La casa sin hija es como huerto sin sol. Cuando en una familia se ha
pasado ya del descontento á una guerra sorda y cruel; cuando han
surgido entre el padre y la madre diferencias imposibles de vencer;
cuando, en fin, arde en la casa la tea de la discordia, sólo la rosada
é inocente boca de una hija la puede apagar.
Los hijos, por mucho talento que tengan, no lo conseguirán jamas,
porque es preciso el delicado instinto, el fino tacto y toda la gracia
y poesía de _la jóven_, para apagar la sangre humeante que brota de las
llagas del corazon y del amor propio, cuando se creen ultrajados.
¡Feliz el matrimonio donde hay una hija, una hija dulce, sensible,
afectuosa; una hija que piense, y sobre todo _que sienta_! ¡Jamas
llegarán á envenenarse las querellas! ¡Jamas dividirá á los consortes
el abismo!
Si la madre es la firme base y la fuerte columna en que descansa la
familia, la hija es el ángel custodio que la cubre con sus alas.
Coronemos á la madre de mirto y de laurel, y á la hija de rosas y
azucenas.