Una jóven muy bonita y muy _á la moda_, casó hará unos tres años con un
hombre á quien amaba; era él inteligente, pero ambicioso, y conocia
perfectamente la gran frivolidad de su mujer.
Á los tres meses de haberse casado, la miraba como á uno de los
hermosos cuadros que componen su soberbia galería de pinturas.
La esposa no disponia de los intereses de la casa, ni en la parte más
pequeña; no salia casi nunca con su marido; cuando éste tenía _spleen_,
ó algun disgusto, se encerraba en su cuarto; cuando estaba alegre se
iba á comer con sus amigos; fuerza es decir que en cambio la dejaba
salir siempre que queria, le daba la más ámplia libertad, y no bien
manifestaba deseo de poseer un traje nuevo, un aderezo, un rico encaje,
lo tenía en su guardaropa ó en su joyero.
--¡Qué mujer tan feliz, decian sus amigas; en tanto que fué soltera se
divirtió cuanto quiso; hizo un soberbio casamiento, y ahora vive como
una reina!
Así juzga el mundo casi siempre.
La jóven frívola y ligera, que sólo pensaba poco ántes en teatros,
bailes y paseos; la gentil amazona, que recorria las alamedas de la
fuente Castellana seguida de una nube de adoradores, habia empezado á
reflexionar en el aislamiento y soledad de su casa.
Su cabeza estaba vacía; pero su corazon, bueno y amante, comprendió que
no ocupaba el sitio que era suyo, ni en su hogar, ni en el cariño y
consideracion de su marido.
No era su amiga ni su compañera; era _una cosa_ bonita, á la que se
cuidaba como á las porcelanas de sus consolas; era una figura mecánica,
como el autómata jugador de ajedrez, que á gran precio habia comprado
su marido en Alemania.