IV.

Todos los que la vieron entrar tranquila, serena, risueña, se quedaron

admirados, porque todos sabian la ofensa que habia recibido, y casi

todos se alegraban de ella.

Pero la que enrojeció de confusion, fué su amiga: habia pensado que el

resentimiento alejaria para siempre de su lado á la que habia ofendido,

y que no tendria que soportar el tormento y la vergüenza de verla

despues de su ofensa: porque habeis de saber, lectoras mias, que para

una persona que áun conserva sentimientos de delicadeza y dignidad, no

hay tormento comparable al de tener que soportar la presencia de una

persona á quien voluntariamente ha ofendido.

La señora de Z. se fué derecha al sillon que ocupaba su amiga, le tomó

cariñosamente la mano y le preguntó _qué tal habia pasado el dia_:

aquélla balbuceó algunas palabras desacordes, y luégo empezó á

excusarse con mucha confusion de no haberla convidado á comer.

--Y eso ¿qué tiene de particular, querida mia? respondió jovialmente y

bastante alto para ser oida la jóven; cada uno es dueño de tener á su

mesa las personas que sean más de su gusto; yo tampoco hubiera podido

venir, porque tenía hoy muchas ocupaciones.

Á la primera ocasion que se presentó, no faltó quien se fuera á sentar

al lado de la señora de Z. y se lamentase traidoramente de la

ingratitud de su amiga para con ella; pero aunque sufria cruelmente,

tuvo bastante fortaleza en el alma para disculpar cariñosamente á su

amiga y conservar la sonrisa en los labios.

Sin embargo no era aquella mujer capaz de imponer su amistad á la

fuerza, porque tenía el convencimiento de lo que valia: dos dias

despues pretextó, para no asistir á la tertulia, una ligera

indisposicion; luégo fué otra noche al teatro, despues dijo que

dedicaba una noche á la semana á arreglar ciertos papeles, sola en su

casa, y que otra la destinaba para ir á la ópera: por fin, dejó de ir

del todo y rompió el último hilo de aquel lazo que ella habia ayudado á

anudar con tanto amor, y que habia querido ahogarla, en recompensa de

sus sacrificios.

Todos conocieron y apreciaron la dignidad y el valor de aquella mujer,

y la envidia comprendió que no se la podia herir impunemente; su

ingrata amiga lamentó eternamente la pérdida de su amistad, como una

desgracia irremediable, conociendo que la herida que habia abierto no

tenía cura.

Si hubiera ido á casa de su amiga, á llenarla de dicterios; si le

hubiera escrito una carta insolente, ó bien si hubiera desaparecido de

aquella casa sin volver más, hubiera dejado al insulto y á la envidia

triunfantes.

Su venganza fué digna y generosa, y elevó mucho más el pedestal de la

consideracion que se la profesaba.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 207 / 399 题