Nada hay más grande, más sublime, más poderoso que Dios: y sin embargo,
él nos ha mandado llamarle de _tú_ en las oraciones que ha hecho con
sus ángeles y que por boca de éstos y de sus apóstoles nos ha
trasmitido para implorarle y darle gracias: _Padre nuestro que estás en
los cielos_, dice el cristiano cada dia: _llena eres de gracia_,
pronuncia al saludar á María con el ángel; entre Dios y sus hijos no se
conoce el _usted_, y sería una burla sacrílega é impía emplearle con el
Criador y su divina y amantísima Madre.
¡Padres, que sois la imágen del Criador en la tierra! ¡Madres, que
habeis recibido de la Madre comun de nuestro sexo el ejemplo de la más
santa y heroica ternura! Si sois buenos é irrepensibles, no necesitais
de nada más para inspirarles respeto, porque la tierna niñez, la pura
adolescencia, aman la virtud y respetan la dignidad: mas si por
desgracia se encuentra entre ellos alguno cuya índole indómita necesita
de rigor, usadlo á su tiempo, seguros de que, si es oportuno, os
considerarán siempre como sus mejores amigos, y revestidos ademas por
Dios de un poder semejante al suyo, que os permite castigarles y
premiarles en este mundo; que vuestro amor vaya acompañado de dignidad,
y que hallen siempre vuestro seno preparado á recibir su cabeza
culpable, y vuestra mano armada del castigo que ha de rehabilitarles;
de este modo oiréis siempre en torno vuestro estas dulces y
consoladoras palabras, que tanto bien hacen al corazon, que son la
única ventura positiva de la tierra:
--¡Padre mio! ¡Madre mia! ¡Qué buenos sois! ¡Yo os amo más que á todas
las cosas del mundo!