volver... ¿verdá, hijuca?... Y por lo tocante á Muergo, según él
se porte, así nos portaremos con él... ¿No es eso, venturaúca de
Dios?... Pero ¿qué mil demontres habrá visto esta inocente en ese
espantajo de Barrabás, pa tomarse tantos cuidaos por él?... Pa mi
cuenta, es de puro móstrico que le ve... ¿Verdá, hijuca?
Silda se encogió de hombros, y preguntó á Andrés si iría á la calle
Alta cuando las fiestas de San Pedro. Andrés respondió que puede que
sí, y tía Sidora le ponderó mucho lo que había que ver entonces y
lo bien que se veía desde la puerta de su casa. Habría hogueras y
peleles, y mucho bailoteo; tres días seguidos, con sus noches, así; y
en el del santo, novillo de cuerda. Sartas de banderas y gallardetes
de balcón á balcón. Las gentes del barrio, sin acostarse en sus
casas, comiendo en la taberna ó á la intemperie, y triscando al son
del tamboril. La calle, atestada de mesas con licores y buñuelos. La
iglesia de Consolación, abierta de día y de noche; el altar de San
Pedro, iluminado, y la gente entrando y saliendo á todas horas. Pero
tan bien enterado estaba Andrés de lo que eran aquellas fiestas, como
la misma tía Sidora, porque no había perdido una desde que andaba
solo por la calle.
Después examinó con muchas ponderaciones una sedeña de bahía,
que estaba colgada de un clavo. ¡Aquello se llamaba un aparejo de
veras, y no el cordelillo que él tenía, con unas tanzas de poco más
ó menos, y unos anzuelos de chicha y nabo! Tía Sidora, que le vió
tan admirado de aquello poco, fué por el cesto de las artes, que su
marido no había llevado á la mar, porque estaba á sardina, que se
pesca con red. Andrés había visto muchas veces aquellos aparejos
secando al balcón ó amontonados en el cesto, pero devanados. Tía
Sidora le explicó el destino y el manejo de cada uno. Los cordeles
de merluza, del grueso de la cabeza de un alfilerón gordo, con su
remate fino y un anzuelo grande á la punta. El palangre para el
besugo: más de ochenta varas de cordel lleno de anzuelos colgando de
sus _reñales_ cortos; de palmo en palmo, un reñal. Las cuerdas de
bonito, compuestas de tres partes: la primera, y la más larga, un
cordel que se llamaba _aún_, doble de gordo que el de la merluza;
después, una cuerda más fina, y después la sotileza de alambre, con
un gran anzuelo. Se encarnaban los anzuelos del besugo y el de la
merluza, con _carnada_ de sardina, generalmente, y en el del bonito
se ponía un engaño cualquiera: por lo común una hoja de maíz, que
no se deshacía en el agua, como el papel. Para llevar á la pesca
las cuerdas del besugo, había una _copa_, especie de maserita,
próximamente de un pie en cuadro, con las paredes en talud muy
abierto, como la que tía Sidora enseñó á Andrés, porque la tenía á
mano. Á medida que se encarnaban los anzuelos, se iban colocando en
el fondo de la copa con los reñales tendidos sobre las paredillas,
y el cordel recogido sobre los bordes. Así se llevaba á la mar este
aparejo, cuya preparación exigía bastante tiempo, porque los anzuelos
no bajaban de doscientos. Á veces se trababan cien besugos de un
golpe. La merluza se pescaba _al garete_, casi á lancha parada, y
á una profundidad de cien brazas poco más ó menos; el besugo, pez
bobo, se trababa él por sí mismo, dejando tendida la cuerda con los
anzuelos colgando; el bonito, _á la cacea_, á todo andar de la lancha
á la vela. Era un animal voraz; y se tragaba el engaño con tal ansia,
que á veces salía trabado por el estómago. Para todo esto, había que
salir muy afuera, ¡muy afuera! y se daban casos de no volver los
pescadores al puerto en dos ó tres días, bien por tener otros más
próximos para pasar la noche, ó por obligarles á ello algún repentino
temporal. La sardina, que venía en _manjúas_ enormes, se ahorcaba por
las agallas en la red, atravesada delante. Esto bien lo sabía Andrés,
igual que el manejo de la guadañeta para maganos en bahía; por lo que
la afable marinera no se le explicó.
Andrés no pestañeaba oyendo á tía Sidora, que, por su parte, se
gozaba en el efecto que sus relatos causaban en él.
--¡Dará gusto eso!--exclamó relamiéndose el muchacho.
Y confesó á tía Sidora que siempre le había encantado el pescar; pero
que nunca había pescado mar afuera, ni siquiera entre San Martín y
la Horadada. Las más de las veces en el Paredón del Muelle-Anaos;
pero que fuera en el Paredón, que fuera en bahía con el bote de Cuco,
siempre panchos, ¡en todas partes panchos!... ¡nunca una _llubina_,
ni siquiera una _porredana_ que pesara un cuarterón! Así es que tenía
muchas ganas de ser mayor para poder alquilar, á cara descubierta,
con otros amigos, una barquía y hartarse de pescar de todo. Esto,
mientras no empezara á navegar; porque en navegando, tendría bote
y marineros de sobra con los de su barco, cuando estuviera en el
puerto. Porque él iba á matricularse en náutica muy pronto, como
había vuelto á decírselo su padre el día antes, mientras comían.
En fin, todo lo que sabía y pensaba lo dijo allí, correspondiendo
á las bondades que tía Sidora había tenido con él, y persuadido de
que, tanto la marinera como Silda, le escuchaban con sumo interés; y
era la verdad... Como que tía Sidora le ofreció de corazón, un poco
después, pan del día y una sardina asada, lo cual rehusó Andrés muy
cortésmente. Pero al despedirse, ofreció volver á menudo por allí.
Cuando llegó á casa, le dijo su madre, comiéndole á besos, que ya
no sería marino. La noticia, por de pronto, le dejó estupefacto;
pero antes de averiguar si le alegraba ó le entristecía, y de
preguntar á qué pensaba dedicarle su padre, pensó si debería volver
inmediatamente á casa de tía Sidora para contar el suceso, ó dejarlo
para otro día.
Porque ¡como él había dicho allí que iba á ser marino!...
[Ilustración]
[Ilustración]
X
DEL PATACHE Y OTROS PARTICULARES
El negocio de Andrés caminaba en posta por la nueva senda en que le
habían encarrilado la conspiración de la capitana y la elocuencia
del señor don Venancio Liencres. Bitadura emprendería otro viaje á
la Isla de Cuba en todo el mes de julio, y Andrea se había propuesto
que, para cuando se ausentara su marido, estuviera preso Andrés
con algún compromiso, por pequeño que fuera, á los planes del
comerciante, aceptados al fin terminantemente por el capitán. Con los
aires de la ausencia cambian mucho los pensamientos de los hombres,
que son mudables de suyo; y, «por si acaso,» desde el mismo día en
que quedó acordado entre Bitadura y su mujer que Andresillo sería
puesto á las órdenes de don Venancio Liencres para que fuera haciendo
de él un comerciante, se le dió un maestro que en lección particular
le repasara las cuentas y le enseñara á escribir con soltura la
letra inglesa, lo cual sería obra de dos ó tres meses y de un par
de horas de trabajo cada día. Lo demás lo iría aprendiendo en el
escritorio; pues, en opinión del comerciante del Muelle, medio día de
práctica sobre el atril enseñaba más que un curso de partida doble en
la cátedra de un maestro.
Entre los muchos consejos buenos que al neófito dió su madre, le
encareció particularmente el de procurarse la compañía y el trato
íntimo del hijo del comerciante, con quien, según éste había dicho y
repetido al capitán, trabajaría en el escritorio y caminaría hasta el
pináculo de su infalible prosperidad. Este preliminar le consideraba
ella de mucha importancia; pues una amistad íntima, á la edad de los
dos muchachos, se convierte años después en vínculo inquebrantable.
Bien conocía Andrés al hijo del comerciante. Se llamaba Tolín
(Antolín) y era, en lo físico, poca cosa: delgaducho y pálido,
aunque animoso. No le _convenían_, al _paso_, más de tres pies y
medio desde la raya, y hacía muy mala _jaliba_ cuando le tocaba
_ponerse_; jugando al marro, le atrapaba cualquiera, sin más trabajo
que cortarle el _atocadero_, porque se cansaba pronto de correr. Á
las canicas era algo más diestro, pero poco lucido: sacaba mucha
cuarta, y además, la lengua. Dos veces había ido á la Maruca; pero
no volvió allá, porque cada vez le había costado dos días de cama el
descalzarse; é ir á la Maruca para no descalzarse, era como no ir.
Por lo demás, torcía bastante bien los tacones de los borceguíes;
tenía el charol de la visera tan roído y agrietado como el de la del
mayor Adán, y el pañuelo del bolsillo bien empapado en barro de todos
los colores: la mejor señal de que Tolín, aunque por la categoría
de su padre pudiera y aun debiera serlo, no era de los _pinturines_
ya mencionados, que jugaban á compás, con canicas de vidrio, en los
Arcos de Dóriga ó en los de Bolado, después de barrerles el suelo un
almacenero.
Todo esto sabía Andrés, porque Andrés conocía á todos sus coetáneos
de Santander, altos ó bajos; y por saberlo muy bien, no le era
antipático Tolín, aunque jamás se le hubiera ocurrido echársele
por camarada de su preferencia; mas ya que se le encargaba tanto
asociarse á él, trató de hacerlo sin la menor repugnancia, y lo
consiguió bien pronto, porque la intimidad de Andrés era de las más
codiciadas entre los chicos de su tiempo, prestigio que se explica
sabiendo, como sabemos, que el hijo de Bitadura era tan apto para un
fregado como para un barrido, y unía á la estampa distinguida y hasta
gallarda de un señorito, la fortaleza y la soltura de un pillete de
la calle.
¡Y vea usted lo que es juzgar por las apariencias! La amistad de
Tolín le procuró uno de los placeres que jamás había gustado. Tolín
tenía grandísima privanza en el _Joven Antoñito de Rivadeo_, patache
que se atracaba junto á la escalerilla de la Pescadería, porque casi
siempre llegaba cargado de carbón. Esta privanza de Tolín tenía por
motivo los muchos favores que debía el patrón del patache al señor
don Venancio Liencres, cuyas relaciones mercantiles en los puertos
de Asturias eran muchas y buenas; y no solamente proporcionaba con
ellas buenos fletes al _Joven Antoñito_, sino que le distinguía con
señaladísimas preferencias, y jamás negaba á su honrado patrón un
anticipo de dos ó tres mil reales, en días de apuro; es decir, un
viaje sí y otro no, cuando mejor andaban las cosas...
Y aquí se hacen de necesidad unos cuantos párrafos consagrados á la
especie _patache_, para que se tenga una idea bastante exacta de
esos apuros del _Joven Antoñito de Rivadeo_; de la importancia de
los favores de don Venancio Liencres al patrón, y, por consiguiente,
de lo arraigada que estaría la privanza de Tolín á bordo de aquel
patache.
Se ha porfiado mucho, entre ociosos y entremetidos, sobre si fueron
ó no más valientes y arriesgados que Colón y que Blondín, los
hombres que se embarcaron con el primero para ir en busca de un
nuevo mundo, y el que montó en las espaldas del segundo para pasar
por una cuerda tendida sobre los abismos del Niágara. Que si á Colón
le alentaban la fe científica y la pasión de la gloria, y que si á
Blondín le sostenía la confianza en su serenidad y en su experiencia
bien probadas; que si los otros, tras del temor que podía caberles,
sin ser muy aprensivos, de que entregaban sus vidas al capricho de
dos locos, solamente iban impulsados por la esperanza de una buena
recompensa... Cabe, en efecto, la disputa acerca de estos graves
particulares, y me guardaré yo muy bien de terciar en ella con la
pretensión de ponerme en lo cierto. Lo que hago es sacar á colación
el caso para afirmar, como afirmo, teniéndole presente los lectores,
que se necesita mucho más valor que para todo eso, y aun estar
mucho más dejado de la mano de Dios, para entrar, con deliberado
propósito, á navegar en un patache, lo mismo de patrón, que de
marinero, que de _motil_; porque allí todo es peor en lo substancial,
con ligeras diferencias de detalle. Allí no caben la fe científica,
ni la pasión de la gloria, ni la confianza en la serenidad, ni la
esperanza de lucro; allí no hay nada de lo bueno, pero sí todo lo
malo de las carabelas de Colón y de la cuerda de Blondín. Entrar
allí para buscarse la vida, es tirar á matarse poco á poco y con mala
herramienta.
El patache es un barquito de treinta toneladas escasas, con aparejo
de bergantín-goleta. Supónese que estos barcos han sido nuevos alguna
vez: yo nunca los he conocido en tal estado, y eso que no los pierdo
de vista, como lo pueda remediar. Por tanto, puede afirmarse que
el patache es un compuesto de tablucas y jarcia vieja. Le tripulan
cinco hombres; á lo más seis ó cinco y medio: el patrón, cuatro
marineros y un motil, ó muchacho cocinero. El patrón tiene á popa su
departamento especial con el nombre aparatoso de cámara; la demás
gente se amontona en el rancho de proa, espacio de forma triangular,
pequeñísimo á lo ancho, á lo largo y á lo profundo, con dos, á modo
de pesebres, á los costados. En estos pesebres se acomodan los
marineros para dormir, sobre la ropa que tengan de sobra, y debajo
de la que vistan; pues son allí tan raras como las onzas de oro las
mantas y las colchonetas. Para entrar en el rancho hay, entre el
molinete y el castillo de proa, un agujero, poco mayor que el de una
topera, el cual se cubre con una tabla revestida de lona encerada;
tapa unas veces de corredera, y otras de bisagras. De cualquier modo,
si el agujero se cubre con la tapa, no hay luz adentro, ni aire; y
si la tapa se deja á medio correr ó levantada, entran la lluvia y el
frío y el sol y las miradas de los transeuntes; porque el patache,
en los puertos, siempre está atracado al muelle. Cada tripulante,
incluso el patrón, compra y guarda su pan (tortas de mucho diámetro,
que duran cerca de seis días cada una). Con este pan, unas patatas ó
unas alubias ó unas berzas, con un escrúpulo de tocino ó de manteca ó
de aceite, para ablandarlo, todo ello á escote, y condimentado por el
motil cuyas manos no tocan el agua dulce como no sea para revolver,
dentro de la que echa en un balde, las patatas recién partidas, ó
la berza después de haberla picado sobre el tejadillo de la cámara,
á veces con el hacha; con este potaje, repito, y aquel pan, come
la tripulación, en el santo suelo, alrededor de la cacerola, en la
cual va cada uno, incluso el patrón, metiendo su cuchara cuando le
toca. Así cena también las mismas patatas, las mismas alubias y las
propias berzas. En ocasiones, en lugar de las patatas ó de las berzas
ó de las alubias, hay bacalao, que el motil guisa en salsa roja,
después de haberlo desalado dándole dos zambullidas en el agua de la
Dársena, desde la borda, atado con un cordel. Para almorzar, un poco
de cascarilla en un tanque... Y siempre lo mismo, cuando los tiempos
marchan bien.
Ningún tripulante de patache gana sueldo fijo: todos van _á la
parte_. Pero ¡qué parte! Por de pronto, el flete, en viaje redondo,
aunque se abarrote la bodega y se encogolle el puente con barricas y
tablones, no pasa mucho más allá de dos mil reales. De este flete,
gana el 40 por 100 el barco; el patrón, soldada y media, y además el
5 por 100 de _capa_, ó sobordo, ó, lo que es lo mismo, sobre el flete
cobrado. El resto se reparte entre los cinco tripulantes: seis, ocho,
doce duros, ó quince lo más, á cada uno; cantidad que significaría
algo, á pesar de su pequeñez, si el ir y venir y el fletarse de un
patache fuera coser y cantar; pero ya se verá lo que hay sobre estos
particulares.
Con alguna que otra excepción vascongada, el patache es siempre
gallego ó asturiano; y si no hay carbón, ó manzanas, ó _tabales_
de arenques que traer, llega á Santander en lastre: esto es lo más
corriente. Ya está en la Dársena, atracado al muelle. Allá va el
patrón, hombre ya picando en viejo, calmoso y de triste mirar, de
escritorio en escritorio, de almacén en almacén, llamando á cada
dueño por su nombre, saludándolos á todos finísimo y cortés, y
acabando en todas partes con la misma pregunta:
--¿Hay algo para Rivadesella?
Una mañana, un día entero de gestiones así, le dan por resultado
veinte sacos de harina, dos cajas de azúcar, ocho coloños de
escobas, un catre viejo y dos fardos de papel de estraza. Y no hay
más carga en todo Santander para Rivadesella. Los sucesivos correos
van trayendo algunos pedidos nuevos; pero tan pocos y tan lentamente,
que con una suerte loca llega á abarrotarse la bodega en poco más de
mes y medio. Lo común es que el patache no complete su carga en menos
de dos meses, ó que cierre el registro á media carga. Pero, en fin,
ya está despachado y se pone en _franquía_; es decir, se desatraca
del muelle y se fondea en medio de la Dársena, para salir á la marea
de la tarde ó al nordeste de la mañana. Pues entonces, precisamente
entonces, se le antoja al tiempo dar un cambio al noroeste y armar
una marimorena que no se acaba, en invierno sobre todo, en menos de
tres semanas, cuando no dura dos meses cumplidos; dos meses que, con
los otros dos, suman cuatro. Pongamos tres, por término medio...
¡Tres meses de patatas, de pan y de tocino para seis hombres de buen
diente, y con un puñado de pesetas, entre todos, para comer y vestir
ellos y las familias de los más de ellos!
Ya amainó el temporal y apuntó el nordeste, y el barómetro sube.
Leva el patache; y la propia lancha, con el esfuerzo de los propios
marineros, le remolca hasta la canal. Iza allí toda su trapajería,
comienza á desentumecerse y á inflarse, y luégo á virar por avante;
y bordada va, bordada viene, en cosa de medio día está fuera del
puerto. Si es muy afortunado, en treinta horas llega al punto de
su destino; si es de mediana suerte, le coge una calma enfrente de
Cabo Mayor, y allí se pasa las horas muertas hecho una boya; ó una
serie de vientos redondos que le tienen seis ú ocho días atolondrado
en la mar, sin saber á dónde tirar ni por dónde meterse; y entre
tanto, la gente de á bordo, que no contaba con aquello, mano á la
harina, ó á las conservas, ó á los fideos del flete; porque no es
cosa de morirse de hambre llevando la casa llena de provisiones. Si
es algo desgraciado, arriba dos ó tres veces durante el viaje, lo
cual supone otro mes de retraso; si es desgraciado más que algo, cada
una de estas arribadas le cuesta un quebranto serio en el casco ó en
el aparejo, y pone á los tripulantes en gravísimo riesgo de perder
la vida. Pero, de todos modos, venturoso ó infeliz, más tarde ó más
temprano, le coge un vendaval entre Tinamayor y Suances, que le trae
en vilo hasta el Sardinero, si no le da la gana de estrellarle antes
contra una peña. Desde allí me lo planta de otro voleo en la boca del
puerto, con rumbo á las Quebrantas. Unas veces le arroja en ellas
de un tirón; otras le permite detenerse un poco, echando el ancla á
medio camino de las fieras rompientes. En esta situación horrible,
raro es el ejemplar que se aguanta hasta que cesa el temporal... Y,
entre tanto, es la única ocasión que tienen los infelices tripulantes
para abandonar el barco, que cabecea y tumba y danza, con las velas
desgarradas y tremolando en su arboladura la jarcia hecha pedazos,
juguete de las olas que le envuelven y meten el gigantesco lomo por
debajo de su quilla.
Lo ordinario es que el ancla roñosa garree, ó se rompa la cadena,
y que el mísero barco vaya á las rompientes, donde en breves
instantes le convierte en astillas la fuerza incalculable de aquellas
embravecidas mares.
Todos los inviernos devora este monstruo su ración de patache. En
una sola tarde, no hace muchos años, he visto yo perecer cinco. Los
cinco, después de entrar acosados por el temporal y de faltarles la
virada suprema, la de la salvación, la que les aleja del abismo,
habían tenido que fondear delante de las rugientes fauces del
monstruo. Cuatro tripulaciones se habían salvado ya á duras penas, y
la lancha de un práctico recogía la quinta, con heróicos esfuerzos,
cuando yo llegué al castillo de la Cerda. Momentos después, rotas
las débiles amarras, desfilaban uno á uno hacia las Quebrantas,
y, para llegar más pronto, á brincos, como cabra entre malezas, y
desaparecían todos ellos en aquel infierno de espuma, de golpes y de
bramidos.
También ha probado barcos grandes el paladar del monstruo aquél;
pero muy de tarde en tarde, porque el barco grande huye de la costa
cuando cerca de ella le coge un temporal; y si la necesidad le
obliga á tomar el puerto y á fondearse en sitio peligroso, tiene
buenas cadenas y mejores cables; y, por último, desde que los hay
disponibles, pide un remolcador que le saque del apuro. El pobre
patache navega á la costa, en la costa le cogen los malos tiempos,
y en la costa los aguanta, porque no sabe ni puede andar por otra
parte; sus cables y sus cadenas son, relativamente, débiles, y un
remolque de vapor le cuesta lo que él no puede pagar.
Tal es su triste condición; la cual no ahorra, sino más bien duplica,
con relación á otro barco más grande, las faenas de los tripulantes
á bordo, donde todo es escaso y flaquea, y exige, por ende, mayores
desvelos y más grandes sacrificios á cada uno.
En suma: trabajo incesante, comida misérrima, un pesebre por lecho,
un mechinal por dormitorio, todos los riesgos de la mar, todas las
desventajas para correrlos, y la conciencia de no mejorar nunca de
fortuna por aquel camino. Todo esto acepta, á sabiendas y de buena
gana, un hombre que se decide á formar parte de esa legión de héroes
de la miseria, de las angosturas y de las fatigas, que ni siquiera
tienen por estímulo la triste esperanza de que al acabar su carrera
estrellados contra un peñasco, ó arrastrados por torbellinos de arena
y ondas amargas, se grabe su martirio en la memoria de las gentes, ó
merezca siquiera su conmiseración; pues hasta la que se siente por
los náufragos de _alto bordo_, se regatea á los de un mísero patache.
¡Tan necesario é inevitable se conceptúa su desastroso fin!
Y ahora pregunto: ¿es comparable este valor pasivo y desinteresado,
con la fiebre ambiciosa de los hombres que acompañaron á Colón en su
primer viaje, y del que pasó el Niágara sobre una cuerda, encaramado
en las espaldas de Blondín?
Y también caigo en la cuenta de que ni esta pregunta, ni mucho de lo
que la precede, eran de necesidad para el fin que me propuse sacando
á relucir el patache en este cuento; pero no siempre se corta por
donde se señala, ni es fácil hablar con interés de un desdichado sin
hacer una excursión por todo el campo de sus desdichas. Achaque es
éste del corazón humano, y ¡ojalá no adoleciera de otros más graves!
Perdone, pues, el lector las sobras, si le molestan, y aténgase á lo
pertinente al caso, para comprender la importancia de los favores
que hacía el señor don Venancio Liencres al patrón del _Joven
Antoñito de Rivadeo_, sacándole del apuro de sus largas estancias
junto al Muelle, una vez con fletes de preferencia, y otras con
generosos anticipos de dinero.
Tolín sabía algo de esto, porque estaba cansado de hallarse con el
patrón en la escalera, y de oir hablar de él á su padre; y como no
hay patache que, por malo que sea, no tenga una lancha bastante
buena, la del _Joven Antoñito de Rivadeo_ era, casualmente, de las
mejores en su clase: ligerita y esbelta, no mal pintada ni muy sucia.
Tolín vió esto; y por verlo, se acordó de los vínculos que unían con
su padre al patrón del patache; y acordándose de ello, un día se
coló en el _Joven Antoñito de Rivadeo_, en el cual no le recibieron
con palio, porque no le había; pero, en su defecto, el patrón se le
presentó á sus marineros para que se le tratara allí como quien era,
concluyendo por advertirles, pues barruntaba lo que iba buscando el
chicuelo, que siempre que pidiera la lancha se la dieran, y hasta la
ayuda del motil cuando tratara de salir de la Dársena.