No son sólo los ricos los que pueden practicar el bien.
El que consuela al afligido con palabras dulces y afectuosas hace
igualmente un inestimable beneficio, y su recuerdo, á pesar de la
ingratitud con que pueda ser recibido, basta para hacer dichoso á quien
lo ha practicado.
Hay tambien recuerdos que matan.
Los remordimientos, los crueles é implacables remordimientos no son
otra cosa que los recuerdos del daño que se ha hecho, á los cuales va
unida la memoria de las bellas cualidades que poseian las personas á
quienes se ha ofendido ó lastimado.
Al hombre le acompañan ménos los recuerdos; su vida está llena de
realidades más ó ménos penosas, más ó ménos agradables.
Los negocios absorben todo su tiempo y absorben tambien su imaginacion.
La mujer, por el contrario, relegada al hogar doméstico, retirada en
él, tiene muchas veces que acogerse á sus recuerdos para ser dichosa.
Á la mujer le está vedada toda ocupacion, toda actividad fuera del
círculo de su familia, y los recuerdos son para ella un mundo mejor, un
oásis en el cual descansa de todos esos dolores vulgares, silenciosos y
desconocidos que combaten y envenenan su existencia.
La pradera donde corria cuando niña; los primeros libros que leyó; las
oraciones que le enseñaba su madre; los cuentos de la vieja nodriza;
los juegos con sus hermanos; la imágen ante la cual rezaba; las
memorias de su primer amor; aquellas emociones tan puras, tan castas,
tan indecisas, que ni áun despues de mucho tiempo sabe definir; la rama
que el viento mecia en el bosque; el pájaro, que en las alboradas del
estío se posaba á cantar en las macetas de su ventana; el primer
ramillete que le regalaron y que conserva, seco ya, en el fondo de una
caja; todas estas cosas forman para la mujer un mundo de poesía y de
amor, al cual se retira para buscar la calma.