de _agregado_, dos viajes redondos á la Isla de Cuba. Y los hizo
en un barco que mandaba un amigo de su padre. En estos viajes
tuvo la categoría de _mozo de á bordo_, es decir, la de marinero
principiante. Después se examinó en el Ferrol; y allí, aprobados sus
ejercicios, obtuvo el título de _tercero_, con el cual se embarcó
en Santander en una fragata, para hacer los tres viajes que se le
exigían en aquella segunda etapa de su carrera. Los hizo también,
en poco más de un año, á ratos navegando como en una palangana, y á
ratos con la vida en un hilo.
Del último de estos viajes volvió, aunque crisálida todavía,
apuntándole las alas de mariposa. Ya el espeso pelambre de su cara,
afeitada de quijadas arriba, era algo más que sombra de patilla
á la catalana; sus manos comenzaban á ponerse velludas, su voz á
embronquecerse y sus espaldas á encorvarse; era muy atezado, y
formaba con «los marinos» en sus parrandas y _rumantelas_.
Preparóse, repasando con Montalvo una temporadita; fuése al Ferrol
por segunda vez; aprobáronle en el rígido examen á que fué sometido,
y se le extendió su título, en toda regla, de _segundo_, ó sea de
_piloto de derrotas_, que es lo que iba buscando Pedro Colindres,
ya, para entonces, conocido entre la gente del oficio con el mote de
_Bitadura_, no sé por qué... Y aprovecho esta oportunísima ocasión
para advertir á los lectores de tierra adentro, persuadidos, quizá,
de que es un capricho mío la coincidencia de que casi todos los
personajes que van apareciendo hasta ahora en este libro tengan un
mote por nombre, que no hay tal capricho ni cosa que lo parezca. Tan
frecuente es el mote entre las gentes de mar de este puerto, y tan
avezadas están á oirse llamar por él, que en el gremio de pescadores
ha habido quien desconocía su propio nombre de pila, y muchos que no
le conocieron hasta que le necesitaron para inscribirle en el libro
de matrículas de mar. Lo mismo entre estas gentes ignorantes y zafias
que entre las más elevadas y cultas, de carrera, el mote aparece
sin saberse por dónde ni cómo. Generalmente procede de un dicho ó de
un hecho, ó de una circunstancia cualquiera, de la persona que se le
halla encima de la noche á la mañana; pero quién se le puso y cuándo,
no es fácil de averiguar.
Bitadura tardó bastante en colocarse, después de recibir el título
de _segundo_, porque estas plazas no abundaban, con ser entonces tan
numerosa la marina mercante de vela; pero, al fin, halló barco, y en
él hizo su primer viaje de piloto.
Á la vuelta de este viaje fué cuando apareció en Santander en
perfecto carácter de «marino;» ya era... como todos. Porque, yo no sé
cómo diablos sucedía eso; pero sucedía: que fueran rubios ó delgados,
ó altos ó bajos, los _náuticos_ del Instituto ó los _agregados_ en
su primer viaje, poco á poco iban transformándose; y cuando volvían
de _segundos_, todos eran iguales; todos tenían mucha espalda, mucha
mano y muy velluda; todos eran morenos, con patilla corrida, muy
espesa; abiertos de brazos, ásperos de voz, lentos en el andar, duros
de ceño, secos de frase, pero pintorescos de palabra, y de gustos
pueriles y espíritu regocijado. Por último, todos vestían el mismo
traje: la gorra con galón de oro y botón de ancla sin corona; el
chaquetón pardo; las botas de agua sobre pantalón pardo también, y
la corbata negra á la marinera; y acaso esta rigurosa uniformidad
de vestido y de modales, contribuyera á darles la extraordinaria
semejanza que se notaba entre ellos.
Bitadura fué uno de los más populares de su tiempo; y cuando,
después de haber corrido borrascas en todos los mares de los dos
mundos, dió en antojársele que no le _llenaban_ por entero, al
llegar á Santander, los entretenimientos del café de la _Marina_,
las parrandas nocturnas, las _culebras_ en las romerías, y otras
hazañas de rigor en el gremio, algunas de ellas harto pueriles, se
armó un día de valor, él que no se amilanaba entre los abismos del
mar embravecido; se atusó un poco la greña; se puso camisa limpia, y
unas botas de charol debajo de las perneras, y se fué á pedir á un
piloto jubilado, más por falta de salud que por sobra de años, la
única hija que tenía, moza, á la sazón, en la flor de su primavera,
y, como decía el mismo Bitadura al describírsela á un amigo, después
de confesarle su proyecto, «bien corrida de eslora, recia y levantada
de amuras, airosa de raseles y alta de guinda.»
Estaba hecha á poco la pretendida, porque en aquel tiempo aún había
_clases_, y apenas gastaban seda las chicas solteras de más de siete
familias de Santander; era bien afamado el pretendiente, porque
no se tomaban á pecado las calaveradas temporeras, digámoslo así,
de aquellos mozos tan honrados en el fondo de sus almas, y tan
valientes y sufridos en la mar; le estimaba mucho el padre, y la
hija le había visto, por tres veces, barrer á bofetadas la acera de
enfrente para quedarse él solo echándola requiebros, mentalmente,
desde allí; de modo que, aunque todavía no había pasado de piloto, y
era tan desmañado en _finiquituras_ y voquibles, que sudó brea para
dar á entender lo que quería en aquel trance (porque claro de todo
no acertó á decirlo), concediéronle la chica, que se llamaba Andrea,
y tenía dos ojos como dos soles; un pelo que relucía de negro, y tan
abundante, que no le cabía en la cabeza; y una boca, y un color... en
fin, una buena moza en toda la extensión de la palabra.
Casóse con ella andando los días; y antes de un mes de casado, se
embarcó para hacer su último viaje de piloto. Porque á la vuelta,
habiéndose desembarcado el capitán por una larga temporada, le dieron
á él el mando del buque, que era un bergantín bien afamado. Y hete
aquí ya á Periquito hecho fraile. Ya era capitán; ya tenía una paga
de sesenta pesos al mes, y no tardaría en disfrutar de los beneficios
que generalmente conceden los fletadores ó dueños del barco al
capitán que le manda con celo é inteligencia... Pero, en cambio,
¡qué peso tan molesto el de los deberes que le imponía su repentina
transformación! ¡Cómo le costaba amoldarse al ritual de su nueva
categoría! Por de pronto, fuera chaquetones y botas de agua, y todo
cuanto ésta y las demás prendas del hábito de un piloto representaban
en su vida pública: la independencia, la holgura, la vida alegre de
mozo descuidado, el lenguaje convencional y pintoresco... y hágase
usted hombre formal, y hable en serio con mercaderes y corredores, y,
sobre todo, vístase usted de paño fino, con alas y arrastraderas...
y meta el corpanchón macizo debajo de una levita; los pies dentro de
unas botas de charol; las manazas, gruesas y velludas, en guantes de
cabritilla, y... ¡horror de los horrores! sobre la cabeza, arreglada
por la hoz del peluquero, encájese el oprobio de la _castora_... y
échese usted con ese aparejo á la calle, sin atreverse á andar ni
á revolverse mucho por temor de que salten los botones ó revienten
las costuras; y salude á la moda en los escritorios y consulados; y
mientras habla ó le despachan, siéntese, _por lo fino_, en una silla,
y mátele la duda de si pondrá la _canoa_ en el suelo ó la tendrá
entre las manos, ¡ó la arrojará por el balcón, que es lo que él
preferiría!
La primera vez que se vió ataviado así delante de un espejo, soltó la
carcajada.
--Con esto y un bastón--exclamó,--un matasanos de aldea.
--¿Por qué no le compras?--le dijo su mujer.
Bitadura la miró con el asombro pintado en la cara.
Decir á un capitán de aquéllos que saliera con bastón, equivalía á
aconsejar á un coracero que llevara en la mano un abanico.
Pero, en fin, se fué acostumbrando á la librea, aunque no la usaba
más que en actos _oficiales_, digámoslo así, ó en momentos muy
solemnes; fuera de esos casos, un traje holgado, de medio aparejo,
entre piloto y capitán; cómodo, sin dejar de ser serio.
Cuando ya tenía un hijo de tres años, le dieron el mando de la
_Montañesa_, uno de los mejores barcos de la matrícula de Santander.
Como no era lerdo, se acostumbró primero al trato de gentes que
al uso de las prendas finas; llegó á ser un capitán de los más
atractivos para los pasajeros, y el armador de la _Montañesa_
no tuvo motivos para arrepentirse de haberla puesto bajo su
mando. Como, además, era un marino consumado y un administrador
celosísimo, abriósele ancha mano, comenzando por concedérsele los
_abarrotes_, con lo cual, llevando por su cuenta pacotillas de frutos
peninsulares, y trayéndolas de ultramarinos, se granjeó muy buenas
ganancias en pocos viajes, y señalósele más tarde un buen interés
en los cargamentos que se le encomendaban. Á pesar de ello y de
tener muy rebasados los cuarenta cuando el lector le ha conocido,
continuaba siendo, _fuera de servicio_, el Bitadura de siempre, el
muchacho grande, dado con pasión á las cosas chicas de su tierra, á
los placeres sencillos, á la frase pintoresca y al vestido cómodo.
Andrea, que no tuvo más hijos que el que conocemos, se había ido
ajamonando poco á poco, y era, en la ocasión en que aparece aquí, una
mujer de gran estampa: blanca y apretada de carnes, rica de formas, y
de rostro alegre y bello.
Había ido á misa de once aquel día _del bracete_ de su marido, con
vestido de gró negro, chal de Manila, mantilla de blonda, abanico
de nácar y mitones de seda calados. Él con levita y pantalón de
paño negro finísimo, con trabillas de botín, chaleco de raso, sobre
el cual serpenteaban dos enormes ramales de la cadena de oro de su
reló; chalina de seda, de cuadros obscuros con dos alfileres de
brillantes, unidos por una cadenilla de oro; sombrero de copa, muy
reluciente; botas de charol y guantes de seda de color de ceniza.
Sudaba el hombre, de calor y de molestia, debajo de aquellas galas
que le oprimían por el cuello, por la cintura y por las manos y por
los pies; y relucía su atezado rostro, encuadrado entre las patillas,
algo grises ya, y las alas del sombrero, mientras el almidonado
cuello de la camisa se reblandecía y arrugaba con el sudor del
pescuezo.
Todo aquello lo esperaba él, y bien sabe Dios lo que le desazonaba;
pero la salida era de necesidad, porque su mujer había estado soñando
con ella meses enteros: no conocía satisfacción más grande; y él
quería demasiado á su mujer para no complacerla, sin regatear, en
cosa tan hacedera. Por otra parte, ¿á qué negarlo? si Andrea se creía
más alta que una corregidora por ir del brazo de un marido como el
suyo, Bitadura pensaba que, en opinión de cuantos pasaban á su lado,
no había princesa que valiera en estampa lo que su mujer.
Y así marchaban los dos, calle de San Francisco arriba y Plaza
Vieja adelante, recibiendo á cada paso bienvenidas y apretones de
manos él, y felicitaciones y saludos ella, mientras Andrés, que
caminaba á la derecha de su madre, con su vestido de los domingos,
compuesto de chaqueta entallada, con cuello de moaré, pantalón de
mezclilla de lana, chaleco jaspeado, corbata de mariposa, borceguíes
nuevos y gorra de felpilla imitando piel de tigre, saludaba muy
ufano á los amigos de su mismo pelaje, ó se hacía el desconocido
cuando le guiñaba el ojo algún granuja, su camarada de hazañas del
Muelle-Anaos. Al salir de misa, nuevos y más numerosos saludos,
nuevas detenciones y bienvenidas; y vuelta á casa con el posible
apresuramiento, porque no faltarían visitas que recibir en ella, amén
de que había convidados á la mesa, se comía á la una en punto, y
Andrea no se fiaba ni de la _guisandera_ que había tomado para aquel
lance, superior á los recursos culinarios de su criada.
El lector y yo llegamos en el momento en que el capitán largaba los
guantes y la _cacimba_ sobre una cómoda, y su mujer, después de
plegar la mantilla y el pañolón de seda, los guardaba en un tirador
del propio mueble. De buena gana hubiera cambiado Andrea su vestido
de gró por otro más modesto, de raso de lana, y el capitán sus arreos
de «señor de Ayuntamiento» por el atalaje de á bordo; pero, como
ya se ha dicho, aguardaban visitas, por ser de rigor en aquellas
circunstancias; y las visitas de entonces no las recibía un recién
llegado como Bitadura, sin echarse encima el fondo del baúl, máxime
siendo día de fiesta y teniendo una mujer tan escrupulosa en estos
particulares, y tan guapota y apuesta como la que él tenía.
Mientras ésta se daba una vuelta por la cocina, se oyeron golpes á
la puerta de la escalera y Bitadura salió corriendo á la sala...
sala de capitán de entonces, con los retratos de todos los barcos
en que había navegado, desde piloto inclusive; un espejo con marco
de papel dorado, y dos ó tres cuadritos de bordados de felpilla,
obras de la capitana cuando iba al colegio, colgados en las blancas
paredes; sobre las rinconeras y la consola de caoba, caracoles de
la China, ramilletes de coral, monigotes de especias, una bandeja
grande, puesta de canto, detrás de una caja de música; y entre dos
fruteros de cera, con sendos fanales, y debajo de otro ovalado,
un barco que se bamboleaba sobre una mar contrahecha, en cuanto
se tocaba un resorte que tenía la peana; sillería de cerezo; una
alfombra delante del canapé; cortinillas de muselina rameada en las
vidrieras del balcón, en las de la alcoba, carrejo y gabinete; el
suelo de tabla de pino, muy fregado... y paren ustedes de contar. Las
sillerías de caoba con embutidos de _limoncillo_ y asientos de tejido
de cerda; el reló de sobremesa, los candelabros de plata, los espejos
de vara y media de altos con marco de pasta dorada; el retrato de
cuerpo entero, obra del pincel de Salvá ó de Bardeló; el papel
aterciopelado en las paredes, las cortinillas de tafetán encarnado en
las vidrieras de las alcobas, y la alfombrita delante de cada puerta
y de cada mueble importante de la sala, quedábanse para un puñadito
de familias, cuyas mujeres torcían el gesto cuando se rozaban con el
vulgo de los mortales, y cuyos muchachos gastaban las únicas levitas
forradas de seda que se vieron entre sus coetáneos, no bebían
agua en las fuentes públicas aunque se murieran de sed, jugando
_finamente_ al marro con sus _congéneres_, y antes se hubieran dejado
desollar que descalzarse en la Maruca para navegar un poco en sus
flotantes perchas...
Y perdone otra vez el lector al ver que me marcho por los trigos
nuevamente: puede más que mi propósito de no extraviarme con el
relato, la fuerza de los recuerdos que vienen enredados á cada
detalle que apunto de aquellas gentes y de aquellos tiempos que se
grabaron en las tablas vírgenes de la memoria.
Vuelvo, pues, al asunto, y digo que la primera visita al recién
llegado capitán, fué la del matrimonio del cuarto piso, con la
mayor de sus hijas, apreciable familia de tenderos por juro de
heredad, pero harto insípida para unos gustos tan especiales como
los de Bitadura. Algo más le entretuvo después el jubilado capitán
Arguinde, con sus alegrías de carácter y su desatinada sintaxis de
vizcaíno impenitente; no tanto doña Sinforiana Cantón, viuda desde
muy joven, y ya pasaba de los cuarenta y cinco, de un piloto que
murió de calenturas en la costa de África; mucho menos la señora y
las hijas de un comandante retirado, amigas de su mujer, y menos
todavía otras personas que acudieron también á verle por razón de
parentesco remoto, ó de gratitud ó de interés. Porque con los amigos
y camaradas, con _la gente del aligote_, como él llamaba á los del
oficio, ya se había visto despacio y en lugar conveniente para hablar
sin trabas y reir sin medida.
De esta gente eran los tres convidados que aguardaba, además de su
piloto Sama, y fueron llegando uno tras otro. Uno solo de ellos
era capitán. De los dos pilotos, sin contar á Sama, uno se llamaba
_Madruga_, prototipo de la especie; el otro era Ligo, el mozo que
vimos en San Martín con Andrés. Éste era el más joven de todos, y
quería ser el más elegante y culto; desde luégo era el más aparatoso
y el más desatinado. Madruga y él formaban un delicioso contraste.
Madruga era impasible de fisonomía, hablaba bajo, poco y como de
mala gana; pero lo que hablaba, salía forrado en cobre de sus
labios, cuya expresión de burla estaba tan cerca de la del enojo,
que se confundían muy á menudo: de aquí el interés singularísimo de
su pintoresca palabra. Ligo, al contrario, era locuaz, con grandes
presunciones de _hombre de mundo_, ó de ser capaz de serlo. Hablaba
de todo en el estilo y con la brusquedad de lo que era, con términos
finos, que él fabricaba á su gusto cuando la necesidad se lo exigía.
De este modo, resultaban unos potajes, unas finezas tan burdas y unas
groserías tan finas, que era todo lo que había que oir.
Había señoras todavía en casa de Bitadura cuando él llegó, y llegó
el último. Madruga se había portado tal cual, quitándose la gorra
y haciendo su poco de reverencia antes de sentarse. Sama tampoco
se había metido en muchos dibujos, porque no los conocía, y se
había achantado, muy calladito, en un rincón, donde se entretenía
en dar vueltas á la gorra entre sus manos, mientras silbaba, casi
mentalmente, una _sopimpa_ de allá.
El capitán _Nudos_, algo más joven que Bitadura y tan bien vestido
como él y cortado por el mismo patrón que él, no le aventajaba
un ápice en perfiles de cortesía y ceremoniales de sociedad:
verdaderamente estaba casi rapado á navaja en esos particulares;
pero, al cabo, había tenido trato de gentes por razón de su empleo,
y tenía oído que, en una casa, la señora debe ser siempre la persona
más atendida de propios y extraños; por lo cual, viendo desocupado un
hueco en el canapé donde se sentaba entre otras amigas la capitana,
allá se coló, y allí dió fondo junto á ella, sin más trabajo que el
de removerse algo para agrandar la plaza en que no encajaban bien sus
anchas posaderas. Y allí se estaba, algo oprimido y molestando un
poco á sus colaterales; pero, al cabo, como un señor y sin meterse
con nadie.
Cuando entró Ligo, con gran estruendo de tacones y resoplidos y
mucho zarandeo de arboladura, el amo de casa entretenía como Dios
y su impaciencia le daban á entender, aquellos ratos fastidiosos;
Andrea hablaba con las señoras; Sama, cansado de voltear la gorra,
se había puesto de codos sobre los muslos, y se divertía en meter
_escupitinas_, á plomo, por la juntura de dos tablas del suelo;
Madruga, con el pie izquierdo descansando sobre la rodilla derecha,
muy tirado el cuerpo hacia atrás, con una mano entre las solapas del
chaquetón y en la otra la gorra, escuchaba, con una atención tan
afectadamente grave que resultaba cómica, lo poco que en serio se
le ocurría á Bitadura; y el capitán Nudos, á juzgar por la cara que
ponía, le estaba pidiendo á Dios que le inspirara un modo de salir
cuanto antes de aquellas estrecheces.
Por entrar Ligo y observar el cuadro, se ratificó en su creencia de
que aquellos hombres no valían para el trance en que estaban metidos,
y sospechó que las señoras se aburrían. Él lo iba á arreglar todo
dando una lección de cortesía y travesura elegante á sus camaradas, y
un poco de amenidad á la visita, para recreo de las señoras. ¡Y allá
va! Apóstrofe á éste, palmoteo sobre la espalda del otro, indirectas
á Bitadura, chicoleos á la capitana, fineza por aquí, galantería
por allá, cómo se las arreglaría el bueno de Ligo, y de qué calidad
serían sus discreciones y amenidades, que antes de que pensara en
sentarse en la silla que arrastraba de un lado para otro, mientras
hablaba y se revolvía dentro del corro, ya no quedaba en la sala una
señora, y salía detrás de la última la capitana con las mejillas muy
coloradas y mordiéndose los labios de risa.
En cuanto se vieron solos los cinco marinos, Bitadura cayó sobre
su compañero, el del sofá, que comenzaba á desarrugar la faz y á
desentumecerse, diciéndole mientras le abrumaba á resobones:
--¡Osio, Macario!... ¡Desínflate ya, hijo, que tienes la cara como
una _ufía_!
Á lo que añadió Ligo:
--¡Si él no se metiera en _manipulencias_ que no entiende!...
--Para manipulencias y _pitiflanes_, tú,--dijo Madruga muy serio.
--Ya se ve que sí--repuso Ligo.--Aquí hay aparejo para navegar en
todas aguas, lo mismo de aligote que de pitiminí. Y si no, ¡mira cómo
se desguarnían de risa las señoras, que estaban, cuando yo entré,
como en el cuarto de oración!... ¡Ná, hombre, que sois toninas de la
mar, y no más que eso!...
Y por aquí siguió la porfía; y al ruido del tiroteo y de las
carcajadas, perdió Sama el respetillo que le infundía la presencia
de Bitadura, que, al cabo, era su capitán; largó una sopimpa de
cornetín, remedándole con los puños y con la voz, y cata á los cuatro
restantes bailándola como los mismos negros de Cuba. Y no jugaron
después á _paso_ ó al _soleto_, porque llegó la capitana, avisó que
estaba la sopa en la mesa, y se fueron todos al comedor.
Cinco meses había estado fuera de su patria Bitadura, y cerca de dos
de ellos acababa de pasarlos en la mar sin comunicación alguna con el
mundo. Lo primero que se le ocurriría hoy á un hombre, en esas mismas
condiciones, al volver á su casa y sentarse á la mesa entre amigos,
sería preguntarles:
--¿Quién manda en España? ¿Qué hay de política? ¿Cuándo se hizo el
último pronunciamiento? ¿Qué revolución se prepara? ¿Qué gobernador
tenemos?...
Á Bitadura y á todos los Bitaduras de entonces, les tenían estas
cosas sin cuidado. Lo que preguntó con grandísimo interés, tan pronto
como se sentaron todos á la mesa y mientras servía á Madruga un plato
de fideos encogollado, porque acababa de oirle decir que todavía
_estivaba_ tal cual en la _bodega_, fué del tenor siguiente:
--Y ¿qué hace Nerín?... ¿Y _Caparrota_?... ¿Cómo está la
_Sietemuelas_? ¿Y _Tumbanavíos_?
Éstos y otros tales fueron los temas de la conversación, interrumpida
á menudo para decir, por ejemplo, Madruga á Sama que estaba enfrente
de él: «_atraca_ esos _abarrotes_,» señalando unas aceitunas que
deseaba; ó Ligo á Andresillo: «pica esa bomba, _motil_,» para que le
escanciara el vino de una botella en la copa que le presentaba; y así
por el estilo.
Hacia los postres, se habló un poco, casi en serio, de los propósitos
del capitán con respecto á la carrera de su hijo. Ya iba siendo éste
muy grandullón, y deseaba su padre que se matriculara en náutica
en pasando un año, para que hiciera á su lado todas las prácticas,
antes que él se cansara de navegar, ó le recogiera el mismo Dios la
patente, dándole sepultura en el «campón de las merluzas;» con lo que
á la pobre madre, cuya cruz más pesada era pensar incesantemente en
ese mismo riesgo mientras su marido andaba navegando, se le oprimió
el corazón. No podía resignarse, sin protesta, á que su hijo siguiera
la carrera azarosa de su padre.
Viendo Bitadura que por aquel lado se enturbiaba el horizonte, torció
el rumbo de la conversación; y con esto y con haberse acabado los
postres, y con aparecer en la mesa la ginebra y el marrasquino y los
avíos de hacer café, como se hacía allí, á taza de polvo por barba,
colado con agua hirviendo por manga de franela; y con retirarse
Andrea y su hijo con sus correspondientes raciones en una bandeja
«para no estorbar á nadie,» quedáronse los marinos mejor que querían.
Una hora después, Madruga bailaba el _Cucuyé_ con Ligo; y, un
poco más tarde, á instancias del anfitrión, su piloto, provisto
de un cuchillo y una servilleta retorcida, cantaba y representaba
el _Sama-la-culé_... (precisamente por representar esto tan á la
perfección, se le había puesto el mote que llevaba), haciéndole el
coro y ayudándole en la escena todos los demás...
Y en éstas y en otras tales, hasta la hora de irse á _correr un
largo_ á la Alameda de Becedo.
¡Y aquellos niños grandes eran los hombres que sabían conducir un
barco á todos los puertos del mundo, y con una plegaria ferviente
y una promesa á la Virgen, afrontar cien veces la muerte, con faz
serena y corazón impávido, en medio del furor de las tempestades!
¿Ha cantado jamás la poesía cosa más grande y más épica que aquellas
_pequeñeces_?
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
EL ARMADOR DE LA «MONTAÑESA»
Perfectamente, señor don Pedro; todo lo que usted me cuenta, todas
las noticias que me da, junto con los resultados obtenidos, prueba
de nuevo que la _Montañesa_ es una finquita más que regular; en lo
que no tiene poca parte la mano de su administrador, que la trae y
la lleva por esos mares de Dios con una suerte rara. Verdaderamente
tiene usted mano de ángel. Hasta los huracanes, una vez empujándole y
otras deteniéndole, parece que están á su servicio, á fin de que el
buque llegue á puerto en hora de sazón para el negocio de la casa...
Que siga unos cuantos años todavía alumbrándole tan buena estrella,
y... Á propósito de azares de la mar: ¿persiste usted en hacer marino
al único hijo que tiene?