II.

Virgilio ha celebrado con su poesía encantadora á la madre de Euryalo,

la única entre las mujeres troyanas que tuvo valor para seguir el

destino de su hijo. Euryalo sucumbe en el combate, y su cabeza,

colocada en la punta de una lanza, es paseada ante las tiendas.

La madre, atraida por los gritos de los vencedores, sale del campo de

Eneas, á favor del cual combatia su hijo, y vuela al del enemigo, donde

aquél ha sucumbido; ve la cabeza de Euryalo; los cabellos de la madre

se erizan sobre su frente; su rostro se cubre de mortal palidez; su

corazon se ha partido de dolor... tiembla un instante... extiende los

brazos, y cae con el rostro contra la tierra, para no levantarse jamas.

Santa Mónica, la dulce y amable madre de San Agustin, mostró su amor

hácia su hijo, llorando desconsoladamente los excesos de aquél, y

ofreciéndose al cielo en holocausto de sus errores.

San Agustin lo dice en estas admirables palabras, dignas de su colosal

talento: «Mi madre ha sufrido mucho más para engendrarme á la verdad y

á la virtud, que para darme al mundo.»

Estas palabras encierran una elocuente leccion para todas las madres,

porque la _maternidad moral_ es el complemento de la maternidad

material, y no pueden las mujeres ser dignas del sagrado nombre de

madres, sino educando á sus hijos y haciéndolos amar la virtud.

Santa Mónica comprendia así su admirable mision: educó á su hijo con

más tierno cuidado; le dió los profesores más distinguidos de su tiempo

para que cultivasen su talento, y ella se reservó el cuidado de formar

su corazon; siguióle á Cartago, á Roma, á Milan, hablándole siempre en

lenguaje dulce y penetrante y mostrándole á la vez el ejemplo de todas

las virtudes.

Pero todo era inútil: el hijo rebelde, extraviado más bien por su

imaginacion ardiente que por su corazon, no escuchaba nada, y saltaba

de abismo en abismo; un dia el peligro en que se arrojó era tan grande,

que el corazon maternal estalló en sollozos profundos y desgarradores.

Dios escuchó aquel grito supremo y ablandó el corazon del hijo, que se

volvió por entero hácia su madre.

Mónica lloró veinte años; pero obtuvo, no sólo la conversion, sino la

santidad de su hijo; murió dichosa y tranquila, y aquel hijo, que fué

obispo, lumbrera de la Iglesia y doctor de sabiduría consumada, no

podia, ni áun en los dias de su ancianidad, hablar de su madre, sin que

una gota de llanto subiese de su corazon á sus ojos.

La historia de San Agustin, de «ese hijo de tantas lágrimas», es el

triunfo del amor maternal y de la confianza en Dios.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 236 / 399 题