Hay algunas cosas en la vida que llamamos _pequeñas_, y que lo parecen
en efecto; pero que son, sin embargo, más importantes de lo que se
cree, y de mayor influencia en nuestra suerte de la que se supone.
Al hablar de una mujer hermosa, se elogian sus ojos, su boca, su talle,
la expresion de su semblante, las gracias de toda su figura.
Cuando se menciona una mujer agradable, se habla de su talento, de su
gracia, de su amabilidad, de su instruccion: mas hay una cosa de la que
nadie se cuida y que nadie nombra. La voz.
Y sin embargo, ¿quién que conozca el poder de los sonidos en las
imaginaciones impresionables podrá negar á la voz una mágica influencia?
¿Quién duda que existen voces celestiales, que al hablar penetran en el
corazon y nos llevan adonde quieren, sin que nos demos cuenta de ello?
¿Quién no ha oido en una conversacion de muchas personas un acento
encantador que ha conquistado desde que se ha dejado oir todas nuestras
simpatías, y que ha hecho que nos interesemos inmediatamente por las
ideas de quien le posee?
No podré yo expresar á mis lectoras el valor que tiene ese órgano, que
si bien se cree muy importante cuando se trata del canto, júzgase
indiferente en lo que toca á la conversacion.
El metal de la voz despierta simpatías más vivas, y acaso más
irresistibles que la belleza misma.
Una mujer bella con una voz áspera y bronca, pierde la mitad de su
belleza.
Por el contrario, una que sea sólo agradable, cautiva de una manera
irresistible si su voz es dulce y simpática.
Y no creo que el metal de la voz es independiente de nuestra voluntad:
nosotros podemos, si no variarlo, modificarlo al ménos, y de ingrato,
hacerle dulce y agradable.
No tienen poca parte para dar el tono á la voz los sentimientos del
alma; cuando la ira domina, la voz es sofocada y áspera y los sonidos
oscuros, careciendo completamente de modulaciones.
Mas cuando la dicha, la tranquilidad y la alegría tiene el ánimo en una
dulce serenidad, la voz es dulce tambien y halaga al oido, casi como un
canto.
Hay mujeres, y yo misma conozco algunas, que con una voz muy dulce
tienen un corazon seco y helado: que su acento afectuoso es el disfraz
de un monstruoso egoismo; pero esto no quita su poderoso encanto á un
agradable metal de voz: ántes, por el contrario, el ver el imperio que
estas mujeres ejercen en cuantos les rodean, al observar cuán bien,
pronta y fácilmente consiguen todos sus fines y llegan á las empresas
más difíciles, se comprende cuán grande es el poder de una voz grata al
oido, y de un suave y melodioso acento.