Todos los que la vieron entrar tranquila, serena, risueña, se quedaron
admirados, porque todos sabian la ofensa que habia recibido, y casi
todos se alegraban de ella.
Pero la que enrojeció de confusion, fué su amiga: habia pensado que el
resentimiento alejaria para siempre de su lado á la que habia ofendido,
y que no tendria que soportar el tormento y la vergüenza de verla
despues de su ofensa: porque habeis de saber, lectoras mias, que para
una persona que áun conserva sentimientos de delicadeza y dignidad, no
hay tormento comparable al de tener que soportar la presencia de una
persona á quien voluntariamente ha ofendido.
La señora de Z. se fué derecha al sillon que ocupaba su amiga, le tomó
cariñosamente la mano y le preguntó _qué tal habia pasado el dia_:
aquélla balbuceó algunas palabras desacordes, y luégo empezó á
excusarse con mucha confusion de no haberla convidado á comer.
--Y eso ¿qué tiene de particular, querida mia? respondió jovialmente y
bastante alto para ser oida la jóven; cada uno es dueño de tener á su
mesa las personas que sean más de su gusto; yo tampoco hubiera podido
venir, porque tenía hoy muchas ocupaciones.
Á la primera ocasion que se presentó, no faltó quien se fuera á sentar
al lado de la señora de Z. y se lamentase traidoramente de la
ingratitud de su amiga para con ella; pero aunque sufria cruelmente,
tuvo bastante fortaleza en el alma para disculpar cariñosamente á su
amiga y conservar la sonrisa en los labios.
Sin embargo no era aquella mujer capaz de imponer su amistad á la
fuerza, porque tenía el convencimiento de lo que valia: dos dias
despues pretextó, para no asistir á la tertulia, una ligera
indisposicion; luégo fué otra noche al teatro, despues dijo que
dedicaba una noche á la semana á arreglar ciertos papeles, sola en su
casa, y que otra la destinaba para ir á la ópera: por fin, dejó de ir
del todo y rompió el último hilo de aquel lazo que ella habia ayudado á
anudar con tanto amor, y que habia querido ahogarla, en recompensa de
sus sacrificios.
Todos conocieron y apreciaron la dignidad y el valor de aquella mujer,
y la envidia comprendió que no se la podia herir impunemente; su
ingrata amiga lamentó eternamente la pérdida de su amistad, como una
desgracia irremediable, conociendo que la herida que habia abierto no
tenía cura.
Si hubiera ido á casa de su amiga, á llenarla de dicterios; si le
hubiera escrito una carta insolente, ó bien si hubiera desaparecido de
aquella casa sin volver más, hubiera dejado al insulto y á la envidia
triunfantes.
Su venganza fué digna y generosa, y elevó mucho más el pedestal de la
consideracion que se la profesaba.