La dureza es bastante comun con los criados, y yo creo que es
comprender muy poco sus intereses el regañar de contínuo á las personas
que están á nuestro servicio.
Una señora que reconviene á voces á sus criadas, se iguala con ellas,
porque es sabido que esa clase de gentes sin educacion hablan siempre
en el diapason más alto que pueden: ademas, los criados, cuando se ven
ultrajados, ó lo están á su parecer, no escuchan en silencio las
reconvenciones, altercan olvidando todo respeto y toda consideracion, y
muchas veces se despiden por venganza y por el gusto de dejar al
cuidado de la señora todos los pormenores del servicio doméstico.
Un poco de tolerancia en todas las cosas de la vida, un poco de
paciencia y de abnegacion, ó á lo ménos de cortesía, nos evita muchas
incomodidades, y áun á veces muy graves disgustos: la amistad sobre
todo, es un cambio recíproco de sacrificios de amor propio, y de
deferencias cariñosas.
Donde no hay tolerancia, es imposible que haya amistad, y casi pudiera
decirse lo mismo del amor: cada uno ha de disimular los defectos del
otro, para que á su vez le disimulen los suyos propios.
Muchas veces se ven reunidas en una misma persona grandes virtudes y
grandes defectos; en estos casos, es lo más regular y positivo que las
virtudes estén ocultas y los defectos en relieve; pero entónces es
preciso buscar el grano de oro á traves de la tosca tierra, y decir
como el filósofo:
«El oro, aunque sea entre escombros, siempre es oro.»
Si se carece absolutamente de tolerancia, es preciso al ménos aparentar
que se tiene.
Nada ganaríamos con decir á nuestra mejor amiga:
--¡Qué habladora es V.! ó bien:--¡Cuánto me fastidian sus largas
visitas! ¡Qué mal se peina! ¡Qué mal gusto tiene para vestir!
Estas imprudentes franquezas, esta expresion de la intolerancia, ofende
siempre, hiere el amor propio del que es objeto de ella, y á veces
convierte una amistad antigua y sincera en un ódio mortal y eterno.