Hay en la madre tal abnegacion, tanta ternura, tan natural inclinacion
al sacrificio, que nada le cuesta exponer y áun dar la vida por sus
hijos.
En mi concepto, el sacrificio moral de la madre es más meritorio y más
sublime que el material que hizo Agripina; la influencia de aquélla en
la familia es hoy de la más alta importancia, y crecerá aún, cuando se
eduque á la mujer con más esmero y cuidado del que se ha empleado hasta
el dia.
Una madre puede hacer de su hijo lo que quiera; y este axioma, que
puede afirmarse como una verdad, le vemos comprobado en dos hombres
eminentes, contemporáneo el uno, y el otro nacido en época no remota.
Alfonso de Lamartine debe á su madre, si no su talento, el rápido
desarrollo del mismo, y el carácter noble y elevado que este mismo
talento tomó: aquella madre bella, poética, entusiasta, tierna y
melancólica, modeló á su imágen el alma de su hijo, ó más bien el alma
del poeta, era en las manos de su madre un instrumento sonoro del que
sacaba celestiales melodías.
Ya en la ancianidad, el poeta se acuerda todavía con ternura de aquella
madre, que, vástago de una de las más ilustres familias de Francia, se
encerró con su esposo, sus hijos y su libro de oraciones en una pobre
casa, antigua y desmantelada, donde todo su recreo consistia en mirar
el cielo á traves de los viejos árboles y enseñar á su Alfonso á pensar
y á sentir.
Bien se conoce en los escritos del poeta que el talento de una mujer
hizo brotar y dirigió sus primeras impresiones: de ahí proceden esa
melancolía que resalta en ellos, esa dulzura en los giros, esa belleza
en las imágenes, esa inquebrantable fe religiosa, esa exquisita
elegancia, esa poesía inagotable, que se advierten en todas las obras
de Lamartine: sus detractores dicen que su pluma es _un tanto
femenina_, y tienen razon: ése es el más alto elogio que se puede hacer
de su madre.
Cuando el poeta, hombre ya, deja para ir en busca de la fortuna el
dulce abrigo del ala maternal, aquel cariño tierno é inteligente le
sigue por todas partes, excusa sus errores, le socorre secretamente en
sus locos gastos; y cuando llega la hora del amor para Alfonso de
Lamartine, la dulce madre comparte con el corazon de su hijo, no sólo
todas las penas, sino todas las punzantes emociones de una pasion,
acaso culpable, pero verdadera y profunda.