III.

Algunos dias despues Clara subia al cadalso, tranquila y firme en el

heroico propósito de salvar á su padre de la horrible suerte que ella

iba á sufrir sin merecerla; pero el hombre que tanto la habia adorado,

no pudo resolverse á dejarla morir, y un oficial del Rey llegó,

agitando una órden en su mano, y gritando estas elocuentes palabras:

--¡Perdon! ¡S. M. indulta á la culpable!

Tres años más tarde una religiosa hospitalaria recorria una sala del

hospital de sangre de la Rochela, terminado ya su glorioso sitio; era

Clara: al llegar á uno de los lechos ocupados aquel dia, dejó escapar

un grito: en él yacia herido el Marqués de Valmore.

--¡Clara! exclamó él reconociéndola tambien: ¡Mi Clara, mi santa y

adorable Clara! te encuentro al fin... Montalban ha sido preso y

condenado á muerte por robo y asesinato en París... ¡Ántes de morir ha

confesado que él era el asesino de mi hijo, y que no era tu padre...

no! ¡Tú eres la hija del noble y desgraciado Conde de Rosemberg, que te

confió á sus cuidados, y luégo murió en el destierro! ¡Yo te he buscado

por todas partes, y no hallándote, he querido morir en la guerra!

¡Ahora ya puede Dios llamarme á sí!

El Marqués curó, gracias á los cuidados de Clara, y ésta se llamó

algunos meses despues la Marquesa de Valmore.

--¿Por qué te empeñastes en morir? la preguntaba tiernamente su esposo

el dia mismo de su union.

--Mi padre me habia dado la vida, y yo debia salvar la suya, contestó

sencillamente Clara: ademas ¿qué me importaba vivir siendo criminal á

tus ojos?

Este admirable rasgo de amor filial ha servido de argumento á una de

las mejores óperas de un ilustre maestro; y la pura figura de Clara de

Rosemberg vivirá tanto como los siglos, pues sólo la virtud es inmortal.

Cuando vuestros deberes filiales os parezcan penosos, acordaos, mis

jóvenes lectoras, de la que todo lo sacrificó á estos deberes: su amor,

su dicha y hasta su vida; cumplidlos con exactitud y ternura, y estad

ciertas de que Dios vela siempre por los buenos hijos, y les recompensa

con creces todos sus sacrificios.

Imposible parece que existan malas hijas; pero la que merece ese triste

dictado en él mismo lleva su castigo, pues nadie querrá para amiga, ni

profesará estimacion, á la que no sabe llenar el primero y el más santo

de los deberes.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 254 / 399 题