El _usted_ ha sido desterrado del seno de la amistad, porque coarta la
confianza, y contiene, ántes de que suban á los labios, las más dulces
expansiones del corazon; ¿por qué, pues, se ha de condenar el que se
vaya desterrando poco á poco tambien entre padres é hijos? ¿Hay acaso
un amigo mejor y más sincero para un jóven, que su propio padre? ¿Hay
alguno que más se desvele por su bien? ¿Hay alguno á quien deba amar
con más tierno exclusivismo?
Gentes hay cuyo tipo ha descrito con inimitable maestría el ilustre
Fernan Caballero, en su bella _Gaviota_. El general Santa María,
colocado allí á propósito para formar contraste con una dama romántica
y sujeta á todos los caprichos de la moda, es un hombre enemigo
acérrimo de esta inconstante deidad, que asienta como principio
infalible que nada de lo que de ella proviene es bueno: en nuestros
dias existen aún algunas gentes así, sin querer comprender que hay
algunas innovaciones útiles y saludables, y yo creo que de esta clase
es el tratamiento de _tú_ entre los padres y los hijos.
Jóvenes de ambos sexos he visto, de esos cuyos padres hacen alarde de
ser _chapeados á la antigua_, que escudados con el _usted_ contestan á
los autores de sus dias una desvergüenza de más volúmen que las que
algunos de los que les hablan de _tú_, se atreverian á decir á sus
criados: y esto no es extraño, esos padres no educan á sus hijos ni
para el cariño ni para el respeto; los educan para el miedo, y el dia
que su carácter pierde algo de la fuerza que les prestaba la edad, sus
hijos sacuden el yugo que les era tan pesado y abrumador.
Todo respeto, toda consideracion en el mundo están basados en el valor
del que los inspira: amamos á Dios porque tenemos su imágen enclavada
en una cruz y espirando entre tormentos sin ejemplo para redimirnos: le
amamos porque sabemos que á su bondad debemos la vida, el alimento y
todos cuantos goces y placeres disfrutamos; le respetamos porque nada
reconocemos más grande, más poderoso que él; sean, pues, los padres,
que son su imágen en la tierra, una imágen viva de su proteccion y de
su amor: sean grandes, nobles, apasionados para sus hijos, mostrándoles
en cuantas ocasiones les sea posible, su nobleza y su amor, y estos
hijos les pagarán su cariño con usura, porque la juventud es tierna; se
confiarán á ellos porque los reconocerán superiores; buscarán su
consejo y les contarán sus dolores, seguros de que los han de
comprender, consolar y guiar por la senda del bien.
Estos padres justos no son nunca débiles; sus castigos aplicados con
oportunidad y energía, son más temibles que por su rigor, porque privan
de la amistad del que los impone por algun tiempo; un padre bueno,
recto y cariñoso hace igualmente buenos á sus hijos, y éstos besan
sumisos la mano fuerte y protectora que sujeta las riendas de su vida y
les evita el hundirse en la sima sin fondo del mal.