El orgullo, sin embargo, puede degenerar en un sentimiento culpable y
hasta odioso, si no va acompañado de mucha dulzura de carácter.
El orgullo inspira tambien un desmedido deseo de brillar. Pero entónces
merece el nombre de orgullo mal entendido; es decir, destituido de
dignidad y de generosa altivez.
Muchas personas confunden el orgullo con la vanidad. Nada hay, sin
embargo, más opuesto. El orgullo, como ya he dicho, es conveniente y
hasta preciso, cuando va acompañado de buenos sentimientos y de buen
carácter. Es culpable y odioso si invade el alma completamente,
engrosado por las lisonjas del mundo, y ahoga en ella todos los
sentimientos dulces y tiernos.
Pero la vanidad es demasiado raquítica para ser mala, y sobrado
menguada para ser buena. Es ménos que buena y que mala, es ridícula.
La vanidad no se replega como el orgullo digno, ni obra con energía
como el orgullo ambicioso. Su afan está reducido á brillar, ó, mejor
dicho, á llamar la atencion en todas partes: las mujeres vanas eligen
lo más _vistoso_ con preferencia á lo más bonito, y se contentan con
los triunfos más mezquinos, como es el despertar la envidia de las
demas mujeres.
No hay cosa que más hiera que el ridículo. El mundo compadece quizá á
un ser culpable, pero se encarniza con el que está marcado por aquél.
Así, pues, creedme, lectoras mias, huid de él y precaveos de sus tiros.
Para conseguirlo, no existe otro medio que arrojar léjos á la vanidad
cuando se acerque á vosotras. No cometais jamas el craso y lamentable
error de confundir la vanidad con el orgullo digno y altivo, que es una
de las más bellas dotes de la mujer, y la defensa más eficaz de su
virtud, cuando está secundada por la sublime y hermosa religion.
Y para preservaros de la vanidad, huid siempre de deseos y caprichos
dispendiosos. Cuando anheleis una cosa, un traje, una joya superior á
vuestros haberes, desechad ese deseo como culpable é hijo de la
vanidad, y como preludio de otros desordenados. La vanidad no cesa
jamas en sus perversas sugestiones, y cada dia os hará desear cosas
nuevas y más árduas. La vanidad enajena el cariño de los padres, del
esposo y de los hijos, los cuales, por su parte, no pueden amar mucho
al sér que les priva de su decencia y bienestar por satisfacer sus
caprichos é inagotables exigencias. La vanidad os robará la
consideracion y el aprecio de la sociedad, que todo lo escudriña; y la
envidia, que tanto dominio tiene en el mundo, buscará todos vuestros
defectos, y áun os los prestará imaginarios, para vengarse de vuestra
vanidad.