El orgullo es tambien necesario en la vida doméstica. Aunque el
destino, la condicion y el deber de la mujer le aconsejan que sea
amante y apacible, aunque la resignacion es una de las virtudes que más
la realzan, hay casos en que á todas estas consideraciones debe
sobreponerse un noble y bien entendido orgullo.
No me entretendré yo, por cierto, en señalar cuáles deben ser estos
casos. En ellos el único juez es la conciencia; pero sí aseguraré que
la mujer buena y religiosa debe seguir los impulsos de su orgullo,
cuando éste se levanta en su corazon herido, segura de que las
decisiones dictadas por él serán siempre justas y razonables.
El orgullo impide á la mujer el ser perjudicialmente coqueta, el
exagerar y el aventurar la más leve mentira. El orgullo imprime á sus
modales un carácter digno y distinguido, sin que por esto dejen de ser
dulces. El orgullo, la hace solícita para sus hijos, amante de su
marido, y buena y entendida ama de su casa.
La mujer orgullosa cuida mucho de que nadie tenga nada que reprocharle.
Sus acciones son siempre buenas y leales, porque moriria de pena si
tuviese que inclinar la frente delante de alguno. Quizás no comete
faltas, por no tener cómplices que pudieran un dia echárselas en cara.
No veréis nunca que una mujer orgullosa se case con una persona
deforme; primero muere soltera evitando el peligro de ser infiel á su
marido, porque sólo se casa con un sér á quien pueda amar.
Dedúcese de todo lo dicho que una mujer puede ser buena con solo tener
orgullo. El temor de las reconvenciones de otro, le hace cumplir con
todos sus deberes; y aunque sepa que por prudencia, y por otras
consideraciones, han de callar acerca de sus acciones, su conciencia,
en extremo intolerante y siempre alerta, no le permite el más leve
desliz. Siempre y en todas las ocasiones de su vida es mártir de su
deber: ni causa á sus padres el más pequeño disgusto, ni da á sus hijos
nunca un mal ejemplo.