Desde que aquella ilustre niña pudo pensar, se ocupó en meditar los
graves asuntos de la política, por lo que podian interesar á su adorado
padre.
Para no separarse de éste, eligió, entre los numerosos pretendientes
que se presentaron á su mano, á Erico Magnus, baron de Staël Holstein,
embajador de Suecia, y que dió su palabra de honor de no obligar jamas
á su esposa á dejar la Francia.
Cuando la revolucion francesa trajo el destierro para Mr. Necker, éste
se retiró á Suiza y su hija le acompañó; volvió á ser llamado por el
Rey, y otra vez fué con él á París.
En 1790 el Ministro, abrumado de injusticias y disgustos, abandonó por
segunda vez á Francia. Ana acababa de dar á luz un hijo; mas olvidando
el cuidado de su propia salud, se puso en camino para seguir á su padre
á la posesion de Copelt.
Poco tiempo despues murió la Baronesa, y Ana fué entónces más que nunca
el solo consuelo de su padre, extremadamente afligido por la pérdida de
su esposa.
Desterrada ella misma, murió su padre, en tanto que sufria léjos de su
patria la pérdida de su esposo y todos los dolores de una larga
peregrinacion. Entónces su desesperacion no tuvo límites: volvió á
Copelt, reunió todas las obras de su padre y las hizo imprimir, con un
extenso artículo biográfico, escrito por ella misma, con la
justificacion del carácter de Mr. Necker y de su vida privada.
La lectura de este opúsculo da á conocer el alma apasionada de Mme.
Staël, y convence plenamente de que el sentimiento más profundo que se
albergaba en ella era el amor filial: expresa en él, con la elocuencia
de un vivo dolor, su amargo pesar al ver que su padre descendia á la
tumba sin que los franceses hubieran apreciado su carácter noble y
superior. Aquel escrito es un quejido del alma, herida en lo más vivo,
que hace sufrir y excita el llanto: es indudable que la autora hubiera
eternizado su nombre, áun cuando fuera ésta su única produccion.