No hay mujer ninguna, á ménos que no sea completamente insensible,
dotada de una perenne é inalterable dulzura: á la que veo siempre
complaciente, serena, con la sonrisa en los labios, y hablando
melosamente, lo confieso, no le dedico mis más grandes simpatías.
El alma tiene sus tempestades, como el mar y como el cielo: una
contraccion de facciones, una lágrima cerniéndose en las pestañas, un
temblor en la voz, la palidez y el rubor súbito, son señales infalibles
de la lucha de la voluntad y de la sublime victoria que sobre ella se
alcanza: he visto, y no hace muchos dias, á una mujer jóven, bella y
virtuosísima, ultrajada por su marido ante un gran número de personas,
y digo ultrajada, porque sin motivo alguno la desmintió con una
irritante é insolente grosería.
La pobre jóven, al oirle, se quedó pálida como la muerte: un instante
despues un encarnado ardiente vistió desde su frente hasta su cuello:
su seno palpitó con violencia: sus ojos lanzaron un relámpago
deslumbrador... ¡qué terrible lucha tenía lugar en su corazon! Todos
los ojos estaban fijos en ella... y todos se miraron con asombro,
cuando ella, pasando una mano por sus ojos, como para no ver, dijo con
acento dulce y sumiso á su brutal marido:
--Perdona, amigo mio, me habré equivocado.
¡Qué gran victoria consiguió aquella mujer sobre sí misma! ¡Cómo se
leia la admiracion de los presentes en sus semblantes! ¡Y qué triste
papel el del marido déspota y grosero!
El poseer una voz agradable es un seguro antídoto contra los arrebatos
de la cólera, porque las frases duras no se pueden decir con un acento
dulce y afectuoso, y la costumbre de esta gracia, sea natural ó
adquirida, sirve de freno á todas las desigualdades de un carácter
desapacible.