«--Jamas olvidaré, me decia no hace mucho un hombre muy digno, jamas
olvidaré lo que sintió mi corazon una noche que contando apénas catorce
años, fuí al cuarto de mi padre para confiarle una falta, cuyo peso me
abrumaba.
»--¿Qué tienes, me dijo, que estás pálido, hijo mio?
»--Padre, respondí yo bajando la cabeza, vengo á decirte que he
levantado la mano á mi hermana.
»Mi padre se irguió, y sus grandes y poderosos ojos centellearon; pero
bien pronto se apagó aquella luz fugitiva, desprendiéndose de ellos
algunas lágrimas.
»--Si yo te diese ahora un golpe con toda mi fuerza, sería un cobarde,
¿no es verdad, Fernando? me preguntó.
»--No, padre mio; tienes el derecho de hacerlo.
»--El fuerte no tiene ningun derecho para maltratar al débil; un golpe
mio te aplastaria, porque eres débil como una doncella; luégo yo sería
un cobarde, y ademas padre bárbaro y cruel.
»Yo guardé silencio.
»--Fernando, continuó mi padre, tu eres un cobarde; has pegado á tu
hermana, que cuenta dos años ménos que tú, y que es mujer.
»El orgullo herido vistió mi frente de una ardiente púrpura; pero
devoré mi ultraje y callé.
»--Vas á pedir perdon á tu hermana, continuó mi padre; y luégo, hijo
mio, para rehabilitarte á tus propios ojos, pasarás cuatro dias en tu
cuarto, sin salir ni áun para comer.
»Yo, por mi parte, continuó abrazándome, te he perdonado ya, desde el
momento en que depositaste en mí tu confianza; nunca llama en vano un
buen hijo al corazon de su padre.
»El mio, prosiguió mi amigo, se anegó en ternura al sentirme acariciado
por el que me podia castigar severamente; las lágrimas que veia correr
por las mejillas de mi padre hicieron brotar dos raudales de mis ojos:
aquel hombre, cuyo valor era proverbial, cuya probidad acataban todos,
y á quien yo veia cercado siempre de tanto respeto, se convirtió desde
aquel instante para mí en mi único amigo y supo captarse mi confianza
hasta el extremo de ir yo á revelarle todos mis proyectos de
diversiones y amores, pudiendo confesar hoy con orgullo, que á la
amistad de mi padre debo el haber evitado todos los precipicios de que
la juventud está rodeada.»
Este hombre, que, como se puede suponer, sigue con sus hijos el ejemplo
de su padre, no ha enseñado á éstos á llamarle de _usted_, porque está
convencido de que este tratamiento que él rechaza con sus amigos, no
debe colocarse como una barrera entre la amistad que él y sus hijos se
profesan.