Entre tanto, tenía que andar en un pie á todo lo que se le mandara,

si quería comer eso poco y malo con sosiego; y lo que se le mandaba

era demasiado, ciertamente, para una niña como ella. Por de pronto,

ayudar á las mujeres de casa, dentro ó alrededor de ella, en el

_aparejo de la barquía_, es decir, componer las redes, secarlas,

hacer otro tanto con las velas y con _las artes_ de pescar, etc.,

etc... Cuando toda la familia, hombres y mujeres, iban á la pesca

de bahía, especialmente á la boga (pescado que entonces abundaba

muchísimo, y que desapareció por completo años después, debido,

según dice la gente de mar, á la escollera de Maliaño, porque

precisamente el espacio que ella encierra era donde las bogas

tenían su pasto), á la pesca de bahía tenía que ir Silda también,

y á trabajar allí, aunque niña, tanto ó más que las mujeres, ó que

Carpia, pues la Sargüeta rara vez iba ya á la bahía con su marido;

á ella se encomendaba preferentemente la engorrosa tarea de sacar

la _ujana_, hundiendo en la basa las dos manos, con los dedos

extendidos, como las _layas_ de los labradores, y virar luégo la

_tajada_, y deshacerla en pedacitos para dar con las _gusanas_, que

iba echando en una cazuela vieja, ó en una cacerolilla de hoja de

lata, con arena en el fondo. Otras veces se la veía con un cestito

al brazo, picoteando el suelo con un cuchillo, á bajamar, para dar

con las escondidas _amayuelas_; ó en las playas de arena, sacando

muergos con un ganchito de alambre. Pero, al cabo, estas tareas y

otras semejantes, aunque penosas, sobre todo en invierno, le daban

cierta libertad, y á menudo pasaba ratos muy entretenidos con niñas

y muchachos de su edad, que también andaban al muergo y á la amayuela

y á la gusana y al chicote. Esto fué siempre lo preferible para ella:

coger la esportilla y largarse á la Dársena, al _arqueo_ del chicote,

de la chapita y del clavo de cobre. Allí conoció á Muergo, y á Sula

y á otros muchos raqueros de la calle de la Mar, y, sobre todo, al

famoso _Cafetera_ (cuya biografía en libros anda años hace), que,

aunque de la calle Alta, no asomaba por ella jamás, y á Pipa y á

Michero, y á más de una chicuela que andaban con ellos á todo lo que

salía. Siguiendo á esta tropa menuda, se aficionó al Muelle-Anaos y á

la vida independiente y divertida que hacía en aquel terreno famoso,

en que cada cual campaba por sus respetos, como si estuviera á cien

leguas de la población y de todo país civilizado. Insensiblemente fué

retardando la hora de volver á casa, y volvía casi siempre con la

espuerta vacía. En ocasiones no volvió hasta por la noche; y como lo

mismo la sacudían el polvo por faltar una hora que por faltar todo el

día, optó serenamente por lo último; y al Muelle-Anaos acudía casi

diariamente aunque la mandaran á la Peña del Cuervo, y con los del

Muelle-Anaos aprendió á la Maruca. Así la conoció Andrés.

Es de advertir que Silda, aunque asistía á todas las empresas y á

todos los juegos de la pillería del Muelle-Anaos, rara vez tomaba

parte en ellos más que con la atención; no por virtud seguramente,

sino porque era de ese barro: una naturaleza fría y muy metida en

sí. Sabía dónde se _ufaba_ el cobre y el cacao y el azúcar, y de qué

manera, y dónde se vendía impunemente, y á qué precio; sabía dónde se

gastaban los cuartos, así adquiridos, en tazas de café con copa, y

lo que se daba por un ochavo, y por un cuarto, y por dos cuartos, y

hasta por un real; sabía cómo se jugaba al cané... y sabía muchísimas

cosas más que se enseñaban en aquella escuela de cuantos vicios

pueden arraigar en criaturas vírgenes de toda educación física y

moral; pero jamás en su espuerta entró cosa que no pudiera cogerse

á vista de todo el mundo; ni vendió en el barracón del tío Oliveros

un triste clavo ni una hebra de cáñamo; ni tomó en sus manos un

naipe para el cané, ni una piedra en las _guerras_ de Baja-mar entre

raqueros y terrestres, ó entre raqueros de la calle Alta y raqueros

de la calle de la Mar. Satisfacíase con asistir á todo y enterarse de

todo cuanto hacían los pilletes, impávida é insensible, por carácter,

como se ha dicho ya, no por virtud.

Andrés tampoco tomaba parte en las empresas _raqueriles_ de

los muchachos del Muelle-Anaos; pero sí en sus pedreas, en sus

zambullidas, en sus juegos de agilidad, en sus intentos, casi

siempre logrados, de atrapar un perro y arrojarle al agua con un

canto al pescuezo. Sus diversiones de preferencia allí eran remar

con Cuco en su bote, y pescar con un aparejillo que tenía, desde

las escaleras del Paredón. Esto le gustaba mucho también á Silda;

y en cuanto Andrés calaba la sereña, ya estaba ella á su lado, muy

calladita y con los ojos clavados en el aparejo.

--¡Que pican!--solía decir alguna vez que otra, muy por lo bajo,

viendo que la sereña se estremecía.

--Es picada falsa,--respondía Andrés sin halar el aparejo.

Y así se pasaban los dos larguísimos ratos. Cuando se _trababa_ algún

pancho, Silda ayudaba á Andrés á encarnar los anzuelos; y si los

panchos eran dos, ella destrababa el uno.

Y á todo esto, calladita, impasible, y siempre con la cara, las manos

y los pies limpios como un sol. Era como la señorita de aquella

sociedad de salvajes; á Andrés le hacía por eso mismo mucha gracia, y

tenía con ella consideraciones y miramientos que jamás usaba con las

otras niñas desarrapadas que solían andar por allí. En cambio, ella

no mostraba mayor inclinación al vestido y á los modales de Andrés,

que á la basura y á la barbarie de los raqueros. Al contrario, el

objeto de sus visibles preferencias parecía ser el monstruoso Muergo,

el más estúpido, el más feo y el más puerco de todos sus camaradas.

Mas estas preferencias no se revelaban en el hecho solo de acercarse

á él muy á menudo, pues á otros muchos se acercaba también, siempre

que le daba la gana, sino en que con ninguno era tan cariñosa como

con Muergo.

--¡Límpiate los mocos y lávate esa cara, cochino!--solía decirle;

ó--¿por qué no te esquilan esa greña?... Dile á tu madre que te ponga

una camisa.

Entre tantos puercos y descamisados como andaban por allí, solamente

se dolía de la roña y de la desnudez de Muergo. Y Muergo correspondía

á estas relativas delicadezas de Silda riéndose de ella, dándola

una patada, ó arrimándola un tronchazo, como el de la Maruca. ¡Y

la preferencia continuaba, por parte de Silda! ¿Por qué razón?

Vaya usted á saberlo. Acaso la fuerza del contraste; la misma

monstruosidad de Muergo; un inconsciente afán, hijo de la vanidad

humana, de domar y tener sumiso lo que parece indómito y rebelde, y

de embellecer lo que es horrible; hacer con Muergo lo que algunas

mujeres, de las llamadas elegantes en el mundo, hacen con ciertos

perros lanudos y muy feos: complacerse en verlos tendidos á sus

pies, gruñendo de cariño, muy limpios y muy peinados, precisamente

porque son horribles y asquerosos y no debieran estar allí.

Más fácil de explicar es la inclinación de Andrés al Muelle-Anaos

y á la pillería que en él imperaba. Hijo de marino y llamado á

serlo, los lances de la bahía le tentaban, y el olor del agua salada

y el tufillo de las carenas le seducían; y escogió aquel terreno

para satisfacer sus apetitos marineros, porque allí había botes

de alquiler, y lanchas abandonadas, y barcos en los careneros, y

ocasión de bañarse impunemente y en cueros vivos á cualquier hora

del día, y correr la escuela, y fumar con entera tranquilidad, y muy

principalmente porque otros chicos de su pelaje andaban también por

allí muy á menudo: ventajas todas que no podían hallarse reunidas

ni en la Dársena ni en _los cañones_ del Muelle. Sólo la Maruca las

ofrecía alguna vez; y por eso iba también, de tarde en tarde, á la

Maruca.

Por lo que hace á su amistad con los raqueros, no había otro remedio

que elegir entre ella y la fatiga de entrar en su terreno por la

fuerza de las armas, lo cual era algo pesado y expuesto para hecho

diariamente. Por lo común, se hacía la primera vez. Después se

firmaban las paces, y se vivía tan guapamente con aquella pillería,

cuidando de tenerla engolosinada con cigarros y cualquiera chuchería

de la ciudad, especialmente á Cuco, que, por su corpulencia y

barbarie, era el más temible en sus _bromas_, aunque, á su modo,

fuera sociable y cariñosote.

Y como Silda iba apegándose más y más á la vida regalona del

Muelle-Anaos, y sus ausencias de casa eran más largas cada día, y el

Cabildo no parecía acordarse de dar la ofrecida ayuda de costas, y

la familia de Mocejón estaba resuelta á no mantener de balde á una

chiquilla tan inútil y rebelde, ocurrió una noche lo de la tunda

aquélla, que obligó á Silda, que tantas había sufrido ya, á largarse

á la calle y á dormir en una barquía, por no querer aceptar la oferta

que, al bajar, la hizo al oído el bueno de tío Mechelín, marinero

que, con su mujer, tía Sidora, ocupaba la bodega, ó sea la planta

baja de la casa.

Y como es preciso hablar algo de esta nueva familia que aparece aquí,

y el presente capítulo tiene ya toda la extensión que necesita,

quédese para el siguiente, en el cual se tratará de ese asunto... y

de otros más, si fuere necesario.

[Ilustración]

[Ilustración]

IV

DÓNDE LA DESEABAN

Todo lo contrario de Mocejón y de la Sargüeta, así en lo físico como

en lo moral, eran Mechelín y tía Sidora. Mechelín era risueño, de

buen color, más bien alto que bajo, de regulares carnes, hablador,

y tan comunicativo, que frecuentemente se le veía, mientras echaba

una pipada á la puerta de la calle, referir algún lance que él

reputaba por gracioso, en voz alta, mirando á los portales ó á los

balcones vacíos de enfrente, ó á las personas que pasaban por allí,

á faltas de una que le escuchara de cerca. Y él se lo charlaba y

él se lo reía, y hasta replicaba, con la entonación y los gestos

convenientes, á imaginarias interrupciones hechas á su relato.

También era algo caído de cerviz y encorvado de riñones; pero como

andaba relativamente aseado, con la cara bastante bien afeitada, las

patillas y pelo, grises, no precisamente hechos un bardal, y era tan

activo de lengua y tan alegre de mirar, aquellas encorvaduras sólo

aparentaban lo que eran: obra de los rigores del oficio, no dejadez

y abandono del ánimo y del cuerpo. Entonaba no muy mal, á media voz,

algunas canciones de sus mocedades, y sabía muchos cuentos.

Su mujer, tía Sidora, también gastaba ordinariamente muy buen humor.

Era bajita y rechoncha; andaba siempre bien calzada de pie y pierna,

vestida con aseo, aunque con pobreza, y gastaba sobre el pelo pañuelo

_á la cofia_. Nadie celebraba como ella las gracias de su marido, y

cuando la acometía la risa, se reía con todo el cuerpo; pero nada le

temblaba tanto al reirse como el pecho y la barriga, que, tras de

ser muy voluminosos de por sí, los hacía ella más salientes en tales

casos, poniendo las manos sobre las caderas y echando la cabeza hacia

atrás. Pasaba por regular curandera, y casi se atrevía á tenerse por

buena comadrona.

Nunca había tenido hijos este matrimonio ejemplarmente avenido.

Tío Mechelín era _compañero_ en una de las cinco lanchas que había

entonces en todo el Cabildo de Arriba, en el cual abundaron siempre

más las barquías que las lanchas, y tía Sidora estaba principalmente

consagrada al cuidado de su marido y de su casa; á vender, por sí

misma, el pescado de su quiñón, cuando no hubiera preferido venderlo

al costado de la lancha, y acompañar, á jornal, en la Pescadería, á

alguna revendedora de las varias que la solicitaban en sus faenas de

pesar, cobrar, etc. El tiempo sobrante le repartía en la vecindad

de la calle, recetando cocimientos aquí, restañando heridas allá,

cortando un refajo para Nisia ó frunciendo unas mangas para Conce...

ó «apañando una criatura» en el trance amargo.

Como no había vicios en casa, ni muchas bocas, tía Sidora y su marido

se cuidaban bastante bien, y hasta tenían ahorradas unas monedas de

oro, bien envueltas en más de tres papeles, y guardadas en lugar

seguro, para «un por si acaso.» Los domingos se remozaban, ella con

su saya de mahón azul obscuro; medias, azules también, y zapatos

rusos; pañolón de seda negra, con fleco, sobre jubón de paño, y á la

cabeza otro pañuelo obscuro. Él, con pantalón acampanado, chaleco y

chaqueta de paño negro fino, corbata á la marinera, ceñidor de seda

negra y boina de paño azul con larga borla de cordoncillo negro; la

cara bien afeitada, y el pelo atusado... hasta donde su aspereza lo

consintiera.

Todas estas prendas, más una mantilla de franela con tiras de

terciopelo, que usaban las mujeres para los entierros y actos

religiosos muy solemnes, las conservaron hasta pocos años há, como

traje característico y tradicional, las gentes de ambos Cabildos de

mareantes.

Con una moza del de Abajo llegó á casarse (¡raro ejemplar!) un

hermano de Mechelín, que era callealtero, como toda su casta. ¡Bien

se lo solfearon deudos, amigos y comadres! «¡Mira que eso va contra

lo regular, y no puede parar en cosa buena! ¡Mira que _ella_ tampoco

lo es de por suyo ni de casta lo trae!... ¡Mira que Arriba las tienes

más de tu parigual y conforme á la ley de Dios, que nos manda que

cada pez se mantenga en su playa!... ¡Mira que esto y que lo otro, y

mira que por aquí y mira que por allá!»

Y resultó, andando el tiempo, lo anunciado en el Cabildo de Arriba;

no, á mi entender, porque la novia fuera del de Abajo, sino porque

realmente no era buena «de por suyo,» y se dió á la bebida y á la

holganza, hasta que el pobre marido, cargado de pesadumbres y de

miseria, se fué al otro mundo de la noche á la mañana, dejando

en éste una viuda sin pizca de vergüenza, y un hijo de dos años,

que parecía un perro de lanas, de los negros. Mechelín y su mujer

amparaban, en cuanto podían, á estos dos seres desdichados; pero

al notar que sus socorros, lo mismo en especie que en dinero, los

traducía la viuda en aguardiente, dejando arrastrarse por los suelos

á la criatura, desnuda, puerca y muerta de hambre, amén de echar

pestes contra sus cuñados, por roñosos y manducones, y de que el

chicuelo, á medida que crecía, se iba haciendo tan perdido y mucho

más soez que su madre, cortaron toda comunicación con sus ingratos

parientes. Así pasaron cuatro años, durante los cuales creció el

rapaz y llegó á ser el Muergo que nosotros conocemos. Muergo, pues,

era sobrino carnal de tío Mechelín, en cuya casa no recordaba haber

puesto jamás los pies; y su madre, la _Chumacera_, sardinera á ratos,

había obtenido por caridad de los que fueron compañeros de lancha de

su difunto, la peseta diaria que gana una mujer por el trabajo de

madrugar para la compra de _carnada_ (cachón, magano, etc.), para la

lancha, á los pescadores ó boteros de la costa de la bahía. El miedo

á perder la ganga de la peseta, la obligaba á ser fiel y puntual en

este encargo, único que supo desempeñar honradamente en toda su vida.

¡Con cuánto gusto tío Mechelín y su mujer hubieran llevado á su lado

al niño, huérfano de tan buen padre, si hubieran creído posible

sacar algo, mediano siquiera, de aquella veta montuna y bravía, y

muy particularmente sin los riesgos á que les exponía este continuo

punto de contacto con la sinvergüenza de su madre! Porque el tal

matrimonio se perecía por una criatura de la edad, poco más ó menos,

del salvaje sobrino, para que llenara algo la casa, como la llenan

los hijos propios, tan deseados de todos los que no los tienen. Así

es que cuando comenzaron las negociaciones del padre Apolinar con

tío Mocejón para que éste recogiera á Silda en su casa, los ojos se

les iban á los inquilinos de la bodega detrás de la niña que jugaba

en la calle; y muy tentados estuvieron más de una vez, viendo bajar

al fraile de mal humor, á tirarle del manteo para llamarle adentro y

decirle por lo bajo:--«Tráigala usté aquí, pae Polinar, que nosotros

la recibiremos de balde, y muy agradecidos todavía.»--Pero el acuerdo

era cosa del Cabildo, que bien estudiado le tendría; y además, no

querían ellos que en casa de Mocejón llegara á creerse que el intento

de apandarse «la ayuda de costas» ofrecida, era lo que les movía á

recoger á la huérfana.

--¡Cuidao--decía Mechelín á tía Sidora,--que ni pintá en un papel

resultara más al respetive de la comenencia!... ¡Finuca y limpia es

como una canoa de rey!

--En verdá--añadía tía Sidora,--que pena da considerar la vida que la

aguarda _allá arriba_, si Dios no se pone de su parte.

--¡Uva!--añadía el marido, que usaba esta interjección siempre que, á

su entender, un dicho no tenía réplica.

Cuando Silda fué recogida en el quinto piso, tío Mechelín, que la vió

subir, dijo á tía Sidora:

--¡Enfeliz!... ¡No tendrás tan buen pellejo cuando abajes!... ¡Y eso

que has de abajar pronto!

--Lo mismo creo--respondió la mujer, muy pensativa y con las manos

sobre las caderas.--Pero tú y yo, agua que no hemos de beber,

dejémosla correr; y la lengua, callada en la boca, que más temo á esa

gente de arriba, que á una galerna de marzo.

--¡Uva!--concluyó Mechelín con una expresiva cabezada, guiñando un

ojo, dándose media vuelta y poniéndose á canturriar una seguidilla,

como si no hubiera dicho nada, ó temiera que le pudieran oir los de

arriba.

Pero desde aquel momento no perdieron de vista á la pobre huérfana,

que, á juzgar por su impasible continente, parecía ser la menos

interesada de todos en la vida que arrastraba en el presidio á que se

la había condenado, creyendo hacerla un favor. Se condolían mucho de

ella, viéndola en los primeros meses, de invierno riguroso, entrar en

casa tiritando y amoratada de frío, con el cesto de los muergos al

brazo, ó con la cacerola de _gusanas_ entre manos; ó bajar del piso

con cardenales en la cara, ó con el pañuelito del cuello por venda

sobre la frente. Nunca la vieron llorar ni señales de haber llorado,

ni pudieron sorprender entre sus labios una queja. En cambio, la

lengua se le saltaba de la boca á tía Sidora con las ganas que tenía

de sonsacar pormenores á la niña; pero el miedo que tenía á los

escándalos de la familia de Mocejón, la obligaban á contenerse. En

ocasiones, al sentir que bajaba Silda, se atravesaba el pescador ó la

marinera, á la puerta de la calle, con un zoquete de pan, haciendo

que comía de él, pero, en realidad, por tener un pretexto para

ofrecérsele.

--¡Bien á tiempo llegas, mujer!--le decía con fingida sorpresa.--Á

volver iba al arca este pan, porque no tengo maldita la gana. Si tú

le quisieras...

Y se le dejaba entre las manos, preguntándole al oído:

--¿Qué tal andamos hoy de apetito?

--Una cosa regular,--decía la niña, revelando, en el afán con que

apretaba el zoquete, las ganas que tenía de devorarle.

Pero no podían conseguir que se detuviera allí un instante, ni que al

pasar les dijera una sola palabra de las que ellos querían oir. ¿Era

miedo que tenía la niña á las venganzas de sus _protectores_? ¿Era

dureza y frialdad de carácter?

Ellos achacaban la reserva á lo primero, y esta consideración doblaba

á sus ojos el valor de las prendas morales de aquella inocente

mártir.

Vieron, días andando, cómo ésta volvía tarde á casa, y averiguaron la

vida que hacía fuera de ella, y los castigos que se le daban por su

conducta, y las veces que había dormido á la intemperie, en el quicio

de una puerta ó en el panel de una lancha.

--¡Y acabarán con la enfeliz criatura, dispués de

perderla!--exclamaba tío Mechelín al hablar de ello.--Tan tiernuca

y polida, dela usté carena por la mañana, lapo al megodía y taringa

por la noche, con poco de boquiblis, y no digo yo ella, un navío de

tres puentes se quebranta... ¡Fuérame yo, en su caso, pa no golver en

jamás!

--Como llegará á suceder--añadió la marinera,--si Dios antes no lo

remedia. ¡Eso tiene el poner, sin más ni más, la carne en boca de

tiburones!

--¡Uva!

Una noche, después de haber resonado hasta en la bodega los horrores

que vomitaban en el quinto piso las bocas de la Sargüeta y de

Carpia contra la niña, que poco antes había llegado á casa, y dos

ayes de una voz infantil, penetrantes, agudos, lamentosos, como si

inopinadamente una mano brutal arrancara de un tirón á un cuerpo

lleno de salud todas las raíces de la vida; después de haberse

asomado á la puerta de cada guarida algún habitante de ella, no

obstante lo frecuentes que eran en aquella vecindad, más arriba

ó más abajo, las tundas y los alborotos, tío Mechelín y su mujer

vieron á Silda que bajaba el último tramo de la escalera con igual

aceleramiento que si la persiguieran lobos de rabia. La salieron

al encuentro en el portal (tía Sidora con el candil en la mano),

y observaron que la niña traía las ropitas en desorden, el pelo

enmarañado, los ojos humedecidos, la mirada entre el espanto y la

ira, la respiración anhelosa y el color lívido.

--¡Déjeme pasar, tía Sidora!--dijo la niña á la marinera, al ver que

ésta le cerraba el camino de la calle.

--Pero ¿aónde vas, enfeliz, á tales horas?--exclamó la mujer de

Mechelín, tratando de detenerla.

--Me voy--respondió Silda deslizándose hacia la puerta, no cerrada

todavía,--para no volver más. ¡Todos son malos en esa casa!

--¡Métete en la mía, ángel de Dios, siquiera hasta mañana!--dijo el

pescador, deteniendo con gran dificultad á la niña.

--¡No, no!--insistió ésta, desprendiéndose de la mano que blandamente

la sujetaba,--que está muy cerca de la otra.

Y salió del portal como un cohete.

--¡Pero escucha, alma de Dios!... ¡Pero aguarda, probetuca!...

Así exclamaba tía Sidora viendo desaparecer á Silda en las tinieblas

de la calle, sin resolverse á dar dos pasos en ella detrás de la

fugitiva; porque el mismo Mechelín, con tener buena vista entre las

mejores de los de su oficio, no pudo saber, por ligero que anduvo, si

la niña había seguido calle adelante, hacia Rua Mayor, ó había tirado

hacia el Paredón, ó por la cuesta del Hospital.

El lector sabe lo que fué de ella aquella noche y á la mañana

siguiente, por habérselo oído referir á Andrés y haberla visto, tan

descuidada y campante, en casa del padre Apolinar, junto á la Maruca,

en la Fuente Santa y en los prados de Molnedo.

No habría llegado á la Maruca con Andrés y su séquito de raqueros,

cuando ya el padre Apolinar, con el sombrero de teja caído sobre

los ojos, la cabeza muy gacha por miedo á la luz, y los embozos del

pelado manteo recogidos entre sus manos cruzadas, restregando alguna

vez que otra el cuerpo contra la camisa (si es que no la había dado

también, desde que salimos de su casa con el relato) y carraspeando á

menudo, atravesaba los Mercados del Muelle con rumbo á la calle Alta.

Sin ser visto ¡cosa rara! de la tía Sidora, cuando menos, pues estaba

abierta de par en par la puerta de su bodega, llegó al quinto piso,

y llamó con los nudillos de la mano, diciendo al mismo tiempo:

--¡Ave María!

Una voz de mujer respondió una indecencia desde allá dentro; pero con

tal dejo, que el exclaustrado, sin soltar de sus manos cruzadas los

embozos del manteo, se rascó dos veces seguidas las espaldas, por el

procedimiento acostumbrado, y murmuró, después de carraspear:

--¡Mucha mar de fondo debe haber aquí!

En seguida volvió á carraspear y á resobarse; empujó la puerta, como

la voz se lo había ordenado, y entró.

Mocejón estaba á la mar; pero estaban en casa, destorciendo filástica

de chicotes viejos, la Sargüeta y su hija, las cuales, aunque no

esperaban seguramente la visita del bendito fraile, en cuanto le

vieron delante sospecharon el motivo que le llevaba allí; porque,

con tener todavía entre dientes el suceso de la noche anterior,

recordaron las insistencias del padre Apolinar para que se cumplieran

los intentos del Cabildo respecto de la huérfana de Mules; las torres

y montones que les había ofrecido en cambio del amparo que les pedía;

las veces que le habían reclamado infructuosamente el cumplimiento

de las ofertas... En fin, que les dió el corazón que venía _á lo de

Silda_; y sin esperar á que acabara de darles los buenos días, ya

temblaba la casa.

Tío Mechelín no había ido á la mar aquel día, porque había pasado la

noche con un ladrillo caliente, envuelto en bayeta amarilla, en el

costado de estribor, para matar un dolorcillo que se le presentó poco

antes de meterse en la cama; obra, en su opinión y en la de su mujer,

del disgusto que tomó, en seguida de la cena, con el suceso de Silda.

El dolor se calmó mucho á la madrugada, y en dudas estuvo el enfermo,

al oir en la calle el grito de _¡arriba!_ del _deputao_ que tiene

esa obligación, y por ella cobra, de levantarse como todos los demás

compañeros; pero no se lo consintió su mujer, y se aguantó en la cama

hasta bien entrado el día.

Entonces se vistió; desayunóse con una mediana ración de cascarilla

con leche, y, por no aburrirse, se puso á torcer, _á la teja_, unos

cordeles de merluza. No le llenaba del todo este procedimiento, pues

era más recomendado, por más seguro, el de torcer _á la pierna_, es

decir, sobre el muslo con la palma de la mano, en lugar de atar un

casco de teja al extremo de la cuerda y hacerle dar vueltas en el

aire. Pero notó tío Mechelín, al ponerse á trabajar, que al continuo

sobar la cuerda con la palma de la mano sobre el muslo, se le

despertaba el dolor con más crudeza que del otro modo, y optó por el

cascote. Así estuvo trabajando hasta muy cerca del mediodía.

Mientras él remataba la última braza de las noventa que pensaba

dar al cordel que tenía entre manos, su mujer colocaba, pues sabía

hacerlo primorosamente, un anzuelo grande, el único que lleva el

aparejo de merluza, al extremo de la _sotileza_, ó alambre fino en

que debía terminar el cordel, y tenía convenientemente dispuesto el

_chumbao_, ó peso de plomo que se amarra en el empalme de la sotileza

con el cordel, para que el aparejo, al ser calado, se vaya á pique.

Por tales alturas andaba ya este negocio, cuando en las de la

escalera se oyeron las voces de la Sargüeta y de Carpia, que

respectivamente decían á gritos:

--¡Pegotón!

--¡Magañoso!

Y al mismo tiempo el zumbar de otra voz áspera y varonil, y los

golpes sonoros en los inseguros peldaños, como de zancas torpes que

bajaran por ellos, saltándolos de tres en tres.

El matrimonio de la bodega salió despavorido al portal, á donde no

tardó en llegar, haciéndose cruces con una mano, agarrándose con

la otra á la sucia barandilla y murmurando latines y fulminando

conjuros, el padre Apolinar.

--_¡De ira proterva... de iniquitatibus earum... libera me...

libera me, Domine, et exaudi orationem meam!..._ ¡Jesús, Jesús...

Jesús, María y José!... ¡Furias, furias del averno!... ¡Ufff!...

_¡Fúgite... fúgite!..._ ¡Carne mísera!... ¡Tu palabra impía

escandalizará á la tierra; pero el Señor te confundirá... te

confundirá!... ¡Alabado sea su santísimo nombre!

Así bajaba exclamando el aturdido fraile, y así llegó al último

peldaño, sin dejar de oirse las otras voces que desde allá arriba le

apedreaban con amenazas y con improperios.

--¡Farfallón!

--¡Piojoso!

Sotileza · 第 3 / 27 段