En la mujer, sobre todo, es indispensable un eco de voz dulce y
afectuoso.
La que carece de él debe adquirirlo con el estudio, pues ya he dicho
que en gran parte la dulce emision de voz depende de nosotras.
Tal influencia ejerce en el hombre la voz dulce de la mujer, y tanto le
agrada, que apénas habrá cosa que niegue al suave acento de la súplica,
y apénas habrá nada que conceda al duro acento del mando.
He oido hace poco tiempo preguntar á un hombre dotado de un carácter
violento y duro, su parecer acerca de una mujer muy bella.
--No me gusta, respondió secamente: tiene un metal de voz áspero y
desagradable, y yo prefiero una mujer fea, dotada de una dulce voz.
En efecto: este hombre se ha casado con una mujer que nada tiene que
agradecer á la naturaleza, sino un metal de voz lleno de encanto, y que
ella modula con una destreza exquisita y una dulzura sin igual.
Los contrastes se buscan siempre, y son los que crean las más fuertes
afecciones: aquel hombre severo, de carácter duro y seco, no podia
ménos de enamorarse de la dulzura que prometia la voz encantadora de su
esposa.
He visto este hombre arrebatado de ira en muchas ocasiones, calmarse al
oir el dulce acento de su mujer, que, aunque conociendo su ridícula é
inmotivada cólera, le decia:
--Tienes razon mil veces, pero cálmate por mí, pues te vas á poner
malo; ya se arreglará eso de otro modo.
Alguna persona rigorista, presente como yo á estas escenas, ha dicho
que esta mujer era una hipócrita, y que culpando en el fondo de su alma
á su marido, fingia ser de su parecer; pero ¿hubiera ganado algo la paz
de la casa y de la familia con que ella hubiese dado gritos tambien,
culpando la imprudencia y la cólera de su esposo?
Sin duda que no: ella le trata como á un enfermo y hace bien, porque
realmente lo está: la ira es una cruel dolencia moral.
Algunas veces, en lo más fuerte de sus accesos, este hombre violento se
cubre avergonzado el rostro, y una dulce palabra de su mujer es la que
causa tan maravilloso efecto, por el contraste que ofrece con su
grosera cólera: la he visto en várias ocasiones callar, hacer como que
no ve su confusion, y salir un instante, para no humillarle con su
triunfo: cuando volvia á la habitacion ya parecia no acordarse de
aquello, y hablaba á su marido de otras cosas, con tanta afabilidad
como si nada hubiera pasado.
Así, la dulce influencia de aquel acento ha ido calmando las olas de la
cólera del esposo: el hombre quiere ser siempre superior á la mujer, y
á ningun marido que ama á la suya, le gusta verse rebajado ante sus
ojos, y lo que es más duro, á los ojos de sus hijos.
¿Es acaso esta mujer insensible?
No: es prudente; ama á su marido, y conoce bien el corazon humano.