hombre... desde lo alto de la escalera; porque, apenas callaron allí
las voces, aparecieron en el balcón, más venenosas y desvergonzadas,
contando las voceadoras con dar al fraile una corrida en pelo á todo
lo largo de la calle. Mirándola con espanto se quedó el infeliz, al
oirlas de nuevo por allí, con los pies clavados en el portal y un
latín cuajado en la entreabierta boca. ¡Salir entonces! ¡Quién se lo
mandara!
Pero no hubiera salido de ningún modo, porque para que no saliera sin
hablar con ellos, se le habían puesto delante tía Sidora y su marido;
los cuales, haciéndole señas para que callara, le cogieron cada uno
por un embozo del manteo y le condujeron á la bodega, cuya puerta
cerraron después de entrar.
Tenía esta habitación una salita con alcoba, á la parte del Sur,
con una ventana enrejada que las llenaba de luz, y aun sobraba algo
de ella para alumbrar un poco una segunda alcoba, separada de la
primera por un tabique con un ventanillo en lo alto, y entrada por
el carrejo que conducía á la sala desde la puerta del portal. Cuando
esta puerta se abría, se notaban ciertas señales de claridad en la
cocina y dos mezquinas accesorias que caían debajo de la escalera.
Cerrada la puerta, todo era negro allí, y no tenía otro remedio
tía Sidora que encender el candil, aunque fuera al mediodía. Las
puertas de las alcobas tenían cortinas de percal rameado; las paredes
estaban bastante bien blanqueadas, y en las de la sala había tres
estampas: una de la Virgen del Carmen, otra de San Pedro, apóstol,
y otra del Arcángel San Miguel, con sus marcos enchapados de caoba.
Debajo de la Virgen del Carmen había una cómoda con su espejillo de
tocador encima, algo resobado todo ello y marchito de barniz; pero
muy aseado, como las cuatro sillas de perilla y los dos escabeles de
pino, y el cofre de cuero peludo con barrotes de madera claveteada,
y hasta el cesto de los aparejos, que estaba encima de uno de los
escabeles, y el suelo de baldosas que sostenía todos estos muebles y
cachivaches. La cama, que se veía por entre las cortinas recogidas
sobre sendos clavos romanos, algo magullados ya y contrahechos,
llenando dos tercios muy cumplidos de la alcoba, no estaba mal de
mullida, á juzgar por lo mucho que abultaba lo que cubría una colcha
de percal, llena de troncos entretejidos de gallos encarnados y
azules, y de otros volátiles pintorescos. El tufillo que se respiraba
allí, algo transcendía á dejo de pescado azul y humo reconcentrado;
pero, así y todo, una tacita de plata llena de pomada de rosas
parecía aquella bodega, comparada con todas y cada una de las
viviendas de la escalera.
Y vamos al caso. Fray Apolinar fué conducido, del modo susodicho,
hasta la salita. Allí se dejó caer en una silla que le preparó muy
solícito tío Mechelín; y después de quitarse el sombrero, que puso
sobre otra silla, y de pasarse por la cara un arrugado pañuelo de
yerbas, continuó así sus interrumpidas lamentaciones:
--¡Carne... carne mísera, frágil y pecadora! ¡Buff!... ¡Qué
sinvergüenzas!... ¡Ni consideración al hombre de bien, ni respeto
al sacerdote... ni temor de Dios! ¡Y seguirá el improperio, á la
luz del día! ¡Lenguas de serpiente! Á bien que yo nada debo y con
nada pago. ¡Magañoso!... Corriente: el hombre más honrado puede
serlo como yo lo soy... y como lo es ella, cuerno; que bien magañosa
es... ¡Farfallón!... porque ofrezco, en nombre de otro, lo que
otro se resiste á dar... porque no debe darlo... ¿Es merecido el
epíteto?... Pues dígote ¡pegotón! ¡Pegotón! ¿Por qué? ¿De quién?
Cierto que nadie lo creerá del padre Apolinar... Pero los que no le
conozcan... ¡Y en qué ocasión! Mira, hombre... ¡y Dios me confunda
si lo hago por bambolla!... (Y se levantó la sotana hasta más arriba
de las rodillas, dejando ver que sólo cubría sus largas piernas
con unos calzoncillos de algodón y unas medias negras y recosidas,
de estambre.) Y perdona el modo de señalar, Sidora; pero una hora
hace tenía yo pantalones, aunque malos... ¡Mira si he prosperado de
entonces acá!... ¡Si seré pegotón!... ¡Carne, carne concupiscente
y corrompida!... Pero, en fin, más pasó Cristo por nosotros, con
ser quien era... ¡Desvergonzadas!... _Et dimite nobis, Domine,
debita nostra, sicut nos dimitimus debitoribus nostris..._ Porque
yo os perdono con todo mi corazón; y si otra me queda, que con ella
reviente... ¡Picaronazas!... ¿Sigue el infierno vomitando escorias
todavía, Miguel?... ¿Oyes sus voces protervas en el balcón, Sidora,
tú que tienes buen oído?
--Y á usté ¿qué le importa que griten ó que se callen?--respondió
la marinera, queriendo echar á broma aquel paso, que transcendía á
prólogo de tragedia.--Hágales la cruz como al demonio, y témplese
los niervos; que cuanto más solimán echen ahora, menos tendrán en el
cuerpo para la otra vez.
--¡Uva!--añadió tío Mechelín, que no quitaba ojo al exclaustrado,
ni perdía una palabra de las pocas, pero buenas, que llegaban á sus
oídos desde el balcón del quinto piso, no obstante estar cerrada la
puerta de la bodega.--¡Esa es la fija: proba á la cellisca, y vira
por avante!
--Es que, si declaro mi verdad, ni en este puerto cerrado me creo
seguro contra esos huracanes... ¡Si huelen que estoy aquí!...
¡Cuerno!... Y no es que tiemble mi carne flaca, sino que temo más á
una mala lengua que á un bote de metralla.
--Si agüelen que está usté aquí, pae Polinar--repuso en voz solemne
tío Mechelín, preparándose como para decir una gran cosa;--si agüelen
que está usté aquí... será como si no lo agolieran; porque á mi casa
no atraca naide cuando yo hago una raya en la puerta.
--¡Bah!...--añadió tía Sidora con muchísimo retintín.--¿No hay más
que querer asomar el bocico en casa de naide, pa salirse con la
suya?... Échese, échese á la espalda, pae Polinar, esos cuidaos, y
díganos, con dos pares de rejones que las entren de pecho á espalda,
¿qué mil demonios ha tenido con ellas? ¿Qué mala ventisca le llevó
hoy, santo de Dios, á caer entre las uñas de esas gentes?
--¡Uva, uva!... Eso es lo que hay que saber.
--Pues, hijos de mi alma--dijo el exclaustrado después de enjugar
blandamente los sanguinolentos bordes de sus párpados con un retal de
lienzo fino que traía guardado para esos lances,--con dos palabras os
mataré la curiosidad... Que se presenta en mi casa la niña...
--¿Qué niña?
--La del difunto Mules.
--¿Silda?
--Así creo que se llama.
--¿Cuándo se presentó?
--No creo que hace una hora todavía.
--¿De ónde venía?... ¿Ónde está?
--Cállate esa boca, hombre; que todo irá saliendo cuando deba
salir... Y dempués, pae Polinar, ¿qué resultó?
--Digo que se me presenta la niña, ó, para que el demonio no se ría
de la mentira, me la presentan, y se me dice: «Padre Apolinar, que
anoche la golpearon y la maltrataron en su casa, y se escapó de
ella, y durmió en una barquía; y que ya no tiene más casa que la
calle, con el cielo por tejado... y que á ver cómo arregla usted este
negocio...» Porque ya sabéis, hijos míos, que al padre Apolinar se le
encomienda, en los dos Cabildos, el arreglo de todas las cosas que
no tienen compostura... Esa es mi suerte. No es cosa mayor; pero las
hay peores... y, sobre todo, á mí no me toca escoger... Que el padre
Apolinar oye esto, y que, en bien de la niña desamparada, piensa
acudir á casa de Mocejón, para oir... para saber... para implorar, si
convenía... Y que vengo, y que llamo, y que me mandan entrar, y que
entro... y que en lugar de oirme, me injurian y vilipendian, porque
intercedí para que recogieran á la muchacha, y el Cabildo no les ha
dado lo que les ofreció por otras bocas y por la mía; y que me lo
habré comido yo, y que me harán y que me desharán... Y ¡cuerno! que
tuve que salir ahumando, porque no me devoraran aquellas furias... Y
ya sabéis del caso tanto como yo.
Tía Sidora y su marido cambiaron entre sí una mirada de inteligencia;
y no bien acabó el padre Apolinar su relato, díjole aquélla:
--¿De modo que, á la hora presente, Silda está sin amparo?
--Como no sea el de Dios...--respondió el fraile.
--Ese á naide falta--replicó la marinera;--pero ayúdate y te
ayudaré... Y ¿qué es de ella, la enfeliz?
--No te lo puedo decir. De mi casa salió... para ir á ver entrar la
_Montañesa_, con el hijo del capitán... ¡Mira si la acongoja bien lo
que le pasa! ¡Recuerno con la cría!
--Cosas de inocentes, pae Polinar. Dios lo hace. Y usté, ¿qué rumbo
piensa tomar?
--El de mi casa en cuanto salga de aquí.
--Digo yo respetive á la muchacha.
--Pues respetive á la muchacha digo yo también. Después, daré cuenta
de todo al Alcalde de mar de este Cabildo, para que sepa lo que
ocurre; y allá se descuernen ellos... Yo, _lavo inter inocentes manus
meas_.
--Y si en tanto le saliera á la probe desampará un buen
refugio--preguntó tía Sidora, mientras su marido confirmaba las
palabras con expresivos gestos y ademanes,--¿por qué no le había de
aprovechar?
--¡Uva!--concluyó tío Mechelín acentuando la interjección con un
puñetazo al aire.
--¡Un buen refugio!--exclamó el fraile.--¿Qué más quisiera ella! ¿qué
más quisiera yo! Pero ¿dónde está él, Sidora de mis pecados?
--Aquí--respondió con vehemencia cordialísima la marinera, sacando
más pecho y más barriga que nunca.--En esta misma casa.
--¡Uva!--añadió tío Mechelín.--En esta misma casa.
--¡Aquí!--exclamó asombrado fray Apolinar.--Pero ¿estáis dejados de
la mano de Dios! ¡Tenéis la paz y buscáis la guerra!
--¿Por qué la guerra?
--¿Sabéis que es una cabra cerril esa chiquilla?
--Porque no ha tenido buenos pastores: ahora los tendría.
--¿Y _las_ del quinto piso?... ¿Pensáis que os darán hora de sosiego?
--Ya nos entenderemos con esas gentes: por buenas, si va por las
buenas; y si va por malas... hasta para la mar hay conjuros, bien lo
sabe usté.
--Pues, hijos--exclamó fray Apolinar, levantándose de la silla y
calándose el sombrero de teja,--con tan buena voluntad, no ha de
faltaros el auxilio de Dios. Mi deber era poneros en los casos; y ya
que os puse y no os espantan, digo que me alegro por el bien de esa
inocente; y como no digo más que lo que siento, ahora mismo me largo
en busca de su rastro, sin más miedo á los demonios del balcón que á
los mosquitos del aire... Bofetones, afrentas y cruz sufrió Cristo
por nosotros... Ánimo, y á sufrir algo por Él.
Y salió, acompañado del honradote matrimonio. Al pasar por delante
de la alcoba del carrejo, tía Sidora, alzando las cortinillas de la
puerta, dijo, deteniendo al fraile:
--Mire y perdone, pae Polinar. Aquí pensamos ponerla. Se llevarán
estas ropas de agua y todos estos trastos de la mar, que ocupan mucho
y no agüelen bien, al rincón de ajunto la cocina; se arreglará,
como es debido, la cama, que ahora no tiene más que el jergón; y
hasta el dormir la oiremos nosotros desde la otra alcoba. ¡Verá qué
guapamente va á estar!... Como hubiera estado el lichón de mi sobrino
si fuera merecedor de ello.
--¿Qué sobrino?--preguntó el fraile andando hacia la puerta del
portal.
--El hijo de la Chumacera, de _allá abajo_.
--¡Ah, vamos... Muergo!... ¡Buen pez! Si va de la que va, te digo
que hará buena á su madre. Carne, carne también, mordida del gusano
corruptor... ¡Buen pez!... ¡bueno, bueno, bueno! Con que hasta luégo:
vaya, adiós, Miguel; ea, adiós, Sidora.
Los cuales le oyeron claramente murmurar estas palabras, en cuanto
puso los pies en el portal:
--_¡Domine, exaudi orationem meam!_
Porque sin duda iba pidiendo al Altísimo que le librara de las
injurias que las del quinto piso quisieran lanzarle desde el balcón.
Si hace la salida un minuto antes, el haber pasado, como pasó, desde
aquel punto de la calle hasta la esquina de la cuesta del Hospital,
sin oir una injuria, hubiera sido un verdadero milagro; pues aún
estaban entonces, de codos sobre la barandilla, echando pestes por la
boca, la Sargüeta y su hija Carpia.
[Ilustración]
[Ilustración]
V
CÓMO Y POR QUÉ FUÉ RECOGIDA
No se le olvidaban á Andrés, con las glorias, las memorias. Había
prometido á Silda ver al padre Apolinar al volver de San Martín; y
para cumplir su promesa, dejó el camino derecho que llevaba, un poco
después del mediodía, por detrás del Muelle, y se dirigió á la calle
de la Mar, atravesando una galería de los Mercados de la Plaza Nueva.
Sentada en el primer peldaño de la escalera del padre Apolinar, halló
á Silda, muy entretenida en atarse al extremo de su trenza de pelo
rubio, un galón de seda de color de rosa. Tan corta era la trenza
todavía, que después de pasada por encima del hombro izquierdo,
apenas le sobraba lo necesario para que los ojos alcanzaran á
presidir las operaciones de las manos; así es que éstas, y la trenza
y el galón y la barbilla, contraída para no estorbar la visual de
los ojos entornados, formaban un revoltijo tan confuso, que Andrés
no supo, de pronto, de qué se trataba allí.
--¿Qué haces?--preguntó á Silda en cuanto reparó en ella.
--Ponerme esta cinta en el pelo,--respondió la niña, mostrándosela
extendida.
--¿Quién te la dió?
--La compremos con el cuarto que le echastes á Muergo. Él quería
pitos, y Sula caramelos; pero yo quise esta cinta que había en una
tienduca de pasiegas, y la compré. Después me vine á esperarte aquí,
para saber _eso_.
--¿Está en casa pae Polinar?
--No me he cansado en preguntarlo,--respondió Silda con la mayor
frescura.
--¡Vaya, contra!--dijo Andrés, puesto en jarras delante de la niña,
dando una patadita en el suelo y meneando el cuerpo á uno y otro
lado.--Pues ¿á quién le importa saberlo más que á tí?
--¿No quedemos en que subirías tú, y yo te esperaría en el portal?
Pus ya te estoy esperando; con que sube cuanto antes.
Andrés comenzó á subir de dos en dos los escalones. Cuando ya iba
cerca del primer descanso, le llamó Silda y le dijo:
--Si pae Polinar quiere que vuelva á casa de la Sargüeta, dile que
primero me tiro á la mar.
--¡Recontra!--gritó desde arriba Andrés.--¿Por qué no se lo dijiste á
él cuando estuvimos en su casa antes?
--Porque no me acordé,--respondió Silda de mala gana, entretenida de
nuevo en la tarea de poner el lazo de color de rosa en su trenza de
pelo rubio.
No habría transcurrido medio cuarto de hora, cuando ya estaba Andrés
de vuelta en el portal.
--Estuvo en casa de tío Mocejón--dijo á Silda, jadeando todavía,--y
de por poco no le matan las mujeres.
--¿Lo ves!--exclamó Silda, mirándole con firmeza.--¡Si son muy
malas!... ¡pero muy malas!
--Te van á llevar á una buena casa,--continuó Andrés en tono muy
ponderativo.
--¿Á cuál?--preguntó Silda.
--Á la de unos tíos de Muergo.
--¿Cómo se llaman?
--Tío Mechelín y tía Sidora.
--¿Los de la bodega?
--Creo que sí.
--Y ¿esos son tíos de Muergo?
--Por lo visto.
--Buenas personas son... pero ¡están tan cerca de _los otros_!
--Dice pae Polinar que no hay cuidado por eso.
--Y ¿cuándo voy?
--Ahora mismo bajará él para llevarte. Yo me marcho á casa á esperar
á mi padre que desembarcará luégo, si no ha desembarcado ya...
¡Contra, qué bien entraba la _Montañesa_!... ¡Lo que te perdistes!...
¡Más de mil personas había mirándola desde San Martín!... Adiós,
Silda: ya te veré.
--Adiós,--respondió secamente la niña, mientras Andrés salía del
portal y tomaba la calle á todo correr.
Bajó pronto fray Apolinar; pero antes de que Silda le viera, ya le
había oído murmujear, entre golpe y golpe de sus anchos pies sobre
los escalones.
--¡Cuerno del hinojo con la chiquilla!--decía al bajar el último
tramo de la escalera.--¡Muy tumbada á la bartola, como si no la
importara un pito lo que á mí me está haciendo sudar sangre!... Corra
usté medio pueblo en busca de ella para que se averigüe que no ha ido
á San Martín, sino que la han visto en la Puntida con dos raqueros...
vuélvase usté á casa, y fáltele el apetito para comer la triste
puchera de cada día, y díganle á lo mejor que lo que busca y no
halla, y por no hallarlo se apura, lo tiene en el portal, rato hace,
sin penas ni cuidados... ¡Cuerno con el moco éste!... ¿Por qué no has
subido, chafandina?
--Porque esperaba á Andrés, que era quien había de subir.
--¡Había de subir!... Y ¿quién es la que está á la intemperie de Dios
y necesitada de un mendrugo de pan y de una familia honrada que se
le dé con un poco de amor? ¿No eres tú?... Y siéndolo, ¿á quién le
importa más que á tí subir á mi casa y preguntarme: pae Polinar, qué
hay de eso?... ¡Moco, más que moco!... Vamos, deja ese moño de cuerno
y vente conmigo.
Mientras caminaban los dos hacia la calle Alta, pae Polinar iba
poniendo en los casos á la chiquilla. Entre otras cosas, la dijo:
--Y ahora que has encontrado lo que no mereces, poca bribia y mucha
humildad... Se acabó la Maruca, y se acabó el Muelle-Anaos... porque
si das motivo para que te echen de esa casa, pae Polinar no ha de
cansarse en buscarte otra. ¿Lo entiendes? Tu padre, bueno era; tu
madre no era peor: conmigo se confesaban. Pues tan buenas ó mejores
que ellos son las personas que te van á recoger... De modo que si
sales mala, será porque tú quieres serlo, ó lo tengas en el cuajo...
Pero conmigo no cuentes para enderezar lo que se tuerza por tus
maldades... ¡cuerno! que harto crucificado me veo por ser tan á
menudo redentor... Porque ¡mira que lo de esta mañana!... Y escucha
á propósito de eso: iremos por Rua-Menor á la cuesta del Hospital.
En cuanto lleguemos al alto de ella, te asomas tú á la esquina con
mucho cuidado, y miras, sin que te vean, á la casa de la Sargüeta. Si
hay alguno asomado al balcón, te echas atrás y me lo dices; si no hay
nadie, pasas de una carreruca á la otra acera; yo te sigo, y pegados
los dos á las casas, y á buen andar, nos metemos en la de Mechelín,
que nos estará esperando... ¿Entiendes bien?... Pues pica ahora.
No sospechaba Silda que se quisieran tomar tantas precauciones
por lo que al mismo fray Apolinar interesaban, pues no tenía otra
noticia que la muy lacónica que le había dado Andrés de lo que le
había ocurrido en casa de Mocejón; pero como á ella le importaba
mucho pasar sin ser vista, cuando llegó el momento oportuno cumplió
el encargo del fraile con una escrupulosidad sólo comparable al
terror que la infundían las mujeres del quinto piso; y no hallándose
éstas en el balcón ni en todo lo que alcanzaba á verse de la calle,
atravesáronla como dos exhalaciones el exclaustrado y la niña, y se
colaron en la bodega de tío Mechelín, cuya mujer _barciaba_ la olla
en aquel instante para comer, creyendo, pues era ya muy corrida la
una de la tarde, que Silda no parecería tan pronto como había creído
el padre Apolinar.
No podía llegar la huéspeda más á tiempo. Recorrió serenamente con
la vista cuanto en la casa había al alcance de ella, y se sentó
impávida en el escabel que le ofreció con cariño tía Sidora, delante
del otro sobre el cual humeaba el potaje dentro de una fuente honda,
muy arranciada de color, y algo cuarteada y deslucida de barniz, por
obra de los años y del uso no interrumpido un solo día. Tío Mechelín,
por su parte, y mientras le bailaban los ojos de alegría, ofreció
á Silda un buen zoquete de pan y una cuchara de estaño, porque en
aquella casa cada cual comía con su cuchara; la oferta fué aceptada
como la cosa más natural y corriente, y se dió comienzo á la comida,
sin que se notara en la muchachuela la menor señal de extrañeza ni de
cortedad; aprovechaba rigurosamente el turno que le correspondía para
meter en la fuente su cuchara, y oía, sin responder más que con una
fría mirada, las palabras cariñosas de aliento que tía Sidora ó su
marido la dirigían.
Fray Apolinar creyó muy oportuna la ocasión para repetir á Silda lo
que le había dicho por el camino, y aun para añadir algunos consejos
más, y comenzó á ponerlo por obra; pero tía Sidora le cortó el
discurso, diciéndole:
--Todo eso y otro tanto hará ella, sin que se lo manden, por la
cuenta que la tiene. ¿No verdá, hija mía? Ahora come con sosiego;
llena esa barriguca, que bien vacía debes de tenerla; duerme en buena
cama, y dispués ya habrá tiempo para todo: tiempo pa trabajar y
tiempo pa divertirte como Dios manda.
--¡Uva!--exclamó tío Mechelín.--Al cuerpo no hay que pedirle más rema
que la que puede dar de por sí... Y usté, pae Polinar, que tiene
buen pico y mano en todas partes, bueno sería que diera cuenta, á
quien debe tomarla, de los mases y los menos que ha habido en este
particular.
--¡Vaya si estoy yo en eso, por la responsabilidad que me
alcanza!--respondió el fraile.--¡Si me mamaré yo el dedo!
--¡Uva!... Hoy es sábado... Mañana habrá Cabildo motivao á socorros y
otros particulares.
--Mejor entonces--dijo el padre Apolinar:--yo pensaba ver solamente
al Sobano cuando volviera de la mar esta tarde; pero ya que tú me
haces ese recuerdo, me acercaré mañana por acá, y haré que el caso
sea tratado en Cabildo.
--¡Uva!... Pero ná de sustipendio ni de socorro pa el caso; aquí no
se quiere más que autoridá y mano contra todo mal enemigo de lo que
se hace con buen corazón...
--Entendido, Miguel, entendido... ¡Recuerno! ¡pues no me va á mí
poca parte en ello! Cuando á tí te desuellen por lo que haces,
buena me pondrían á mí la pelleja... ¿Tantas horas hace que lo has
visto?... ¿eh?... ¿Lo olvidastes ya? Pues á mí todavía me tiemblan
las carnes y me zumban los oídos. ¡Lenguas, lenguas de sierpe y almas
de perdición!
--Vaya--dijo medio en broma tía Sidora,--que tiene usté menos correa
de lo que yo creía, pae Polinar. ¿Quién se acuerda ya de eso, si no
es para hacerlo la cruz y pensar en otra cosa?
--Cierto, Sidora, cierto--respondió apresuradamente el fraile,--que
ni por lo que son ellas ni por lo que yo soy, debiera haber vuelto á
tomarlas en boca. Pero somos barro frágil, carne mísera; y se cae,
se cae cien veces cada hora. Mi ejemplo debiera ser de fortaleza, y
lo es de... de chanfaina, Sidora, de chanfaina; porque no valemos
un cuerno... _¡Domine, ne recordaris pecata mea!_ Y con esto, si no
mandáis otra cosa, me vuelvo á mis quehaceres... Silda, lo dicho,
dicho: has caído de pie; te ha tocado la lotería. Si lo arrojas por
la ventana, no merecerás perdón de Dios, ni cuentes conmigo, por mal
que te vaya... Con que Miguel; con que Sidora, á la paz de Dios...
Creo que se podrá salir... digo yo, sin avería gruesa, ¿eh?... ¿Os
parece á vosotros?
Tía Sidora se levantó, sonriéndose maliciosamente; salió, llegó á la
misma puerta de la calle, miró y escuchó desde allí, y volvió á la
salita diciendo al padre Apolinar:
--No se ve un alma ni se oye un mosquito.
--No tomes tan á pechos mi pregunta, mujer--dijo el fraile algo
pesaroso de haberla hecho,--porque ya sabes que cuando llega el caso,
fray Apolinar tiene piel de hierro para las injurias; pero, de todos
modos, se te agradece la precaución, y Dios te lo pague.
Tornó á despedirse, y se marchó.
Momentos después preguntaba tía Sidora á Silda:
--Y de equipaje, ¿cómo estás, hijuca? ¿No tienes más que lo puesto?
--Y otra camisa limpia que se quedó _allá_,--respondió Silda.
--Pues no hay que pensar en sacarla, aunque juera de rasolís. Pero ya
parecerá otra, ¿no verdá, Miguel?
--Y lo que de menester juere--respondió tío Mechelín,--que para
cuando llegan los casos son los agorros.
De pronto dijo Silda:
--El que no tiene hilo de camisa es Muergo.
--Buena la tendría si la mereciera,--respondió tía Sidora.
--Esta mañana--añadió Silda,--tampoco tenía calzones, y pae Polinar
le dió los suyos.
--¡Bien de sobra los tenía!--dijo la marinera con enojo visible hacia
su sobrino.
Á lo que replicó en seguida la chica:
--Le dió los que llevaba puestos; y yo creo que no le quedaron otros.
Tía Sidora y su marido se miraron recordando haber visto al fraile en
calzoncillos.
--Y bien, ¿y qué?--preguntó á la niña tía Sidora.
--Que más falta le hace á Muergo la camisa que á mí.
Volvieron á mirarse Mechelín y su mujer, y preguntó aquél á la niña:
--¿Y cuando te laven esa, que buena falta le hace ya?...
--Me estaré en la cama hasta que seque,--respondió Silda,
encogiéndose de hombros.
--Pero ¿de qué conoces tú á ese lichón de Muergo?--preguntó la
marinera.
--De _allá abajo_.
--Y ¿por qué me cuentas á mí que anda sin camisa y sin calzones?
--Porque me dijo Andrés que era sobrino de usté.
--¿Quién es Andrés?
--Un c...tintas, hijo del capitán de la _Montañesa_.
--¿Le conoces tú?
--Él me llevó á casa de pae Polinar cuando yo estaba sola en el
Muelle-Anaos esta mañana.
--¿Para qué te llevó?
--Para que hiciera por mí lo que ha hecho. Es bueno ese c...tintas de
Andrés.
--¿Conoce él á Muergo?
--Mucho le conoce.
--¿Y por qué no le da la camisa, ya que es rico?
--Le tiene enquina porque me tiró á mí á la Maruca de un tronchazo.
--¿Quién te tiró?
--Muergo.
--Y ¿cómo salistes?
--Me sacó Muergo, porque se lo mandaron Sula y otro que se llama Cole.
--De modo que si no se lo mandan esos, ¿te ahogas?
--Puede que sí.
--¿Y con too y con eso pides camisa para él? ¡Un rejón que le parta!
--¡Da asco verle, de cómo anda! Pero si le dan aquí camisa, que no la
lleve si no se corta las greñas y se lava las patas. Es muy lichón,
¡muy lichón!... ¡y muy burro!... ¡y muy malo!