Hace algunos años leí en un periódico unas líneas, que me inspiraron
este artículo: aquellos renglones eran los siguientes:
«La más completa confusion deja conocer apénas quiénes son superiores,
quiénes inferiores, cuáles los padres, cuáles los hijos, pues una
_igualdad_ homicida y vergonzosa los ha confundido enteramente.»
Desde entónces, como digo, pensé en este artículo, pues creo que de esa
_igualdad_ que se advierte en algunas familias, no tiene la culpa el
_tú_, tan amante y confiado, que los hijos emplean con sus padres: otra
base más perjudicial tendrá esa _igualdad_, tan culpable para toda
persona sensata, y de ella deberia castigarse á los padres, no por
consentir el que sus hijos les llamen de _tú_, sino por no saber
guardar su lugar y su decoro.
Yo me honro con la amistad de infinitas familias en las que hablan de
tú los hijos á los padres, y, sin embargo, al primer golpe de vista se
conoce cuáles son los padres por las distinciones, los cuidados y la
ternura de que se les rodea.
¿Qué espectáculo es más dulce?; el que ofrece un niño que se abraza
confiadamente á su padre y le dice al oido estas palabras: «papá,
¿quieres que no me vaya todavía á acostar?», ó el que presenta una
criatura que á diez pasos de su padre murmura estas palabras: «¿quiere
usted que me esté aquí un poco más?»
Fácil será decirlo, si se observan los semblantes de los dos; el del
primero revela la dicha y el bienestar; su mirada es leal y franca: el
del segundo retrata un temor servil; su mirada oblícua examina á
hurtadillas el rostro de su padre, que no se atreve á mirar de frente.
Y, sin embargo, aquel niño que llama de _tú_ á su padre, como á su
mejor amigo, es probable que sea con él más tierno, amante y atento que
el que le llama de _usted_; los padres han sido colocados por Dios
mismo en un pedestal tan elevado, que sólo pueden descender de él por
culpa suya. Si un padre comprende el sublime destino que le ha sido
conferido; si le comprende y le estima lo bastante para guardar su
propio decoro y no cometer nunca ninguna accion reprensible, sus hijos
le respetarán siempre, aunque sólo sea por ese instinto que Dios mismo
ha colocado en el corazon humano, por esa necesidad que todos tenemos
de vivir sujetos á una naturaleza superior: la libertad absoluta es un
dón tan fatal, que no se hace amar de nadie.
Y no se crea que yo condeno el _usted_ por la sola razon de la
antipatía que me inspira, y que manifesté en una nota que coloqué al
frente de mi primera novela; yo reconozco que ese tratamiento es el
propio de la época prosaica y materializada en que vivimos; pero ya que
en la sociedad se emplea, ya que es lenguaje usual entre personas
indiferentes y áun enemigas, permítasenos no usarle con las personas
que amamos.