Virgilio ha celebrado con su poesía encantadora á la madre de Euryalo,
la única entre las mujeres troyanas que tuvo valor para seguir el
destino de su hijo. Euryalo sucumbe en el combate, y su cabeza,
colocada en la punta de una lanza, es paseada ante las tiendas.
La madre, atraida por los gritos de los vencedores, sale del campo de
Eneas, á favor del cual combatia su hijo, y vuela al del enemigo, donde
aquél ha sucumbido; ve la cabeza de Euryalo; los cabellos de la madre
se erizan sobre su frente; su rostro se cubre de mortal palidez; su
corazon se ha partido de dolor... tiembla un instante... extiende los
brazos, y cae con el rostro contra la tierra, para no levantarse jamas.
Santa Mónica, la dulce y amable madre de San Agustin, mostró su amor
hácia su hijo, llorando desconsoladamente los excesos de aquél, y
ofreciéndose al cielo en holocausto de sus errores.
San Agustin lo dice en estas admirables palabras, dignas de su colosal
talento: «Mi madre ha sufrido mucho más para engendrarme á la verdad y
á la virtud, que para darme al mundo.»
Estas palabras encierran una elocuente leccion para todas las madres,
porque la _maternidad moral_ es el complemento de la maternidad
material, y no pueden las mujeres ser dignas del sagrado nombre de
madres, sino educando á sus hijos y haciéndolos amar la virtud.
Santa Mónica comprendia así su admirable mision: educó á su hijo con
más tierno cuidado; le dió los profesores más distinguidos de su tiempo
para que cultivasen su talento, y ella se reservó el cuidado de formar
su corazon; siguióle á Cartago, á Roma, á Milan, hablándole siempre en
lenguaje dulce y penetrante y mostrándole á la vez el ejemplo de todas
las virtudes.
Pero todo era inútil: el hijo rebelde, extraviado más bien por su
imaginacion ardiente que por su corazon, no escuchaba nada, y saltaba
de abismo en abismo; un dia el peligro en que se arrojó era tan grande,
que el corazon maternal estalló en sollozos profundos y desgarradores.
Dios escuchó aquel grito supremo y ablandó el corazon del hijo, que se
volvió por entero hácia su madre.
Mónica lloró veinte años; pero obtuvo, no sólo la conversion, sino la
santidad de su hijo; murió dichosa y tranquila, y aquel hijo, que fué
obispo, lumbrera de la Iglesia y doctor de sabiduría consumada, no
podia, ni áun en los dias de su ancianidad, hablar de su madre, sin que
una gota de llanto subiese de su corazon á sus ojos.
La historia de San Agustin, de «ese hijo de tantas lágrimas», es el
triunfo del amor maternal y de la confianza en Dios.