En sociedad se puede dar á conocer de mil maneras corteses cuando
alguna cosa nos desagrada, y esto sin que sea necesario para lograrlo
el estar dotada una mujer de un talento sobresaliente, bastando tener
buena educacion. Una palabra dicha sin acritud, pero con entereza, un
silencio digno, y á veces una sonrisa fria, bastan para cortar las
franquezas imprudentes, las palabras atrevidas, las críticas
descorteses.
Sin embargo, áun en el caso de que el resentimiento sea justo, la mujer
debe evitar todo lo posible el descomponerse con la cólera.
En todas las ocasiones de la vida--ha dicho Jules Janin en uno de sus
más bellos artículos--la calma y la sangre fria es el medio mejor de
dominar las dificultades, y esto debe entenderse lo mismo colectiva que
individualmente, lo mismo tratándose de una que de muchas personas.
Hay muchas veces que es una prueba de talento y de dignidad el hacer
como que no se ven los insultos que la mala voluntad y la envidia
quieren hacernos, porque se da á conocer que nos hallamos demasiado
altos para reparar en semejantes miserias, ó para darnos por enojados
de ellas.
Si la malevolencia desea molestarnos ó hacernos sufrir, ¿qué mayor
triunfo podemos concederle que el logro de sus deseos? ¿Ni qué mayor
mortificacion que el ver que no nos llegan sus tiros envenenados, sus
injustos ataques, y á veces hasta las calumnias de la envidia, que
siempre es el orígen de todo insulto?
Á propósito de esto, y para que el ejemplo siga á los preceptos,
referiré un caso que presencié no hace mucho tiempo.
Una señora de mucho mérito, por su juventud, su belleza y su elevada
posicion social, frecuentaba una casa que no debiera haber frecuentado,
por la razon de que no se la estimaba en ella segun se merecia.
Por una extraña obececacion de la persona que la ocupaba como dueña
absoluta, ó tal vez por una envidia tan grande que no alcanzaba á
ocultarse bajo el tupido velo de las conveniencias sociales, esta
señora, léjos de profesar amistad á la que llamaba su amiga, la
detestaba profundamente, y no era, por cierto, de extrañar, si se
examinan los motivos que para ello tenía.
La señora de Z. era más jóven, más bonita y más rica que su envidiosa
amiga.
--¿Por qué iba, pues, á casa de ésta? se me preguntará.
El motivo era bien sencillo: amigas desde la infancia, aquella jóven,
hermosa y llena de mil bellas cualidades, amaba á la señora de T....,
que tenía muy malos instintos: pero como para que haya malos ha de
haber buenos, ésta era, sin duda, la causa de que no se rompiesen los
lazos de aquella amistad tan tierna y sincera por una parte, tan falsa
y mentida por la otra.
--¿Cómo haré yo para echar de casa á esta insoportable mujer?
preguntaba un dia la señora de T. á uno de sus más asiduos visitantes.
--¡Insoportable! repuso éste muy admirado; ¿llama usted insoportable á
esa mujer angelical?
--Justamente; la llamo insoportable, porque para mí lo es.
--Pero ¿por qué causa? ¿En qué ha podido ofender á usted? ¡Ella es tan
buena, tan dulce, tan amable!...
--¡Por favor, caballero, basta de elogios! exclamó la dama muy apurada:
ya sé todo lo que es; pero áun sé mejor que no la quiero en mi casa, y
para que no vuelva, estoy discurriendo un medio que no me es dado
encontrar.
--Pues hay uno muy fácil, respondió él.
--¿Uno muy fácil? ¿Cuál es?
--Dentro de tres dias es su santo de usted.
--Es cierto.
--¿Y no suele V. tener algunos amigos de ambos sexos á comer?
--Sí; pero ¿qué conexion tiene?...
--¿No convida V. por esquelas?
--Sí.
--¡Pues bien! no envie V. esquela de convite á la señora de Z.
--¡Oh! ¡pero eso es una grosería espantosa! exclamó con repugnancia la
señora de T....; hace más de veinte años que ese dia come en mi casa.
--Pero ¿no dice V. que desea librarse de su amistad?
--¡Sí!
--Entónces, ¿á qué tener consideraciones con una persona á la cual se
aborrece? Para romper para siempre unas relaciones es lo mejor ese
golpe; ¡no hay cuidado de que se puedan volver á reanudar!
--Lo pensaré, dijo la señora de T....; pero confieso que me cuesta
trabajo.
Su consejero no se tomó la pena de responderle, y salió de allí
maldiciendo á la envidia y á los envidiosos.