oso polar,

suponiendo que en el polo hubiera osos verdes de medio arriba, y

pardos de medio abajo. No había cosa más decente á qué compararle.

Sotileza le había predicado mucho que ahorrara para _echarse_ un

vestido bueno de día de fiesta, y ya tenía parte de él; pero no

quería estrenarlo sin la chaqueta y la boina que le faltaban y

contaba tener dentro de mes y medio, allá por la fiesta de los

Mártires, patronos de su Cabildo. Antes pudo haberle estrenado; pero

le tiraba mucho _la Zanguina_, famosa taberna de los Arcos de Hacha;

y en la Zanguina quedaban casi todos los ahorros de Muergo; y no

todos, porque no se le cobraba su deuda entera de repente. Muergo era

bebedor; pero con el miedo de perder el amparo de las gentes de la

bodega, dominaba bastante el vicio. Aguantaba sereno medio barril de

aguardiente; pero cuando se emborrachaba era una fiera. Por eso, los

mismos camaradas, que cuando estaba en sus cabales le acribillaban á

burlas impunemente, en cuanto le veían borracho huían de él. Entonces

era capaz de las mayores barbaridades, por sangrientas que fueran.

Por lo demás, era alegrote, fuerte en el trabajo, bastante

placentero, y duro de salud.

¡Y qué lejos estaba de maltratar á Sotileza como había maltratado de

muchacho á la niña Silda! La poca razón que cabía en su mollera, algo

de vil interés, y mucho del influjo necesario de la naturaleza misma,

que iba hablando á sus carnazas á medida que la huérfana de Mules

crecía y se hermoseaba y le ofrecía con incansable perseverancia los

únicos testimonios de cariño que había gustado en su vida, le habían

ido amansando y abatiendo poco á poco, hasta sentirse esclavo de la

voluntad de la garrida muchacha, como se rinde fascinada una bestia

bravía á las caricias de la gentil domadora.

Con este símil, y no de otro modo, hay que explicar el mutuo afecto

de estos dos seres tan distintos entre sí. En él obraban, como

causa, el interés egoísta y el poder incontrarrestable de una ley

misteriosa; en ella, la fuerza de un propósito temerario, primero; y

después, la satisfacción ó la vanidad del triunfo conseguido.

--¡Mira, hijuca--la dijo un día tía Sidora,--que ese mimo con que

tratas á esa bestia te ha de costar caro... porque la cabra siempre

tira al monte, y de jugar con lobos no se saca más que arañazos y

mordiscos!... No lo digo por el pan que me come, porque tú lo deseas

y eso me basta... Pero ¿por qué no me mandas que se le dé á otra boca

que más le merezca?

--Muergo le merece,--contestó la muchacha.

--¡Merecerle ese móstrico de Satanás!... ¿Por qué?--exclamó la

marinera.

--Porque sí,--respondió secamente la otra.

--Mejor razón que esa deseara yo; pero aunque valga lo que tú

quieras, mejores las hay en contrario, y ciego será quien no las

vea... Sólo que hay que nacer con suerte, y ese animal la tuvo

contigo dende que debistes aborrecerle... ¡Mal año pa las enjusticias

contra la ley de Dios! Y mira que no me llegara la tuya tan al alma,

si no te viera negar hasta los «buenos días» al venturao de arriba,

que es un peazo de pan, de pies á cabeza, cuando ná te paece bastante

para el cerdo de mi sobrino.

--Cleto es de mala casta.

--¡Pues mira que el hijo de la Chumacera!...

--Cada uno tiene sus gustos.

--Y los viejos mucha experencia, hijuca, y hasta la obligación de

aconsejar á los mozos, cuando los mozos no van por el camino derecho.

--¿Y qué mal hago yo en mirar con caridá por quien es aborrecible á

todos?

--El mal de dar alas á quien no debe volar con ellas.

--¡Porque es feo!

--Porque no es bueno.

--No roba ni mata.

--No le ha dao por ahí; que si le da, no será el entendimiento quien

se lo estorbe. Y ten entendido que á Muergo, más que por feo, se le

aborrece por burro con zunas.

--Otros las tienen y son bien vistos.

--Porque tamién tienen prendas de estima... Y mira, hijuca, no te

ofendas ni te me enfades; pero más te dijera sin el temor de que

pienses que lo que ese animal nos come, por tus blanduras, es lo que

á mí me duele para hablar como hablo.

Sotileza · 第 10 / 27 段