San Juan Crisóstomo, ese genio admirable, debió á su madre la cultura
de su espíritu y la de su corazon; era hijo de una viuda y quiso
separarse de su madre para irse á vivir entre los solitarios de Egipto;
pero su madre le detuvo por el tierno discurso que la incomparable
pluma del santo ha legado á las edades futuras.
«No me hagas viuda segunda vez, le dijo la amorosa madre; no
despiertes, hijo mio, un dolor que está sólo dormido; espera que yo
muera; ¿no sabes que jamas he querido formar nuevos lazos, ni abrir á
un nuevo esposo la casa de tu padre? Era muy jóven cuando le perdí,
pero Dios ha velado sobre mí, yo me dediqué por completo á mi hijo y mi
corazon estaba lleno de valor; ¡verte sin cesar, mirar en tus facciones
un reflejo de las de tu padre, era mi placer de todos los instantes!
Antes de que tu lengua pudiera articular el nombre de madre, tu vista
sola me daba la vida; no me dejes ahora: cuando hayas acostado mi
cadáver en el sitio donde reposan los huesos de tu padre, emprende
largos viajes, cruza los mares, pues que serás dueño de tus acciones;
pero en tanto que yo respire, hijo mio, sufre la compañía de tu madre y
teme el enojo de Dios, sumergiéndome en un dolor que no he merecido.»
Aun hablaba la amable y dulce madre, y Juan, con las dos manos entre
las de aquélla, le prometia no afligir su vejez, vencido hasta en su
deseo de santidad, por aquel lenguaje tan elocuente y tan tierno.
Aquella santa y noble mujer era admirada hasta por los mismos paganos,
y el filósofo Libanius, al verla en su juventud tan bella, tan casta,
tan llena de abnegacion, exclamaba:
--¡Qué mujeres hay entre estos cristianos!
San Basilio y San Gregorio Nacianceno debieron tambien á sus madres la
perfeccion de sus virtudes; se puede asegurar que no hay en el
cristianismo una grande alma, ni un hermoso genio, que no haya tenido
una buena y santa madre.
Blanca, la hermosa y adorable Blanca de Castilla, formó el alma de su
hijo San Luis.
La Iglesia y la Francia deben su ilustre hijo San Bernardo á su madre
Aletha: esta mujer distinguida inspiró á su hijo el gusto de las
letras, y cuando Bernardo quiso llamar al camino de la virtud á su
hermana Humbelina, le bastó evocar el recuerdo de su madre para que la
jóven cayese de rodillas á sus piés.