IV.

La fe tiene tiernas supersticiones que consuelan.

Las flores que brotan en la sepultura de un niño despiden para su madre

un reflejo de la risa de aquella criatura, á quien tanto amó.

En su perfume cree aspirar el hálito del sér que voló desde su regazo

al cielo.

Cree ver en su blancura la imágen de la frente purísima en que tantas

veces apoyó sus labios.

Y el murmullo de los cipreses del cementerio es, á sus oidos, la voz de

su hijo que canta dulcemente en su tumba.

El amor es la poesía de la religion: la fe es su beneficio.

Los pueblos más poéticos son los que más fe tienen: ved á los

musulmanes adorando á _Alá_: á los indios llamando al _Grande

Espíritu_; ved á las jóvenes del Missisipí colgando entre las ramas de

los almendros en flor las cunas en que yacen los cadáveres de sus

hijos, porque dicen que sus almas suben al cielo entre el aroma de las

flores.

Los más crueles perseguidores de los cristianos, Diocleciano, Galerio y

Maximiliano Hercúleo, tenian fe en sus dioses, fe idólatra y fanática,

pero grande y poderosa, pues alcanzaba á ahogar todos los instintos del

hombre, todas sus afecciones: nadie ignora que se vieron prefectos y

emperadores que sacrificaron á su fe hasta sus propios hijos.

¿A qué deidad sacrificais vosotros, ateos de nuestro siglo?

¿A quién rendís culto?

Los persas, que adoraban á un elefante y le servian de rodillas, son

para mí más comprensibles que vosotros.

Los druidas, que consagraban sus vírgenes al culto de la luna, son más

simpáticos á mi corazon.

Las legiones romanas, que tremolaban los estandartes de Marte y de

Belona, son más valerosas.

Los gentiles, que atribuian á Orfeo una lira divina, á Diana un amor

contemplativo y melancólico, á Júpiter una justicia inmutable, y que

esperaban en los campos Elíseos, tienen para mí un espíritu más elevado

que vosotros.

Porque vosotros nada creeis, y por consiguiente, nada esperais.

Abominando del mundo, no quereis dejarle, porque nada veis más allá que

os compense los mezquinos placeres que os ofrece.

Gastais prematuramente el cuerpo en los desórdenes, y no veis en la

celeste techumbre esa bendita palabra que el Eterno escribe con

estrellas: ¡GLORIA!

Es indudable que teneis un alma, puesto que vuestro cuerpo está

animado: es forzoso que el alma busque una creencia, como dice

Pelletan: pero rechazais la sed de encontrarla.

El que dotó de alma al hombre; el que puso en ella instintos de gloria

y de ambicion; el que formó su corazon para el amor, es un sér grande y

benéfico, y este sér, todo verdad y grandeza, no debe decir en vano al

hombre: «_¡Cree y espera en mí!_»

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 176 / 399 题