III.

Un dia, la pobre jóven fué á buscar á su marido, y al ir á hablarle

prorumpió en lágrimas.

--¿Qué tienes? le preguntó aquél. ¿Deseas un traje nuevo? Tendrás dos.

¿Un nuevo carruaje? Lo estrenarás mañana.

--¡No, no deseo nada de eso! exclamó la pobre esposa; ¡lo que deseo es

tu cariño!

--¿Qué motivos de queja tienes de mí?

--¡No soy tu amiga! ¡Voy sola á todas partes! ¡No me confias tus penas!

¡No tengo en tu casa, en fin, el sitio que corresponde á tu esposa!

--¡Bah! respondió el marido; guarda el sitio que tienes, pues no

sabrias estar en otro.

--¡Pues qué! exclamó ella exasperada; ¿me niegas toda sensibilidad,

toda inteligencia?

--Desde que te conocí te he visto bajo el aspecto más frívolo; no me

casé contigo para que dividieses las penas y las fatigas de la vida,

sino porque eras bonita y queria verte siempre.

--¡Ah! exclamó la jóven levantando su rostro pálido de dolor y de

cólera; ¡yo soy una cosa bonita que compraste, pero tu amor y todo tu

tiempo lo das á otra mujer! ¡sé tus indignos devaneos, y no he de

callar más tiempo!

El silencio sucedió á estas palabras.

--No quiero negarte lo que ya sabes, repuso el marido despues de

algunos instantes; pero consuélate, esa mujer es tan fea como bella

eres tú, y ademas te lleva algunos años.

--¿Qué te cautiva entónces en ella?

--Su elevada inteligencia, su conversacion encantadora, su profunda

sensibilidad; cosas son éstas que jamas he pensado hallar en tí; la

intimidad del alma, la simpatía de las ideas con otro sér, constituyen

una necesidad irresistible para el hombre, y el que halla vacío y frio

su hogar, va á sentarse en otro, donde encuentra lo que en el suyo le

falta.

Desde aquel dia la jóven esposa quiso probar á su marido que podia

partir con él el peso de la existencia. Dedicóse á embellecer su casa,

y retirada en ella, cambió del todo su método de vida; leia, se

perfeccionaba en la música, se acostumbraba á pensar, y fué, en fin,

_un alma_ que halló el camino de la de su marido, del cual prevenia

todos los deseos.

La maternidad vino á estrechar sus lazos, porque Dios, todo bondad y

misericordia, deja siempre un rayo de consuelo áun en medio del mayor

dolor.

Su marido ha llegado á entender que tiene en su casa algo más que un

mueble como los otros; él tambien se ha aficionado á las tranquilas

dulzuras del hogar, desde que, en vez de hallarlo solitario, lo

encuentra guardado por su bella esposa; y él, que con tan ruda

franqueza le habló, encuentra ahora un placer infinito en alumbrar con

los rayos de su propio talento esa inteligencia, ofuscada por las

nieblas de la materialista y frívola sociedad.

Ya es la amiga, la compañera y el único amor del hombre á quien unió su

destino, que es la mayor y quizá la única felicidad positiva de la

mujer que ha nacido con un corazon bueno y sensible.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 201 / 399 题