--Entonces ¿por qué mil demonios te apuras tanto por él?

--Por eso, porque da asco verle... y su madre no tiene vergüenza...

Al llegar aquí Silda con la respuesta, una voz que de pronto se

dejó oir hacia el extremo del carrejo, como si tuviera la fuerza

material de una catapulta, la arrojó hasta lo más escondido de la

alcoba. La voz era vibrante, desgarrada, con matices aguardentosos,

entre provocativa y fiera, con unos alti-bajos y unos retintines que

estaban pidiendo camorra.

--¡Ahí va!--decía,--pa que se mude los piojos mañana, que es

domingo... ó pa rueños del carpancho, que en mi casa están de

sobra... ó pa gala del día que la caséis con un marqués de cadena de

oro... ¡caraspia!... Porque las Indias vos van á caer en la bodega

con esa inflanta que echemos ayer á la barredura con la escoba...

¡Puáa!... ¡Toma, pa ella y pa el magañoso que vos vino con la

princesa y con el cuentoooo!... ¡Indecenteeees!...

Cuando la voz se fué alejando hacia la calle, salió de su escondite

tía Sidora, con muchas precauciones, y halló en mitad del carrejo un

envoltorio blanco. Recogióle, le deshizo, y vió que era una camisa de

niña: sin duda la de Silda. Atreviéndose después á llegar al portal y

á sacar la cabeza fuera de la puerta, vió á Carpia que se alejaba por

el medio del arroyo, hacia abajo, los brazos en jarras, descalza de

pie y pierna, cerniendo el refajo, y con dos carpanchos vacíos sobre

la cabeza.

--Ya lo saben--dijo para sí.--Mejor que mejor: eso tenemos

adelantado. Les pica, y empiezan á morder. Pues que muerdan. Ellas se

cansarán. ¡Bribonazas! ¡Borrachonas! ¡Sinvergüenzas!

[Ilustración]

[Ilustración]

VI

UN CABILDO

Lo que entonces se llamaba Paredón de la calle Alta, existe

todavía con el mismo nombre, entre la primera casa de la acera del

Sur de esta calle, y la última de la misma acera de Rua-Mayor.

Solamente faltan el pretil que amparaba la plazoleta por el lado

del precipicio, y la ancha escalera de piedra que descendía por la

izquierda hasta Baja-mar[1], atracadero de las embarcaciones de

aquellos mareantes, hoy parte de un populoso barrio, con la estación

del ferrocarril en el centro. Allí, en el Paredón, celebraba sus

cabildos el de Arriba, al aire libre, si el tiempo lo permitía; y si

no, en la taberna del tío Sevilla, que era, como la _Zanguina_ para

el Cabildo de Abajo, su holgadero, su lonja, su banco, su fonda, su

tribuna y, más tarde ó más temprano, el pozo de sus economías.

[1] Actualmente es todo esto una espaciosa y elegante avenida,

á la que, por acuerdo unánime de la Corporación municipal, se

ha dado el nombre de _Rampa de Sotileza_; inmerecida honra,

tanto más agradecida, cuanto nunca fué soñada por las modestas

ambiciones del autor de este libro.--(_Nota de 1888._)

Ya se sabe, porque lo dijo tío Mechelín en su casa, que al día

siguiente habría Cabildo «motivao á socorros y otros particulares.»

Y le hubo, en efecto, concurridísimo. No faltaba un mareante con

voz y voto, al sonar en el reló del Hospital las nueve y media de

la mañana. El Sobano, Alcalde de mar, ó, si se prefiere, presidente

del Cabildo, dió el ejemplo, acudiendo de los primeros. Era hombre

de pocas palabras y mucha sentencia; y como había sido dos veces

regidor del Ayuntamiento de la ciudad, en representación de ambos

gremios de mareantes, aunque iba á la mar como cualquiera de ellos,

y no los aventajaba mucho en rentas ni en calzones, había adquirido

ese desparpajo ó aire de suficiencia que da, entre ignorantes

y pelones como él, el roce frecuente con personas de viso y de

pesetas; y más si estas personas están constituídas en autoridad;

y mucho más todavía si, como le ocurría al Sobano, había sido tan

autoridad como cada una de ellas y participado de sus honores y

magnificencias. Cierto que cuando los gremios le diputaron para tan

alta magistratura, ya habrían visto en él prendas de entendimiento y

de juicio, y modales que no abundaban entre la gente de mar. Pero,

¿y lo que había observado y aprendido aquel hombre, mientras ejerció

dos veces, á dos años cada una, el cargo de regidor? ¿Quién de los

mareantes santanderinos dejó de verle en la procesión del Corpus ó en

las de Semana Santa, ó en los bancos _curules_ de la catedral, con su

traje negro, de rigurosa etiqueta; con su medalla de concejal sobre

el pecho, y sus guantes blancos... de algodón, porque no hubo modo de

calzarle los de cabritilla en sus manazas encallecidas por el remo?

Pues ¿y cuando, durante la semana de su turno, presidía el teatro,

desde aquel palco con colgaduras de terciopelo y oro, arrellanado

en su sillón de seda, con sus policías de respeto detrás de la

cortina del antepalco, y era dueño de enviar á la cárcel al primer

caballerete que hiciera méritos para ello, y de complacer ó no á

aquella muchedumbre de gentes principales, volviendo ó no volviendo

cara abajo, sobre la barandilla del palco, el cartel de la función,

para que se repitiera ó no se repitiera alguna parte de ella muy

aplaudida por el público? ¿Qué mareante de Arriba no vió esto desde

la _cazuela_ alguna vez, ó no lo supo, siquiera, por relatos de los

dichosos que lo habían visto?

Pero quizá diga algún boquirrubio de los de hogaño, imberbe aspirante

á gobernador, si no á ministro, que ninguna de esas prerrogativas

es cosa del otro jueves. Cierto; y bien sé yo que, por ver, se han

visto, como dice _Mesio_, hasta sastres con reló; pero véngase acá

ese boquirrubio; acérquese al Cabildo que yo le resucito ahora en

el Paredón de la calle Alta; fíjese en aquel hombre atezado, áspero

de barba, rudo de greña, cargado de espaldas, torpe de movimientos,

abultado y velloso de manos, y no muy aventajado de calzones; que le

diga yo, apuntando al hombre aquél: «ese es el que ha hecho todas

esas cosas que á tí no te parecen del otro jueves;» y á ver si no hay

motivo sobrado para que se asombre, y para que las personas del mismo

pelaje del héroe, que le rodean, se juzguen diez codos por debajo de

él. Que es á donde íbamos á parar con el propósito, aunque el camino

haya sido algo más largo de lo conveniente á la impaciencia de los

lectores boquirrubios.

Se reunía el Cabildo de Arriba:

Porque de un momento á otro iba á sacarse una leva; y sacándose

una leva, había que socorrer con ciento cincuenta reales á cada

matriculado de los comprendidos en ella, por orden riguroso de

matrícula;

Porque el reparto de cuarenta reales por mareante cabeza de familia,

y de diez por cada viuda, que debió haberse hecho en la semana

anterior, á causa de no haber podido salir las lanchas á la mar en

cerca de quince días de temporales, no se hizo en ocasión oportuna ni

por completo;

Porque, de dos meses á aquella parte, había muchos descubiertos en el

tesoro del Cabildo, á consecuencia de no haber ingresado en él todas

las _soldadas_ que semanalmente habían de ingresar, á razón de una

por cada lancha de pesca ó de pasaje, pinaza, barquía, etc...;

Porque el boticario del gremio había advertido que no admitiría nuevo

_asalareo_, cuando terminara el vigente, si no se le daban cuarenta

duros más al año, ó se asalariaba el Cabildo con otro médico que

recetara menos;

Porque se acercaba el día de San Pedro, y urgía saber si, por la

vez primera, desde tiempo inmemorial, dejaba el Cabildo de pagar el

gasto de las fiestas, así religiosas como profanas: misa de tres, con

música y sermón, y entre otras menudencias de rúbrica, novillo de

cuerda y el tamborilero de la ciudad durante dos días y tres noches;

Porque había cinco enfermos socorridos por el Cabildo, que ni sanaban

ni se morían;

Y, por último, y sobre todo, porque el tesorero se declaraba incapaz

de acudir á tantas necesidades, si los que más gritaban por no cobrar

á punto los socorros no pagaban lo que debían al tesoro, ó no se

le autorizaba para meter mano á las reservas existentes para los

grandes apuros y necesidades del gremio.

Tales eran los principales puntos que iban á tratarse aquel día en

Cabildo. La junta, digámoslo así, compuesta de dos Alcaldes de mar

(primero y segundo), tesorero y recaudador, ocupaba el sitio más

visible, esparrancada en lo alto de la plazoleta, cerca del pretil en

cuyo lomo cabalgaban raqueros, ó apoyaban ligeramente sus posaderas

los congregados más viejos ó más perezosos. Los demás se extendían

en grupos por la explanada; grupos que se hacían ó se deshacían,

según que no hablara ó que hablara la presidencia, ó fuera menos

interesante ó más interesante lo que expusiera un orador de la masa.

Entre tanto se oía un rumor incesante de conversaciones á media voz,

y sobre este rumor el zumbido de Mocejón, que parecía un tábano

por lo tenaz y molesto. Todo cuanto allí se decía ó se acordaba,

provocaba sus gruñidos; y con su pipa rabona entre los dientes, los

brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza gacha y torcida, el gesto

de ira y de tedio, y puerco y sin afeitar, iba torpe y perezoso, de

acá para allá, respondiendo á todo sin hablar con nadie, y renegando

hasta del sol que caldeaba la escena.

Aunque no con la brusquedad salvaje de este hombre, abundaban allí

los recelosos y descontentadizos; y era muy curioso observar cómo

aprovechaban precisamente la ocasión en que debían ser explícitos y

dar la cara, para volverse de espaldas, ó, cuando menos, de costado,

y murmurar una excusa maliciosa, ó una barbaridad cualquiera, hacia

un colateral que no había desplegado sus labios.

Decía el Sobano, por ejemplo, que blanco.

--¡Yo digo que negro!--respondía, empinándose, un vejete.

--¿Por qué?--replicaba el Alcalde de mar.

--¡Porque sí!--decía el otro, virando de costado; y luégo, haciendo

un poco de barquín-barcón con la encorvada espalda, añadía,

encarándose con los de atrás:--¡Á mí con esas!... ¡Si cuando tú vas,

ya estoy yo de vuelta, probetuco... rasolís!

Otra vez era un mozo de piel lustrosa, pelo encrespado, corto de

labio y largo de dientes, que se había atrevido á apuntar un reparo,

con voz airada, desde lo más trasero del concurso.

--Y ¿qué hay con eso?--le preguntaba desde la paredilla alguien de la

junta.

--Pos... ¡lo dicho!--respondía el mozo, volviendo la cara á su

derecha.

--Y ¿qué es lo dicho?--le replicaban.

--Pa saberlo está usté ahí--reponía el del labio corto y los dientes

largos, acabando de dar la media vuelta hacia atrás:--pa eso, pa

saber lo que yo digo y hacer lo que nusotros quieramos; que pa eso

semos Cabildo.

Palabras que recogía con gusto un cincuentón desaliñado, diciendo,

con la cara vuelta al costado de babor:

--Pa largar sereña semos Cabildo nusotros; que pa comerse la ujana,

como si no juéramos naide.

--Ande va eso--exclamaba, un poco más allá, un mareante caído del

hombro derecho y guiñando un ojo al preopinante;--ande va eso, bien

lo sé yo... Angunos güen pellejo van echando de un tiempo acá...

Mejor que el mío, ¡zonchos!

Por donde se murmuraba tan recio, solía andar Mocejón.

--La barredera... ¡la barredera, hijos!--añadía por su parte, con

la cabezona gacha y el ojo de cerdo.--¡La barredera!... Aquí no se

gasta menos... á pie ensuto y cuerpo regalón; y tú, probe mareante,

arrevienta allá juera jalando del remo, ¡y vengan julliscas!...

Siempre largando lastre, y nunca mus sale la cuenta... ¿Cómo ha de

salir, ñules, si angunos hombres no tienen calo!

No era opinión muy corriente ésta del malévolo Mocejón en el

concurso, ni, en honor de la verdad, existían razones para que lo

fuera; pero, en cambio, abundaba, entre los que nunca habían podido

lograr la tesorería, la de que el tesorero no sabía serlo; que todos

los achaques del tesoro consistían en la falta de un hombre que

supiera administrarle como era debido, y que el Sobano, con todo su

saber, no alcanzaba á enderezar lo que torcían _otros_ en punto á

intereses del gremio.

Éstas eran las notas de color sombrío que salpicaban aquel cuadro tan

alegre y pintoresco, y la base del rumor incesante que se observaba

entre sus personajes. Porque el verdadero peso de la discusión le

llevaban, en nombre de la junta, el Sobano; y entre el concurso,

hombres de buena voluntad, como tío Mechelín y otros compañeros, que

aunque también trataban los puntos de medio lado, al fin los trataban

racionalmente. Por lo común, el Alcalde de mar era quien encauzaba

y dirigía los discursos, cortando extravíos ociosos y razones

impertinentes; llevaba los remates á donde debían y cuando debían

llevarse, y formulaba los acuerdos, á los cuales no se oponían, al

cabo, ni los más díscolos. Sin esta especie de dictadura, jamás

hubiera sido posible en aquel Cabildo, ni en el de Abajo, ni en

ningún concurso por el estilo, resolver cosa alguna.

Y se resolvió entonces, al cabo de hora y media de sesión al aire

libre, bastante respetada de curiosos y transeuntes, y, lo que es

más raro, de las hijas y mujeres de los congregados allí, hembras

capaces de todo menos de desacatar los preceptos tradicionales, que

eran leyes para el gremio; se resolvió, digo:

Primero. Que pagaran, á contar desde aquel día, soldada y media por

semana las embarcaciones deudoras, en este concepto, al tesoro del

Cabildo, hasta la extinción de las respectivas deudas.

Segundo. Que se advirtiera al boticario del gremio que no se le

darían los cuarenta duros de aumento que pedía para el nuevo

asalareo, ni se despediría al facultativo, ni se pondría coto á sus

recetas.

Tercero. Que cuando llegara el caso de marchar al servicio de

la Armada los matriculados comprendidos en la leva, cobraría

puntualmente cada uno los ciento cincuenta reales de socorro á que

tenían derecho.

Cuarto. Que en la taberna del tío Sevilla se pondrían de manifiesto,

acabado el Cabildo, las cuentas de tesorería, y que con el remanente

que arrojaran y á medida que fueran recaudándose los créditos, se

irían levantando todas las cargas pendientes, sin tocar al fondo de

reserva; pues si sagrada era la obligación que tenía el Cabildo de

dar socorros á los pescadores en épocas de temporal, no lo era menos

la de pagar los pescadores las soldadas semanales al tesoro del

Cabildo.

Quinto. Que se gastara la cantidad de costumbre en las fiestas de San

Pedro.

Y por último. Que los enfermos que ni sanaban ni se morían,

continuaran percibiendo el socorro que se les pasaba, hasta que Dios

dispusiera de ellos, según fuera su santísima voluntad.

Proclamados estos acuerdos á la luz del sol, y estampados en el

fondo azul de los cielos, bajo la fe de la palabra honrada de los

mareantes constituídos en Cabildo, libro que no admite raspaduras ni

malicias de redacción, y por eso nunca dieron que hacer sus cláusulas

á la Justicia, tosió el Sobano cuando ya el concurso comenzaba á

disgregarse, alzó el brazo derecho y la cabeza, y dijo así, sobre

poco más ó menos:

--¡Alto, señores!... que falta un punto por arreglar, y hay que

arreglarle antes de irnos de aquí.

La curiosidad movió á todas las gentes aquéllas, y poco á poco

fueron acercándose al Alcalde de mar, hasta encerrarle en compacto

círculo. Mocejón y el otro mareante, el mozo del labio corto y de los

dientes largos, se quedaron fuera de la línea, pero con mucho oído y

refunfuñando.

El Sobano comenzó á hablar entonces, con gran parsimonia y pulsando

mucho las palabras para que ofendieran menos, de cierto compromiso

adquirido siete meses antes por el Cabildo, pero fuera de junta, de

socorrer con una ayuda de costas á la familia que recogiera y tratara

como era debido _en josticia y caridá_ (esto lo recalcó mucho), á la

huérfana del llamado Mules, «perecido en las rompientes de San Pedro

del Mar, con todos sus compañeros, en la última costera del besugo.»

Tío Mocejón, barruntando que aquel asunto iba con él, recibió las

palabras del Sobano y las miradas codiciosas de la gente, como un

mastín el palo con que le hurgan los muchachos por debajo de la

puerta.

Añadió el Alcalde de mar que si el Cabildo no había cumplido lo que

ofreció por bocas de hombres de bien, era porque no se creía obligado

á ello, visto que de sobra estaban pagados el escaso alimento que

recibía la huérfana y el montón de guiñapos que se le daba por cama,

con el trabajo y los castigos bárbaros que se le imponían por la

familia que la había recogido.

--¡Uva!--exclamó una voz.

--¡Choba... ñules!--bramó la aguardentosa de Mocejón.--¡Que se haga

bueno eso!

--¡Se hará!--dijo con firmeza el Sobano,--y todo lo que sea de

menester. Pero más le valiera á anguno que me oye, aguantarse al remo

mientres pasa esta noruestá, que isar tanta vela.

--¡Uva!--volvió á exclamar la voz de Mechelín.

--Y ese que me prevoca--gruñó Mocejón,--¿isa vela, ú no la isa?

¿Sopla aquí el norueste pa toos por igual, ú sopla de otro modo?...

¡Ñules!... Y miá tú, chaquetín de la bodega, si quies decir algo,

lo dices claro y á la cara, y no escondío entre el porreto como los

pulpes... ¡ojo!

Hubo un poco de movimiento, como hervor de resaca, en el concurso,

al oir á Mocejón; cuyo descomedimiento animó al Sobano, curado de

escrúpulos ociosos, á contar en pocas palabras lo acontecido á Silda

en casa de la Sargüeta, hasta que fué recogida en la de Mechelín.

Se preguntó al Cabildo si consideraba bastante aquella casa para

refugio y amparo de la huérfana; y el Cabildo respondió que sí, entre

los gruñidos, _bandazos_ y manoteos del salvaje Mocejón, que no

cerraba boca ni paraba un punto, mientras el mozo del pelo crespo,

de labio corto y de los dientes largos, iba con los ojos airados de

Mocejón á los de adentro, y de los de adentro á Mocejón, sin saber á

quién arrimarse con su parecer.

Tío Mechelín tomó entonces la palabra, y dijo:

--Se hace saber que por el amparo de la desvalida no se quiere

sustipendio ni cosa anguna de naide; pero se pide al Cabildo mano

y autoridá para que se deje hacer por ella, á quien quiere hacerlo

de buena voluntá, lo que _otros_ no han querido ó no han podido

hacer. ¿Vale, ú no vale esto que se dice? ¿Se me entiende, ú no se me

entiende? ¿Hay seguranza, ú no hay seguranza de que la cosa se haga

como se pide?

--¡La hay!--respondieron muchas voces.

Y el Sobano añadió en seguida, con la proa puesta á Mocejón:

--El Cabildo ampara á esa muchacha... ¿Se oye bien lo que se dice?...

Pues no se dice más, porque no es de menester más para que angunos

entiendan lo que se quiere decir.

Mocejón, que no cesaba de rutar, protestando de todo y contra todo,

al ver que el concurso se deshacía, fué soltando voz según iban

creciendo los rumores de los que se dispersaban; y todavía cuando,

arrollado por ellos y estorbando á la mayor parte, estaba cerca de la

taberna del tío Sevilla, se le oía decir:

--¡Pos míate el otro... piojucos... chumpaoleas! ¡Ñules!... Se ha

de ver si sirve ser un cuentero, lambe-caras, como tú, pa disfamar

á naide que vale más que tú y la perra sarnosa que ha de volver

á parirte á tí y toa esa gatuperia que saca la cara por tí...

¡reñules!...

[Ilustración]

[Ilustración]

VII

LOS «MARINOS» DE ENTONCES

Aunque el lector de ultrapuertos quisiera permanecer un ratito en el

Paredón, después de terminado el Cabildo, para dar recreo á los ojos

contemplando el panorama que se descubre desde allí, describiendo con

la vista un arco desde el monte Cabarga hasta el llano de las Presas;

deteniéndola en el cercano fondeadero del _Pozo de los Mártires_,

verdadero bosque de arboladuras, ó en el más próximo aún del _Dueso_,

salpicado de lanchas y barquías del Cabildo, bien ajeno éste á creer

que su axioma tradicional de «_por mucho que apañes no fundarás en

el Dueso_,» había de ser desacreditado por el genio emprendedor

de las siguientes generaciones, plantando en el Dueso mismo la

estación del ferrocarril, emblema del espíritu revolucionario y

transformador de las modernas sociedades; haciendo, por curiosidad,

desde lo alto de la escalera, algunas preguntas (que no quedarán

sin sabrosa respuesta) á los _muchachos de lancha_, que canturrian

ó vocean debajo del Paredón, mientras _achican_ ó desatracan las

que están á su cuidado; ó dando un vistazo, desde el crucero del

alto de la cuesta del Hospital, á las dos filas de casas altas,

angostas, desvencijadas, adheridas unas á otras, para sostenerse

mejor, cargadas de balcones derrengados y de aleros podridos, y los

balcones, de redes y de trapajos, con _rabas_ de pulpo y artes de

pescar secándose en las paredes del fondo; y tripas de sardina y

piltrafas de bonito por los aires; y madres desgreñadas y sucias,

espulgando á sus hijos, medio desnudos, á la puerta de la calle;

que todo eso, y mucho más que no digo, porque se adivina, y porque

no cabe en la pulcritud del arte, era el barrio de los mareantes de

Arriba, y en la misma forma continuó siendo durante muchos años;

aunque en la contemplación de éste y del otro espectáculo quiera

detenerse, repito, el susodicho lector de ultrapuertos; y aunque se

pare un instante á la puerta de la taberna del tío Sevilla, atestada

de marineros que más se ocupan en tomar la mañana que en examinar

las cuentas del Cabildo, aún nos queda tiempo sobrado para llegar,

poco á poco, á la calle de San Francisco, por la cual discurrían

los elegantes de entonces, con sus tuinas de mezclilla verdosa,

prenda recién introducida en la indumentaria al uso, y penetrar,

con la debida licencia, en casa del capitán de la _Montañesa_, don

Pedro Colindres, más conocido entre la gente de mar por su mote de

_Bitadura_, en el instante de llegar con su señora y su hijo de la

misa de once de la Compañía.

Y quiero que sea éste el momento de nuestra presentación á él, para

que le vean con todas sus _empavesadas_ de señor los que hayan podido

verle á bordo, ó desembarcar al día siguiente, con su ropaje del

oficio, sin _arrastraderas_, macizo y basto.

No era este personaje de mucha talla: quizá no pasaba de la regular;

pero, en cambio, era doble, sobre todo de espaldas, de brazos y de

manos...

Perdone la impaciencia del lector; pero necesito tomar esta figura

desde más atrás, _ab ovo_ casi, para que resulte con todo el relieve

que debe tener en el momento de aparecer en el cuadro. Procuraré ser

breve; pero, aunque no lo consiga, no se apure, pues esta digresión,

además del fin inmediato que lleva, ha de ahorrarnos otras por el

estilo, despejándonos el terreno en que vamos á entrar; porque la

especie abunda en ejemplares, y _ab uno disce omnes_.

De cepa marinera por todos sus cuatro costados, apenas salió de

la escuela de don Valentín Pintado ingresó á estudiar náutica en

el Consulado[2] con don Fernando Montalvo; pero ya para entonces,

aunque sólo contaba trece años, fumaba valientemente de lo pasiego,

si no había tabaco más suave á sus alcances; nadaba de espaldas y se

sostenía derecho en el agua sin mover los brazos; se hacía el muerto,

y, en fin, echaba un _cole_ desde el paredón del Muelle-Anaos;

_daba torno_ á cualquiera de su parigual remando en un bote; había

capitaneado dos _guerras_, y en la bofetada limpia era una reputación

en la plaza de las Escuelas, en la Maruca, en el prado de Viñas y

en otros holgaderos por el estilo; le temían de lumbre muchísimos

zapateros de portal; tenía buenas amistades en el Paredón de la calle

Alta, y en la mesa de la _Zanguina_ llegó á dar las tres bolas y el

cangrejo á un cabo de la guarnición, que había sido pinche de billar

en su tierra, y, así y todo, le ganó la partida.

[2] Hasta el año de 1837, en que se inauguró el Instituto

Cántabro, se estudiaban esta asignatura y otras de la carrera

mercantil, en el _Consulado de Comercio_.

Pero todavía conservaba en el vestir y en el andar y en el decir,

el aire terrestre; todavía era vivaracho, desorejado de borceguíes,

gastaba cachucha, tiraba á rubio, decía _¡coila!_ cuando se enfadaba,

y comía mucho pan, pellizcando, sin sacarle, el zoquete que llevaba

siempre en el bolsillo.

En cuanto fué _náutico_, se asimiló poco á poco los aires y el estilo

de aquella raza especialísima de estudiantes que no parecían nacidos

de madre, como toda la descendencia de Adán, sino construídos de

roble en las gradas de un astillero. De ellos tomó la rudeza del

acento, el apóstrofe crudo, el mirar osado, la falta de respeto á

todo profesor que no fuera el suyo, el andar oscilante, con los

hombros levantados, el horror á los faldones, la chaqueta abrochada,

la gorra con galón dorado y visera de charol, muy pegada á la

frente... y hasta la tez empañada.

Sotileza · 第 5 / 27 段