¡Dulce palabra, que consuela de todas las penas! ¡Oásis de la vida,
retiro santo de la mujer, albergue grato del hombre! ¡Cuánto debemos
estimarte todos los que sabemos lo que es amar y sentir!
_¡Mi casa!_ El que tiene siquiera con el pan diario, debe contar como
la primera, como la más suave y grata de todas las felicidades, el
poder pronunciar estas palabras.
La casa debe ser el santuario de la mujer y el sitio donde debe
hallarse mejor que en otro alguno; y sin embargo, vemos mujeres que
pasan su vida de fiesta en fiesta y que apénas entran en su hogar más
que para comer y dormir.
Yo las compadezco profundamente, y siempre que las veo recuerdo una
triste historia que voy á referir á mis lectoras.