acontece siempre que se aguarda un suceso que interesa por igual á
todos los circunstantes, ó están las gentes á cielo descubierto,
delante de la naturaleza que habla por los codos, sin dejar que nadie
meta su cuchara en la conversación... ¡Y qué elocuente estaba aquel
día! La mar, verdosa y fosforescente, rizada por una brisa que yo
llamaría juguetona, si el término no estuviera tan desacreditado por
copleros chirles y por _impresionistas_ cursis, que quizá no han
salido nunca de los trigos de tierra adentro; el sol despilfarrando
alegre sus haces de luz, que centelleaba entre los pliegues de la
bahía y en los rojos traidores arenales de las Quebrantas. Allá, en
el fondo del paisaje, los azulados picos de Matienzo y Arredondo, y
más cerca, las curvas elevadas y los senos sombríos de la cordillera
que iba perfilando la vista desde el cabo Quintres y las lomas de
Galizano, hasta los puertos de Alisas y la Cavada, transparentándose
en una bruma sutil y luminosa, como velo tejido por hadas con hilos
impalpables de rocío; y allí, al alcance de la mano, los cerros del
Puntal recibiendo en sus cimientos arenosos los besos amargos de la
creciente marea. Por todo ruido, el incesante rumor de las aguas al
tenderse perezosas en la playa contigua, ó al mojar con sus rizos,
agitados por el aire, las asperezas del peñasco. No se veía el pulmón
bastante henchido nunca de aquel ambiente salino, ni la vista se
hartaba de aquella luz reverberante, parlanchina y revoltosa, que se
columpiaba en la bruma, en las aguas y en las flores.
No sé si irían precisamente por este lado todos los pensamientos
de aquellas personas cuando discurrían de una á otra parte por
la explanada del castillo, ó se encaramaban en la paredilla del
parapeto, ó se tumbaban sobre la yerba de la braña exterior, sin
hablar más de tres palabras seguidas y con la vista errabunda por
todos los términos del paisaje; pero puede apostarse á que, si por
arte de hechicería se les hubiera puesto delante, en lugar del
miserable castillejo, los mayores prodigios de la industria humana ó
las maravillas de los palacios de Aladino, los hubieran contemplado
sin el menor asombro; señal, aunque sin darse cuenta de ello, de
que, á sus ojos, valían mucho más las maravillas de la naturaleza.
Andrés era el único de los espectadores que no paraba mientes en
estas maravillas, ni las hubiera parado tampoco en las de la misma
Pari-Banú, si allí se hubiera presentado para transformar de repente
el castillo en un alcázar de oro con puertas de esmeraldas. Pensaba
en la llegada de su padre, y del barco de su padre, y á lo más, en
que toda aquella gente estaba allí para ver eso mismo que tanto le
interesaba á él, por ser hijo de quien era; es decir, del héroe de
la fiesta. ¡Si estaría hueco y gozoso y preocupado! Ligo le había
tomado por su cuenta; y después de andar con él de un lado para otro,
haciéndole reir ó ponerse colorado con las cosas que preguntaba al
Conde del Nabo sobre la flojedad de sus choquezuelas, ó á Caral
acerca de su _canoa_ (sombrero), se habían acomodado juntos en lo más
alto y saliente del promontorio.
Al fin, se oyeron muchas voces que exclamaron á un tiempo:
--¡Ahí está!
Y allí estaba, en efecto, la _Montañesa_, que abocaba orzando,
cargada de trapo hasta los topes, el pabellón ondeando en el pico de
cangreja, y con el práctico á bordo ya, pues que llevaba la lancha al
costado. Apenas arribó sobre la Punta del puerto, ya se la vió pasar
rascando la Horadada por el Sur del islote, y tomar en seguida, como
dócil potro bien regido, el rumbo de la canal. La brisa la empujaba
con cariño, y sobre copos de blandos algodones parecían mecerse sus
amuras poderosas.
Cada movimiento del barco arrancaba un comentario de aplauso á los
inteligentes de San Martín, y producía un tumulto en el corazón de
Andrés, que era el más interesado de todos en las valentías de la
corbeta y en la llegada de su capitán.
Así se fué acercando poco á poco, siguiendo inalterable su
derrotero, como quien pisa ya terreno conocido, que es, además,
camino de su casa; y tanto y con tal destreza atracaba la costa
de los espectadores, que cualquier ojo ducho en estas maniobras
hubiera conocido que el práctico que la gobernaba se había propuesto
demostrar á los _contramaestres de muralla_ que allí no se trabajaba
á lo zapatero de viejo, sino que se hilaba mucho y por lo fino. ¡Y
vaya si el tío Cudón, que era el práctico que había tomado á la
corbeta en el Sardinero, sabía, como el más guapo, _meter_ como una
seda el barco de mayor compromiso!
Y en esto continuaba arribando, con un andar de siete millas; y
llegó á oirse el rumor de la estela, y el crujir de la jarcia al
rehenchirse la lona, y el resonar de la cadena al ser sacada de sus
cajas, y plegadas á proa las brazas suficientes de ella para dar
fondo en el momento oportuno; algún espectador creía distinguir
caras conocidas sobre el puente; llegó á verse claro y distinto al
piloto _Sama_, sobre el castillo de proa, con sus botas de agua, su
chaquetón obscuro y su gorra de galón dorado... y Andrés, exclamando:
«¡mírale!» apuntó, con el brazo tendido, á su padre, de pie sobre
la toldilla de popa, junto á la rueda del timón, y la diestra en la
driza de la bandera, con la cual, momentos después y al hallarse
la corbeta casi debajo de la visual de los espectadores de San
Martín, respondió á las aclamaciones y saludos de éstos, izándola
tres veces seguidas, mientras se llenaba la borda de estribor de
tripulantes y pasajeros que agitaban al aire sus gorras y jipijapas.
Entonces pudieron gozarse á la simple vista todos los detalles de la
corbeta... ¡La muy presumida! ¡Cómo había cuidado, antes de abocar
al puerto, de sacudirse el polvo del camino y arreglarse todos sus
perifollos! Sus bronces parecían oro bruñido; traía las vergas
limpias de palletería, y sin sus forros de lona, burdas y cantos
de cofa; oscilaba en la batayola el catavientos de pluma, que sólo
se luce en el puerto, y flameaban en los galopes de la arboladura
la grímpola azul con el nombre del barco en letras blancas; la
contraseña de la casa, y la bandera blanca y roja de la matrícula de
Santander.
Otra vez saludó el pabellón de la _Montañesa_, y otra vez más
volvieron á cruzarse vítores, hurras y sombreradas entre la gente de
á bordo y la de tierra; y como si el barco mismo hubiera participado
del sentimiento que movía tantos ánimos, haciendo crujir de pronto
todo su aparejo, hundió las amuras en el agua hasta salpicar las
anclas, que ya venían preparadas sobre capón y boza, y se tendió
sobre el costado de babor, dejando al descubierto en el otro, por
encima de las lumbres de agua, más de una hilada de reluciente cobre.
En esta posición gallarda, meciéndose juguetona en el lecho de
hervorosa espuma que ella misma agitaba y producía, se deslizó á
lo largo del peñasco, rebasó en un instante del escollo de las
_Tres hermanas_, cargáronse en seguida sus mayores y se arriaron
gavias, foques y juanetes; y muy poco más allá, á la voz resonante
y varonil de _¡fondo!_ que se dejó oir perceptible y clara sobre el
puente, caía un ancla en el agua y se percibía el áspero sonido de
los eslabones, al filar por el escobén más de cuarenta brazas de
cadena. Con lo que la airosa corbeta, tras un fuerte estremecimiento,
quedó inmóvil sobre las tranquilas aguas del fondeadero de la _Osa_,
como corcel de bríos parado en firme por su jinete á lo mejor de su
carrera.
[Ilustración]
[Ilustración]
III
DÓNDE HABÍA CAÍDO LA HUÉRFANA DE MULES
Tío Mocejón, el de la calle alta (porque había otro Mocejón más joven
en el Cabildo de Abajo), era un marinero chaparrudo, rayano con los
sesenta, de color de hígado con grietas, ojos pequeños y verdosos,
de bastante barba, casi blanca, muy mal nacida y peor afeitada
siempre, y tan recia y arisca como el pelo de su cabeza, en la cual
no entraba jamás el peine, y rara, muy rara vez, la tijera. Tenía
los _andares_ como todos los de su oficio, torpes y desaplomados; lo
mismo que la voz, las palabras y la conversación. El mirar en tierra,
obscuro y desdeñoso. En tierra digo, porque en la mar, como andaba
en ella, ó por encima ó alrededor de ella venía cuanto en el mundo
podía llamarle la atención, ya era otra cosa. El vil interés y el
apego instintivo al mísero pellejo le despertaban en el espíritu
los cuidados; y no hay como la luz de los cuidados para que echen
chispas los ojos más mortecinos. En cuanto á genio, mucho peor que
la piel, que la barba, las greñas, los andares y la mirada; no por
lo fiero precisamente, sino por lo gruñón, y lo seco, y lo áspero,
y lo desapacible. Unos calzones pardos, que al petrificarse con la
mugre, el agua de la mar y la brea de la lancha, habían ido tomando
la forma de las entumecidas piernas; unos calzones así, atados á la
cintura con una correa; unos zapatos bajos, sin tacones ni señal de
lustre, en los abotagados pies; un _elástico_ de _cobertor_, ó manta
palentina, sobre la camisa de estopa, y un gorro catalán puesto de
cualquier modo encima de las greñas, como trapo sucio tendido en un
bardal, componían el sempiterno envoltorio de aquel cuerpo, pasto
resignado de la roña, y muy capaz hasta de pactar alianzas con la
lepra, pero no de dejarse tocar del agua dulce.
Pues con ser así tío Mocejón, no era lo peor de la casa; porque le
aventajaba en todo la Sargüeta, su mujer, cuyo genio avinagrado y
lengua venenosa y voz dilacerante, eran el espanto de la calle, con
haber en ella tantas reñidoras de primera calidad. Era más alta que
su marido, pero muy delgada, pitarrosa, con hocico de merluza,
dientes negros, ralos y puntiagudos; el color de las mejillas, rojo
curado; y lo demás de la cara, pergamino viejo; el pecho hundido,
los brazos largos; podían contarse los tendones y todos los huesos
de sus canillas, siempre descubiertas, y apestaba á _parrocha_ desde
media legua. Nunca se le conoció otro atalaje que un pañuelo obscuro
atado debajo de la barbilla, muy destacado sobre la frente y caído
hacia los ojos, para que no los ofendiera la luz; un mantón de lana,
también obscuro y también sucio, y hasta remendado, cruzadas sobre
el pecho las puntas y amarradas encima de los riñones; un refajo de
estameña parda, y en los pies unas chancletas con luces á todos los
vientos.
Sin embargo, hay quien asegura que era más llevadera esta mujer
inaguantable, que su hija Carpia, moza ya metida en los diez y nueve,
tan desaliñada y puerca como su madre, pero más baja de estatura,
más morena, más chata, tan recia de voz y tan larga de lengua, y,
además, _cancaneada_. Era de oficio sardinera, y cosa de taparse la
gente los oídos y los ojos y aun las narices, cuando ella pasaba con
el carpancho lleno, encima de la cabeza, chorreando la pringue sobre
hombros y espaldas, cerniendo el corto y sucio refajo al compás del
vaivén chocarrero de sus caderas, y pregonando á gañote limpio la
mercancía. Ninguna sardinera ponía la nota final más alta ni tan
bien sostenida; se llegaba á perder la esperanza de que aquel grito
áspero y penetrante tuviera fin. Pero que algún transeunte le diera
á entender esta sospecha con el menor gesto, ó mostrara su desagrado
con la más leve palabra; que cualquier fregona inexperta, después de
preguntarle desde el balcón de la cocina «_¿á cómo?_» no replicara
á su respuesta, ó replicara con malos modos, ó que después de haber
replicado, por ejemplo, «_á tres_,» y de haber dicho la sardinera
«_abaja_,» la fregona no bajara, ó tardara en bajar... ¡era cuanto
había que oir y que ver lo que decía y hacía Carpia entonces, con
el carpancho en el suelo en mitad de la calle y la vista unas veces
en su _agresor_, ó en el sitio que éste había ocupado, si se retiró
prudente á lo escondido temiendo la granizada, y otras en el primer
transeunte que cruzara á su lado, ó en todos los transeuntes, ó
en todos los balcones de la calle! Mirándola en aquel trance, se
dudaba cuál era en ella más asombroso, entre la palabra, la idea, el
gesto, la voz y los ademanes; y todo ello junto parecía imposible
que cupiera en una criatura humana, y del mismo sexo en el cual se
vinculan el aseo y la vergüenza. Y, sin embargo, Carpia no estaba
_enfadada_ de veras: aquello no era más que un ligero desahogo que
se permitía entre burlona y despechada; porque cuando se enfadaba,
es decir, cuando _reñía_ con todo el ceremonial del caso entre el
gremio, que ha llegado á formar escuela, y va á la hora presente en
próspera fortuna... ¡Dios de bondad!... En fin, casi tan terrible
como su madre, de quien tomó el estilo, ora oyéndola en la vecindad,
ora aprendiendo con ella á _correr la sardina_, llevando por las asas
el carpancho entre las dos.
Carpia tenía un hermano llamado Cleto, de menos edad que ella. Salía
este hermano más á la casta de su padre que á la de su madre. Era
sombrío y taciturno, pero trabajador. Andaba ya á la mar, y no se
llevaba bien con su hermana. La daba patadas en la barriga, ó donde
la alcanzaba, cuando llegaba el caso de responder á las desvergüenzas
de la sardinera.
No sabía _hablarla_ de otro modo.
Esta apreciable familia habitaba el quinto piso de una casa de la
calle Alta (acera del Sur) que tenía siete á la vista, y cuya línea
de fachada se extendía muy poco más que el ancho de sus balcones de
madera. Digo que tenía siete pisos á _la vista_, porque entre bodega,
cabretes, subdivisiones de pisos y buhardillas, llegaban á catorce
las habitaciones de que se componía; ó si se quiere de otro modo más
exacto, catorce eran las familias que se albergaban allí, cada una
en su agujero correspondiente, con sus _artes_ de pescar, sus _ropas
de agua_, sus cubos llenos de _agalla_ con arena para _macizo_, sus
astrosos vestidos de diario, y toda la pringue y todos los hedores
que estas cosas y personas llevan consigo necesariamente. Cierto que
los inquilinos que tenían balcón le aprovechaban para destripar en
él la sardina, colgar trapajos, redes, medio-mundos y _sereñas_, y
que tenían la _curiosidad_ de arrojar á la calle, ó sobre el primero
que pasara por ella, las piltrafas inservibles, como si el goteo
de las redes y de los vestidos húmedos no fuera bastante lluvia de
inmundicia para hacer temible aquel tránsito á los _terrestres_
que por su desventura necesitaran utilizarle; y en cuanto á los
cubiles que no tenían estos desahogaderos, allá se las componían tan
guapamente sus habitadores, engendrados, nacidos y criados en aquel
ambiente corrompido, cuya peste les engordaba. De todas maneras,
¿cómo remediarlo? No vivían mejor los inquilinos de las casas
contiguas y siguientes, ni los de la otra acera, ni todo el Cabildo
de Arriba... Lo propio que el de Abajo en las calles de la Mar, del
Arrabal y del Medio.
Volviendo á tío Mocejón, añado que era dueño y patrón de una
_barquía_, por lo cual cobraba de la misma dos _soldadas_ y media:
una y media por _amo_, y una por patrón; ó, lo que es lo mismo (para
los lectores poco avezados á esta jerga), de todo lo que se pescara,
hecho tantas partes como fueran los _compañeros_ de la barquía, se
tiraba él dos y media. Procedía de abolengo esta riqueza (mermada en
la mitad en manos de Mocejón, puesto que lo heredado por éste fué una
lancha); y nadie sabe la importancia que esta propiedad le daba entre
todo el Cabildo, en el cual era rarísimo el marinero que tenía una
parte pequeña en la embarcación en que _andaba_; ni lo que influyó
en la Sargüeta y en su hija Carpia para que llegaran á ser las más
desvergonzadas y temibles reñidoras del Cabildo.
Como tío Mocejón era bastante torpe en números, y se mareaba en
pasando la cuenta de la que él pudiera echar por los dedos de la
mano, bien agarrados, uno á uno, con la otra, la _patrona_, es decir,
su mujer, era quien cobraba cada sábado el pescado vendido durante la
semana al costado de la barquía, al volver ésta de la mar; lances en
los cuales había acreditado, principalmente, la Sargüeta, el veneno
de su boca, lo resonante de su voz, lo espantoso de su gesto, lo
acerado de sus uñas y la fuerza de sus dedos enredados en el bardal
de una cabeza de la Pescadería. Por eso, del cepillo de las Ánimas
sacara una revendedora los cuartos, si no los tenía preparados el
viernes por la noche, antes que pedir á la Sargüeta diez horas de
plazo para liquidar su deuda. Aunque _patronas_ se llaman todas las
mujeres de los patrones de lancha, cobren ó no por su mano las ventas
de la semana, en diciendo «la patrona» del Cabildo de Arriba, ya se
sabía que se trataba de la Sargüeta. ¡Qué tal patrona sería!
Ya se irá comprendiendo que no le faltaban motivos á la muchachuela
Silda para resistirse á volver á la casa de que huyó. En cuanto á
las razones que se tuvieron presentes para que la recogieran en
ella cuando se vió huérfana y abandonada en medio de la calle,
como quien dice, no fueron otras que la de ser Mocejón marinero
pudiente, y además, compadre de Mules, por haber éste sacado de pila
al único hijo varón de la Sargüeta. Que costó Dios y ayuda reducir
á Mocejón y toda su familia á que se hiciera cargo de la huérfana,
no hay necesidad de afirmarlo; ni tampoco que el padre Apolinar y
cuantas personas anduvieron con él empeñadas en la misma empresa
caritativa, oyeron verdaderos horrores, particularmente de Carpia y
de su madre, antes de lograr lo que intentaban; lo cual no aconteció
hasta que el Cabildo ofreció á Mocejón una ayuda de costas de vez en
cuando, siempre que la huérfana fuera tratada y mantenida como era
de esperar. Mocejón quiso, por consejo de su mujer, que la promesa
del Cabildo «se firmara en papeles por quien debiera y _supiera_
hacerlo;» pero el Cabildo se opuso á la exigencia; y como ya había
más de una familia dispuesta á recoger á Silda por la ayuda de costas
ofrecida, sin que se declarara en papeles la oferta, tentóle la
codicia á la Sargüeta, convenció á los demás de su casa, contando con
que, á un mal dar, del cuero le saldrían las correas á la muchacha,
y dióle albergue en su tugurio, y poco más que albergue, y mucho
trabajo.
Por de pronto, no hubo cama para ella: verdad que tampoco la tenían
Carpia ni su hermano. Allí no había otra cama, propiamente hablando,
y por lo que hace á la forma, no á la comodidad ni á la limpieza,
que el catre matrimonial, en un espacio reducidísimo, con luz á la
bahía, el cual se llamaba sala porque contenía también una mesita de
pino, una silla de _bañizas_, un escabel de cabretón y una estampita
de San Pedro, patrono del Cabildo, pegada con pan mascado á la pared.
Carpia dormía sobre un jergón medio podrido, en una alcoba obscura
con entrada por el _carrejo_, y su hermano encima del arcón en que se
guardaba todo lo guardable de la casa, desde el pan hasta los zapatos
de los domingos. Á Silda se la acomodó en un rincón que formaba el
tabique de la cocina con uno de los del carrejo, es decir, al extremo
de éste y enfrente de la puerta de la escalera, sobre un montón de
redes inservibles, y debajo de un retal de manta vieja. ¡Si la pobre
chica hubiera podido llevarse consigo la tarimita, el jergón, las dos
medias sábanas y el cobertor raído á que estaba acostumbrada en su
casa!... Pero todo ello y cuanto había de puertas adentro, no alcanzó
para pagar las deudas de su padre. Después de todo, aunque Silda
hubiera llevado su cama á casa de tío Mocejón, se habrían aprovechado
de ella Carpia ó su hermano, y, al fin, la misma cuenta le saldría
que no teniendo cama propia. No sé si discurría Silda de esta suerte
cuando se acostaba sobre el montón de redes viejas del rincón de la
cocina; pero es un hecho averiguado que tenderse allí, taparse hasta
donde le alcanzaba la media manta, y quedarse dormida como un leño,
eran una misma cosa.
Algo más que la cama extrañaba la comida. No era de bodas la de su
casa; pero la que había, buena ó mala, era abundante siquiera, porque
entre dos solas personas, repartido lo que hay, por poco que sea,
toca á mucho á cada una. Luégo, como hija única de su padre, que no
se parecía en el genio ni en el arte á Mocejón, era, relativamente,
niña mimada; por lo cual, de la parte de Mules siempre salía una
buena tajada para aumentar la de su hija; al paso que, desde que
vivía con la familia de la Sargüeta, nunca comía lo suficiente
para acallar el hambre; y lo poco que comía malo, y nunca cuando
más lo necesitaba, y, de ordinario, entre gruñidos é improperios,
si no entre pellizcos y soplamocos. Siempre era la última en meter
la cuchara común en la tartera de las berzas con alubias y sin
carne, y todos los de casa tenían un diente que echaba lumbres;
de modo que, por donde ellos habían pasado ya una vez, era punto
menos que perder el tiempo intentar el paso. ¡Tenían un arte para
cargar la cuchara!... Cada cucharada de Mocejón parecía un carro
de yerba. Solamente su mujer le aventajaba, no tanto en cargarla,
como en descargarla en su boca, que le salía al encuentro con los
labios replegados sobre las mandíbulas angulosas y entreabiertas, y
los dientes oblicuos hacia afuera, como puntas de clavos roñosos;
luégo... luégo nada, porque nunca pudo averiguar Silda, que no dejaba
de ser reparona, si era la boca la que se lanzaba sobre la presa,
ó si era la presa la que se lanzaba, desde medio camino, dentro de
la boca: ¡tan rápido era el movimiento, tan grande la sima de la
boca, tan limpia la dentellada, y tan enorme el tragadero por donde
desaparecía lo que un segundo antes se había visto, chorreando caldo,
á media cuarta sobre la tartera! No eran tan _limpios_ en el comer
Carpia y su hermano, aunque sí tan voraces; pero, lo mismo los
hijos que los padres, tenían la buena costumbre, antes de soltar en
la tartera la cuchara que acababan de tener en la boca, de darla
dos restregoncitos contra los calzones ó contra el refajo, á fin de
quitar escrúpulos al que iba á tomar con ella su correspondiente
cucharada, por riguroso turno.
Porque Silda no lo hizo así el primer día que comió en aquella casa,
la llamó puerca la Sargüeta y le dió Carpia un testarazo.
Cuando no había olla, cosa que no dejaba de ocurrir á menudo, si
abundaban las sardinas, Silda consolaba el hambre con un par de
ellas, asadas, con un gramo de sal, encima de las brasas; si no había
sardinas ó agujas, ó panchos ó raya, ó cualquier pescado de poca
estimación en la plaza (de lo cual le daba la Sargüeta una pizca mal
aliñada, ó un par de pececillos crudos), una tira de bacalao ó un
arenque, por todo compaño, para el mendrugo de pan de tres días, ó el
pedazo de borona, según los tiempos y las circunstancias. Tal era su
comida: fácil es presumir cómo serían sus almuerzos y sus cenas.