Sin vacilar un instante, encaminó sus pasos á casa de la mujer á quien
habia tratado, con sus consejos, de excluir del convite; porque hay
personas en la sociedad que se nutren de chismes y miserias, como otras
se nutren de obras buenas y elevadas.
Halló á la bella señora de Z. sola en su gabinete y leyendo; sentóse, y
despues de algunas lisonjas vulgares, entró de lleno en la cuestion.
--He tenido un mal rato, dijo con aire triste.
--¿Un mal rato? preguntó la jóven; ¿por qué, amigo mio?
--Porque he oido hablar de V. con mucha injusticia.
--¿De mí?
--De V., sí, señora.
El buen amigo se calló, esperando esta pregunta tan natural:
--¿Y quién habla mal de mí?
Pero se engañó: su interlocutora se encogió de hombros y cambió de
conversacion.
--¡Cómo! exclamó él; ¿no le importa á V. que la critiquen, que la
murmuren?
--No por cierto, amigo mio, porque lo hacen sin razon.
--¿Y eso qué importa, si lo hacen?
--Dejarlos; las calumnias caen siempre por su base.
--¡Pero V. tiene enemigos!
--No lo creo: no puedo creerlo.
--¿Ni porque se lo diga yo?
--Creo más bien que V. se engaña.
--¡Pero si estoy seguro de ello! exclamó el oficioso exasperado; ¡usted
verá cómo le hacen un desaire que no se espera!
--¡Un desaire! ¡A mí!
--¿Quiere V. que le diga cuál?
--No, amigo mio, respondió la señora de Z.; jamas me ha gustado sentir
males anticipados; ellos vienen sin que se puedan evitar: así, pues,
esperaré esa ofensa, que su extremado celo me anuncia, con calma, sin
impaciencia ninguna porque llegue.
Y aquí la jóven cambió de conversacion con una perfecta suavidad en la
apariencia, pero en realidad con una voluntad tan firme que su
visitante no pudo, por más esfuerzos que hizo, volverla á traer al
terreno que deseaba.
La ofensa, sin embargo, no se hizo esperar.
Ajena la señora de Z. á lo que pasaba en el corazon de su amiga y á los
pérfidos consejos que le daban los envidiosos, preparó un traje
conveniente para el dia del santo de aquélla y esperó, no sólo la
invitacion general, sino tambien la visita particular y amistosa de la
señora de T....; pero fué en vano; no recibió ni invitacion ni visita.
Este golpe la hirió profundamente, tanto por lo que tocaba á su
corazon, cuanto por lo que tocaba á su amor propio; lloró mucho aquel
dia: pero á las nueve de la noche se vistió con su buen gusto
acostumbrado, y se dirigió á casa de su amiga, á cuya tertulia iba
todas las noches.