Ya he dicho más arriba que el carácter dominante y la propension á la
cólera alteran la voz y le dan sonidos broncos y desagradables; así es
que la voz áspera se tiene por signo de una índole desapacible y
violenta, y por lo mismo, las mujeres de voz poco dulce son poco
simpáticas al sexo fuerte.
Hay, sin embargo, mujeres dotadas de un metal de voz dulcísimo, y de
una expresion angelical en el rostro, con un carácter de hierro y una
voluntad más firme que todas las voluntariosas é impacientes: estas
mujeres, dotadas de bastante sangre fria para no descomponerse jamas,
dan órdenes severas é ineludibles con el acento más melodioso, y toman
resoluciones enérgicas y terribles, que rara vez adoptan las que
regañan mucho.
La fuerza de inercia es la que adoptan esas mujeres; pero ésta es la
más fuerte y la más inquebrantable: dicen que sí á todo, y sólo hacen
lo que quieren ó les conviene: enfrente de otra voluntad fuerte,
lloran, se desmayan, se refugian en el _no puedo_, suplican y fatigan
al que las quiere dominar, saliéndose siempre _con la suya_, como suele
decirse.
Esta clase de caractéres no me parece digna de aprecio: pero la
prefiero con mucho á la otra clase, que encierra todas las
provocaciones de la cólera grosera, todas las réplicas brutales y
descompuestas, de la impaciencia: dominar por la súplica y por la
protesta de la debilidad, es más digno y más propio de la mujer, que
hacerse temible por las manifestaciones de su enojo.
El huracan troncha la soberbia encina, y pasa sobre la verde caña que
se doblega á su ímpetu, y que vive á orillas del lago azul y
trasparente.
Mérito grande es en la mujer el ser dulce en la voz y en los modales, é
inquebrantable en la voluntad para las cosas buenas.