Desde aquel día mandaba Tolín á bordo del patache más que el mismo

patrón. Pero no abusaba. Su único entretenimiento era bajarse á

la lancha, siempre ociosa, puesto que el barco estaba atracado al

Muelle, y desde que el motil le había enseñado á cinglar, andar

voltejeando por la Dársena, ó corretear de aquí para allí agarrado á

las estachas de los quechemarines y lanchones. Tolín habló de estas

cosas con Andrés en cuanto fué su amigo; y Andrés, asombrado de la

fortuna de Tolín, quiso que le presentara en el patache aquel mismo

día; y Tolín le presentó, no solamente como un amigo, sino como su

futuro _consocio_ en la casa de comercio, y además como hijo del

capitán de la _Montañesa_. Un solo título de éstos hubiera bastado

para merecer toda la consideración de los tripulantes del _Joven

Antoñito de Rivadeo_; con los tres juntos, casi le admiraron. Después

trepó por la jarcia hasta los tamboretes, y bajó hasta el fondo de

la bodega con la agilidad y firmeza de un grumete; y, por último,

saltó á la lancha, armó uno de sus remos á popa, y cinglando con

una mano sola y con la otra en la cadera, llegó, sorteando lanchas

y cabos tendidos, hasta la Rampa Larga en un periquete, y en otro

volvió. Aquello acabó de ganarle las simpatías de la tripulación del

patache, y desde entonces ya tuvo barco donde holgar á su antojo, y

lancha buena y de balde con que salir á bahía, solo ó acompañado, á

correr las aventuras de remero y de pescador. ¡Nunca pudo imaginarse

Tolín, poco dado á las emociones marítimas, el valor de la ganga que

proporcionó á su amigo al partir con él su privanza á bordo del

_Joven Antoñito de Rivadeo_!

Andrés, en cambio de este favor, quiso hacer partícipe á Tolín de

todas sus amistades y entretenimientos, que pudieran llamarse de

contrabando. Pero las diversiones del Muelle-Anaos no eran para el

hijo de don Venancio Liencres. Las bromas de Cuco le asustaban; los

Cafeteras, Pipas y Micheros, grandullones ya, le inspiraban poca

confianza, y los Surbias, Coles, Muergos y Guarines, tropa menuda,

con sus hembras y todo, le olían muy mal y le daban asco. De la

Maruca ya había probado bastante para convencerse de que no debía

volver allá. En la calle Alta, á donde también le llevó su amigo,

le pareció bien la gente de la bodega; pero la bodega y el resto de

la casa, no tanto; el resto de la casa sobre todo. La curiosidad le

arrastró á explorarla un poco por la escalera. No pasó del tercer

piso. Tramos inseguros; escalones desclavados ó carcomidos; ramales

inesperados, á derecha é izquierda; y donde quiera que fijaba la

vista, una puerta negra, mal cerrada y llena de rendijas... ¡muchas

puertas!... ¡y unas caras asomando, á veces!... ¡con unas greñas!...

¡y unos rumores _adentro_, y unos gritos!... Luégo, mugre en las

paredes, mugre en la barandilla, mugre en los peldaños... ¡y una

peste á _parrocha_, y como á espinas de bonito, chamuscadas!...

Llegó á creerse perdido y enfermo en un laberinto de horrores

inmundos; dudó un instante si aquello era realidad ó una pesadilla, y

retrocedió espantado, llamando á Andrés que ya subía en busca suya.

--Pues todas las casas de la calle son por el estilo... ó peores,--le

dijo, para tranquilizarle.

Y Tolín, al saberlo, cogió miedo á toda la calle, por la cual no

había pasado dos veces en su vida.

No le faltaban agallas, ni era dengoso; pero su parte física era

débil, y el espíritu mejor templado flaquea dentro de un cuerpo

enfermizo. Además, su educación había sido exclusivamente terrestre,

y la tierra era su elemento para las pocas valentías que podía

permitirle su naturaleza. Jamás se le hubiera ocurrido andar en bote

por la Dársena, sin ser el bote de un amigo de su padre y capitán

de un barco atracado al Muelle; conjunto de circunstancias que,

cuando voltejeaba cerca del patache, le permitían considerarse en el

portal de su casa, entre amigos de la familia. Lo menos marítimo de

lo marítimo, en punto á recreaciones, era la Maruca, por abundar en

ella la pillería terrestre; y por eso, y por estar cerca de su casa y

conocerla mucho de vista, intentó, con mal éxito, acercarse allá.

De modo que le dijo á Andrés, después de la prueba de la calle

Alta, que contara con él para todo menos para _esas cosas_; y como

habiéndole acompañado un día á pasear en el bote del patache, y yendo

los dos solos remando, les arrastrara la marea y los aconchara contra

la cadena de una fragata, poniéndoles el bote casi quilla arriba,

trance en el cual hubieran perecido sin el socorro de una barquía que

pasaba, también le advirtió que no volvería á remar con él otra vez,

si salían fuera de la Dársena.

Andrés se admiró de que hubiera un muchacho á quien no le gustaran

_esas cosas_, y procuró complacer á su amigo acomodándose á

sus gustos siempre que podía: apartóse algo de la Maruca y del

Muelle-Anaos; pero no de la calle Alta, á donde iba con bastante

frecuencia á echar largos párrafos con la gente de la bodega; porque

además de que tío Mechelín, á quien había caído muy en gracia, le

encantaba con sus relatos de la mar, con sus cuentos y, sobre todo,

con su buen humor, y tía Sidora se gozaba mucho en verle por allí,

al despedirse de todos nunca dejaba Silda de decirle, con su acento

imperioso y su ceño duro:--Vuelve.

Y ¿cómo no había de volver Andrés, si le daba gloria ver á aquella

chiquilla, poco antes medio salvaje, sentadita al lado de tía Sidora,

tan limpia, tan peinada, tan aliñadita de ropa, tan juiciosita,

pasando un hilo por dos remiendos para soltarse á coser, ó manejando

el juego de agujas para aprender los _crecidos_ en una media de

algodón azul! Además, le había afirmado tía Sidora que sacaba mucho

arte para la cocina y para el arreglo de la casa, y que cuando la

llevaba consigo á las faenas de la Pescadería, de todo se enteraba

y de todo le daba cuenta después; y eso que parecía que en nada

paraba la atención. No quería ni que la hablaran de la vida que

había hecho hasta allí desde la muerte de su padre. Por lo que toca

á tío Mechelín, todo se le volvía contar á Andrés las habilidades de

Silda, en cuanto ésta daba media vuelta, y enseñarle los botones que

le había pegado, _ella sola_, en el chaleco, ó el remiendo que le

había cosido en el elástico. En fin, que la chiquilla era otra ya, y

el honrado matrimonio estaba chocho con ella. Á mayor abundamiento,

_las_ del quinto piso andaban calladitas como unas santas, cansadas

de provocaciones y chichorreos inútiles desde el balcón y siempre

que, entrando ó saliendo, pasaban por delante de la bodega, porque

cuando uno no quiere dos no riñen, sin contar con lo que las

refrenaba y contenía la declaración del Cabildo, que, desatendida,

podía dar en qué entender hasta á la autoridad de Marina, cuyos

fallos no admitían réplica. ¿Qué más! Hasta Muergo parecía influído

benéficamente por la transformación de la chicuela. No solamente no

había vendido la camisa, sino que andaba á la conquista de otra, ó

de cosa mejor, presentándose á menudo en la bodega, con el poquísimo

aseo que cabía en un puerco como él y triscándose, en tanto, los

zoquetes de pan que, no de muy buena gana, le regalaba su tía.

¿No era harto justificable el placer que experimentaba Andresillo

viendo tales cosas en aquella pobrísima morada? ¿No era el bienestar

que reinaba en ella, alrededor de Silda, obra suya, hasta cierto

punto?

¿Quién, sino él, había cogido á la desamparada criatura en medio

del arroyo, y la había puesto en camino de llegar hasta donde había

llegado? Que no pensara Tolín en apartarle de la bodega de la calle

Alta, porque eso ni podía ni debía hacerlo él, aun sin lo mucho

que le tiraban hacia allá sus aficiones marineras, los relatos del

campechano tío Mechelín y las cariñosas deferencias de la tía Sidora.

[Ilustración]

[Ilustración]

XI

LA FAMILIA DE DON VENANCIO, DOS PUNTAPIÉS, UN BOTÓN DE ASA Y UN MOTE

No tomaba con tanto calor el asunto de la letra inglesa y del repaso

de cuentas; pero no le desatendía. Su madre pedía á menudo informes

al maestro, y éste se los daba bastante buenos; su padre, descansando

en el interés que su mujer tenía en que Andrés navegara en popa por

sus nuevos derroteros, sólo se ocupaba en los últimos menesteres para

la habilitación de su barco, próximo á dar la vela para la Isla de

Cuba; don Venancio parecía complacerse mucho en ver tan unidos á su

hijo y al del capitán; y hasta la encopetada señora del comerciante

había dado algún testimonio (no se sabe si espontáneo ó aconsejado

por su marido) de que no le desagradaba el nuevo camarada de Tolín.

Al llegarse éste una tarde á merendar, muy de prisa, porque le

aguardaba Andrés en el portal, le dijo su madre:

--Dile que suba á merendar contigo.

Y subió el hijo de Bitadura, después de hacerse rogar mucho, no de

ceremonia, sino porque verdaderamente le imponían y amedrentaban

más una señora y una casa como las de don Venancio Liencres, que la

lucha, solo y á remo, contra el tiro de la corriente en mitad de la

canal. Por eso entró algo acobardado, y también porque, no contando

con aquel compromiso, llevaba los borceguíes sin correas, la camisa

de cuatro días, un siete en una rodillera y el pellejo muy poroso,

por haber bajado de una sola _cataplera_ desde la calle Alta al

portal de Tolín.

La señora de don Venancio Liencres era uno de los ejemplares más

netos de las Muzibarrenas santanderinas de entonces. Hocico de

asco, mirada altiva, cuatro monosílabos entre dientes, mucho lujo

en la calle, percal de á tres reales en casa, mala letra y ni

pizca de ortografía. De estirpe, no se hable: la más vanidosa, en

cuanto se empinaba un poco sobre los pies, columbraba el azadón, ó

el escoplo... ó el tirapié de las mocedades de su padre... ¡Ah...

los pobres hombres! ¡Y cómo las atormentaban, sin querer, cuando,

ya encanecidos, se gloriaban, _coram pópulo_ y de ellas, de haber

sido lo que fueron antes de ser lo que eran! ¡Groserotes! ¡Tener

á título de honra el haber hecho un caudal á fuerza de puño, y el

atrevimiento de contarlo delante de las hijas, que no habrían nacido,

ó gastarían abarcas y saya de estameña, sin aquellas obscuras y

crueles batallas con la esquiva suerte! En fin, miseriucas de pueblo

chico, de las que apenas queda ya rastro, en buena hora se diga. Don

Venancio Liencres era muy tentado de esas sinceridades delante de

su mujer, que se ponía cárdena de ira al oirlas, después de haberse

puesto azul, tiempos atrás, con otras idénticas de su padre. Pues

ni por esos sempiternos testimonios de su vulgar alcurnia, que

parecían providencial castigo de su vanidad, se curaba de ella. Por

lo demás, era una pobre mujer que lo ignoraba todo: desde la tabla

de multiplicar, hasta la manera de hacer daño á nadie, si no con el

gesto.

Recibió á Andrés con la boca llena de frunces y una mirada que

parecía pedirle cuenta de su desaliño. Cierto que Tolín no estaba

mucho mejor aliñado; pero Tolín era Tolín, y Andrés era el hijo

del capitán de un barco «de la casa.» Mientras se dirigía á abrir

las vidrieras de un aparador que ocupaba media pared del fondo del

comedor, alzó la voz indigesta lo indispensable para que fueran oídas

estas palabras desde un cuarto del carrejo:

--¡Niña!... ¡Á merendar!

Y apareció en seguida la hermanita de Tolín, muy emperejilada con

rica falda de seda, grandes puntillas en los pantalones, y todo lo

mejor y más caro que podía llevar encima, á la moda rigurosa de

entonces, la hija de un don Venancio Liencres en un pueblo en que

siempre ha sido muy de notar el lujo de las niñas pudientes. Su madre

la miró de arriba abajo, desarrugando los párpados y el hocico; y

en seguida, volviendo á arrugarlos, le dijo á Andrés en una ojeada

rápida y vanidosa:

--¡Mira esto... y asómbrate, pobrete!

La niña, que se llamaba Luisa, era un endeble barrunto de una

señorita _fina_: manos largas, brazos descarnados, talle corrido,

hombros huesudos, canillas enjutas, finísimo y blanco cutis, pelo

lacio, ojos regulares y regulares facciones. Con esto y con el espejo

de su madre, resultaba una niña _finamente_ insípida, pero no tanto

como la señora de Liencres; al cabo, era una niña, y podía más en

ella la sinceridad propia de sus pocos años, que la confusa noción de

su jerarquía, inculcada en su meollo por los humos y ciertos dichos

de su madre.

Mientras ésta colocaba sobre la mesa tres platos, uno con higos pasos

para Luisa, y los otros dos con aceitunas, la niña se fijó en Andrés,

que cada vez se ponía más encendido de color y más revuelto de pelo.

--Y es guapo,--le dijo á su madre, mordiendo un higo.

--Vamos, come y calla,--le respondió ésta á media voz, colocando

un zoquetito de pan junto á cada plato. Y luégo, dirigiéndose á

los chicos, añadió, señalando á las aceitunas:--Vosotros, aquí; y

en seguida, á la calle. ¡Pero cuidado con lo que se hace, y cómo

se juega y á qué! No parezcamos pillos de plazuela. ¿Me entiendes,

Antolín?

Tolín no hizo maldito el caso de la advertencia; pero Andrés se puso

todavía más encendido de lo que estaba, porque pescó al aire cierta

miradilla que le echó la señora al hablar á su hijo. El cual agarró

con los dedos una aceituna. Andrés, al verlo, agarró otra del mismo

modo; y armándose de un valor heróico, le hincó los dientes. Pero

no pudo pasar de allí. Había comido, sin fruncir el gesto, _pan de

cuco_, ráspanos verdes y uvas de bardal; pero jamás pudo vencer el

asco y la dentera que le daba el amargor de la aceituna.

--Mamá, no le gustan,--dijo Tolín en cuanto vió la cara que ponía

Andrés.

--No haga usted caso--se apresuró á rectificar Andrés, sin saber qué

hacer con la aceituna que tenía en la boca.--Es que no tengo ganas.

--Es que no te gustan,--insistió Tolín, mondando con los dientes el

hueso de la tercera.

--También yo creo que no le gustan--añadió la niña, estudiando con

gran atención los gestos de Andrés.--Puede que quiera higos como yo.

--¡Quiá!... muchísimas gracias--volvió á decir Andrés, echando lumbre

hasta por las orejas.--Si es que no tengo ganas... porque he comido

cámbaros... digo, _cambrelos_ de esos de á cuarto.

La señora le puso higos en lugar de las aceitunas, y dejó solos en el

comedor á los tres comensales después de recomendar á Luisilla que

despachara pronto su ración, porque la esperaba «la muchacha» para

llevarla á paseo.

Desde aquel día merendó Andrés muy á menudo en casa de Tolín, y fué

muchas tardes con éste, y á expensas de éste, á los volatines de la

plaza de toros, donde Barraceta hacía la rana á las mil maravillas, y

la famosa Mad. Saqui la _Ascensión al Monte de San Bernardo_, por una

cuerda inclinada desde la sobrepuerta de los chiqueros, al tejado de

enfrente. Andrés llegó á remedar tal cual á Barraceta, y Luisilla le

mandaba hacer la rana casi todas las tardes que merendaban juntos, en

cuanto se quedaban solos en el comedor. Tolín se descoyuntaba mejor

que él; pero carecía de fuerza muscular para sostener todo el peso

de su cuerpo sobre las manos, y no lograba dar un solo brinco con

ellas; mientras que Andrés llegó á dar hasta ocho saltos seguidos,

con gran admiración y aplauso de la niña. Se divertían mucho los

tres. Después se separaban. Luisilla se iba con sus amigas á los

Jardines de la Alameda segunda, y Andrés y Tolín á _correrla_ donde

mejor les parecía; como valiera el voto del primero, al Muelle de las

Naos, ó á la calle Alta, ó al _Joven Antoñito de Rivadeo_, mientras

estuvo atracado á la Pescadería.

Así pasó el verano y llegó el otoño; y Andrés y Tolín fueron

arrimados, frente á frente, á un doble atril del escritorio de don

Venancio Liencres, donde hacían poco más que voltear las piernas,

colgantes de las altísimas banquetas; roerse las uñas de las

manos, ó dibujar barcos y volatines con la pluma; ingresó Colo en

el Instituto, más que á aprender latín, á llevar leña sobre sus

desdichadas carnes, por mañana y tarde; Bitadura andaba por los mares

de las Antillas; Ligo, Madruga, Nudos y otros tales, emprendieron

largos viajes también; pae Polinar continuaba en sus ímprobas tareas

de desasnar raqueros bravíos y de avenir voluntades incongruentes,

sin curarse una miaja de su vicio arraigado de dar la camisa, cuando

la tenía, al primero que se la pidiera.

Muergo no iba ya á su casa, porque á medio verano y por gestiones

del fraile, á instancias de tía Sidora, fué colocado de _muchacho

de lancha_ en la de tío Reñales, patrón del Cabildo de Abajo. Costó

mucho trabajo sujetarle á las diarias tareas de desenmallar la

sardina, achicar el agua y otras semejantes de su obligación; pero

algunos chicotazos y bofetones, aplicados de firme y á tiempo, le

hicieron entrar por vereda, hasta que notó que cuando no iba á la

mar con la lancha, se pasaba bien el rato entre los camaradas del

oficio, esperándola en el Muelle, ó durmiendo sobre el panel para

custodiarlas hasta la madrugada, ocasiones en que la necesidad les

inspiraba recursos de gran entretenimiento, brutales casi siempre

y hasta feroces, en relación con los gustos y naturaleza mortal

de cualquier hijo de familia; mas no para aquella casta de seres

excepcionales, amamantados por las intemperies, que, descalzos y

medio desnudos, se duermen tan guapamente, hechos un ovillo, sin

tiritar y cantando, en el hueco de una puerta cerrada del Muelle,

durante las más frías y lluviosas horas de una noche de invierno.

Por razón de este empleo, dejó de frecuentar la calle Alta; pero

subía allá siempre que le era posible, porque nunca volvía de la

bodega sin haber sacado de ella, cuando menos, un buen zoquete de

pan, que muy de buena gana le daba tía Sidora desde que le veía

sujeto al yugo de una obligación. Silda había conseguido que se

esquilara la greña una vez al mes, y se lavara un poco la cara

cada ocho días; con lo cual antes ganaba que perdía la natural

monstruosidad de Muergo, pues cuanto más se la desmochaba de

accesorios y adherentes, más de relieve se ponía; lo cual no le

extrañaba á la chica, ni la desencantaba lo más mínimo, puesto que no

trataba ella de hermosear al hijo de la Chumacera, sino de someterle

un poco á la disciplina y al aseo: un empeño como otro cualquiera.

En cambio, ella, ¡cómo esponjaba y se desconocía de hora en hora!

¡Oh! el pan sin lágrimas y el sueño sin sobresaltos, ¡qué prodigios

obran en los niños desvalidos... y en los hombres desdichados! Ya

cosía sin que tía Sidora le preparara la labor; _menguaba_ una media

sin contar en voz alta los puntos, y tejía malla de red con mucha

soltura; era limpia como una plata; y poseyendo el instinto del aseo,

los polvos y la mugre de aquella angosta y pobrísima morada huían

delante de ella. El Muelle-Anaos, la Maruca, el Paredón... No había

que mentárselos. Colo, Guarín y tantos otros camaradas de bribia y

mosconeo, sólo quedaban en su memoria para recrearse en el bienestar

presente con el recuerdo de las amarguras pasadas. No los aborrecía,

porque ellos no tenían la culpa de los azares que la habían arrojado

á aquella vida desastrosa; pero huía de encontrárselos en su camino

cuando iba á la Pescadería ó á Baja-mar con tía Sidora, para ayudarla

en sus faenas. Fuera de estas ocasiones, rara vez ponía los pies

en la calle; no porque se lo prohibieran, sino porque no mostraba

el menor afán por salir de su covacha. Por estos solos testimonios

había que juzgar de su bienestar, porque jamás le revelaba de otro

modo más elocuente. Era obediente y dócil sin esfuerzo aparente; pero

no afable ni expansiva. Ya se la ha comparado con el gato, por su

instintivo y natural aseo: pues también, como el gato, parecía sentir

más apego á la casa que á sus habitantes; aunque, en honor de la

verdad, debe declararse que, por esta vez, las apariencias engañaban:

yo sé que había en su corazoncillo una buena dosis de gratitud á los

favores que recibía del honrado matrimonio de la bodega; sólo que no

se tomaba el trabajo de manifestarle en una frase, ni en una palabra,

ni siquiera en un gesto; tal vez porque no se daba cuenta de lo que

sentía, ni se cansaba en averiguarlo. Ni, después de todo, había para

qué, pues tal como era y se conducía, dejándose llevar de la fuerza

de sus propias conveniencias, estaban contentísimos de ella sus

cariñosos protectores. Lo que yo no me atrevo á asegurar es que se

hubiera doblegado, sin quebrarse, la natural esquivez de su carácter,

en el supuesto de no andar tan á la medida como andaba, lo que se le

pedía y lo que ella podía dar de buena gana y sin el menor esfuerzo.

Cleto, el hermano de Carpia, volviendo un día de la mar con toda la

ropa de agua encima, dos remos al hombro y el cesto de los aparejos

en el brazo desocupado, la halló acurrucada junto al primer peldaño

de la escalera, limpiando la basura del portal. Como estaba vuelta

de espaldas, no vió entrar al pescador; el cual, sobrio y económico

de palabras hasta la avaricia, en lugar de mandar apartarse á la

chiquilla, que le obstruía el camino, la dió una patada que la hizo

perder el equilibrio.

--¡Burro!--exclamó Silda, en cuanto alzó la mirada y conoció á Cleto.

Detrás de éste iba Mocejón, renqueando, también cargado de ropa

embreada, porque había llovido y seguía lloviendo, con el balde del

macizo en una mano, y la otra sujetando la _lasca_ y una _orza_ que

llevaba al hombro, hechas un haz con los cabos de la primera. Pues

entre las patazas del padre se vió la muchachuela cuando la dejó

medio tendida en el suelo la agresión brutal del hijo. De modo que

apenas había intentado incorporarse, cuando ya estaba dando con las

narices en el peldaño, en gracia de otro puntapié más fuerte que el

primero, acompañado de estas palabras, que más parecían gruñidos:

--¡Fila, reñules!...

Silda no dió un grito ni lanzó un solo quejido, aunque, después de

llevarse las manos á la cara, se las vió teñidas en sangre. Alzóse

del suelo muy serenamente y se volvió á la bodega donde estaba tía

Sidora, que nada había visto ni oído.

--Me desborregué--dijo al entrar,--y me caí contra el escalerón.

Así explicó el suceso, quizá por horror á otros más graves de la

misma procedencia. Tía Sidora dejó apresuradamente la obra que traía

entre manos; colocó á Silda con la cabeza inclinada sobre el primer

cacharro que halló á sus alcances, y le puso sobre la nuca la llave

de la puerta: remedio acreditadísimo para contener la sangre de

las narices. No tuvo el lance más consecuencias, ni extrañó á la

muchacha lo más mínimo por lo que respecta á Mocejón. Por lo tocante

á Cleto, ya era otra cosa. Cleto no era malo, ni jamás la dió un

golpe mientras con él vivió. Cierto que no le había puesto en ocasión

de ello, y que harto tenía que hacer el muchacho con la guerra en

que vivía con su hermana, y que ni por casualidad la amparó con sus

fuerzas para librarla, una vez siquiera, de las infinitas agresiones

de aquellas mujeres tan infernales. Pero, así y todo, Cleto no era

malo, de la maldad de toda su casta. Cleto era muy bruto, muy seco,

nada más que muy bruto y muy seco; y ella no le ofendía en nada, ni

se metía con él cuando él la tumbó de un puntapié. Y he aquí por qué

sintió ella el puntapié de Cleto más que todos los martirios que la

habían hecho sufrir las mujeres de su casa y el animal de Mocejón.

Otro día, muy pocos después de este percance, estaba Silda recostada

contra el marco de la puerta de la bodega, acabando de echar un

remiendo al chaleco de tío Mechelín. Á menudo trabajaba en aquel

sitio, porque desde él veía lo que pasaba por la calle, sin exponerse

á que _las_ del quinto piso la sorprendieran en el portal. Como la

tarde caía y la luz iba escaseando en aquel crucero, atrevióse á

salir hasta la puerta de la calle para dar desde allí las últimas

puntadas á su gusto. Á tal tiempo bajaba Colo por la acera, con las

manos debajo de los sobacos y los ojos hinchados de llorar. Encaróse

con ella en cuanto la vió á la puerta, y la preguntó, muy angustiado,

por Andrés.

--Tres días hace que no viene por aquí--le respondió Silda.--¿Para

qué le querías?

--Pa contale lo que me pasa, ¡Dios! y ver si en un apuro puede hacer

algo por mí, él que es rico... ¡Paño, qué somantas!... Mira, Silda...

Y le mostró las palmas de las manos y las canillas de las piernas

cruzadas de rayas cárdenas y sarpullidas de ronchones morados.

--¿De qué es eso, tú?--le preguntó la niña.

--De los varazos que me alumbran en el latín.

--¿Quién?

--El maestro, ¡toña! porque no embarco bien aquellas marejás de

palabronas en judío... ¡Mal rayo! Mira: estas rayas más oscuras, son

de hace cuatro días; estas otras, de ayer y de antier; estas gordas,

de esta mañana; y de estos dos bultos encarnaos, saltó esta tarde

la sangre al alumbrarme el varazo... ¡Dios!... Entonces ya no pude

más, Silda... porque toos los días hay leña para mí; y según tenía el

libro en esta mano mientres me rajaba á varazos esta otra, se le tiré

á los morros, con toa mi fuerza, á aquel piazo de bárbaro. Escapéme;

y primero me llevarán á presidio que al latín, ¡Dios!... y al que se

empeñara en esto, sería capaz de abrirle en canal; y me abriría á mí

mesmo tamién, ¡toña!... Pus güeno: ¿ves las manos y las patas cómo

las tengo? Pus pior debo tener las espaldas...

--¿También te pegaba en las espaldas?

--No: me pegaba tamién gofetás en la cara y con el puño del bastón

en el cocote, y hasta patás en la barriga. Lo de las espaldas es de

mi tío el loco, y de ahora mesmo; porque al venir escapao, le dije

que ésta y no más; y aquello, Silda, aquello fué una granizá de leña

sobre mí, con el bastón de nudos; que Cristo, con serlo, no la

hubiera aguantao sin rendir el aparejo... Con que... ¡Mírale!...

Sotileza · 第 9 / 27 段