Pocos dias hace que una amiga mia, que acaba de casarse, me enseñaba
una carta de sus padres.
--Mira, me decia, en tanto que gruesas lágrimas se deslizaban por sus
mejillas; mira lo que me escriben.
La carta empezaba así, y era la madre la que hablaba por los dos:
«Desde que has salido de casa, hija mia, todo se halla mudo y vacío
para nosotros; en medio de los cuidados materiales que agobian á tu
padre, en medio de los dolores de mi siempre débil salud, tu sola vista
nos daba la felicidad.
»Cuando mirábamos tu cabecita rubia nos creiamos en la primavera de la
vida, porque los rayos de juventud que la alumbraban reanimaban
nuestros corazones.
»Cuando veiamos tus dulces y límpidos ojos, la dicha nos sonreia en
ellos, y pensábamos que nunca habiamos de perderte.
»¿Qué se ha hecho tu grata y armoniosa risa que alegraba la casa?
¿Dónde está el melodioso canto que se escapaba de tus labios en tanto
que te ocupabas de tus cuotidianos quehaceres, y que era para nosotros
como un eco de bendicion y de alegría?
»Aquí, hija mia, nada _vive_ desde que tú nos dejaste, y la existencia
sin tí nos parece tan vacía, que no merece la pena de conservarse.
»Aun está tu cuarto embalsamado con el perfume que usabas siempre y que
dejabas detras de tí, como un dulce y eterno recuerdo tuyo; las flores
últimas que pusiste en las copas de tu mesa de tocador han muerto allí,
como la alegría en nuestros corazones; el espejo ya no refleja tu
querida imágen; tu blanco lecho parece que te espera todavía; el
crucifijo ante el cual orabas, sigue guardando tu alcoba virginal, y
todo aquel aposento se halla envuelto en una sombría tristeza, como si
lamentase tu ausencia.
»Y cuando alguno de nosotros llora, ya no hay quien le consuele, sino
que todos los demas sufren con él.
Los sollozos de mi amiga, que, con el rostro entre las manos, se
entregaba al dolor que le causaba la lectura de aquella tierna y
elocuente carta, me obligaron á detenerme. Entónces, separando con
dulzura sus manos, le dije:
--¿Por qué esa afliccion? Cálmate y espera del cielo una hija que sea
para tí lo que tú has sido para tus padres; esa es la ley de la
naturaleza, y ¡feliz la que sólo puede esperar de ella recompensa!
Dejaré para mi artículo siguiente la demostracion con ejemplos de lo
que una hija puede y debe ser en la familia; la historia me prestará
algunos, y en nuestros mismos dias el amor filial ofrece acabados y
tiernísimos modelos de abnegacion.