II.

Era la víspera del casamiento: Clara habia madrugado, y venía de su

casita de la aldea trayendo en la mano una canastilla llena de frutos y

flores; reinaba estío, y la naturaleza ofrecia sus más ricos dones: en

un lecho de rosas y de claveles venian colocados los delicados frutos

que más apetecia Eduardo, y que pocas veces le permitian probar á causa

de su débil salud.

Clara se parecia al ángel de la juventud y de la inocencia: llevaba un

largo traje blanco, y sus cabellos caian en largas trenzas por su

espalda, sin adorno ni sujecion alguna.

Sus ojos azules, grandes y límpidos, reflejaban la serenidad de aquel

dia, y en su frente se veian reir todas las bellas ilusiones que traen

en sus alas la juventud y la esperanza.

El aya de Eduardo salió á recibirla.

--¿Ya levantada, señorita? la preguntó; aquí duermen aún todos, ménos

Eduardo y yo.

--Tanto mejor, exclamó Clara alegremente; mirad, mi querida señora:

esta canastilla es para dar á Eduardo una sorpresa; voy á ponerla sobre

la mesa que se halla en el templete de jazmines del jardin; ya sabeis

que está cubierta con un gran tapete; yo me esconderé debajo; llamaréis

al niño, verá la canastilla, y yo disfrutaré de su alegría, sin que

sepa dónde estoy.

Y esto diciendo, la hermosa niña echó á correr al jardin seguida del

aya, que sonreia al pensar en el inocente complot.

Clara puso el lindo cestillo en la gran mesa que ocupaba el centro del

templete; alzó el pesado tapiz que la cubria y llegaba hasta el suelo,

y ocultó debajo su graciosa y poética figura.

El aya fué á llamar á Eduardo, que jugaba con su lebrel al fin del

jardin.

Algunos instantes despues se oyó al niño que llegaba corriendo y

gritando alegremente: Clara le vió penetrar en el templete, y su

inocente corazon latió presuroso; pero de súbito el gorjeo infantil de

Eduardo se apagó en un largo gemido... Clara vió el tapete de la mesa

alzarse por un lado... vió asomarse por el hueco la enérgica cabeza de

su padre, trastornada por una terrible expresion de gozo y de espanto á

la vez, y vió caer sobre su blanco traje un cuchillo ensangrentado.

La desgraciada niña no pudo ni lanzar un suspiro, y quedó desmayada.

Cuando volvió en sí se halló frente al cadáver de Eduardo, cuyo pecho

infantil estaba abierto por una profunda herida; al lado de su hijo se

hallaba el Marqués de pié, sombrío, lívido y con los brazos cruzados

sobre el pecho: los representantes de la ley estaban allí tambien.

Detras de ellos se hallaba Montalban, que miraba á su hija con una

ansiedad profunda.

--Se os acusa de la muerte de este niño, señorita, dijo á la jóven el

procurador del Rey.

--¡Á mí!... gritó Clara lanzándose sobre el cadáver; ¡á mí! ¿Quién me

acusa?

--Su propio padre: vos sabiais que muriendo este niño, el Sr. Marqués,

que iba á ser mañana vuestro esposo, sería inmensamente rico, y sin

duda la ambicion os ha extraviado.

Clara sabía aquello por la primera vez, y apénas oyó lo que la decian

se dejó caer de rodillas ante el lecho donde estaba el cadáver, y puso

sus labios sobre la mano ya helada, de la inocente víctima.

--¡Levantaos! Miraos manchada con la sangre de mi hijo, ¡y defendeos si

podeis! exclamó sordamente el Marqués.

Clara tembló, é iba á gritar:--«¡Soy inocente!»--pero la angustiosa

mirada de su padre le cerró la boca: una palidez terrible cubrió su

gracioso rostro, y dijo, alzando al cielo los ojos como para ofrecerle

su sacrificio:

--¡Yo he dado muerte á ese niño!

El español, al asesinar á la inocente criatura, queria conquistar para

su hija una opulencia de que él mismo necesitaba; pero jamas pensó que

su crímen recayese sobre Clara: cuando arrojó el puñal bajo la mesa del

jardin, no la vió allí; pensaba, y con razon, que se culparia á algun

ladron que queria asaltar la casa, y que se habia visto molestado por

la presencia del niño en el jardin.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 253 / 399 题