Un dia, la pobre jóven fué á buscar á su marido, y al ir á hablarle
prorumpió en lágrimas.
--¿Qué tienes? le preguntó aquél. ¿Deseas un traje nuevo? Tendrás dos.
¿Un nuevo carruaje? Lo estrenarás mañana.
--¡No, no deseo nada de eso! exclamó la pobre esposa; ¡lo que deseo es
tu cariño!
--¿Qué motivos de queja tienes de mí?
--¡No soy tu amiga! ¡Voy sola á todas partes! ¡No me confias tus penas!
¡No tengo en tu casa, en fin, el sitio que corresponde á tu esposa!
--¡Bah! respondió el marido; guarda el sitio que tienes, pues no
sabrias estar en otro.
--¡Pues qué! exclamó ella exasperada; ¿me niegas toda sensibilidad,
toda inteligencia?
--Desde que te conocí te he visto bajo el aspecto más frívolo; no me
casé contigo para que dividieses las penas y las fatigas de la vida,
sino porque eras bonita y queria verte siempre.
--¡Ah! exclamó la jóven levantando su rostro pálido de dolor y de
cólera; ¡yo soy una cosa bonita que compraste, pero tu amor y todo tu
tiempo lo das á otra mujer! ¡sé tus indignos devaneos, y no he de
callar más tiempo!
El silencio sucedió á estas palabras.
--No quiero negarte lo que ya sabes, repuso el marido despues de
algunos instantes; pero consuélate, esa mujer es tan fea como bella
eres tú, y ademas te lleva algunos años.
--¿Qué te cautiva entónces en ella?
--Su elevada inteligencia, su conversacion encantadora, su profunda
sensibilidad; cosas son éstas que jamas he pensado hallar en tí; la
intimidad del alma, la simpatía de las ideas con otro sér, constituyen
una necesidad irresistible para el hombre, y el que halla vacío y frio
su hogar, va á sentarse en otro, donde encuentra lo que en el suyo le
falta.
Desde aquel dia la jóven esposa quiso probar á su marido que podia
partir con él el peso de la existencia. Dedicóse á embellecer su casa,
y retirada en ella, cambió del todo su método de vida; leia, se
perfeccionaba en la música, se acostumbraba á pensar, y fué, en fin,
_un alma_ que halló el camino de la de su marido, del cual prevenia
todos los deseos.
La maternidad vino á estrechar sus lazos, porque Dios, todo bondad y
misericordia, deja siempre un rayo de consuelo áun en medio del mayor
dolor.
Su marido ha llegado á entender que tiene en su casa algo más que un
mueble como los otros; él tambien se ha aficionado á las tranquilas
dulzuras del hogar, desde que, en vez de hallarlo solitario, lo
encuentra guardado por su bella esposa; y él, que con tan ruda
franqueza le habló, encuentra ahora un placer infinito en alumbrar con
los rayos de su propio talento esa inteligencia, ofuscada por las
nieblas de la materialista y frívola sociedad.
Ya es la amiga, la compañera y el único amor del hombre á quien unió su
destino, que es la mayor y quizá la única felicidad positiva de la
mujer que ha nacido con un corazon bueno y sensible.