Decía así don Venancio Liencres, comerciante rico y armador de la

_Montañesa_, hablando con su capitán, al día siguiente de lo narrado

en el capítulo anterior, en el triste y empolvado departamento

señorial del mezquino escritorio que tenía en el entresuelo de una

casa del Muelle. Rato hacía que estaban solos allí los dos: el

comerciante, mal vestido y peor sentado en el sillón de paja de su

pupitre, sobrecargado de fajos de cartas sin contestar y de muestras

de azúcar, harinas y cacao, y el capitán en el sofá roñoso de

enfrente, debajo del retrato de la _Montañesa_, igual al que tenía

él en su casa, y de un papel con los _Días de correo á la semana_,

clavado en la pared con tachuelas amarillas, sobre un ribete de

ligueta encarnada.

Mientras el comerciante hablaba así, manoseaba, con notorio cariño,

después de haberle plegado cuidadosamente, el _extracto de cuenta_

del último viaje de la fragata, que apresuradamente, y para gobierno

suyo, le habían hecho en el contiguo departamento, cuya puerta de

comunicación había cerrado el capitán, por encargo de don Venancio,

después de entrar por ella.

Bitadura se quedó un poco suspenso con la pregunta del comerciante,

tan inesperada como extraña para él. Inesperada, porque era la

primera vez que aquel hombre le hablaba de su hijo; extraña, porque

jamás se le había ocurrido que Andrés pudiera seguir otra carrera

que la de marino. Por eso, sin salir de su medio asombro, respondió

con esta otra pregunta:

--Y si no le hago marino, ¿qué va á ser?

--Cualquier cosa... Todo es preferible á esa carrera de azares en que

el hombre de mejor corazón y de más suerte, no puede conseguir jamás

lo que logra sin esfuerzo cualquier perdulario que no sea marino: la

vida de familia. Bien lo sabe usted.

--Cierto es eso,--respondió el capitán, devorando un suspiro y

frunciendo el entrecejo, como si el comerciante le hubiera acertado

en el rinconcito en que él guardaba el único secreto de su corazón.

--Además--añadió don Venancio Liencres,--no se halla usted, con

respecto al porvenir de su hijo, en el caso de otros compañeros de

profesión: usted, por haber obtenido buenos frutos de su carrera y

por no tener más que un hijo, puede darle á escoger entre lo que más

le guste.

--Nada le gusta tanto como la carrera de marino,--se apresuró á

replicar el capitán.

--Ó escoger usted mismo--continuó el comerciante, fingiendo no

haber oído la réplica,--lo más conveniente para él; porque las

inclinaciones de los niños obedecen, por lo común, á caprichos del

momento... á fantasías pasajeras de la imaginación, al contagio de

los entusiasmos de otro... Ya usted me entiende.

--Sí que le entiendo, señor don Venancio--dijo Bitadura con

una fuerza de atención y una seriedad poco imaginables en el

descuidado marino que el día antes bailaba la sopimpa en su casa con

Madruga;--pero puesto á escoger carrera para Andrés, ¿qué escojo? ¿La

de picapleitos?

--¡Bah!

--¿La de matasanos?

--¡Puf!

--¿La de procurador?... ¿La de escribano?... ¿La de catedrático?...

--¡Horror!... Nada de eso, don Pedro amigo, nada de eso: eso es la

peste del mundo, y, además, una miseria... ¡Abogados, médicos...

curiales, literatos! ¡Puá!... Bambolla y hambre... Á cosa más sólida

debe aspirar un padre para su hijo... Y ríase de los que le digan

que no sólo de pan viven las gentes; que esto suelen decirlo los que

nunca han logrado hartar el estómago. ¡Pan, pan ante todo, mi señor

don Pedro! es decir, pesetas, ¡muchas pesetas! que lo demás, ello

solo se viene á la mano. Mire usted, hombre: mi padre guardaba ganado

en el monte, y mi madre sallaba maizales á jornal; yo no tuve otros

estudios que los que pudo darme el maestro del pueblo: las cuatro

reglas, una bastardilla mediana y el Catecismo. Pues con esto sólo

y mucha paciencia, y hoy barriendo el almacén y andando á escobazos

con los ratones que mordían los sacos de harina, y después haciendo

casi lo mismo en el escritorio, y luégo corriendo las hojas, y

copiando algunas cartas y llevando muchas al correo, y ¡aguantando

y aguantando! y ¡adelante y adelante! hoy dependiente, mañana un

poquito más, al otro día mucho más alto... aquí me tiene usted. Me

dieron la mujer que pedí cuando se me antojó casarme; cónsul del

Tribunal de Comercio he sido, no sé cuántas veces; alcalde, siempre

que me ha dado la gana, y no gasto coche porque no le necesito, y

el único que hay en el pueblo no sale más que los días que repican

fuerte. ¿En qué se me conoce que no he resobado de muchacho los

bancos de las aulas con el trasero? ó, por lo menos, ¿qué diferencia

de cultura halla usted entre las dos docenas de personas que pasan

aquí por principales, y yo? Quiero decir con esto, que el comercio

es el alma de los pueblos, la miga de todas las cosas, la mejor y

más digna carrera para la juventud, con doble motivo cuando ésta no

necesita pasar por las estrecheces por que yo pasé para llegar á

donde he llegado. ¿Me entiende el señor don Pedro?

El señor don Pedro entendía perfectamente al señor don Venancio; y

porque le entendía, se permitió apuntar algunas observaciones no

desprovistas de fundamento, tales como la del riesgo de pasarse la

vida empeñado en las ingratas tareas del escritorio, y llegar á viejo

sin haber salido de pobre, ni visto el mundo ni aprendido cosa alguna

de lo que hay ó de lo que se enseña en él.

--¡Desatinos, desatinos!--decía don Venancio Liencres á cada reparo

que, á su manera, le hacía Bitadura, deseoso, evidentemente, de

ponerse de acuerdo con el modo de discurrir del comerciante; el cual

remachó sus argumentos con la fuerza de este otro:--El comercio de

Santander es, hoy por hoy, pan de flor: poco, pero bueno; y oro

molido llegará á ser, si la codicia no nos ciega, si no hacemos

locuras... como esa que se ha echado á volar estos días, con

referencia á no sé quién que habló del caso no sé dónde: la de que

podrían ser convenientes un camino de hierro entre Alar y Santander,

á imitación del que se está haciendo entre Aranjuez y Madrid, y una

línea de vapores entre este puerto y la Isla de Cuba. ¡Caminos de

hierro! ¡Vapores! Aventuras de loco; calaveradas de gente levantisca

que tiene poco que perder, y quiere probar fortuna con caudales de

los incautos, para venir á parar á aquello de «aquí yace un español

que estando bueno quiso estar mejor.» Y vuelvo á mi tema: si nos

arreglamos con lo que tenemos, y no nos lanzamos en aventuras

descabelladas, como esa del ferrocarril y de los vapores (que, á Dios

gracias, no pasa de una idea de estrafalario, comentada por cuatro

desocupados), el maravedí que aquí se siembre en el comercio, con un

poco de cariño y de inteligencia, da la peseta bien cumplida en el

primer agosto. ¿Se va usted enterando, señor don Pedro?

Don Pedro se iba enterando, en efecto; y por lo mismo, se atrevió á

decir al comerciante que, aun aceptando como el Evangelio todo lo

que exponía, quedaba la dificultad material de poner á Andresillo en

ese rumbo. ¿Qué entendía Bitadura de esas cosas, aunque andaba tan

arrimado á ellas por razón de su oficio? ¿Quién le daba la mano? ¿Qué

valedores tenía? ¿Á dónde se arrimaba su hijo? ¿Por qué puerta le

metía?

--Vamos á eso--respondió don Venancio, que hablando de aquellas cosas

estaba en su púlpito natural, porque no entendía pizca de otras,

amén de que, por las trazas, había tomado con empeño el asunto de la

carrera de Andrés.--Entrégueme usted su chico. Yo no tengo más que

dos hijos: el varón será de su edad, próximamente: pienso traerle al

escritorio en cuanto pase el verano. Que trabajen juntos y se hagan

buenos amigos: un mismo estímulo puede animar á los dos, pues si el

hijo de don Venancio Liencres trabajaría en la viña de su padre,

en esa viña tiene muy buenas cepas en producto el padre de Andrés

Colindres. Que pasaban los años, y los niños aplicados llegaban á

comerciantes entendidos, y usted y yo á retirarnos á descansar: aquí

quedaba su caudal de usted, acrecentado por los intereses, ó por el

beneficio de los negocios si había preferido usted que ese caudal

pasara de la humilde categoría de una cuenta corriente con interés,

á la más respetable de un socio comanditario... ¿Acaba usted de

comprenderme, señor don Pedro?

--Sí, señor--respondió éste, sin disfrazar el vivo interés con que

trataba el punto.--Pero y si, después de metido en el comercio,

resulta que no le toma ley ó no sirve para el paso, ¿qué hago yo de

mi hijo?

--Pues, ¡canastos!--replicó el comerciante:--si después de hecho

marino resulta que se marea, ó se ahoga, ó sale un perdido y vende

el barco, ¿hará usted de él cosa mejor que un pinche de escritorio,

holgazán y torpe, como hay muchos?...

--Tiene usted razón, señor don Venancio,--respondió con prontitud

Bitadura, que no disimulaba jamás sus impresiones.

--¡Vaya si la tengo!--exclamó el comerciante repantigándose en

el sillón, completamente satisfecho de su triunfo, aunque sin

extrañarse de él.

--Creo que hemos de entendernos--añadió Bitadura levantándose.--Por

lo pronto, le agradezco á usted con todo corazón el interés que se

toma por la suerte de mi hijo, y la oferta que me hace... No tardaré

en responderle con mayor claridad... No lo extrañe usted. Las cosas

que mejor me suenan son las que más quiero yo ver de lejos: se marca

mejor así el rumbo que traen, que atracándose á ellas.

En esto, oprimía con su diestra la mano que le había tendido el

comerciante; y como estaba algo conmovido, al decir por despedida:

«á la orden de usted, señor don Venancio,» don Venancio vió las

estrellas, por una razón que se le alcanzaría al más torpe al

observar cómo, momentos después de salir Bitadura, se soplaba el

comerciante los dedos cárdenos y como pegados unos á otros; detalle

que prueba, á lo sumo, que es un poco peligroso dar la mano á hombres

como aquél, si están algo conmovidos.

Pero ¿por qué mil demonios se interesaba tanto el señor don Venancio

Liencres por la suerte de Andresillo? ¿Qué se le daba al rico

comerciante, duro de epidermis, como las talegas que amontonaba en

su caja de hierro, de que al hijo del capitán Bitadura le tocara la

lotería ó se le comieran los tiburones? ¿De cuándo acá reparaba

tanto el hombre del daca-y-toma en que los marinos gozaban poco

las delicias del hogar doméstico? ¿Por qué se mostraba ahora tan

sensible á esas _pequeñeces_, de las cuales jamás le había oído

hablar, como si las considerara género de mal comercio para su

corazón? ¿Por qué en lo referente á ellas discurría lo mismo que

Andrea?... ¡Tate!... ¡Andrea!... Este nombre fué un punto luminoso

en la obscuridad de los razonamientos del capitán, mientras iba

camino de su casa... «¿Apostamos dos cuartos,» se dijo, «á que mi

mujer ha andado conspirando por aquí? ¿Serán de ella también las

razones de conveniencia que don Venancio me ha expuesto, combatiendo

mi propósito de hacer marino á mi hijo? De cualquier modo, y sean

de quienes fueren esas razones, están muy en su lugar y yo no debo

desatenderlas porque no se me hayan ocurrido á mí.»

Efectivamente, la capitana había conspirado contra los planes de su

marido, en el escritorio de don Venancio Liencres. Cada pena negra

que pasaba, y pasaba muchas la infeliz, durante las larguísimas

ausencias de su marido, temiendo por su vida entre las veleidades

del mar ó los rigores de extraños climas, y ¿por qué ocultarlo? por

su cariño de esposo amante (que lo era en verdad y á toda prueba, el

bueno de Bitadura); cada pena de éstas, repito, que pasaba Andrea,

volvía los ojos del alma á su hijo, y otra pena mayor le resultaba de

ello, al considerar que á las ausencias del capitán habría que añadir

pronto las del _agregado_... ¡y las dos ausencias á un tiempo!... ¡y

ella sola, enteramente sola, en su casa, temiendo por la vida de los

dos! Muchas veces había intentado hablar con este tema á su marido,

y hasta conseguido fijar su atención por unos instantes; pero de

allí no pasó nunca, porque Bitadura, que todo lo metía á barato, le

salía al encuentro con una cuchufleta, pegándola una papuchadita y

mordiéndola luégo los carrillos, ó tapándole la boca con un beso,

después de haberla dado tres vueltas en el aire, entre sus brazos

de hierro, en la misma postura que coloca un padrino á su ahijado

mientras el cura le pone la sal en los labios. Pero Andrés iba

creciendo, se acercaba la hora de decidirse, y Andrea seguía temiendo

lo peor. Se armó de voluntad después de meditarlo mucho, y tres días

antes de la llegada de su marido pidió una audiencia en el escritorio

á don Venancio Liencres; y con esa sencilla y poderosa elocuencia del

corazón, tan común en todas las madres cuando abogan por la causa

de sus hijos, expuso al comerciante sus temores, sus deseos y sus

fervientes súplicas para que, guardando, mientras fuera posible, el

secreto de aquellas gestiones, tratara de desarraigar en su marido la

idea que tanto la atormentaba á ella...

Don Venancio Liencres era un hombre completamente insignificante,

_intus et foris_; pero, en los casos dudosos, tenía el buen instinto

de inclinarse á lo mejor, porque su madera, aunque tosca, era sana;

además, como todas las nulidades de suerte, que son hechas de esta

manera, careciendo de materiales propios para hacer algo regular

siquiera, tomaba los que le ofrecían en cualquiera parte; y los

tomaba con amor, porque se pagaba muchísimo de que las gentes le

tuvieran en algo, haciendo algo que no hicieran los demás. Estimaba

cordialmente al capitán; conocía de vista á su hijo, y hasta le

parecía guapo y dispuesto; tuvo en mucho aquel acto de consideración

hacia él, de una mujer tan guapota y honrada como la capitana;

pareciéronle naturalísimos sus temores y muy fundados sus deseos, y

aun se conmovió un poquillo con sus sentidas palabras; y no sólo la

prometió, de todas veras, servirla en cuanto deseaba, sino que, de

cuenta propia, llegó con su amparo hasta donde ha visto el curioso

lector; y todavía hubiera llegado más allá, si mayor esfuerzo

se hubiera necesitado para conseguir, con la virtud sola de sus

razonamientos (pues cabalmente el razonar bien era la manía del

señor don Venancio Liencres), el triunfo sobre la obstinación del

capitán.

Esta vez fué Bitadura quien sacó, tan pronto como llegó á casa,

la conversación sobre la carrera de Andrés; y como la capitana no

ignoraba de dónde venía su marido, á las primeras palabras de éste

se le puso la cara que ardía. Esto la delató, y Bitadura se hizo el

enfadado; pero se le veía la mentira por el rabillo del ojo y por los

extremos de la boca. Andrea, haciendo como que no veía nada, confesó

el hecho con todos sus pormenores, y un aire de resignación bastante

falsificado también.

--¡Nos veremos sobre ese particular!--exclamó Bitadura, paseándose

por la sala, siempre de espaldas á su mujer, braceando mucho y

taconeando más.--¡Ir con los secretos de familia á casa de los

vecinos!... ¡Eso no se hace!

Andrea, que le miraba á hurtadillas y le vió tan empeñado en no dar

la cara, comenzó á pasear detrás de él, pero muy cerquita, y le dijo,

según iba andando, con acento de estudiada humildad:

--Pues, hijo, si tan mal he obrado creyendo acertar, ya lo sabes: el

cuchillo eres y la carne soy; con que corta por donde quieras.

--¡Sí, señora!--respondió Bitadura volviéndose de pronto.--¡Sí que

cortaré!... ¡Y ahora mismo! ¡Y mucho! ¡Venga usted acá! ¡Siéntese

usted aquí!

Y sentándose él en el sofá, la sentó á ella sobre sus rodillas.

--¡Míreme usted á la cara!... ¡Venga esa pitorruca!

Y le dió un mordisco en la nariz.

--¡Vengan esas orejinas!

Y se las mordió también.

--Y ahora, para acabar primero, vaya todo este brazado de carne por

el balcón abajo.

Y tomó á su mujer en brazos, como solía. Púsose enfrente del balcón,

y diciendo: «¡á la una! ¡á las dos! ¡á las tres!» columpiándola al

mismo tiempo, giró de pronto sobre sus talones hacia dentro, y la

estampó en la cara media docena de besos.

--Toma... por habladora... por cuentera... y porque me da la gana.

Andrea se reía como si la hicieran cosquillas, y tomaba aquellos

castigos tan dulces por señales de buen agüero... hasta que Bitadura

le dijo que todo se haría como ella deseaba; y se trocaron los

papeles.

[Ilustración]

[Ilustración]

IX

LOS ENTUSIASMOS DE ANDRÉS

Entre tanto, Andresillo caminaba hacia la calle Alta, deteniéndose

con todos los conocidos que hallaba al paso para hablarles de la

llegada de su padre, de lo que le había oído contar sobre su viaje, y

algo también de la comida del día antes, y muy particularmente de las

cosas de Sama, Ligo y demás comensales. ¡Muchísimo se había divertido

con ellos! Iba á la calle Alta para ver qué tal se las arreglaba

Silda en su nueva casa. Consideraba á la huérfana como protegida

suya, y se interesaba por su suerte.

Al llegar enfrente del Paredón, vió á Colo que subía de bajamar,

con dos remos al hombro, y en una mano un balde á medio llenar de

_macizo_. Colo era aquel sobrino de don Lorenzo, el cura loco, de

quien ya se ha hecho mención. Andrés le preguntó por la casa de tío

Mechelín, y notó que Colo estaba de muy mal humor. Antes que él

pensara en preguntarle por la causa de ello, le dijo el marinero,

echando abajo los remos:

--Hombre... ¡si esto no es pa que uno pierda hasta la salú!...

--¿Qué te pasa?--le preguntó Andrés.

--Ese hombre, ¡toña!... mi tío el loco, que no hay perro, ¡toña! que

le saque de la bodega ese hipo, ¡mal rayo!; y esta mañana, malas

penas, me voy pa la lancha, me coge á la puerta de casa, y ¡toña! que

me ha de manipular en el sostituto... ¿no es eso, tú? ¿no se dice

asina?... Ello es lo que hay que hacer pa atracarse á ese colegio en

que enseñan esos latines de... ¡mal rayo!... ¡Miá tú, hombre, qué sé

yo de eso, ni pa qué me sirve!

--Para maldita la cosa,--dijo Andrés.

--Pus dale que ha ser; y sin más tardanza, en cuanto se acabe este

verano... Con que yo me cerré á la banda... y sin más ni más, el

burro de él, ¡toña! me largó dos estacazos con aquel bastón de nudos

que él gasta... ¡Mal rayo!... Pero ¿pa qué, hombre? Vamos á ver, ¿pa

qué quiero yo eso? ¿no juera mejor que me echara el coste del estudio

en unos calzones nuevos?... Pus porque le dije esto mesmo, me alumbró

otro estacazo. ¿No es animal!... Dice que hay una... ¿cómo dijo?...

ello es cosa de iglesia... ¡Ah! capellanía... Una capellanía que es

de nusotros; y que si yo allego á ser cura, me embarbaré de betún.

¡Como no me embarbe, toña! De palos me embarbaré yo; porque ahora

resulta que el señor que enseña esos latines, da más leña entodía que

el animal de mi tío... ¿Cómo dicen que se llama ese maestro?... Don,

don...

--Don Bernabé,--apuntó Andresillo, que ya le conocía de oídas.

--Eso, don Bernabé...

--¡Mucho palo te espera allí!--dijo Andrés con candorosa

ingenuidad.--¡Mucho palo!

Con esto y poco más, siguieron los dos chicos hacia arriba; y al

pasar por delante del portal de tío Mechelín, dijo Colo á Andrés:

--Esta es la casa.

Y como la suya estaba en la otra acera y al extremo de la calle,

despidióse y apretó el paso.

En esto salió de hacia la bodega Silda, acompañando á Muergo.

Muergo llevaba ya puestos los calzones del padre Apolinar; pero

sin otro arreglo que haberles recogido él las perneras á fuerza de

remangarlas; y así y todo, le bajaba la culera hasta los tobillos.

Con esto, el chaquetón de marras por encima y las greñas revueltas

coronando el conjunto, el hijo de la Chumacera parecía un fardo de

basura que andaba solo.

--Aquí llevo una camisa... ¡ju, ju!--dijo á Andrés el monstruoso

muchacho, golpeándose con la mano derecha una especie de tumor que se

le notaba en el costado izquierdo.

Andrés le miró asombrado, y Muergo apretó á correr calle abajo. Silda

dijo á Andrés en seguida, aludiendo á Muergo:

--Quería yo que le dieran una camisa, y ellos no querían, porque

Muergo no la merece y su madre no tiene vergüenza; pero le encontré

esta mañana cerca del Paredón, y le traje á casa para que le viera su

tía sin camisa, y le diera una vieja de su tío. Él no quería venir;

pero luégo vino, y entonces no le querían dar la camisa; pero yo me

empeñé, y se la dieron; pero si la echa en aguardiente y le ven sin

ella, no le darán más ni le dejarán volver aquí... Su madre es una

borrachona, y él también sorbe mucho aguardiente. ¡Qué feo es y qué

puerco! ¿verdá, tú?... Entra un poco, verás qué bien se está aquí...

Ya no pienso volver á la Maruca tan pronto, ni al Muelle-Anaos... Se

hace una allí muy pingona... Pasa luégo este portal, para que no te

encuentren las del quinto piso si bajan; y no te pares nunca mucho

á esa puerta de la calle, porque te tirarán inmundicias desde el

balcón. Son muy malas, ¡pero muy malas!... Ayer armaron bureo porque

á tío Mocejón le dijeron en el Cabildo que me había castigado mucho,

y que si no me dejaban en paz las de su casa, se verían con la

Justicia... Son muy malas, ¡pero muy malas!

Tía Sidora, que andaba trajinando por adentro, salió, al rumor de la

conversación, hasta la mitad del carrejo, y Silda la dijo señalando á

Andrés:

--Este es el c...tintas bueno que me llevó á casa de pae Polinar.

Se alegró mucho la marinera de conocerle, y le ponderó la acción; y

como el muchacho le pareció muy guapo, le dijo lo que sentía, con lo

que Andrés formó un gran concepto de tía Sidora, aunque se puso muy

colorado con los piropos. Ella no conocía personalmente al capitán de

la _Montañesa_; pero su marido sí, y muchas veces la había hablado de

él, ponderando sus prendas de marino y su _parcialidá_ de genio: era

gran persona el señor don Pedro, y, además, callealtero de origen:

otra condición muy digna de tenerse en cuenta por la tía Sidora para

estimar al capitán y alegrarse de que hubiera sido su hijo quien se

apiadó de la niña desamparada en el Muelle-Anaos, y la llevó á casa

de persona capaz de hacer por ella lo que hizo luégo el pae Polinar.

Le trataron mal, muy mal, las desvergonzadas de arriba, cuando fué

á hablarlas sobre la niña que ella y su marido recogieron después,

como la hubieran recogido antes, si no hubieran mirado más que al

buen deseo; pero había otras cosas que considerar, y se aguantaron.

Ahora, gracias á Dios, estaba Silda en puerto seguro, y el Cabildo

había puesto en los casos á las deslenguadas sin vergüenza, para que

no intentaran impedir con sus malas artes que hicieran otros por la

desdichada lo que ellas no quisieron hacer...

--Mira la mi alcoba,--dijo Silda á Andrés, interrumpiendo la retahila

de tía Sidora.

La alcoba, libre de estorbos y muy barrida, contenía una cama muy

curiosa, y una percha vieja con algunas prendas de vestir de tía

Sidora.

--Aquí se colgarán también los sus vestiducos--dijo ésta,--en cuanto

los tenga listos. Ahora le estoy arreglando uno de una saya mía de

percal, casi que nueva; y, si Dios quiere, hemos de mercar algo de

tienda cuando se pueda, porque no se puede todo lo que se quiere. En

remojo tengo lienzo para dos camisucas, que es lo que más falta le

hace; porque vino la enfeliz, pa el cuasi, en cuerucos vivos.

Desde allí pasaron á la salita, donde estaba la saya de tía Sidora,

hecha pedazos, sobre una silla cerca de un montón de filástica

deshilada. Aquellos retazos eran las piezas del vestido de Silda, que

había cortado y se disponía á coser tía Sidora. Silda había asistido

con mucha atención á aquellas operaciones, y tía Sidora esperaba

hacerla tomar apego á la casa; enseñarla, poco á poco, á coser, y

el Catecismo; hacer lumbre, arrimar siquiera la olla, barrer los

suelos; en fin, lo que debía aprender una hija de buenos padres, que

había de ser mañana una mujer de gobierno. En opinión de tía Sidora,

Silda se había dado á la bribia desde la muerte de su padre, porque

malas mujeres le habían hecho la casa aborrecible. No sucedería eso

en adelante: la niña saldría cuando y como debiera salir, y pasaría

en casa el tiempo que debiera pasar; pero ni en casa ni en la calle

tendría otras ocupaciones que las propias de sus años y de su sexo.

Mientras decía todas estas cosas, á su manera, la tía Sidora encarada

con Andrés, Silda, con su faz impasible, miraba tan pronto á éste

como á la marinera, y Andrés, atentísimo y hasta impresionado con la

locuacidad expansiva y noblota de la pescadora, no apartaba los ojos

de ella sino para fijarlos un momento en los serenos de Silda, como

diciéndola: «¿lo oyes bien?» Al fin, no se contentó con la elocuencia

de su mirada, y acudió á la de las palabras, enderezando á la niña,

muy serio y con gran energía, las siguientes:

--Te digo que no tendrás vergüenza si vuelves al Muelle-Anaos y á

arrimarte á ese indecente de Muergo.

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