No hay más que un escudo para los golpes del infortunio: la fe.
Ved á la madre que pierde al hijo único que era todo su amor; vedla
velar su agonía, cerrar sus ojos y depositarle en su sepulcro; la fe le
presta resignacion y esperanza de encontrarle en un mundo más dichoso,
para no separarse ya de él en toda la eternidad.
Ved á la hermosa jóven que encierra en un claustro, los dias más bellos
de su juventud; la fe hace que desee otro esposo mejor que los que el
mundo le ofrece.
Ved á la hermana de la caridad, ese tipo de la abnegacion y del
heroismo; la fe la sostiene en sus fatigas y en sus penosos deberes:
¿quién, sino la fe, podia obligarla á sacrificar su existencia al
alivio de la humanidad doliente?
No, no hay un solo sufrimiento, por hondo que sea, por incurable que
parezca, que no sea sanado ó endulzado por la fe.
La prueba más eficaz que tenemos de lo que alcanza la fe, la que más
debe convencer al que no se obstine en cerrar completamente los ojos
del alma á la luz que pueda disipar las tinieblas que la oscurecen, á
la reflexion que basta á enfrenar las pasiones que la emponzoñan: el
más sublime ejemplo de la grandeza de nuestra religion, es el de la
constancia que los primeros mártires del cristianismo han ofrecido á
los siglos venideros.
Ahí teneis á Santa Ines, niña de trece años é hija de padres gentiles,
convertidos por ella, que muere sonriendo, degollada bárbaramente á los
piés del prefecto Tértulo.
Ahí teneis á Santa Cecilia, doncella de diez y seis abriles, ciega y
mendiga, que espira á la primera vuelta de las ruedas del potro, sin
angustias, sin dolores, y cantando dulcemente.
Ahí teneis á San Pancracio, jóven de diez y ocho años, que muere en el
anfiteatro de Roma al clavarse en su garganta las garras de una
pantera, y que deja la vida, sonriendo al tribuno Sebastian, que pronto
debe tambien seguirle en el martirio.
Ahí teneis al mismo Sebastian, que espira oscuramente asaeteado, sin
testigos, en el parque de Adónis.
Ahí teneis á la santa niña Emerenciana, que muere á pedradas, miéntras
ora en las catacumbas.
Ahí teneis, en fin, á San Casiano, que rinde el postrer aliento á manos
de sus discípulos en la misma escuela que regenta, y sin dejar escapar
una queja, sin dejar de cantar las alabanzas del Eterno.
¿Quién, sino la fe, pudo dar tal fortaleza á los niños y á los ancianos?
¿Quién estancó el llanto de las madres?
¿Quién dió regocijo á los padres por la muerte de sus hijos?
Sólo ese sagrado fanal que alumbra los ojos del alma para que crea en
otra vida mejor.
Sólo la fe obra tan admirables prodigios.
Sólo la fe pone dulces sonrisas en los labios de los que padecen.