La vanidad no tiene nada de comun con la dignidad; aquélla es un grave
defecto, ésta es una virtud bella y noble. La dignidad es puramente
defensiva; la ignorancia, no obstante, la confunde con la vanidad, que
es agresiva y que ademas se ejerce en una vía completamente opuesta.
Las almas vulgares, los espíritus poco cultivados no conocen la
dignidad, y, por consiguiente, no la reconocen en los otros; llaman
orgullosas á las personas reservadas, y al expresar esta opinion
errónea, les parece que expresan su desaprobacion; incapaces de
comprender ese sentimiento de delicadeza moral, que impide á los que lo
poseen el exponer al público sus pensamientos, sus recuerdos y sus
esperanzas, guardan una especie de rencor á las personas demasiado
_orgullosas_, para dar su alma por pasto á su vulgar curiosidad. ¡Y
felices podemos llamarnos si su despecho se detiene en los límites de
la desaprobacion! Muchas veces va más allá, y si un espíritu limitado
se alía á una alma vil para juzgar la dignidad, ésta se verá acusada de
multiplicar los velos para ocultar las faltas, y su reserva se
considerará como la manifestacion de un disimulo prudente y necesario.
¿Pero qué importa el juicio erróneo de los que no saben comprender el
mérito de la amable y serena virtud que se llama dignidad? tanto peor
para ellos; porque la dignidad es un gran bien que nos da la estimacion
ajena, y es una adorable compañera para la mujer.