Hé aquí lo que dice Eugenio Pelletan en su _Profesion de fe del siglo_
XIX:
«El hombre necesita creer, porque ha nacido inteligente; creer es el
medio de ser para su espíritu; su espíritu vive únicamente creyendo, y
ademas porque, habiendo nacido libre, tiene, en virtud de esta
libertad, una parte de accion en su destino. Debe, pues, conocer,
aunque sea en parte, ese destino para arreglar á él su conducta. De
aquí la necesidad de una creencia. ¿Quién eres? ¿Por qué existes? ¿De
dónde vienes? ¿A dónde vas? Hé aquí el enigma que, desde Job á Prometeo
y desde Prometeo hasta Fausto, la humanidad está contínuamente
resolviendo.»
«¿Pero qué garantía tiene el hombre de poder encontrar su solucion? Una
sola, podemos responder, y le basta; el deseo que tiene de hallarla. El
afan de buscar no es en nuestra alma más que la anticipacion de la
verdad. La soberana armonía no se engaña á sí misma: no ha dado la
aspiracion á nuestra alma como el cebo de un engaño. Por todas partes
donde ha puesto la sed, ha puesto al lado la fuente. ¿Quién puede
admitir un momento que Dios señala la verdad al presentimiento para
escondérsela á la razon? Entónces no sería Dios, sería su propio
mentís. Habria encendido en nosotros un deseo que sería un suplicio;
hubiera hecho de nuestro más sublime instinto, un infierno. Semejante
hipótesis es impía, no merece ni áun la refutacion. Decirla es
refutarla.»
Vosotros, los que afectais no creer en nada para correr desenfrenados
de extravío en extravío; vosotros, los que no quereis dique alguno para
vuestras pasiones; vosotros, seres á quienes el mundo llama en su culto
lenguaje _despreocupados_, no podréis ménos de convenir en el fondo de
vuestra alma, en que Eugenio Pelletan tiene razon; porque todos,
hastiados de los vacíos goces de la vida, habréis buscado _un más allá_
en vuestro destino.
¿Qué os ha contestado entónces vuestra razon oscurecida por las nieblas
de los goces materiales?
¿Qué os ha respondido vuestra conciencia, ese juez invisible, pero
rígido y severo?
Es bien seguro que vuestra razon ofuscada y vuestra fuerte conciencia
han batallado encarnizadas en el fondo mismo de vuestras almas; mas si
ha quedado la victoria por la primera, si esa razon extraviada os ha
dicho que no hay nada más allá de este mundo, ¿qué os queda?
¿Sois acaso felices con los goces que él os proporciona?
La grandeza de vuestro espíritu ¿no se abate hasta desear la muerte y
el _no ser_?
¿No teme entónces vuestro cuerpo entrar en la tumba para volverse polvo?
¿No se empeña otra lucha nueva entre el espíritu y la materia; aquél
anhelando dejar un mundo donde no cabe; ésta, aferrándose á un mundo
que le halaga más que la nada del sepulcro?
¡Desdichados, que no teneis fe! ¡Vuestra breve y emponzoñada existencia
sólo puede ser una cadena de dolores!
¿Quién os consuela cuando la muerte os arrebata el padre, la esposa ó
el hijo?
¿Adónde volveis los ojos turbios de dolor?
¿A los que quedan? ¡Ay! ¡Estos han de morir tambien!
¿A sus sepulcros? Sus losas nada os dirán: ¡sólo guardan elocuentes
frases para los ojos del alma!
Los que creen en su inmortalidad acuden á postrarse ante las tumbas, y
ven en el rayo del sol ó de la luna, que va á quebrarse en ellas, el
alma que amaron y que ha descendido del cielo, para que consuele la
suya.