La historia de Roma nos presenta en medio de sus escándalos, el más
sublime ejemplo de amor maternal que puede encontrarse.
Agripina _la Grande_, la esposa de Germánico, fué desterrada despues de
su viudez, con sus hijos, á la isla Pandataria (hoy de Santa María) por
su tio, el cruel emperador Tiberio.
Demasiado sabía la desgraciada princesa que no era á sus hijos á quien
más ódio profesaba el Emperador; era á ella á quien aborrecia; á ella,
nieta del divino Augusto, esposa del Gran Germánico, y adorada del
pueblo romano y de las legiones que por sí misma habia conducido tantas
veces á la victoria, acompañando á su esposo para alentar al ejército.
Y no era su destierro, ni su desgracia, ni su pobreza lo que deploraba,
sino la suerte de sus hijos, condenados por ella á todos los dolores, á
todas las humillaciones, y privados de su rango y de sus bienes; por
eso desde el instante en que salió de Roma, en la oscuridadde una
tempestuosa noche, sólo supo emplear su pensamiento en combinar los
medios de salvar á sus hijos de aquella inmensa desgracia.
Tristemente sentada en una pobre barquilla atravesaba el Tíber,
envuelta en su manto y rodeada de sus hijos, abrigando á unos contra su
seno, cubriendo á otros con su velo, y sosteniendo en sus hombros las
bellas cabezas de sus hijas Julia y Drusila, niñas aún, pero que ya
prometian todas las gracias de una bella adolescencia.
--¿Qué haré? se preguntaba la infeliz princesa, con esa voz del alma
que no sube á los labios, pero que es tan desolada, tan triste y tan
profunda; ¿que haré para salvar á mis hijos?
Y la misma voz le respondia:
--¡Morir!
Repitiéndose sin cesar la terrible pregunta y la aterradora respuesta
llegaron al destierro, y entónces se apoderó más que nunca de Agripina
el deseo de morir, para recomendar á sus hijos á la clemencia del
Emperador.
Pronto pudo ponerlo por obra: empezó diciendo á sus hijos que queria
comer sola, y arrojaba al rio, que corria bajo su ventana, el alimento
que sus esclavas le servian.
Bien hubiera querido precipitarse ella en aquel mismo rio, mas pensaba
en la dolorosa sorpresa de sus hijos cuando se hallára su cadáver
arrojado á la orilla por las turbias ondas, y desistió de la idea de
buscar una muerte pronta; la del veneno, la del puñal, tenian las
mismas dificultades, y optó por la más dolorosa para ella, ansiando,
ante todo, no herir con una funesta sorpresa, á los seres que amaba con
tanto delirio.
Optó, pues, por la muerte de _hambre_, la más lenta, la más dolorosa de
las muertes; pero la única tambien que podia engañar á sus hijos.
¿Puede encontrarse un ejemplo más heroico de abnegacion maternal?
Algunos dias pasaron: la madre recibia siempre á sus hijos á media luz,
y con la sonrisa en los labios.
Un dia se la hallaron muerta en su lecho: á su lado habia un pergamino
que contenia estas palabras, escritas con mano trémula.
--¡Hijos mios, no existiendo yo volveréis á Roma y al lado del
Emperador... adios, y perdonadme si os dejo!
El médico, llamado para que examinase el cadáver, declaró que Agripina
se habia dejado morir de hambre; y sobre los restos de aquella madre
heroica hizo Calígula, el mayor de sus hijos, el juramento de aquella
venganza que se cumplió, y que asombró á toda la tierra.
Aquel rasgo de amor maternal ha vivido como un ejemplo sublime á traves
de los siglos; y, sin embargo, yo creo que en nuestros dias hay muchas
madres capaces de hacer lo mismo que la ilustre matrona romana.