III.

San Juan Crisóstomo, ese genio admirable, debió á su madre la cultura

de su espíritu y la de su corazon; era hijo de una viuda y quiso

separarse de su madre para irse á vivir entre los solitarios de Egipto;

pero su madre le detuvo por el tierno discurso que la incomparable

pluma del santo ha legado á las edades futuras.

«No me hagas viuda segunda vez, le dijo la amorosa madre; no

despiertes, hijo mio, un dolor que está sólo dormido; espera que yo

muera; ¿no sabes que jamas he querido formar nuevos lazos, ni abrir á

un nuevo esposo la casa de tu padre? Era muy jóven cuando le perdí,

pero Dios ha velado sobre mí, yo me dediqué por completo á mi hijo y mi

corazon estaba lleno de valor; ¡verte sin cesar, mirar en tus facciones

un reflejo de las de tu padre, era mi placer de todos los instantes!

Antes de que tu lengua pudiera articular el nombre de madre, tu vista

sola me daba la vida; no me dejes ahora: cuando hayas acostado mi

cadáver en el sitio donde reposan los huesos de tu padre, emprende

largos viajes, cruza los mares, pues que serás dueño de tus acciones;

pero en tanto que yo respire, hijo mio, sufre la compañía de tu madre y

teme el enojo de Dios, sumergiéndome en un dolor que no he merecido.»

Aun hablaba la amable y dulce madre, y Juan, con las dos manos entre

las de aquélla, le prometia no afligir su vejez, vencido hasta en su

deseo de santidad, por aquel lenguaje tan elocuente y tan tierno.

Aquella santa y noble mujer era admirada hasta por los mismos paganos,

y el filósofo Libanius, al verla en su juventud tan bella, tan casta,

tan llena de abnegacion, exclamaba:

--¡Qué mujeres hay entre estos cristianos!

San Basilio y San Gregorio Nacianceno debieron tambien á sus madres la

perfeccion de sus virtudes; se puede asegurar que no hay en el

cristianismo una grande alma, ni un hermoso genio, que no haya tenido

una buena y santa madre.

Blanca, la hermosa y adorable Blanca de Castilla, formó el alma de su

hijo San Luis.

La Iglesia y la Francia deben su ilustre hijo San Bernardo á su madre

Aletha: esta mujer distinguida inspiró á su hijo el gusto de las

letras, y cuando Bernardo quiso llamar al camino de la virtud á su

hermana Humbelina, le bastó evocar el recuerdo de su madre para que la

jóven cayese de rodillas á sus piés.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 237 / 399 题