Era la víspera del casamiento: Clara habia madrugado, y venía de su
casita de la aldea trayendo en la mano una canastilla llena de frutos y
flores; reinaba estío, y la naturaleza ofrecia sus más ricos dones: en
un lecho de rosas y de claveles venian colocados los delicados frutos
que más apetecia Eduardo, y que pocas veces le permitian probar á causa
de su débil salud.
Clara se parecia al ángel de la juventud y de la inocencia: llevaba un
largo traje blanco, y sus cabellos caian en largas trenzas por su
espalda, sin adorno ni sujecion alguna.
Sus ojos azules, grandes y límpidos, reflejaban la serenidad de aquel
dia, y en su frente se veian reir todas las bellas ilusiones que traen
en sus alas la juventud y la esperanza.
El aya de Eduardo salió á recibirla.
--¿Ya levantada, señorita? la preguntó; aquí duermen aún todos, ménos
Eduardo y yo.
--Tanto mejor, exclamó Clara alegremente; mirad, mi querida señora:
esta canastilla es para dar á Eduardo una sorpresa; voy á ponerla sobre
la mesa que se halla en el templete de jazmines del jardin; ya sabeis
que está cubierta con un gran tapete; yo me esconderé debajo; llamaréis
al niño, verá la canastilla, y yo disfrutaré de su alegría, sin que
sepa dónde estoy.
Y esto diciendo, la hermosa niña echó á correr al jardin seguida del
aya, que sonreia al pensar en el inocente complot.
Clara puso el lindo cestillo en la gran mesa que ocupaba el centro del
templete; alzó el pesado tapiz que la cubria y llegaba hasta el suelo,
y ocultó debajo su graciosa y poética figura.
El aya fué á llamar á Eduardo, que jugaba con su lebrel al fin del
jardin.
Algunos instantes despues se oyó al niño que llegaba corriendo y
gritando alegremente: Clara le vió penetrar en el templete, y su
inocente corazon latió presuroso; pero de súbito el gorjeo infantil de
Eduardo se apagó en un largo gemido... Clara vió el tapete de la mesa
alzarse por un lado... vió asomarse por el hueco la enérgica cabeza de
su padre, trastornada por una terrible expresion de gozo y de espanto á
la vez, y vió caer sobre su blanco traje un cuchillo ensangrentado.
La desgraciada niña no pudo ni lanzar un suspiro, y quedó desmayada.
Cuando volvió en sí se halló frente al cadáver de Eduardo, cuyo pecho
infantil estaba abierto por una profunda herida; al lado de su hijo se
hallaba el Marqués de pié, sombrío, lívido y con los brazos cruzados
sobre el pecho: los representantes de la ley estaban allí tambien.
Detras de ellos se hallaba Montalban, que miraba á su hija con una
ansiedad profunda.
--Se os acusa de la muerte de este niño, señorita, dijo á la jóven el
procurador del Rey.
--¡Á mí!... gritó Clara lanzándose sobre el cadáver; ¡á mí! ¿Quién me
acusa?
--Su propio padre: vos sabiais que muriendo este niño, el Sr. Marqués,
que iba á ser mañana vuestro esposo, sería inmensamente rico, y sin
duda la ambicion os ha extraviado.
Clara sabía aquello por la primera vez, y apénas oyó lo que la decian
se dejó caer de rodillas ante el lecho donde estaba el cadáver, y puso
sus labios sobre la mano ya helada, de la inocente víctima.
--¡Levantaos! Miraos manchada con la sangre de mi hijo, ¡y defendeos si
podeis! exclamó sordamente el Marqués.
Clara tembló, é iba á gritar:--«¡Soy inocente!»--pero la angustiosa
mirada de su padre le cerró la boca: una palidez terrible cubrió su
gracioso rostro, y dijo, alzando al cielo los ojos como para ofrecerle
su sacrificio:
--¡Yo he dado muerte á ese niño!
El español, al asesinar á la inocente criatura, queria conquistar para
su hija una opulencia de que él mismo necesitaba; pero jamas pensó que
su crímen recayese sobre Clara: cuando arrojó el puñal bajo la mesa del
jardin, no la vió allí; pensaba, y con razon, que se culparia á algun
ladron que queria asaltar la casa, y que se habia visto molestado por
la presencia del niño en el jardin.