La fe tiene tiernas supersticiones que consuelan.
Las flores que brotan en la sepultura de un niño despiden para su madre
un reflejo de la risa de aquella criatura, á quien tanto amó.
En su perfume cree aspirar el hálito del sér que voló desde su regazo
al cielo.
Cree ver en su blancura la imágen de la frente purísima en que tantas
veces apoyó sus labios.
Y el murmullo de los cipreses del cementerio es, á sus oidos, la voz de
su hijo que canta dulcemente en su tumba.
El amor es la poesía de la religion: la fe es su beneficio.
Los pueblos más poéticos son los que más fe tienen: ved á los
musulmanes adorando á _Alá_: á los indios llamando al _Grande
Espíritu_; ved á las jóvenes del Missisipí colgando entre las ramas de
los almendros en flor las cunas en que yacen los cadáveres de sus
hijos, porque dicen que sus almas suben al cielo entre el aroma de las
flores.
Los más crueles perseguidores de los cristianos, Diocleciano, Galerio y
Maximiliano Hercúleo, tenian fe en sus dioses, fe idólatra y fanática,
pero grande y poderosa, pues alcanzaba á ahogar todos los instintos del
hombre, todas sus afecciones: nadie ignora que se vieron prefectos y
emperadores que sacrificaron á su fe hasta sus propios hijos.
¿A qué deidad sacrificais vosotros, ateos de nuestro siglo?
¿A quién rendís culto?
Los persas, que adoraban á un elefante y le servian de rodillas, son
para mí más comprensibles que vosotros.
Los druidas, que consagraban sus vírgenes al culto de la luna, son más
simpáticos á mi corazon.
Las legiones romanas, que tremolaban los estandartes de Marte y de
Belona, son más valerosas.
Los gentiles, que atribuian á Orfeo una lira divina, á Diana un amor
contemplativo y melancólico, á Júpiter una justicia inmutable, y que
esperaban en los campos Elíseos, tienen para mí un espíritu más elevado
que vosotros.
Porque vosotros nada creeis, y por consiguiente, nada esperais.
Abominando del mundo, no quereis dejarle, porque nada veis más allá que
os compense los mezquinos placeres que os ofrece.
Gastais prematuramente el cuerpo en los desórdenes, y no veis en la
celeste techumbre esa bendita palabra que el Eterno escribe con
estrellas: ¡GLORIA!
Es indudable que teneis un alma, puesto que vuestro cuerpo está
animado: es forzoso que el alma busque una creencia, como dice
Pelletan: pero rechazais la sed de encontrarla.
El que dotó de alma al hombre; el que puso en ella instintos de gloria
y de ambicion; el que formó su corazon para el amor, es un sér grande y
benéfico, y este sér, todo verdad y grandeza, no debe decir en vano al
hombre: «_¡Cree y espera en mí!_»