OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
TOMO IX
SOTILEZA
CUARTA EDICIÓN
MADRID
VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
1906
_Es propiedad del autor._
[Ilustración]
Á
MIS CONTEMPORÁNEOS DE SANTANDER QUE AÚN VIVAN
_Así Dios me salve como no he pensado en otros lectores que vosotros
al escribir este libro. Y declarado esto, declarado queda, por ende,
que á vuestros juicios le someto y que sólo con vuestro fallo me
conformo._
_Perdone, pues, la crítica oficiosa si, por esta vez, la pierdo el
miedo. No se fatigue arrastrando el microscopio y metiendo las pinzas
y el escalpelo entre las fibras de estas páginas; déjese, por Dios,
de invocar nombres de_ extranjis _para ver á qué obras y de quién de
ellos y por dónde arrima mejor la estructura de la mía; no se canse
en meterme por los ojos la medida que dan ciertos doctores de allende
en el arte de presentar casos y cosas de la vida humana en los libros
de imaginación; considere, una vez siquiera, que cada cual en su
propia casa, siendo hacendosito y cuidadoso, puede arreglárselas con
los recursos que tiene á mano, vivir tan guapamente y campar por sus
respetos como el más runflante de sus vecinos, sin copiarle el modo
de andar ni pedirle un real prestado, y entienda, por último, que
este libro, de la misma veta que algún otro que llegó al mundo con
muy buena suerte, y mucho antes de que en España se gastaran mares de
tinta en encomiar modelos que ya apestan de tanto no venir al caso
los encomios, es como es, no por parecerse á otros en su hechura,
sino porque no puede ser de otra manera; porque al fin y á la postre,
lo que en él acontece no es más que un pretexto para resucitar
gentes, cosas y lugares que apenas existen ya, y reconstruir un
pueblo, sepultado de la noche á la mañana, durante su patriarcal
reposo, bajo la balumba de otras ideas y otras costumbres arrastradas
hasta aquí por el torrente de una nueva y extraña civilización;
porque ciertos toques y perfiles, que desde lejos pudieran parecer
alardes de sectario de una escuela determinada, no son otra cosa
que el jugo y la pimienta del guisado: lo que da el estudio del
natural, no lo que se toma de los procedimientos de nadie; lo que
pide la verdad dentro de los términos del arte, los cuales han de
estar en la mente y en el corazón del artista y no en las cláusulas
de los métodos de escribir novelas (que á estos fines iremos á parar
extremando otro poquito la pasión por los modelos); porque lo que se
busca, en una palabra, es que reaparezcan aquí aquellas generaciones
con los mismos cuerpos y almas que tuvieron._
_Y tratándose de esto, ¿á quién si no á vosotros, que las conocísteis
vivas, he de conceder yo la necesaria competencia para declarar con
acierto si es ó no su lengua la que en estas páginas se habla; si son
ó no sus costumbres, sus leyes, sus vicios y sus virtudes, sus almas
y sus cuerpos los que aquí se manifiestan? ¿Y quién, si no vosotros,
podrá suplir con la memoria fiel lo que no puede representarse con
la pluma: aquel acento en la dicción pausada, aquel gesto ceñudo
sin encono, aquel ambiente salino en la persona, en la voz, en los
ademanes y en el vestir desaliñado? Y si con todo esto que yo no
puedo representar aquí, porque es empresa superior á las fuerzas
humanas, y con lo que os doy representado, resultan completas,
acabadas y vivas las figuras, ¿quién, si no vosotros, es capaz de
conocerlo? Y si lo conocéis y lo declaráis así, ¿qué aplauso puede
resonar al fin de mi tarea, que mejor me cure del espanto de haberla
acometido?_
_Ved aquí por qué doy tanta importancia á vuestro fallo en la ocasión
presente, y por qué, y á pesar del grandísimo respeto que yo tengo á
la crítica y á sus fueros indiscutibles, he de atreverme esta vez á
mirarla sereno cara á cara, por muy ceñuda que me la ponga._
_Cierto que las obras de arte ofrecen, amén del aspecto indicado,
otros muy principales también y cuya apreciación estética, por ser
de sentimiento y no de seco raciocinio, cae bajo la jurisdicción de
la crítica, por ignorante que sea en el asunto que haya inspirado la
obra juzgada; pero si es cosa resuelta ya, á lo que parece, que en la
novela que de_ seria _presuma, no han de admitirse otros_ horizontes
_que aquéllos á que estén avezados los ojos de la_ buena sociedad,
_si no han de aceptarse como asuntos de_ importancia _otros que los
que giren y se desenvuelvan en los grandes centros urbanizados á
la moderna; si la levita y el_ boudoir, _y el banquero agiotista,
y el político venal, y el joven docto en todas las ciencias, pero
desdeñado de la fortuna; el majadero elegante, y el_ problema _del
adulterio, y el_ problema _de la prostitución, y el de la virtud con
caídas, y tantos otros problemas... y hasta los indecentes galanteos
del chulo del_ Imperial, _han de ser los temas obligados de la_
buena _novela de costumbres, ¿cómo he de aspirar yo á la conquista
del aplauso general y al veredicto de la crítica militante, con un
cuadro de miserias y virtudes de un puñado de gentes desconocidas,
con accesorios de poco más ó menos y fondos de la naturaleza, ya en
su grandiosa tranquilidad, ya en sus cóleras desatadas?_
_Y vaya observando el lector distinguido y elegante, cómo,
anticipándome á su fallo y acomodándome á su modo de ver y de sentir,
confieso humildemente que no aspiro á escribir un libro al gusto de
todos, con materiales sacados de las canteras de mi huerto; y cómo
me voy aproximando á declarar, si se me aprieta un poco, que importa
menos en una estatua la obra del escultor, que la nombradía del monte
en que se arrancó la piedra._
_Así, pues, y en virtud de esto y de lo otro y de todo lo demás que
se entiende sin que yo lo puntualice, decidme vosotros cuando hayáis
leído la última palabra de esta novela:--«Choca esos cinco, porque
eres de nuestra calle...» y vengan penas después..._
_Y hasta puede que me atreviera entonces, con los alientos de ese
aplauso, contando con que el público me niegue el suyo, á exclamar
para mis adentros, puestos los ojos en las desdeñadas páginas del
libro:_
--_Pues por más que ustedes digan, no es para todos la tarea de
hinchar perros de esta catadura._
SANTANDER, diciembre 1884.
J. M. DE PEREDA.
POSTDATA.--_Al reimprimir esta novela, año y medio después de
agotada la copiosa edición primera (marzo de 1885), lugar era éste
bien á propósito, en mi entender, para decir yo cómo respondieron
á la precedente dedicatoria los aludidos y hasta los no aludidos
en ella; pero como la enumeración de los honores tributados á la
humilde_ callealtera _en tantas formas, desde tantas partes y por
tantas y tan diversas gentes, pudiera traducirse por la malicia en
pueril artificio de vanagloria, quédese, bien á pesar mío, esa cuenta
sin ajustar en público, y válgales la advertencia á mis acreedores
nobilísimos, por la más solemne declaración de lo muchísimo que les
debo._
Junio de 1888.
J. M. DE P.
[Ilustración]
[Ilustración]
I
CRISÁLIDAS
El cuarto era angosto, bajo de techo y triste de luz; negreaban á
partes las paredes, que habían sido blancas, y un espeso tapiz de
roña, empedernida casi, cubría las carcomidas tablas del suelo.
Contenía una mesa de pino, un derrengado sillón de vaqueta y tres
sillas desvencijadas; un crucifijo con un ramo de laurel seco, dos
estampas de la Pasión y un rosario de Jerusalén, en las paredes; un
tintero de cuerno con pluma de ave, un viejo breviario muy recosido,
una carpetilla de badana negra, un calendario y una palmatoria de
hoja de lata, encima de la mesa; y, por último, un paraguas de
mahón azul con corva empuñadura de asta, en uno de los rincones más
obscuros. El cuarto tenía también una alcoba, en cuyo fondo, y por
los resquicios que dejaba abiertos una cortinilla de indiana, que no
alcanzaba á tapar la menguada puerta, se entreveía una pobre cama, y
sobre ella un manteo y un sombrero de teja.
Entre la mesa, las sillas y el paraguas, que llenaban lo mejor de la
estancia, y media docena de criaturas haraposas, que arrimadas á la
pared, ó aplastando las narices contra la vidriera, ó descoyuntadas
entre dos sillas y la mesa, ocupaban casi el resto, trataba de
pasearse, con grandísimas dificultades, un cura de sotana remendada,
zapatillas de cintos negros y gorro de terciopelo raído. Era alto,
algo encorvado, con los ojos demasiado tiernos, de lo cual, por
horror á la luz, era obra la encorvadura del cuello; y tenía un poco
abultada y rubicunda la nariz, gruesos los labios, áspero y moreno el
cutis y negra la dentadura.
Entre todos aquellos granujas no había señal de zapato ni una camisa
completa; los seis iban descalzos, y la mitad de ellos no tenían
camisa. Alguno envolvía todo su pellejo en un macizo y remendado
chaquetón de su padre; pocos llevaban las perneras cabales: el
que tenía calzones no tenía chaqueta, y lo único en que iban
todos acordes era en la cara sucia, el pelo hecho un bardal y las
pantorrillas roñosas y con _cabras_. El mayor de ellos tendría diez
años. Apestaban á perrera.
--Vamos á ver--dijo el cura, dando un coquetazo al del chaquetón,
que se entretenía en resobar las narices contra los vidrios del
balcón, el cual muchacho era morrudo, cobrizo, bizco y de cabeza
descomunal,--¿quién dijo el _Credo_?
Se volvió el rapaz, después de largar un hilo sutil de saliva á la
vidriera por entre dos de sus incisivos, y respondió, encogiéndose de
hombros:
--¡Qué sé yo?
--Y ¿por qué no lo sabes, animalejo? ¿Para qué vienes aquí? ¿Cuántas
veces te he repetido que los apóstoles? Pero _ab asino, lanam_...
¿Cuántos Dioses hay?...
--¿Dioses?--repitió el interpelado cruzando los brazos atrás, con lo
que vino á quedar en cueros vivos por delante; porque el chaquetón no
tenía botones, ni ojales en que prenderlos aunque los hubiera tenido.
Reparó el cura en ello y dijo, echando mano á las solapas y cruzando
la una sobre la otra:
--¡Tapa esas inmundicias, puerco!... ¿Y los botones?
--No los tengo.
--Los habrás jugado al bote.
--Tenía una escota y la perdí esta mañana.
El cura fué á la mesa y sacó del cajón un bramante, con el que
á duras penas logró sujetar las dos remendadas delanteras del
chaquetón, de modo que taparan las carnes del muchacho. En seguida
le repitió la pregunta:
--¿Cuántos Dioses hay?
--Pues habrá--respondió el interpelado, volviendo á cruzar los brazos
atrás,--á todo tirar, ocho ó nueve.
--_¡Resurge de profundis!_... ¡Ánimas benditas, qué pedazo de
animal!... Y personas ¿cuántas?
Miró el bizco, á su manera, de hito en hito, al cura, que también le
miraba á él como podía, y respondió, con todas las señales de estar
poseído de la mayor curiosidad:
--¡Personas!... ¿Qué son personas, usté?
--¡San Apolinar bendito!--exclamó el sencillo clérigo haciéndose
cruces,--¿con que no sabes qué son personas... lo que es una
persona!... Pues ¿qué eres tú?
--¿Yo?... Yo soy _Muergo_.
--Ni tanto siquiera, porque los hay en la playa con más entendimiento
que tú... ¿Qué son personas?--repitió el cura, encarándose con el
muchacho que seguía á Muergo por la derecha, también descamisado,
pero con calzones, aunque escasos y malos, menos feo que Muergo y no
tan bronco de voz.
Este muchacho, no sabiendo qué responder, miró al más inmediato, el
cual miró al que le seguía; y todos fueron mirándose unos á otros,
con las mismas dudas pintadas en la cara.
--¿De modo--exclamó entonces el cura, volviendo á encararse con el
que seguía á Muergo,--que tampoco sabes qué eres tú?
--¡Eso sí, corflis!--respondió el muchacho, creyendo ver una salida
franca para sus apuros.
--Pues ¿qué eres?
--_Surbia._
--¡Eso te diera yo para que reventaras, animal!
--Y tú ¿qué eres?--añadió el cura, dirigiéndose á otro, de media
camisa, pero sin chaqueta y muy poco pantalón.
--Yo soy _Sula_,--respondió el interpelado, que era rubio y
delgadito, por lo cual descollaba en él, más que en el fondo tostado
de sus camaradas, la roña de las carnes.
De esta manera, y tratando de responder á la misma pregunta, fueron
diciendo sus motes los otros tres muchachos que había en el cuarto, ó
séanse _Cole_, _Guarín_ y _Toletes_. Acaso ninguno de ellos conocía
su propio nombre de pila.
El cura, que los tenía bien estudiados, no acabó de perder la
paciencia por eso. Los descerrajó cuatro improperios y media docena
de latines, y después les dijo en santa calma:
--Pero la culpa me tengo yo, que me empeño en varear el árbol,
sabiendo que no puede soltar más que bellotas. El que menos de
vosotros lleva dos meses asistiendo á esta casa... ¿Á qué, santo
nombre de Dios!... Y ¿por qué, Virgen María de las Misericordias!...
Pues porque el padre Apolinar es un bragazas que se cae de bueno.
«Pae Polinar, que este hijo está, fuera del alma, hecho una bestia;
pae Polinar, que este otro es una cabra montuna... pae Polinar, que
esta condenada criatura me quita la vida á disgustos; que yo no
puedo cuidar de él; que en la escuela de balde no le hacen maldito
el caso... que éste, que el otro, que arriba, que abajo; que usté
que lo entiende y para eso fué nacido... que enséñele, que dómele,
que desásnele...» Y tres que me ofrecen y cuatro que yo busco,
cata la casa llena de muchachos; y aguanta su peste, y explica y
machaca... y cébalos para que vuelvan al día siguiente, porque yo
sé lo que sucediera de otro modo... y hazlo todo de buena gana,
porque esa es tu obligación, pues eres lo que eres, _sacerdos Domini
nostri Jesuchristi_, por lo cual digo con Él: _sinite pueros venire
ad me_; dejad que los niños se acerquen á mí... y ríase usted de
la vecina de abajo, y del padre de éste, y de la madre del de más
allá, que murmuran y corren y propalan que si salís de mis manos más
burros de lo que vinísteis á ellas, como salieron otros muchos que
vinieron á mí antes que vosotros... ¡_Linguæ corruptæ_, carne mísera
y concupiscente!... Ríase usted de eso, como yo me río, porque debo
reirme... Pero vosotros, alcornoques, más que alcornoques, ¿qué
hacéis para corresponder á los esfuerzos del padre Apolinar? ¿Cómo
estamos de silabario al cabo de dos meses?... ¡Ni la O, cuerno, ni
la O se conoce en estas aulas si os la pinto en la pared! Pues de
doctrina cristiana, á la vista está... Y como no quiero enfadarme,
aunque motivos había para echaros uno á uno por el balcón abajo...
vamos á otra cosa, y alabado sea Dios _per omnia sæcula sæculorum_,
que lo demás es chanfaina.
Tras este desahogo, pasó fray Apolinar, sin dejar de pasearse, casi
en redondo, con las manos cruzadas atrás, á lo que él llamaba lo
llano y de todos los días: á preguntar á los granujas las oraciones
más usuales y sencillas, para que no las olvidaran; lo único que
había logrado meterles en la cabeza, aunque no bien ni del todo.
Muergo no necesitó remolque más que tres veces en el _Ave María_;
Cole dijo tal cual el _Padre nuestro_, y el que mejor sabía el
_Credo_, entre todos ellos, no pasó, sin apuntador, del «su único
Hijo.»
En vista de lo cual, fray Apolinar no le dió á Sula más que media
galleta dulce; un botón del provincial de Laredo á Toletes, y un higo
paso á Guarín.
--Del lobo un pelo, hijos--les dijo en seguida el pobre
exclaustrado;--otra vez será menos... y peor. Y ahora... ¡hospa,
canalla!... Pero aguárdate un poco, Muergo.
Los muchachos, que ya se disponían á salir, se detuvieron. Y dijo el
fraile á Muergo, alzándole las haldillas del chaquetón:
--Esto no puede continuar así. Sin camisa, cuando hay chaqueta, vaya
con Dios; pero sin calzones... ¿Á dónde han ido á parar los tuyos?
--Los puso antier mi madre á secar en las Higueras,--respondió Muergo
á tropezones.
--¿Y no han secado todavía, hombre de Dios?
--Los royó una vaca, mientras mi madre destripaba una merluza que
agolía mal.
--¡Castigo de Dios, Muergo; castigo de Dios!--dijo fray Apolinar
rascándose el cogote.--Las merluzas que huelen mal, porque están
podridas, se tiran á la mar, y no se limpian lejos de las gentes para
vendérselas después, á medio precio, á los pobres como yo, que tienen
buenas tragaderas. Pero ¿no quedó nada de los calzones, hombre?
--La culera--respondió Muergo,--y esa, _en banda_.
--Poco es--repuso el exclaustrado, revolviéndose dentro de su ropa,
movimiento que era muy habitual en él.--¿Y no hay otros en casa?
--No, señor.
--¿Ni barruntos de dónde puedan venir?
--No, señor.
--¡Cuerno con el hinojo!... Pues así no puedes continuar, porque aun
cuando te sobra paño para envolverte, á lo mejor se rompe la driza;
tú no reparas en ello, y, si reparas, lo mismo te da... De modo
que lo de siempre, hijo, lo de siempre: tú, que no puedes, llévame
á cuestas, padre Apolinar. ¿No es eso? ¿No es la purísima verdad?
¡Cuerno si lo es!
Muergo se encogió de hombros, y fray Apolinar se metió en la alcoba.
Oyósele pujar allá dentro y murmurar entre dientes algunos latinajos;
y no tardó en aparecer, alzando la cortina, con un envoltorio negro
entre manos, el cual puso en seguida en las de Muergo.
--No son cosa mayor--le dijo;--pero, al fin, son calzones. Dile á tu
madre que te los arregle como pueda, y que no los ponga á secar en
las Higueras cuando tenga que lavarlos; y si le parecen poco todavía,
que se consuele con saber que á la hora presente no los tiene
mejores, ni tantos como tú, el padre Apolinar... Con que, ¡vira,
canalla, por avante!
Otra vez se revolvió el concurso, gruñendo y respingando como piara
de cerdos que huelen el _cocino_ al salir de la pocilga, y se pintaba
en todos los roñosos semblantes el ansia de llegar á la escalera
para examinar la dádiva de fray Apolinar, la cual conservaba aún el
calorcillo que le había chocado á Muergo en ella al entregársela el
pobre exclaustrado, cuando se abrió la puerta y se presentaron en
el cuarto dos nuevos personajes. El uno era un muchacho frescote,
rollizo, de ojos negros, pelo abundante, lustroso y revuelto; boca
risueña, redonda barbilla, y dientes y color de una salud de bronce:
representaba doce años de edad, y vestía como los hijos de «los
señores.»
Traía de la mano á una muchachuela pobre, mucho más baja que él,
delgadita, pálida, algo aguileña, el pelo tirando á rubio, dura de
entrecejo y valiente de mirada. Iba descalza de pie y pierna, y no
llevaba sobre sus carnes, blancas y limpias, en cuanto de ellas iba
al descubierto, más que un corto refajo de estameña, ya viejo, ceñido
á la flexible cintura sobre una camisita demasiado trabajada por el
uso, pero no desgarrada ni pringosa, cualidades que se echaban de ver
también en el refajo. Hay criaturas que son limpias necesariamente
y sin darse cuenta de ello, lo mismo que les sucede á los gatos. Y
no se tache de inadecuada la comparación, pues había algo de este
animalejo en lo gracioso de las líneas, en el pisar blando y seguro,
y en el continente receloso y arisco de la muchachuela.
En cuanto la vió Muergo, se echó á reir como un estúpido; Cole soltó
un taco de los gordos, y Sula otro de los medianos. La recién llegada
remedó á Muergo con una risotada falsa, poniendo la cara muy fea,
sin hacer caso maldito de los otros dos granujas, ni del mismo padre
Apolinar, que alumbró un coquetazo á cada uno de los tres.
--¿Á qué vienen esas risotadas, bestia, y esas palabrotas sucias,
puercos?--dijo el fraile mientras largaba los coscorrones.
--Es la callealtera... ¡ju, ju, ju!--respondió Muergo rascándose el
cogote machacado por los nudillos de fray Apolinar.
--La conocemos nusotros,--expuso Cole, palpándose la greña.
--Que de poco se ajuega, si no es por Muergo,--añadió Sula.
Muergo volvió á reirse estúpidamente, y la muchacha tornó á hacerle
burla.
--¿Y por eso te ríes, ganso?--dijo el fraile, largándole otro
coquetazo.--¡Pues el lance es de reir!
--Es callealtera...--repitió Cole,--y estaba hiciendo barquín-barcón
en una percha que anadaba en la Maruca... Yo y Sula estábamos allí
tirándola piedras desde la orilla. Dimpués, allegó Muergo... la
acertó con un troncho, y se fué al agua de cabeza.
--¿Quién?--preguntó el fraile.
--Ella--respondió Cole.--Yo pensé que se ajuegaba, porque se iba
diendo á pique... Y Muergo se reía.
--Y yo--saltó Sula,--le dije: «¡Chapla, Muergo, tú que anadas bien,
y sácala, porque se está ajuegando!» Y entonces se echó al agua y la
sacó. Dempués, la ponimos quilla arriba; y á golpes en la espalda,
largó por la boca el agua que había embarcao.
--Y eso ¿es verdad, muchacha?--preguntó á ésta el exclaustrado.
--Sí, señor,--respondió la interpelada, sin dejar de remedar á
Muergo, que volvió á reir como un idiota.
--Corriente--dijo el exclaustrado.--Pero ¿á qué vienes aquí, y á qué
vienes tú, Andresillo, y por qué la traes de la mano? ¿En qué bodegón
habéis comido juntos, y qué pito voy á tocar yo en estas aventuras?
--Es callealtera,--respondió muy serio el llamado Andresillo.
--Ya me voy enterando, ¡cuerno!--Tres veces con ésta se me lo ha
dicho ya. Y ¿qué hay con eso?
--La conozco del Muelle-Anaos--continuó Andrés.--Baja casi todos los
días allá.--Yo no sabía lo de la Maruca... ¡que si lo sé! (y enderezó
á Muergo un gestecillo avinagrado), porque también conozco á éstos.
--¿Del Muelle-Anaos?--preguntó fray Apolinar, sin pizca de asombro.
--Sí, señor--respondió Andrés.--Van muy á menudo.
--Y él á la Maruca,--añadió Guarín.
--¡Cuerno con el rapaz, y qué veta saca!... Pero vamos al caso.
Resulta, hasta ahora, que esta niña es callealtera, y que tú y esta
granujería, á pesar de las respectivas vitolas, sois... tal para
cual... ¿Y qué más?
--Que esta mañana avisó á mi madre el _talayero_ que quedaba á la
vista la _Montañesa_... y yo salí de casa para ir á San Martín á
verla entrar... y llegué al Muelle-Anaos.
--¡Al Muelle-Anaos!... ¿No vivís ya en la calle de San Francisco?
--Sí, señor.
--¡Pues buen camino llevabas para ir á San Martín!
--Iba á ver si estaba allí _Cuco_ y me quería acompañar.
--¡Cuco! ¿También eres amigo de Cuco, de ese raquerazo descortés y
grosero, que me canta coplas indecentes en cuanto me columbra de
lejos?... ¡Cuerno con la cría!
--Yo nunca le oigo esas cosas... Malo, algo malo es; pero no hace
daño á nadie. Anda en el bote del Castrejo, y me enseña á remar, y á
echar _coles_ y _tapas_, y á descansar de espaldas y de pie...
--Sí, y á birlar los puros á tu padre para regalárselos á él; y á
_correr_ la escuela, y á andar en las _guerras_... y á muchas cosas
más que me callo... ¡Pues buenas tripas se le pondrían á tu padre si
al entrar hoy con la corbeta te veía en las peñas de San Martín en
compañía de tan ilustre camarada! ¡Cuerno, recuerno del hinojo!
Andrés se puso muy colorado, y dijo, con la cabeza algo gacha:
--No, señor... Yo no hago nada de eso, pae Polinar.
--¡Como que te vas á confesar conmigo ahora!...--repuso el fraile con
mucha sorna.--Pero ¡á mí de esas cosas, Andresillo?... En fin, ya
hablaremos de esto en mejor ocasión. Ahora, sigue con el cuento. ¿Qué
te dijo Cuco en el Muelle-Anaos?
--Á Cuco no le ví, porque andaba de flete con unos señores. Pero
estaba ésta comiendo un zoquete de pan que le habían dado, de pura
lástima, unos calafates, y me dijo que había dormido anoche en una
barquía, porque la habían echado de casa.
--Y ¿por qué?
--Porque le gusta mucho la bribia, y la pegaron.
--¡Guapamente, cuerno!... ¡Eso es lo que se llama una escuela de
órdago para una mujer! ¿Cómo te llamas, hija?
--Silda me llamo,--respondió secamente la interpelada.
--Es callealtera,--añadió Andrés.
--¡Dale, y van cuatro!--exclamó el presbítero.
--No tié padre... ¡ju, ju, ju!--graznó el salvaje Muergo.
La niña le remedó, según costumbre.
--Se ajuegó en San Pedro del Mar en la última costera del
besugo,--dijo Cole.
--Ni madre tampoco tiene,--añadió Sula.
--La recogió de lástima un callealtero que se llama tío
Mocejón,--expuso Andrés.
--¡Ta, ta, ta, ta!...--exclamó el padre Apolinar al oirlo.--Luego
esta muchacha es hija del difunto Mules, viudo hacía dos años cuando
pereció este invierno, con aquellos otros infelices... ¡Pues pocos
pasos dí yo, en gracia de la Virgen, para que te recogieran en esa
casa!... Hija, no te conocía ya. Verdad que no recuerdo haberte visto
más de dos veces, y esas mal, como lo veo yo todo con estos pícaros
ojos que no quieren ser buenos... Corriente; pero ¿de qué se trata
ahora, caballero Andrés?
--Pues yo--respondió éste, dando vueltas á la gorra entre sus
manos,--la dije, al oir lo que me contó: «vuélvete á casa.» Y ella me
dijo: «si vuelvo me desloman; y no quiero volver por eso.» Y dije yo:
«¿qué vas á hacer aquí sola?» Y dijo ella: «lo que hagan otros.» Y
yo dije: «puede que no te peguen.» Y dijo ella: «me han pegado muchas
veces... todos son malos allí, y por eso me he escapado para no
volver.» Y yo, entonces, me acordé de usté, y la dije: «yo te llevaré
á un señor que lo arreglará todo, si quieres venir conmigo.» Y ella
dijo: «pues vamos.» Y por eso la traje aquí.
Á todo esto, la niña, cuando no hacía gestos á Muergo, recorría
con los ojos suelo, muebles y paredes, tan serena y tranquila como
si nada tuviera que ver con lo que se trataba allí entre el padre
Apolinar y el hijo del capitán de la _Montañesa_.
--Es decir--exclamó el bendito fraile, cruzándose de brazos delante
del protector y de la protegida,--que éramos pocos, y parió mi
abuela. ¡Cuerno con las gangas que le caen al padre Apolinar!
Desavénganse las familias; descuérnense los matrimonios; escápense
los hijos de sus casas; aráñense los dos Cabildos; enamórese Juan
sin bragas de Petra con mucha guinda... húndase el pico de Cabarga
y ciérrese la boca del puerto... aquí está el padre Apolinar que lo
arregla todo, como si el padre Apolinar no tuviera otra cosa que
hacer que enderezar lo que otros tuercen, y desasnar bestias como las
que me escuchan. Y ¿quién te ha dicho á tí, Andresillo, que basta con
querer yo que se recoja á esta muchacha en una casa honrada, para
darla por recogida ya? Y ¿qué sabes tú si, aunque eso fuera posible,
querría yo hacerlo? ¿No lo hice ya una vez? ¿Ha servido de algo? ¿Me
lo han agradecido siquiera? Pues sábete que negocios ajenos matan
al alma; y de negocios ajenos estoy yo hasta la corona, ¡hasta la
corona, hijo... y más arriba también!... ¡Cuerno con el hinojo de mis
pecados!...
Aquí se dió dos vueltas el fraile por el cuarto, mientras las
ocho criaturas se miraban unas á otras, ó se desperezaban algunas
de ellas, ó se aburrían las más; y después de retorcerse dos
veces seguidas dentro del vestido, detúvose delante de Silda y de
Andresillo, y les dijo:
--De modo que lo que vosotros queréis es que ahora mismo os acompañe
á casa de Mocejón, y le hable al alma y le diga: aquí está el hijo
pródigo que vuelve arrepentido al hogar paterno...
--Á mí no--interrumpió Andrés con viveza;--á ésta es á quien ha de
acompañar usté. Yo me voy ahora mismo á San Martín á ver entrar á mi
padre, que debe estar ya si toca ó llega.
--Y yo me voy contigo--dijo Silda con la mayor frescura.--Me gusta
mucho ver entrar esos barcos grandes...
--Entonces, cabra de los demonios--replicóla fray Apolinar,
cuadrándose delante de ella,--¿para quién voy á trabajar yo? ¿Qué
voy á meterme en el bolsillo con ese mal rato? Si á tí no te importa
lo que resulte del paso que me obligáis á dar, ¿qué cuerno me ha de
importar á mí?... ¡Pues no voy, ea!
--Á que sí, pae Polinar,--le dijo Andrés, mirándole muy risueño.
--¡Á que no!--respondió el fraile, queriendo ser inexorable.
--Á que sí,--insistió Andrés.
--¡Cuerno!--replicó el otro casi enfurecido,--¡pongo las dos orejas á
que no, y á reteque no!
Entonces, como si se hubieran puesto instantáneamente de acuerdo los
ocho personajes que le rodeaban, gritaron unísonos y con cuanta voz
les cabía en la garganta:
--¡Á que sí!
Y como vieron al fraile rascarse nervioso la cabeza y alumbrar un
testarazo á Muergo, lanzáronse todos en tropel á la escalera, que,
angosta y carcomida, retemblaba y crujía, y no pararon hasta el
portal, donde se examinó el regalo del padre Apolinar.
Después de convenir todos en que no era cosa superior, dijo Andrés á
Silda:
--Para cuando volvamos de San Martín, ya habrá estado pae Polinar
en casa de tío Mocejón, ó en otra casa... De un brinco subo yo á
preguntarle lo que haya pasado. Tú me esperas aquí, y bajo y te lo
cuento. No te dé pena, que ya lo arreglaremos entre todos. Ahora,
vámonos.
La niña se encogió de hombros, y Muergo, apretándose el nudo de la
driza del chaquetón, dijo enseñando los dientes y revirando mucho los
ojos:
--Yo voy tamién, en cuanto deje estos calzones á mi madre.
--Y yo tamién,--añadió Sula.
Silda llamó burro á Muergo; Guarín, Cole y los demás dijeron que
se iban, quién al Muelle-Anaos, quién á las lanchas, quién á otros
quehaceres, y Muergo á dejar los calzones en su casa, y se separaron
á buen andar.
* * * * *
Todo esto acontecía en una hermosa mañana del mes de junio,
bastantes años... muchos años hace, en una casa de la calle de la
Mar, de Santander; de aquel Santander sin escolleras ni ensanches;
sin ferrocarriles ni tranvías urbanos; sin la plaza de Velarde y
sin vidrieras en los claustros de la catedral; sin _hoteles_ en
el Sardinero y sin ferias ni barracones en la Alameda segunda; en
el Santander con dársena y con pataches hasta la Pescadería; el
Santander del _Muelle-Anaos_ y de la _Maruca_; el de la Fuente
Santa y de la Cueva del tío Cirilo; el de la Huerta de los Frailes
en abertal, y del provincial de Burgos envejeciéndose en el cuartel
de San Francisco; el de la casa de Botín, inaccesible, sola y
deshabitada; el de los Mártires en la Puntida, y de la calle de
Tumbatres; el de las gigantillas el día 3 de noviembre, aniversario
de la _batalla de Vargas_, con luminarias y fuegos artificiales
por la noche, y de las corridas en que mataba _Chabiri_, picaba el
_Zapaterillo_, banderilleaba _Rechina_ y capeaba el _Pitorro_, en la
plaza de Botín, con música de los Nacionales; el Santander de los
Mesones de Santa Clara, del Peso público y de _Mingo_, la _Zulema_
y _Tumbanavíos_; del _Chacolí_ de la Atalaya, y del cuartel del
Reganche en la calle de Burgos; del parador de Hormaeche, y de la
_casa del Navío_; el Santander de aquellos muchachos _decentes_,
pero muy mal vestidos, que, con bozo en la cara todavía, jugaban al
bote en la plaza Vieja, y hoy comienzan á humillar la cabeza al peso
de las canas, obra, tanto como de los años, de la nostalgia de las
cosas venerandas que se fueron para nunca más volver; del Santander
que yo tengo acá dentro, muy adentro, en lo más hondo de mi corazón,
y esculpido en la memoria de tal suerte, que á ojos cerrados me
atrevería á trazarle con todo su perímetro, y sus calles, y el color
de sus piedras, y el número, y los nombres, y hasta las caras de sus
habitantes; de aquel Santander, en fin, que á la vez que motivo de
espanto y mofa para la desperdigada y versátil juventud de hogaño,
que le conoce de oídas, es el único refugio que le queda al arte
cuando con sus recursos se pretende ofrecer á la consideración de
otras generaciones algo de lo que hay de pintoresco, sin dejar de
ser castizo, en esta raza _pejina_ que va desvaneciéndose entre la
abigarrada é insulsa confusión de las modernas costumbres.
[Ilustración]
[Ilustración]
II
DE LA MARUCA Á SAN MARTÍN
Estaba tentadora la Maruca cuando pasaron junto á ella los cuatro
muchachos que se encaminaban á San Martín. Salía el agua á borbotones
por el boquerón de la trasera del Muelle, y regueros de espuma iban
marcando el creciente nivel de la marea en el muro de la calzada de
Cañadío y en la playa de la parte opuesta, cerrada por la fachada de
un almacén que aún existe, y un alto y espeso bardal que empalmaba
con ella en dirección al Este, espacio ocupado hoy por la casa de
los Jardines y la plaza del Cuadro, con cuantos edificios y calles
les siguen por el Norte, hasta la pared de la huerta de Rábago.
Esto era la Maruca de entonces, que comunicaba con la bahía por el
alcantarillón que desembocaba en la punta del Muelle, antro temeroso
que muy pocos valientes se habían atrevido á explorar, cabalgando
en un madero flotante. Cuco aseguraba haber acometido esta empresa;
es decir, entrar por el boquerón de la Maruca y salir por el del
Muelle, á media marea; pero tales cosas contaba de tinieblas espesas,
de ruidos espantosos, de ratas como cabritos y de ayes lastimeros,
como de ánimas en pena, que me han hecho dudar después acá que fuera
verdad la hazaña. Meter la cabeza en el negro misterio, pero sin
abrir los ojos por no ver horrores, eso lo hicieron muchos, y yo
entre ellos; pero lo de Cuco... ¡bah! ¿Por qué no citaba testigos
cuando lo afirmaba? Y bien valía la pena de acreditarse así tal
empresa, por ser la única que podía, ya que no compararse, ponerse
cerca siquiera de otra, tan espantable de suyo, que ni en broma se
atrevió entonces ningún muchacho á decir que la hubiera acometido:
dar cuatro pasos no más en el antro misterioso que conducía al
abismo en cuyo fondo _flotaba_ el barco de piedra en que vinieron á
Santander las cabezas de sus patronos, los mártires de Calahorra,
San Emeterio y San Celedonio; antro cuya puerta de entrada, baja y
angosta, manchada de todo género de inmundicias y cerrada siempre,
contemplaban chicos y grandes, con serios recelos, en el muro del
Cristo, cerca ya de San Felipe, al pasar por la embovedada calle de
los Azogues. Según la versión popular, lo mismo era penetrar allí
una persona, que caer destrozada á golpes y desaparecer del mundo
para siempre. Se habían dado casos, y nadie los ponía en duda, aunque
sobre los _quiénes_ y los _cuándos_ no hubiera toda la claridad que
fuera de apetecer.
Repito que estaba tentadora la Maruca para los cuatro chicos que
caminaban hacia San Martín.
La marea, á más de dos tercios (y eran _vivas_ á la sazón), y todos
los maderos flotando; y además de las perchas de costumbre (porque
siempre había allí alguna), dos vigas que no estaban el día antes:
dos vigas juntas, amarradas una á otra y fondeadas con un arpón,
cerca de la orilla del bardal.
--¡Cosa de nada!--como dijo Andrés respingando de gusto en cuanto las
vió;--descalzarme, remangar las perneras hasta los muslos, y en un
decir «Jesús,» atracar un poco las vigas, halando del cabo del arpón;
saltar encima de ellas, y con el palo que tengo escondido donde yo
sé, bien cerca de aquí... ¡Recontra, qué _barco_ más hermoso!... ¡y
qué marea!
Lo mismo opinaban Sula y Muergo, y bien le tentaron para que no
pasara de allí; pero la fuerza que le movía hacia San Martín era más
poderosa que la que trataba de detenerle en la Maruca; y por eso,
y porque Silda, acaso recordando el remojón consabido al ver la
percha, que ya le había señalado Muergo con sus ojos bizcos y su risa
estúpida, le apoyó con vehemencia, fué sordo á las seducciones de sus
astrosos compañeros, y ciego á los atractivos que tenía delante.
Así es que duró poco la detención allí, y muy pronto se les vió
trepar á los prados en busca del camino de la Fuente Santa. Aunque
Andrés había visto, al asomarse al Muelle en sitio conveniente, que
aún no se había puesto el gallardete amarillo sobre la bandera azul
en el palo de señales de la Capitanía, prueba de que la corbeta
avistada no abocaba todavía al puerto, llevaba mucha prisa; porque
resuelto á ver la entrada de su padre desde San Martín, creía que
andaba el barco más que su pensamiento, y temía llegar tarde.
Mientras caminaba, siempre delante de los demás, éstos le
acribillaban á preguntas, ó le detenía alguno de ellos para ver cómo
se revolcaba Muergo sobre los prados, ó se bañaba algún chico entre
las peñas cercanas á la Cueva del tío Cirilo, ó rendía la bordada un
patache buscando la salida con viento de proa, ó remedaba Silda el
mirar torcido y el reír estúpido de Muergo.
--¡Buenas cosas traerá tu padre!--dijo la muchachuela á Andrés.
--Á veces las trae tal cual,--respondió Andrés sin volver la cara.
--¿Para tí también?
--Y para todos. Una vez me trajo un loro.
--Mejor eran cajetillas,--expuso Sula.
--U jalea,--añadió Muergo.
--Para él las trae á cientos, de _Las tres coronas_,--dijo Andrés
respondiendo á Sula.
--¡Bien sé yo lo que es jalea, puño!--insistió Muergo
relamiéndose.--Una vez la caté... ¡ju, ju, ju! Se lo dió á mi madre
una señora del Muelle... Yo creo que lo trincó, ¡ju, ju, ju! Tamién
yo se lo trinqué á ella una noche, y me zampé media caja... ¡Puño,
qué taringa endimpués que lo supo!
--Puede que tamién traiga mantones de seda--dijo Silda, apretando la
jareta de la saya sobre su cintura.--Si trae muchos, guárdame uno,
¿eh, Andrés?
Volvióse éste hacia Silda, asombrado del encargo que acababa de
hacerle, y vió á Sula cabeza abajo, agarrado con las manos á la yerba
y echando al aire, ora una pierna, ora la otra, pero nunca las dos
á la vez. Cabalmente el hacer pinos pronto y bien era una de las
grandes habilidades de Andrés. Sintióse picado del amor propio al ver
la torpeza de Sula, y alumbrándole un puntapié en el trasero, díjole,
para que se enteraran todos los presentes:
--Eso se hace así.
Y en un periquete hizo el pino perfecto, con zapateta y perneo, y
la Y, y casi la T, y cuanto podía hacerse, sin ser descoyuntado
volatinero, en aquella incómoda postura. Y tanto se zarandeó, animado
por el aplauso de Silda y de Muergo, que se le cayó en el prado
cuanto llevaba en los bolsillos, lo cual no era mucho: tres cuartos
en dos piezas, un pitillo, un cortaplumas con falta de media cacha, y
unos papelejos.
En cuanto Muergo vió el pitillo, le echó la zarpa y se apartó un buen
trecho; y antes que Andrés hubiera deshecho el pino y recogido del
suelo los cuartos, papeles y navaja, ya él había sacado un fósforo
de cartón que conservaba en el fondo insondable de un bolsillo de su
chaquetón, y resobado el misto contra un morrillo, y encendido el
cigarro, y dádole tres chupadas tan enormes, sin soltarle de la boca,
y tan bien _tapadas_, que cuando se le fué encima el hijo del capitán
de la _Montañesa_ reclamando á _piña seca_ lo que era suyo, Muergo,
envuelta en humo la monstruosa cabeza, porque le arrojaba por todos
los agujeros de ella y hasta parecía que por las mismas crines de su
melena, sólo pudo entregar medio pitillo, y ese puerco y apestando.
Así y todo, le consumió Andrés en pocas chupadas, pues si á Sula le
vencía en hacer pinos, á _taparlas_ no le ganaba Muergo. ¡Como que
le había enseñado á fumar Cuco, que era el fumador más tremendo del
Muelle-Anaos, lo cual es tanto como decir el fumador más valiente del
mundo! Pues todavía alumbró Sula un par de _bofetadas_ buenas á la
colilla impalpable que tiró Andrés.
En la Fuente Santa se encaramaron en el pilón y bebieron agua, sin
sed los más de ellos, y Silda se lavó las manos y se atusó el pelo.
Después echaron por el empinado callejón de la «fábrica de sardinas,»
y salieron á los prados de Molnedo. Allí intentó Muergo hacer su poco
de pino, quedándose rezagado para que no le vieran la prueba si le
salía mal. En la brega para enderezar no más que el tronco sobre la
cabeza, pues en cuanto á los pies, no había que pensar en despegarlos
del prado, se le volvieron las faldas del chaquetón hasta taparle
los ojos. En tan pintoresco trance le hallaron los de sus camaradas,
advertidos por Silda, que fué la primera en notar la falta del
salvaje rapaz. Llegáronse todos á él muy queditos; y uno con ortigas
y otro con una vara, y Silda con la suela entachuelada de un zapato
viejo que halló en el prado, le pusieron aquellas nalgas cobrizas,
que echaban lumbres.
--¡Págame el tronchazo, animal!--le gritaba Silda mientras le
estampaba las tachuelas en el pellejo, cuando le dejaban sitio y
ocasión la vara de Andrés y las ortigas de Sula.
Bramidos de ira, y hasta blasfemias, lanzaba Muergo al sentirse
flagelado tan bárbaramente; pero sólo cuando imploró misericordia,
logró que sus verdugos le dejaran en paz y rascarse á sus anchas las
ampollas, que le abrasaban.
Sula, ya que estaba allí, quiso acercarse al _Muelluco_. Andrés le
dijo que hartas detenciones iban ya para la prisa que él llevaba;
pero Sula no tomó en cuenta el reparo, y se bajó al Muelluco. En
seguida empezó á gritar:
--¡Congrio, qué hermosura!... ¡Cristo, qué marea! ¡Madre de Dios, qué
cámbaros!... ¡Atracarvos, congrio!
Y no hubo más remedio que atracarse todos al Muelluco. Buena era,
en efecto, la marea, mas no para tan ponderada; y en cuanto á los
cámbaros, los pocos que se veían no pasaban de lo regular. Pero
Sula estaba en _lo suyo_, y no podía remediarlo. El sol calentaba
bastante; el agua, verdosa y transparente, _cubría_ en aquel sitio
más de dos veces, y se podían contar uno á uno los guijarros del
fondo.
--Échame dos cuartos, Andrés--le dijo el raquero, piafando impaciente
sobre el Muelluco.--¡Te los saco de un cole!
--No los tengo,--contestó Andrés, que deseaba continuar su camino
sin perder un minuto.
--¡Que no los tienes?--exclamó admirado Sula.--¡Y te los cogí yo
mesmo del prao cuando te se caeron de la faldriquera endenantes!
Andrés se resistía. Sula apretaba.
--¡Congrio!... ¡Échame tan siquiera el cuarto! ¡Vamos, el cuarto
solo, que tamién tienes!... ¡Anda, hombre!... Mira, le engüelves
en uno de esos papelucos arrugaos que te metí yo mesmo en la
faldriquera...
Y Andrés, que nones. Pero terció Silda á favor del suplicante, y
al fin la roñosa moneda, envuelta en un papel blanco, fué echada
al agua. Los cuatro personajes de la escena observaron, con suma
atención, cómo descendía en rápidos ziszás hasta el suelo, y cómo se
metió debajo de un canto gordo, movedizo, pero sin quedar enteramente
oculta á la vista.
--¡Cóntrales!--dijo Sula rascándose la cabeza y suspendiendo
la tarea, que había comenzado, de quitarse su media camisa sin
despedazarla por completo.--¡Puede que haiga _pulpe_ allí!
Cosa que á Muergo le tenía sin cuidado, puesto que, en un abrir y
cerrar de ojos, desató el bramante de su cintura; largó el chaquetón
que le envolvía hasta cerca de los tobillos, y se lanzó al agua, de
cabeza, con las manos juntas por delante. Tan limpio fué el cole,
que apenas produjo ruido el cuerpo al caer; y sólo unas burbujitas
y una ligera ondulación en la superficie indicaban que por allí se
había colado aquel animalote bronceado y reluciente, que buceaba,
como una tonina, meciéndose, yendo y viniendo alrededor del canto
gordo, con la greña flotante, cual si fuera manojo de porreto; se le
vió en seguida remover la piedra, mientras sus piernas continuaban
agitándose blandamente hacia arriba, coger el blanco envoltorio,
llevársele á la boca; invertir su postura con la agilidad de un
_bonito_, y, de dos pernadas y un braceo, aparecer en la superficie
con la moneda entre los dientes, resoplando como un hipopótamo de
cría.
--¿Echas la mota?--dijo á Andrés después de quitarse el cuarto de la
boca, y sosteniéndose derecho en el agua, solamente con la ayuda de
las piernas.
--Ni la mota ni un rayo que te parta--respondió Andrés, consumido por
la impaciencia.--¡Ni os espero tampoco más!
Y como lo dijo, lo hizo, camino de las Higueras, sin volver atrás la
cara.
Cuando la volvió, cerca ya de los prados de San Martín, observó que
no le seguía ninguno de sus tres camaradas. En el acto sospechó, no
infundadamente, que el cuarto adquirido por Muergo era la causa
de la deserción. Sula y la muchacha querrían que se _puliera_ en
beneficio de todos.
No le pesó verse solo, pues no le hacía mucha gracia andar en sitios
públicos con amigos de aquel pelaje.
Menos le pesó cuando al atravesar, por el podrido tablero, el foso
del castillo, vió su _batería_ llena de gente que le había precedido
á él con el mismo propósito de asistir desde allí á la entrada de
la _Montañesa_; gente que le era bien conocida en su mayor parte,
pues había entre ella marinos amigos de su padre, prácticos libres
de servicio aquel día, á quienes había visto mil veces, no sólo en
el Muelle, sino en su propia casa; el mismo dueño y armador de la
corbeta, comerciante rico, que le infundía un respeto de todos los
diablos; las mujeres de algunos marineros de ella; el mismísimo
don Fernando Montalvo, profesor de náutica, maestro de su padre y
de todos los capitanes y pilotos jóvenes de entonces, personaje de
proverbial rigidez en cátedra, al cual temía mucho más que al amo
de la _Montañesa_, porque sabía que estaba destinado á caer bajo su
férula en día no remoto; Caral, el conserje del Instituto Cántabro,
que no perdía espectáculo gratis y al aire libre; su amigo el _Conde
del Nabo_, con su casacón bordado de plata, resto glorioso de no sé
qué empleo del tiempo de sus mocedades, y la sempiterna queja de que
no le alcanzaba la jubilación para nutrir el achacoso cuerpo, que ya
se le quebrantaba por las _choquezuelas_; don Lorenzo, el cura loco
de la calle Alta, tío de un muchacho, amigo de Andrés, que se llamaba
_Colo_ y estaba abocado á matricularse en latín, por exigencia y con
la protección de aquel energúmeno; _Ligo_, mozo que iba á hacer ya
su segundo viaje de piloto, y á cuya munificencia debía él algunos
puñados de picadura... y no pocos coscorrones; Aniceto, el sastre
inolvidable; Santoja, el famoso zapatero del portal del marqués de
Villatorre... y muchos curiosos más de diversas cataduras; algunos
con sus catalejos enfundados, y no pocos con sus sabuesos de caza ó
su borreguito domesticado... Porque, en aquel entonces, la entrada
de un barco como la _Montañesa_, de la matrícula de Santander, de un
comerciante de Santander, mandado y tripulado por capitán, piloto
y marineros de Santander, era un acontecimiento de gran resonancia
en la capital de la Montaña, donde no abundaban los de mayor bulto.
Además, la _Montañesa_ venía de la Habana, y se esperaban muchas
cosas por ella: la carta del hijo ausente; los _vegueros_ de regalo;
la caja de _dulces surtidos_; el sombrero de jipijapa; la letra de
50 pesos; la revista de aquel mercado; las noticias de tal cual
persona de dudoso paradero ó de rebelde fortuna, y, cuando menos,
las memorias para media población, y algunos indianos de ella, de
retorno. La misma curiosidad, y por las mismas razones, excitaban la
_Perla_, la _Santander_ y muy pocas fragatas más de aquellos tiempos.
Nadie ignoraba en la ciudad cuándo salían, qué llevaban, á dónde
iban ni por dónde andaban, como fuera posible saberlo. Sus capitanes
y pilotos eran popularísimos, y sus dichos y sus hechos se grababan
en la memoria de todos, como glorias de familia. ¿Quién de los que
entonces tuvieran ya uso de razón y vivan hoy, habrá olvidado aquella
tarde inverniza y borrascosa, en que, apenas avistada al _puerto_ una
fragata, se oyó de pronto el tañido retumbante, acompasado, lento y
fúnebre del campanón de los Mártires!
--¡Á barco!--exclamaron cientos y cientos de personas que conocían el
toque.
--¡La _Unión_!--añadían consternadas, echándose á la calle, las que
aún no habían salido de casa.
Porque no ignoraba nadie, desde por la mañana, que la _Unión_ era la
fragata avistada, y que venía corriendo un temporal furioso.
Yo me hallaba en la escuela de Rojí al sonar el campanón, y ninguno
preguntó allí «¿qué fragata es esa?» cuando se nos dijo: «¡la
_Unión_ se va á las _Quebrantas_!» Todos la conocíamos, y casi
todos la esperábamos. Con decir que en seguida se nos dió suelta,
pondero cuanto puede ponderarse la impresión causada en el público
por el suceso. Medio pueblo andaba por la calle, y el otro medio se
desparramaba desde el castillo de San Martín al del Hano, viendo
consternado, primero, cómo se salvaba la tripulación, casi por
milagro de Dios, y, después, cómo daba á la costa el hermoso buque,
y se despedazaba á los golpes del embravecido mar, y caía sobre
sus despojos una nube de aquellos rapaces costeños, de quienes se
contaba, y aún se cuenta, que ponían una vela á la Virgen de Latas
siempre que había temporal, para que fueran hacia aquel lado los
buques que abocaran al puerto.--No cabe en libros lo que se habló en
Santander de aquel triste suceso, que hoy no llevaría dos docenas de
curiosos al polvorín de la Magdalena. Y aún fué, pasados los años,
tema compasible de muchas y muy frecuentes conversaciones; y todavía
hoy, como se ve por la muestra, sale á colación de vez en cuando.
Y con esto, vuelvo á las personas que dejamos en San Martín esperando
la llegada de la _Montañesa_.