I.

Jamas se borrará de nuestra memoria el grandioso ejemplo del amor

filial que la ilustre pluma de la Condesa de Genlis nos refiere,

afirmando ántes que es verdadero.

Para aquellas de nuestras lectoras que no le conozcan, vamos á

referirlo, no sin advertirles que, por sublime que sea, nos parece muy

natural y dentro completamente de las leyes del deber.

El Marqués de Valmore, viudo y padre de un niño de siete años, iba á

contraer un segundo enlace con una encantadora niña de diez y seis.

Clara, que éste era su nombre, era un modelo de todas las gracias

propias de su edad, pero pobre; su padre era un emigrado español

llamado Montalban, y ambos habitaban en la aldea que se extendia al pié

del opulento castillo de Valmore.

El Marqués, jóven de treinta años, vió á Clara y la amó; era imposible

defenderse del encanto de aquella niña, cuya plácida fisonomía

retrataba la sensibilidad y el talento, unidos á la inocencia y á la

más perfecta hermosura.

Á pesar de todas las representaciones de la madre y de la hermana del

Marqués, éste declaró que su resolucion de casarse con Clara era

irrevocable, y todo se preparó para la boda.

La fortuna propia del Marqués no era muy considerable; su gran riqueza

provenia de la colosal que le habia traido su primera esposa: esta

fortuna la habia heredado de su madre el niño Eduardo, el que si moria,

debia, á su vez, dejarla á su padre.

Clara amaba al niño, de quien iba á ser segunda madre, con una ternura

sin límites; es verdad que el niño la merecia y se la pagaba con usura:

sólo al lado de Clara se hallaba contento; todo lo bello que poseia era

para Clara, y á Clara llamaba cada mañana al despertarse.

El Marqués se pasaba largo rato algunas veces contemplando el grupo

encantador que formaban su prometida y su hijo, jugando como dos

hermanos sobre el césped del parque.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 252 / 399 题