Jamas he podido comprender que una mujer tenga gusto en cambiar con
frecuencia de habitacion.
Dice Alejandro Dumas que los que rehusan cambiar de domicilio son, por
lo regular, personas avaras.
Yo, con permiso del fecundo narrador, diré que no soy avara, y que, sin
embargo, siento un gran dolor cada vez que he de trocar mi vivienda por
otra, aunque gane mucho en el cambio.
¿Cómo no amar las paredes que nos han visto llorar, reir, y que han
presenciado nuestras venturas y nuestros dolores?
¿Cómo no amar el primer rayo de sol que la primavera nos envia como una
bella sonrisa, y el rayo de luna que viene á quebrarse en los cristales
de nuestra ventana?
Paréceme que el apego de la mujer á su casa y á los objetos que la
adornan, es inseparable de su condicion, suave, blanda y amorosa; que
la constancia en sus afectos debe serle tan propia como el culto de los
recuerdos, y que un corazon frio, egoista é indiferente es como una
anomalía en nuestro sexo, á quien Dios encomendó el cuidado de
embellecer el hogar, derramando en él la suave luz de la poesía y del
amor.
Haga la mujer todo el bien que le sea posible; ame y socorra á los
menesterosos; y por desgraciada que sea su vida, siempre tendrá en sus
recuerdos un pedazo de cielo azul, un horizonte sereno, adonde volver
sus fatigados ojos.